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Este artículo es parte de la serie ¿Cuál es la diferencia?, publicada originalmente en Desiring God.

Imagina a una familia que se reúne los domingos por la noche para una reunión familiar. A menudo se reúnen de otras maneras a lo largo de la semana: comidas, devocionales y salidas. Pero el domingo, el papá los reúne a todos para repasar la última semana, mirar hacia adelante a la próxima y recordar su identidad familiar. Toda la familia toma parte en la reunión, pero el padre claramente es quien lidera.

Ahora imagina que alguien observa esta reunión y dice: «el padre no deja espacio para los dones de su familia. ¿Por qué él siempre tiene que liderar la reunión? Si sus hijas no tienen una voz más prominente aquí, entonces, ¿dónde usarán los dones que Dios les ha dado?».

Para cualquier familia saludable, tal pregunta podría parecer ridícula. Una de las hijas podría bien responder: «¿dónde usaremos nuestros dones? En muchos lugares. Toco el piano para nuestros devocionales familiares. Ayudo a preparar las comidas para mis hermanos pequeños. Armo bolsas de ayuda para que nuestra familia las entregue a las personas sin hogar. Mentoreo a una chica de nuestra iglesia que está terminando su educación básica. Podría no liderar las reuniones familiares, pero la reunión es sólo una parte de la familia».

Probablemente, entiendes adónde quiero llegar. Cada semana, nuestras iglesias se reúnen a revisar lo que pasó, miran al futuro y recuerdan su identidad en Cristo. Y Dios ha ordenado que hombres calificados, padres espirituales, lideren esas reuniones. Ahora, algunas visitas podrían preguntarse por qué los hombres sostienen el micrófono la mayoría del tiempo; incluso podrían ofenderse por ese patrón. No obstante, la reunión semanal es sólo una parte de la iglesia y mucho del ministerio más importante ocurre toda la semana.

Ministerio más allá del domingo

Sin duda, en algunas iglesias, gran parte del ministerio más importante no ocurre más allá del domingo. Los miembros rara vez se reúnen a lo largo de la semana; sus dones yacen en gran parte adormecidos desde el lunes hasta el sábado; rara vez se aventuran a la misión. En tal iglesia, la persona que sostiene el micrófono importa tremendamente porque la mayoría del ministerio ocurre ahí.

No obstante, incluso una iglesia moderadamente saludable se asemeja menos a una función semanal y más a una familia. Somos «la casa de Dios» (1Ti 3:15), una comunidad de padres, madres, hermanos y hermanas espirituales (1Ti 5:1-2), capaces de «exhórt[ar]se los unos a los otros cada día», porque nos vemos los unos a los otros con frecuencia (Heb 3:13). El ministerio ocurre no sólo los domingos por la mañana o sólo en los edificios de la iglesia: ocurre las tardes del martes o los jueves en la noche en casas, parques, cafeterías, comedores sociales y las calles del barrio.

No deseo restarle importancia a lo crucial de las reuniones semanales ni a la Palabra predicada. No obstante, como una reunión familiar, el propósito de una reunión de la iglesia no es simplemente hacer ministerio, sino que también equipar y enviar para ministrar el resto de la semana (Ef 4:11-12). El domingo, los padres de la iglesia toman el liderazgo al llamar a toda la familia —mujeres al igual que hombres— para involucrarse en el ministerio diario con los dones que Dios les ha dado.

Y si apuntamos a crecer «a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo», entonces necesitamos a cada don en completo funcionamiento (Ef 4:13). Una iglesia no puede florecer sin los dones de las mujeres, del mismo modo que una familia no puede florecer sin los dones de las mujeres (un hecho que aprecio más cada vez que me quedo solo por un momento con mis hijos).

Iglesia de muchos miembros

No obstante, incluso en una iglesia saludable, a veces podemos olvidar que somos una comunidad completa de padres, madres, hermanos y hermanas. Los domingos por la mañana pueden parecer como el momento ideal para hacer ministerio. Y por lo tanto, nosotros, tanto hombres como mujeres, necesitamos ayudar a recordar qué podría significar ser una iglesia de muchos miembros, donde el ministerio pertenece tanto a hombres como a mujeres a lo largo de todas las etapas de la vida.

