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Nota del editor: esta es la respuesta a una de las diferentes preguntas que los oyentes del pódcast Ask Pastor John le hacen al pastor John Piper.

Si levantas las manos en la iglesia durante la adoración musical, ¿estás sólo presumiendo, actuando de forma extra espiritual para que otros lo noten y haciendo exactamente lo que Jesús nos dijo que no hiciéramos?

Tal vez sí; tal vez no. 

Esta semana leímos Mateo 6, y sé que es un capítulo que es destacado para ti, pastor John, mientras discernimos los motivos del corazón de por qué hacemos cosas religiosas. Así que, esta es una pregunta relevante y oportuna hoy de parte de Ryan: «querido pastor John, gracias por este pódcast. Escribo porque en Mateo 6:1 Jesús nos advierte que no practiquemos nuestra justicia para ser vistos por los demás. Luego aplica esto a la oración y al dar, diciendo que cuando hacemos estas cosas públicamente para obtener la alabanza humana, ya hemos recibido nuestra recompensa completa. Entiendo el peligro de la hipocresía y de buscar la aprobación del hombre en nuestras prácticas espirituales. Pero me pregunto hasta dónde se extiende este principio a otras áreas de la vida cristiana».

«Por ejemplo, ¿cómo se aplica esta enseñanza a la adoración congregacional? ¿Deberían los cristianos preocuparse alguna vez de que levantar las manos, cerrar los ojos o expresar emociones en la adoración pueda cruzar la línea y convertirse en practicar nuestra justicia delante de los demás? ¿O la adoración cae en una categoría diferente? ¿Qué hay de orar antes de las comidas en los restaurantes, usar cruces, compartir nuestro testimonio en línea o incluso publicar la Escritura en las redes sociales? ¿Cuándo la fidelidad pública se convierte en una actuación pública?».

La realidad de Dios

Me encanta esta sección de la Escritura, Mateo 6:1-18. No hay muchos otros pasajes que me hayan impulsado más profundamente a un sentido de la realidad personal de Dios en mi vida y a un sentido de lo precioso de su paternidad y lo real de sus recompensas. Creo que eso es lo principal que le preocupa a Jesús aquí. Estas tres pruebas, dar limosna, orar y ayunar, son realmente formas para que cada uno de nosotros tenga un ajuste de cuentas serio con la autenticidad de nuestro propio corazón y la realidad de Dios en nuestras vidas. ¿Es Dios una persona real para nosotros? Creo que esa es la pregunta de Jesús. ¿Es un Padre real para nosotros? ¿Es un tesoro real y preciado para nosotros cuando promete recompensarnos?

Cada una de estas pruebas básicamente dice: «¿quieres a Dios más de lo que quieres cualquier otra cosa? ¿Es Él real para ti?». Sabes lo bien que se siente cuando otras personas te alaban. Ahora, aquí está la prueba: ¿se siente tan bien para ti saber que, en tu dar, orar y ayunar, tu Padre celestial está complacido? ¿La aprobación de Dios, al decir Él: «bien, siervo bueno y fiel» (Mt 25:21), se siente tan bien para ti como se siente la alabanza del hombre? Eso es lo que estos versículos instan y ponen a prueba.

Jesús quiere que conozcas a su Padre como tu Padre y que seas profunda, profundamente feliz y estés satisfecho con los ojos del Padre sobre ti y su aprobación de tus comportamientos y las recompensas de sus promesas y su presencia. Eso es lo que Jesús quiere: conoce a tu Padre; disfruta del compañerismo de tu Padre; camina bajo la sonrisa de tu Padre; asómbrate y alégrate de que Él sea tu Galardonador.

El motivo del corazón por sobre la acción

Ahora, la forma en que Jesús nos ayuda a ser sinceros con Dios es preguntándonos tres veces cuáles son nuestros motivos al dar, orar y ayunar: ¿das a los pobres para ser alabado por los demás (Mt 6:2)? ¿Oras en público para ser visto por los demás (Mt 6:5)? ¿Y haces que se sepa tu ayuno para ser visto por los demás (Mt 6:16)? Y en el versículo 1, resume toda la unidad: «cuídense de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos».

Cuatro veces en este texto, la pregunta es nuestro motivo, no primero nuestra acción. El punto no es que nadie deba saber jamás que eres una persona generosa. Ese no es el punto. No es que nadie deba saber nunca que oras, o que nadie deba saber que ayunas de vez en cuando. Simplemente, ese no es el punto. De hecho, eso no es factible, y es totalmente contrario a la Escritura. No puedes vivir la vida cristiana sin ser reconocido como una persona piadosa. No puedes.

