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Bienaventurados los que lloran, pues ellos serán consolados (Mateo 5:4). 

A primera vista, la segunda bienaventuranza de Jesús parece la más cercana a una contradicción. ¿Bienaventurados, es decir, felices, los que lloran? La octava y última bienaventuranza sobre los perseguidos y ultrajados se le acerca. Pero ser perseguido
y feliz no es tan paradójico como estar afligido y feliz.

Podríamos pasar por alto esta ironía porque realmente no sabemos qué significa la bienaventuranza. Hoy en día, no podemos repasar lo suficiente qué es y qué no es esta bienaventuranza. Llamamos a esta ráfaga inicial del Sermón del Monte de Jesús «Las Bienaventuranzas» debido al estribillo de Jesús («bienaventurados… bienaventurados… bienaventurados…»), y bienaventuranza proviene del latín beatus, que significa «bendito» o «feliz». Daniel Webster todavía lo tenía claro en 1828: bienaventuranza indica «bendición; felicidad del más alto nivel; dicha consumada; usado para referirse a las alegrías del cielo». 

Al haber perdido el contacto con estas antiguas raíces en la dicha divina, somos rápidos para pasar por alto la oferta asombrosa, y luego contradictoria, de felicidad suprema que Jesús nos hace. Con esta oferta de «bienaventuranza», Él nos invita a la felicidad misma de Dios, quien hizo el mundo desde su plenitud, no desde el vacío, y magnifica su plenitud al llenar con gusto nuestro vacío. Las ocho bienaventuranzas son contraintuitivas, contrarias al mundo, pero nada desafía tanto la bienaventuranza como el llanto, el dolor, la tristeza, la aflicción. 

Entonces, ¿qué quiere decir Jesús al declarar la propia felicidad de Dios sobre los que lloran?

¿Llorar qué?

Tenemos una explicación declarada en la misma línea: «bienaventurados los que lloran, pues ellos serán consolados». 

Un oído bíblicamente afinado podría reconocer la banda sonora: Isaías 61:1-3 y las amplias promesas del bien final para el propio pueblo de Dios. Él enviará a su ungido especial para «vendar a los quebrantados de corazón» y «consolar a todos los que lloran» (vv. 1-2). «Todos» no significa cada persona que llora en todas partes, sino todos los que son suyos, todos los que están «en Sión» (como hoy diríamos «en Cristo»). Él vendrá a «conceder a los que lloran en Sión […] aceite de alegría en vez de luto» (v. 3). 

Aun cuando este gran tema suena de fondo, surge una primera pregunta: ¿qué pérdida está llorando el pueblo de Dios? 

Los oyentes de Isaías lloraban el declive y la inminente devastación de su nación. Generación tras generación había crecido con los triunfos de Moisés y Josué, de David y Salomón. Sus propios antepasados habían sido rescatados de las profundidades de la esclavitud, habían recibido la promesa de Dios de su propia tierra y se habían elevado a alturas impresionantes bajo el mandato de David y su hijo. Pero tres siglos después, la nación era una sombra de lo que fue, menguando inexorablemente en una desobediencia generalizada al pacto, mientras potencias extranjeras se levantaban y amenazaban con subyugar a la debilitada nación. Los oyentes de Isaías amaban su herencia y lloraban la pérdida de su honor y libertad. 

En los días de Jesús, ese luto continuaba. Ahora el poder era Roma. Sin embargo, las causas del dolor eran mucho más que políticas. El remanente justo entre ellos sabía que debajo de la humillación de Israel yacía tanto el pecado de la nación como los pecados de cada israelita.

Incluso los impíos llorarán la pérdida de una ciudad amada —así como los incrédulos se lamentan por Babilonia (Ap 18)—. Los justos en Cristo también lloran tales pérdidas, pero el luto cristiano no termina sólo con la pérdida de algún amor que una vez se disfrutó. Se aflige por el pecado contra Dios, el nuestro y el de los demás (1Co 5:2; 2Co 12:21).

El buen luto

El buen luto se aflige y llora por pérdidas genuinas, tal como lo hizo Jesús en la tumba de Lázaro. Y el buen luto, en medio del llanto, saborea un gozo sustentador. Aun cuando lloramos lo que ahora hemos perdido, experimentamos la esperanza de que el Dador del gozo no está perdido, sino que está listo para sostenernos y satisfacernos. 

El buen luto también prepara el camino para el gozo real. Lo cual es en parte la razón por la que Eclesiastés diría que es mejor ir a la casa de luto (Ec 7:2). Un gozo mayor, no uno menor, se encuentra al otro lado del luto. ¿Cómo podría la tristeza ser mejor que la risa? Porque «cuando el rostro está triste el corazón puede estar contento» (Ec 7:3). 