Para ese fin, consideremos cuatro exhortaciones, dos a mis hermanas en Cristo y dos a mis hermanos.

1. Sueñen con sus muchos ministerios 

Querida hermana, sé que a veces nosotros, los pastores, fallamos en mencionar los muchos ministerios fundamentales detrás del domingo por la mañana. Pero ¿puedo animarte a soñar las docenas de maneras en que nuestras iglesias necesitan tus dones más allá de las reuniones?

El Nuevo Testamento no duda en mencionar las muchas formas en que Dios usa a las mujeres para fortalecer a su iglesia. Fue una mujer la que le profetizó a nuestro Señor cuando era un pequeño (Lc 2:36-38), fueron mujeres las que financiaron mucho del ministerio de Cristo (Lc 8:1-3), fue una mujer la que probablemente entregó la carta más grande en el mundo (Ro 16:1-2), y una mujer a quien Pablo llamó dentro de sus «colaboradores» (Fil 4:3). Una mujer recibió a Jesús al salir del vientre; más mujeres lo recibieron cuando salió de la tumba. La iglesia en Filipos comenzó en la casa de una mujer (Hch 16:14-15) y otras iglesias siguieron reuniéndose en casas de mujeres (Col 4:15).

Donde sea que la iglesia eche raíces, hay mujeres ahí, regando y cuidando sus jóvenes brotes. Aconsejan al débil y al errante. Cuidan al enfermo y al moribundo. Adoptan al huérfano, cuidan a la viuda, enseñan a sus hermanas y pequeñas almas, y construyen hogares donde todos ellos y más se sienten bienvenidos. Oran como Ana, sirven como Febe, reciben en sus casas como Ninfas y ministran junto a sus esposos como Priscila.

Como escribe John Piper, las mujeres cristianas no «miden [su] potencial por los pocos roles que les son negados, sino por el sinfín de roles ofrecidos». «Miran al Dios amoroso de la Escritura y sueñan con las posibilidades de [su] servicio a Él»1.

2. Maduren a los hombres entre ustedes 

Algunas de las oportunidades de ministerio mencionadas anteriormente son dirigidas exclusivamente hacia otras mujeres —y ciertamente, las mujeres pueden ministrar a otras mujeres en muchas maneras que los hombres no pueden (las instrucciones de Pablo en Tito 2:3-4 nos dan sólo un ejemplo)—. Pero permíteme también asegurarte que, en algunas maneras, puedes ministrar a hombres de maneras en que los hombres no pueden.

Pablo lanza una afirmación extraordinaria en su lista de saludos de Romanos 16: «saluden a Rufo, escogido en el Señor, también a su madre y mía» (v. 13). Pablo, el misionero pionero y plantador de iglesias, el padre espiritual de tantos creyentes, encontró a una madre en la madre de Rufo. No menciona detalles, pero de cierta forma, esta mujer lo amó como una madre —quizás cuidando sus heridas u ofreciéndole un lugar donde quedarse o pronunciando palabras de ánimo necesarias (o todas las anteriores)—.

Asimismo podríamos considerar como no sólo Aquila, sino que también Priscila «llevaron aparte [a Apolos] y le explicaron con mayor exactitud el camino de Dios» (Hch 18:26). Como una hermana animaría a su hermano más pequeño, ella se unió al poderoso Apolos y lo ayudó a hablar con más poder.

La madre de Rufo le entregó algo a Pablo que Rufo no pudo; de igual manera, Priscila le ofreció algo crucial a Apolos. Estos hombres necesitaban madres y hermanas en Cristo: mujeres que no intentan actuar como hombres, sino que están entusiasmadas de ayudar a hombres a actuar como hombres.

Hermana, podrías no creerlo, pero hay hermanos en tu vida que se fortalecerían un poco con tu palabra de aliento, que batallarían con un poco más de valentía por tu sugerencia. Habla prudentemente, por supuesto, como corresponde a una hermana o madre, pero debes saber que tienes un rol que desempeñar en la maduración de los hombres a tu alrededor.

