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A este lado de la eternidad, hay razones legítimas para el temor. Si un niño se cae de las escaleras o corre hacia la calle, el temor es lo que gatilla nuestros instintos de correr y rescatar. Si nos encontramos en una situación peligrosa en riesgo de ser atacados o de que nos roben, el temor es lo que provoca que nuestro corazón se acelere y nuestro cerebro busque maneras de escapar. Si comenzamos a experimentar síntomas físicos preocupantes, tememos la potencial enfermedad que podría cambiarnos la vida y que un médico podría descubrir.

Dios ha puesto estas reacciones dentro de nosotros, y el temor a menudo puede ser una respuesta apropiada a los peligros de la vida en un mundo roto. No obstante, puesto que somos adoradores funcionales, siempre hay un tema subyacente más significativo: ¿el temor gobierna nuestros corazones?

Permíteme entregarte la aplicación práctica de este artículo y luego desarrollarla: tenemos que luchar contra el temor que domina la meditación de nuestros corazones y que controla los lentes a través de los cuales vemos la vida.

¿Meditas en el temor o meditas en Dios?

Existe una conexión directa entre aquello en lo que meditamos y aquello a lo que le tememos. Aquello a lo que tememos será directamente influenciado por dónde enfocamos la meditación de nuestro corazón. Esta es una de las razones de la advertencia de Proverbios 4:23: «con toda diligencia guarda tu corazón, porque de él brotan los manantiales de la vida».

Mientras más nos enfocamos en el temor, más grande, más complicado y más aterrador se convierte nuestro temor. A medida que nuestro temor, depresión o ansiedad se vuelven cada vez más grandes y dominan la mirada de los ojos de nuestro corazón, nuestro Señor parece disminuir en tamaño y poder.

Si nuestras luchas dominan la meditación de nuestros corazones, la asombrosa gloria, el poder innegable y la presencia consoladora de Dios no lo harán. Es espiritualmente devastador y emocionalmente paralizante llegar a pensar que Dios es pequeño, distante o carente del poder que sabemos que necesitamos desesperadamente. ¡No es una sorpresa que tengamos miedo! Nuestra meditación, si se centra en nuestros problemas en lugar de en nuestro Dios, nos robará el disfrute del consuelo de la presencia y la soberanía de Dios, dejándonos débiles, confundidos y solos en nuestro universo de la dificultad.

Aquello que controla nuestra meditación controlará nuestros pensamientos sobre Dios, nosotros y otros; nuestra situación e incluso la naturaleza de la vida misma. Y, a medida que meditamos en lo que sea que produzca miedo, ansiedad o depresión, nuestra alegría disminuye, nuestra esperanza se apaga y Dios parece cada vez más distante.

¡Pocas personas sufren por el hecho de que su Dios sea demasiado grande! A menudo he escuchado a quienes sufren describir cómo Dios se ha encogido ante su ojos, y han pensado: «si ese fuera el Dios que yo pensaba que era, tampoco confiaría en Él». Si bien nuestra teología formal puede seguir sin cambios, nuestra visión funcional de Dios lo ha hecho y, debido a esto, el temor nos persigue y nos ronda. 

Todo el tiempo, Dios no ha cambiado, su verdad sigue siendo verdad, y aquello que estamos enfrentando no se ha vuelto más grande; es solo más grande, más oscuro y más imposible a causa de nuestra meditación.

Nuestro sufrimiento ha reemplazado a Dios y a su verdad como el lente a través del cual miramos y entendemos la vida. No solo estamos lidiando con lo que estamos sufriendo, sino que también con el sufrimiento de cómo nuestra meditación antibíblica nos lleva a comprenderlo, sentirlo y responder a ello.

Me gusta decirlo de esta manera: cuando el miedo gobierna nuestros corazones, tendemos a «atormentar nuestro propio tormento».

El miedo es una respuesta razonable ante el peligro, pero es un dios cruel. Los corazones dominados por el miedo nos impulsarán a tomar acciones y reacciones irrazonables. Cuando el miedo gobierna nuestros corazones, no vemos ni pensamos acerca de la vida con precisión. Funcionamos con una visión distorsionada que nos lleva a sacar conclusiones incorrectas y a tomar malas decisiones.

En consejería, a menudo trataba de ayudar a mis clientes a ver que las cosas no eran tan malas como ellos las estaban imaginando, advirtiéndoles que estaban empeorando mucho su problema legítimo al responder de una manera impulsada por el miedo.

¿Cuál es la solución? Pedirle a Dios la visión para ver la vida a través de los ojos de la fe, y no a través del lente del miedo. Pedirle a Dios la gracia para meditar en Él, no en nuestro problema.

¿Cuándo fue la última vez que oraste con las palabras del Salmo 19:14? «Sean gratas las palabras de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti, oh Señor, roca mía y Redentor mío».

¿Negar el temor o negar a Dios?

La fe bíblica nunca nos exige negar las duras realidades de la vida en un mundo caído. Minimizar o ignorar nuestros miedos nunca es un prerrequisito para seguir a Dios. Ser discípulo de Cristo nunca significa que debamos ponernos una forzada y falsa cara feliz cuando experimentamos las dificultades y problemas de la vida. Vivir como cristiano nunca nos llama a defender la reputación de Dios actuando como si tuviéramos plena confianza en Él y no estuviéramos ansiosos por nada.