Pablo dice que debemos adornar el Evangelio con una bondad visible (Tit 2:10). Nuestra vida es un adorno; no es invisible. De hecho, Jesús dijo en Mateo 5:16: «así brille la luz de ustedes delante de los hombres, para que vean» —¿vean qué?— «sus buenas acciones y glorifiquen a su Padre que está en los cielos».

A veces hay buenas obras que la gente debe ver, y a veces nuestras buenas obras deben ser tan silenciosas que nuestra mano izquierda no sepa lo que hace la derecha (Mt 6:3-4). Y el problema es tu corazón. ¿Anhelamos la aprobación y la alabanza de otras personas? ¿Es ese el alimento satisfactorio para nuestras almas? ¿O ese placer de la aprobación de otras personas palidece en comparación con la sonrisa de aprobación de nuestro Padre celestial?

No hay espacios seguros

Yo respondería a la pregunta de Ryan así: sí, la enseñanza de Jesús en Mateo 6:1-18 se aplica a toda la vida, no sólo a dar, orar y ayunar. Sí, ya sea levantar las manos en la adoración, cerrar los ojos, expresiones de emoción, predicar, leer la Biblia, asistir a la iglesia, ministerios de misericordia en el vecindario, orar antes de las comidas o en cualquier lugar, usar cruces o tatuajes, todo tipo de expresiones en línea de compasión, indignación o piedad (incluyendo tuitear la Escritura como yo lo hago), ayudar a una persona a cambiar un neumático desinflado en una fría noche de invierno, diezmar o dar donaciones caritativas, cada expresión de bondad en tu familia, en el vecindario o en el trabajo; todo, sin excepción, puede hacerse para ser alabado por las personas.

No hay espacios seguros. No hay comportamientos seguros en este mundo, ninguno. Nuestros corazones humanos están infectados con el pecado que mora en nosotros y son capaces de estar orgullosos de los comportamientos más humildes, amables y generosos. Puedes ser tan jactancioso por mantener las manos abajo en la adoración como por levantarlas. Puedes ser tan jactancioso por mantener tu voz en silencio en una reunión de oración como por orar en voz alta. La solución no está en el comportamiento; la solución está en el corazón.

¿Fidelidad o actuación?

Ryan pregunta: «¿cuándo la fidelidad pública se convierte en actuación pública?». ¿Y qué persona que haya hecho algo en presencia de otras dos personas no se ha hecho esa pregunta? Si les importa su propio corazón y en qué condición se encuentra, creo que se reduce a tres cosas.

Primero, la fidelidad pública se convierte en actuación pública cuando está motivada por un anhelo de la alabanza del hombre más que por la aprobación de Dios. Debemos buscar conocer nuestros corazones.

Segundo, la fidelidad pública se convierte en actuación pública cuando falla la prueba de amar a otras personas y buscar su bien, no sólo nuestra libertad. Por ejemplo, supón que te encuentras adorando con mil personas. He estado en esas situaciones. Supón que te encuentras adorando con mil personas y ninguna de ellas está levantando las manos, ni una sola. La pregunta a la que te enfrentas, como alguien como yo, que de manera muy natural, libre y regular levanta las manos en la adoración, es esta: ¿necesita este pueblo ser sacudido de sus limitaciones, o necesita este pueblo ser respetado humildemente y no ser ofendido? Y es por eso que Pablo oró para que «el amor de ustedes abunde aún más y más en conocimiento verdadero y en todo discernimiento» (Fil 1:9).

Finalmente, la fidelidad pública se convierte en actuación pública cuando fallamos en esperar que Dios sea glorificado más de lo que nosotros seremos glorificados. Simplemente fallamos en querer eso; no lo queremos. Eso es un fracaso. Lo cual nos lleva de vuelta a donde empezamos: ¿es Dios real para nosotros? ¿Es un Padre preciado para nosotros? ¿Es la promesa de su recompensa mucho más deseable para nosotros que las recompensas de la admiración humana?

Publicado originalmente en Desiring God. Usado con permiso.
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John Piper
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John Piper

John Piper es fundador y profesor de desiringGod.org y rector de Bethlehem College & Seminary. Por 33 años, sirvió como pastor de la Iglesia bautista Bethlehem en Minneapolis, Minnesota. Es autor de más de 50 libros, dentro de ellos se encuentran: Sed de Dios: meditaciones de un hedonista cristiano, y más recientemente, Por qué amo al apóstol Pablo: 30 razones.
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