3. Dales un hogar a los dones de las mujeres 

Hermanos, cuando Eva despertó en el jardín, ella se encontró emparejada a un hombre que ya estaba en una misión. A este Adán, que nombraba animales y domaba el caos, se le había dado un cargo, y era un cargo lo suficientemente grande como para requerir ayuda; la ayuda de ella. Inmediatamente, toda la extensión de la feminidad de Eva fue requerida por este hombre en misión.

Este patrón del Edén nos ofrece un principio: uno que habla más directamente a los esposos, pero también a todos los hombres de la iglesia. El principio es este: en muchos casos, el liderazgo masculino piadoso crea más espacio (no menos) para que las mujeres usen sus dones. Las mujeres que sirvieron como patrocinadoras de los doce (Lc 8:1-3); las mujeres que trabajaron junto a los apóstoles (Fil 4:3); las mujeres que organizaban reuniones en la iglesia primitiva (Col 4:15) —todas ellas encontraron sus ministerios bajo el liderazgo de buenos hombres (Jesús, Pablo, los ancianos de la iglesia)—. Los hombres fuertes alrededor de ellas invocaron su propia ayuda activa.

No estoy sugiriendo que las mujeres nunca deban comenzar nuevos ministerios por sí mismas; muchas necesidades en la iglesia y en el mundo se benefician de la iniciativa femenina. Pero cuando los hombres de la iglesia lideran en maneras creativas y sacrificiales, muchos dones femeninos finalmente encuentran un hogar.

Hermanos, si rara vez tomamos el liderazgo en las reuniones de oración, en los comités de misiones, en discusiones de los grupos pequeños, en los ministerios de música u otras áreas de la vida de la iglesia, entonces, las hermanas entre nosotros podrían encontrarse forzadas a sustituirnos debido a nuestra pasividad o quedarse al margen por completo. ¿Cuántos de los maravillosos dones de nuestras hermanas quedarán adormecidos y polvorientos si fallamos en liderar?

4. Honren a las mujeres entre ustedes 

Más allá de ese liderazgo, uno de los mejores pasos que podemos dar como hombres es seguir a Jesús y a Pablo en honrar con gusto a las mujeres que nos rodean. En Romanos 16, Pablo no se ruborizó en nombrar a nueve mujeres entre las 26 personas que saludó ni escatimó en sus elogios hacia ellas: Febe era la sierva de la iglesia y patrocinadora de Pablo; Priscila fue una «colaboradora»; María «ha trabajado duro por ustedes»; Trifena y Trifosa son «obreras del Señor» y cómo vimos, la mamá de Rufo «ha sido también como una madre para mí» [NVI] (Ro 16:1-3, 6, 12-13).

Y sin duda Pablo las honró como lo hizo por el Señor al que él siguió. En un mundo que tan frecuentemente despreciaba y denigraba a las mujeres, Jesús las vio, conversó con ellas, las dignificó y se levantó para honrar el ministerio de ellas frente a quienes lo ignoraban o despreciaban. Nadie consideró a la viuda y sus dos monedas de cobre, pero Jesús sí (Mr 12:43-44). Nadie estimó el «desperdicio» asombroso de perfume vertido por manos amorosas, pero Jesús sí (Mr 14:6-9). Él sabía cómo honrar a las mujeres.

¿Nosotros? Si lo hacemos, a las madres y a las hermanas de nuestras iglesias quizás no les importe quién tome el micrófono los domingos. Y podrán regresar a sus muchos ministerios sintiendo de nuevo lo que realmente son: indispensables.

Publicado originalmente en Desiring God. Usado con permiso.
  1. Piper, John. (1990) What’s the Difference? Manhood and Womanhood Defined According to the Bible. [Wheaton, Illinois: Crossway]. pp. 79-80.
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Scott Hubbard

Scott Hubbard es editor en Desiring God, pastor de All Peoples Church y graduado de Bethlehem College & Seminary. Él y su esposa, Bethany, viven con sus dos hijos en Minneapolis.
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