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A comienzo de año, en el devocional que comparto los miércoles, Wednesday Word propuse que no había una mejor resolución de Año Nuevo para este año que cancelar las deudas.

Esa es otra manera de decir: comprométanse a perdonarse los unos a los otros.

Sea quitada de ustedes toda amargura, enojo, ira, gritos, insultos, así como toda malicia. Sean más bien amables unos con otros, misericordiosos, perdonándose unos a otros, así como también Dios los perdonó en Cristo. Sean, pues, imitadores de Dios como hijos amados; y anden en amor, así como también Cristo les amó y se dio a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios, como fragante aroma (Efesios 4:31-5:2).

Hoy, en Gracia y conocimiento, quiero pintar un cuadro de la belleza y la recompensa de la falta de perdón.

¡Quédate conmigo! Por supuesto, esa es una declaración no bíblica. Pero consideremos la tentación de mantener a otros en deuda con nosotros y por qué parece tan hermosa y gratificante.

La belleza y el poder de la deuda relacional

Hay un poder a corto plazo, relacionalmente destructivo, en negarse a perdonar. Aferrarnos a las faltas de otra persona nos da la ventaja en la relación. Llevamos un registro de agravios, no porque estemos motivados por lo que es mejor para la otra persona, sino porque sirve a nuestros intereses.

Aquí hay algunos de los beneficios oscuros y egoístas de la falta de perdón que se disfrazan de hermosos y gratificantes:

  1. La deuda es poder. Hay poder en tener algo que usar en contra de otro. Hay poder en usar las debilidades y los fracasos de una persona en su contra. En los momentos en que queremos salirnos con la nuestra, sacamos a relucir alguna falta en contra de la otra persona como nuestra carta de triunfo relacional.
  2. La deuda es identidad. Aferrarnos al pecado, la debilidad y el fracaso de otra persona nos hace sentir superiores. Nos permite creer que somos más justos y maduros que ellos. Caemos en el patrón de obtener nuestro sentido de identidad no de lo que Dios nos ha llamado a ser y hacer, sino de compararnos con los demás en sus momentos más débiles y bajos. Este patrón juega a favor de la justicia propia que es la lucha de todo pecador.
  3. La deuda es un derecho. Debido a que alguien nos ha hecho daño, entonces, por defecto, nos debe. Llevar los pecados de otra persona en nuestra contra nos hace sentir merecedores y, por lo tanto, cómodos y justificados al ser egocéntricos y exigentes. Si no lo decimos en voz alta, al menos la línea de lógica que nos predicamos a nosotros mismos suena algo así: «después de todo lo que he tenido que soportar en mi relación contigo, ciertamente merezco [llena el espacio en blanco]».
  4. La deuda es un arma. Los pecados y fracasos que alguien más ha cometido contra nosotros, y que aún llevamos, son como un arma cargada. Es muy tentador sacarla y usarla cuando estamos enojados o queremos vengarnos. Cuando alguien más nos ha lastimado de alguna manera, es muy tentador devolverle el golpe o al menos amenazarlo sacando esa arma cargada y blandiéndola en su rostro.
  5. La deuda nos pone en la posición de Dios. Como en todos los aspectos de una relación horizontal, la deuda y la falta de perdón están arraigadas en última instancia en nuestra relación vertical con Dios. Y cuando nos negamos a perdonar, nos elevamos al trono de Dios. Es el único lugar en el que nunca debemos estar, pero también es la posición más tentadora a la que aspiramos.

No somos el juez supremo de otro ser humano. No somos los designados para dispensar las consecuencias finales por los pecados de otra persona. No es nuestro trabajo asegurarnos de que sientan la cantidad adecuada de culpa por lo que han hecho.

Sólo hay un Legislador y Juez, que es poderoso para salvar y para destruir. Pero tú, ¿quién eres que juzgas a tu prójimo? (Santiago 4:12)

Ahora, por supuesto, hay consecuencias para el pecado relacional. Algunas relaciones tal vez nunca se reparen o restauren. Es prudente protegerte de que pequen continuamente contra ti. El perdón no significa hacerte vulnerable, ni la Biblia nos llama nunca a simplemente aguantar y soportar por el bien de una relación. No, la gracia nunca llama correcto a lo incorrecto, y el perdón no significa hacer la vista gorda ante el pecado de otro.

Sin embargo, lo que estamos considerando hoy es la tentación de ascender al trono de Dios, de erigirnos a nosotros mismos como juez santo de otra persona, más altos y más divinos de lo que ellos son, y de mantener a otra persona en una deuda relacional para nuestra ventaja egoísta.

El feo egoísmo de la deuda relacional

La falta de perdón es algo desagradable. Es un estilo de vida relacional impulsado por un feo egoísmo. Está motivado por lo que queremos, lo que creemos que necesitamos y por lo que sentimos. No tiene nada que ver con el deseo de agradar a Dios en cómo vivimos con los demás, y seguramente no tiene nada que ver con amar a los demás en medio de su proceso de santificación y lucha en este mundo quebrantado.

La falta de perdón también es aterradoramente ciega. Estamos tan enfocados en la otra persona y en todos sus fracasos que somos ciegos a nosotros mismos. Olvidamos con qué frecuencia fallamos, cuánto arruina el pecado todo lo que hacemos y cuán desesperadamente necesitamos la gracia que no estamos dispuestos a dar a la otra persona.