De hecho, el buen luto es esencial para experimentar el verdadero gozo espiritual. Tú nunca has vivido un solo momento sin una naturaleza pecaminosa. Y nunca has vivido un solo momento en un mundo que no esté bajo maldición. Jesús no vino a humanos antes de la caída en el jardín del gozo primordial para ofrecerles el árbol de la vida; Él vino a humanos después de la caída, bajo la maldición del pecado y la muerte, para ser Él mismo la maldición por nuestros pecados y así convertir la cruz en un árbol de vida para nosotros. 

¿Quién consuela?

Ahora, tenemos una segunda pregunta que responder en su segunda bienaventuranza: ¿quién dará el consuelo?

La palabra que Jesús usa aquí para consuelo es una palabra común en el Nuevo Testamento (parakaleō) y que a menudo traducimos como «instar», «exhortar» o «animar». No es un consuelo para el cuerpo provisto por almohadas. Es un consuelo para el espíritu traído a través de palabras. El consuelo que Jesús promete para los que lloran es un consuelo espiritual, un consuelo del alma, presentado a través de promesas divinas y la verdad del Evangelio.

El resto del Nuevo Testamento relatará cómo los apóstoles hacen esto a través de sus epístolas inspiradas (1Ts 2:12; Heb 13:19, 22; 1P 5:12). Y de manera vital, el pueblo de Dios hace esto unos por otros con palabras mutuamente vivificantes (1Ts 4:18; 5:11; 2Co 13:11; Heb 3:13; 10:25). Los líderes de la iglesia hacen esto por el pueblo de Cristo a través del ministerio de la Palabra (1Ts 3:2; 1Ti 5:1; 2Ti 4:2). Pero en última instancia, en y a través de las palabras de apóstoles, pastores y compañeros creyentes, el consolador supremo de las almas santas y afligidas es Dios mismo, quien consuela a su pueblo a través de sus vasijas humanas con el consuelo que Él mismo provee (2Co 7:6).

Jesús se afligió y lloró

Volvamos a Jesús, quien pronuncia estas Bienaventuranzas. Jesús mismo sufrió. Él también vivió aquí, en este mundo caído y maldito. Y Él lloró (Jn 11:35). Él no fue pecador ni inmaduro por ser un «Varón de dolores». En cambio, su familiaridad con el dolor, como el hombre perfecto, fue una expresión brillante de su madurez y santidad. Prepárense: en los días de su carne, Él oró con gran clamor y lágrimas (Heb 5:7). Y nosotros encontramos fuerza, no defectos, en esas lágrimas santas. No es santo vivir sin dolor en esta era de tristezas. Tampoco es honorable llorar como lo hacen los incrédulos: sin una esperanza profunda, sólida y estabilizadora.

Pablo tampoco deja ningún ejemplo estoico. Una y otra vez humedece las páginas de sus cartas mencionando sus lágrimas (Hch 20:19, 31; 2Co 2:4; Fil 3:18). Tanto Cristo mismo como su apóstol a los gentiles vivieron esta segunda bienaventuranza en sus propias vidas al derramar las lágrimas de esta era mientras eran sostenidos con la bienaventuranza de Dios mismo y la era venidera. Y al hacerlo, nos mostraron la naturaleza del Reino que Jesús vino a traer y al que Pablo sirvió con gusto hasta su muerte.

El Reino de Cristo no es uno de pompa y pavoneo, no es un reinado de arrogancia y coerción, no es un Reino de este mundo. Así que, como observa Don Carson:

Aquellos que pretenden experimentar todas sus alegrías sin lágrimas confunden la naturaleza del Reino.

Viene un día en que nuestro Dios enjugará toda lágrima (Ap 7:17; 21:4). Sus hijos no siempre estarán de luto. Pero hasta entonces, en esta era de luto, nuestro Señor es honrado por el gozo en la tristeza, la paz en el dolor, la satisfacción en Él en medio de nuestros sufrimientos, un gozo inefable aun cuando estemos afligidos por diversas pruebas (1P 1:6-8).

Jesús no es honrado por ninguna pretensión de librarnos de las tristezas prematuramente. Él, en cambio, designa para nosotros dolores en este mundo, y con ellos, su gracia sustentadora para guardarnos.

La verdadera y última felicidad es para aquellos que lloran por ahora. 

Publicado originalmente en Desiring God. Usado con permiso.
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David Mathis

David Mathis es director ejecutivo de Desiring God y es pastor de Cities Church en Minneapolis. Es esposo, padre y autor de Hábitos de gracia: disfrutando a Jesús a través de las disciplinas espirituales.
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