Esta forma de vivir convierte a nuestro cónyuge, hijo, padre, familiar, vecino, compañero de trabajo o hermano o hermana en Cristo en nuestro adversario y convierte nuestra relación en una zona de guerra. Sin embargo, todos hemos sido seducidos por el poder de la falta de perdón. Todos hemos usado el pecado de otro en su contra. Todos hemos actuado como jueces. Todos hemos pensado que somos más justos que el resto. Todos hemos usado el poder de la culpa para conseguir lo que queremos, cuando lo queremos, y al hacerlo, hemos causado un grave daño a la delicadeza de las relaciones humanas.

La belleza del perdón

Parece casi demasiado obvio decirlo, pero el perdón es un camino mucho mejor. Es la única manera de vivir en una relación fructífera y a largo plazo con otro pecador. Es la única manera de navegar las debilidades y fracasos que marcarán tu matrimonio, tu crianza o tu amistad. Es la única manera de lidiar con el dolor y la decepción. Es la única manera de restaurar la esperanza y la confianza. Es la única manera de proteger tu amor y reforzar la unidad que has construido. Es la única manera de evitar ser secuestrado por el pasado. Es la única manera de darle a tu relación la bendición de nuevos comienzos.

Sí, puedes elegir cargar con esa lista. Puedes elegir castigar a la otra persona. Puedes elegir que la decepción lleve a la distancia. O bien, puedes sembrar mejores semillas y celebrar una cosecha mucho mejor. La cosecha del perdón es el tipo de relación que todos quieren.

Hay una última cosa que vale la pena repetir, y se encuentra en Efesios 4:32: «perdonándose unos a otros, así como también Dios los perdonó en Cristo». El perdón requiere recordar.

La falta de perdón y el mantener a otros en deuda relacional requiere recordar las debilidades, los fracasos y los pecados de la otra persona. Requiere que olvidemos o hagamos la vista gorda ante los nuestros.

Pero un estilo de vida de perdón hermoso y gratificante requiere recordar cuán grande es nuestra necesidad de perdón. Cuando estamos llenos del dolor de nuestro propio pecado y de gratitud por el asombroso perdón que se nos ha dado, entonces encontraremos gozo en darle a otra persona lo que hemos recibido en Cristo.

Tal vez un estilo de vida de falta de perdón esté enraizado en el pecado del olvido. Olvidamos que no hay un día en nuestras vidas en el que no necesitemos ser perdonados. Olvidamos que nunca nos graduaremos de nuestra necesidad de gracia. Olvidamos que hemos sido amados con un amor que nunca podríamos ganar, lograr o merecer. Olvidamos que Dios nunca se burla de nuestra debilidad, nunca encuentra gozo en echarnos en cara nuestros fracasos, nunca amenaza con darnos la espalda y nunca nos hace comprar nuestro camino de regreso a su favor.

Cuando recuerdas y llevas contigo un profundo aprecio por la gracia que se te ha dado, tendrás un corazón listo para perdonar. Eso no significa que el proceso será cómodo o fácil, pero sí significa que puedes acercarte a otra persona recordando que tú estás tan necesitado de lo que estás a punto de darle a ella.

La parábola del siervo que no perdonó

Entonces acercándose Pedro, preguntó a Jesús: «Señor, ¿cuántas veces pecará mi hermano contra mí que yo haya de perdonarlo? ¿Hasta siete veces?». Jesús le contestó: «no te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

»Por eso, el Reino de los cielos puede compararse a cierto rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al comenzar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10 000 talentos (216 toneladas de plata). Pero no teniendo él con qué pagar, su señor ordenó que lo vendieran, junto con su mujer e hijos y todo cuanto poseía, y así pagara la deuda. Entonces el siervo cayó postrado ante él, diciendo: “tenga paciencia conmigo y todo se lo pagaré”. Y el señor de aquel siervo tuvo compasión, lo soltó y le perdonó la deuda. Pero al salir aquel siervo, encontró a uno de sus consiervos que le debía 100 denarios, y echándole mano, lo ahogaba, diciendo: “paga lo que debes”. Entonces su consiervo, cayendo a sus pies, le suplicaba: “ten paciencia conmigo y te pagaré”. Sin embargo, él no quiso, sino que fue y lo echó en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Así que cuando sus consiervos vieron lo que había pasado, se entristecieron mucho, y fueron y contaron a su señor todo lo que había sucedido. Entonces, llamando al siervo, su señor le dijo: “siervo malvado, te perdoné toda aquella deuda porque me suplicaste. ¿No deberías tú también haberte compadecido de tu consiervo, así como yo me compadecí de ti?”. Y enfurecido su señor, lo entregó a los verdugos hasta que pagara todo lo que le debía. Así también mi Padre celestial hará con ustedes, si no perdonan de corazón cada uno a su hermano» (Mateo 18:21-35).

Este recurso fue publicado originalmente en Paul Tripp Ministries.
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Paul David Tripp

El Dr. Paul David Tripp es pastor, conferencista internacional y autor de libros éxito de ventas y ganadores de premios. Es el director de Paul Tripp Ministries. Con más de 30 libros y series en video, la pasión que mueve a Paul es conectar el poder transformador de Jesucristo a la vida cotidiana.  
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