De hecho, un libro completo de la Biblia (los Salmos) es un guion de los clamores honestos del pueblo de Dios: clamores de confusión, ansiedad, duda, depresión y miedo en medio de las pruebas dolorosas de la vida. Dios nunca nos reprende por tener miedo. Nunca se burla de nosotros en nuestra debilidad. Nunca minimiza lo que estamos experimentando. Nunca nos da la espalda cuando nos preguntamos qué está haciendo o por qué estamos enfrentando lo que sea que estemos enfrentando. Nuestro Señor no solo puede manejar cada parte de nuestra honestidad, sino que su Palabra es una invitación a la honestidad.

La negación nunca es una respuesta bíblica al sufrimiento. Si debemos negar nuestras realidades difíciles para lograr una paz temporal, podremos disfrutarla momentáneamente, pero será fugaz, y no estaremos ejerciendo la fe bíblica. El mensaje de la Biblia es que los brazos del poder, la presencia y la gracia de Dios envuelven los momentos más profundos y oscuros del miedo, la ansiedad o el sufrimiento humano. Dios quiere que sepamos que es imposible que pasemos por algo fuera de su comprensión y cuidado. El mensaje es que la gracia de Dios no se trata solo de nuestro perdón pasado y nuestra esperanza futura, sino también de todo lo que estamos enfrentando ahora mismo. Todas las tristezas, desilusiones, debilidades y dilemas inesperados de hoy, y el sufrimiento que resulta, han sido abordados por su gracia.

¿Olvidar el miedo u olvidar a Dios?

Quizás no haya una trampa espiritual más grande que el olvido. Debido a que vivimos en un mundo roto, donde los problemas asaltan nuestra mente y corazón con tantas cosas nuevas que considerar, enfrentar, decidir, preguntarnos o temer, es muy fácil perder de vista y olvidar de manera práctica las cosas que han sido nuestra motivación, consuelo, seguridad y roca de esperanza.

Esta es la razón por la que los Salmos predican repetidamente sobre nuestra necesidad de recordar. De hecho, dos en particular, el Salmo 118 y el 136, están dedicados por completo a la importancia de combatir el olvido.

Necesitamos grabarnos el estribillo del Salmo 118:1 y del Salmo 136:1 en nuestras mentes en esos momentos en que la soledad, el olvido y el miedo están a punto de instalarse: «den gracias al Señor porque Él es bueno; porque para siempre es su misericordia».

Si vamos a combatir el olvido y el miedo que produce, debemos adquirir el hábito de sentarnos y relatar todas las formas en que Dios, en amor, nos ha guiado, provisto, protegido y nos ha salido al encuentro con su gracia y misericordia. Si vamos a combatir el olvido, debemos hacer esto una y otra vez. Hacerlo no es una negación de la dificultad presente; más bien, nos obliga a mirarla a través del lente de la presencia, el poder y el amor de nuestro Salvador.

¿Miedo a la creación o miedo a Dios?

El miedo a las cosas de la creación es una trampa tentadora, pero la confianza en el Creador es una forma segura de vivir. El temor de Dios no elimina el miedo, la ansiedad o la depresión de nuestras vidas, sino que cambia drásticamente la forma en que procesamos esas cosas.

Cuando tememos a Dios, la ecuación no somos nosotros comparados con el tamaño de nuestra prueba, sino nuestro Dios comparado con el tamaño de nuestras pruebas.

La única solución práctica y duradera al miedo a situaciones, lugares o personas es el temor de Dios. Solo el temor a Alguien más poderoso que aquello que estamos enfrentando, y la seguridad de que este Ser de poder temible ha elegido desatar su poder para nuestro beneficio, nos infunden valor frente a algo o alguien más poderoso que nosotros.

Dios entiende lo que no entendemos. Él controla lo que no podemos controlar. Él tiene poder donde nosotros no tenemos poder. Él da lo que nunca podríamos ganar. Él está siempre presente, siempre amoroso y eternamente lleno de gracia. Sobre sus hijos, Él derrama todo lo que es. Es realmente cierto que el temor de Dios es la única solución al miedo a cualquier otra cosa.

El temor de Dios —ese reconocimiento agradecido y reverente de su gloria, soberanía y poder— es la manera de encontrar descanso y esperanza frente a lo que parece difícil y desesperanzador. Proverbios 15:16 lo dice muy bien: «mejor es poco con temor del Señor, que gran tesoro con turbación».

Finalmente, es crucial recordar que nada de lo que enfrentamos en este mundo roto es final o eterno. Es importante predicarnos a nosotros mismos que lo que sea que temamos no durará para siempre.

El sufrimiento, en el esquema eterno de las cosas, no durará para siempre. Dios es eterno. Su presencia estará con sus hijos para siempre. Su gracia es un regalo que nunca se agotará ni se desgastará. Su poder nunca se desvanecerá. En el análisis final, nuestro sufrimiento no determinará nuestro destino. Solo Dios lo hace, y Él es asombroso en poder y gracia.

El miedo, la ansiedad o la depresión casi siempre acompañarán la vida en un mundo caído, pero estas aflicciones no tienen que gobernar nuestros corazones ni diezmar nuestra esperanza. Por gracia, somos los hijos e hijas de Uno que es más grande que cualquier cosa que podamos temer. Él está en nosotros, con nosotros y por nosotros, y desata su gloria para nuestro bien.

Me encantan las palabras de Jesús cuando se enfrenta a lo impensable: «miren, la hora viene, y ya ha llegado, en que serán esparcidos, cada uno a su lado, y me dejarán solo; y sin embargo no estoy solo, porque el Padre está conmigo» (Jn 16:32).

Este recurso fue publicado originalmente en Paul Tripp Ministries.
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Paul David Tripp
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Paul David Tripp

El Dr. Paul David Tripp es pastor, conferencista internacional y autor de libros éxito de ventas y ganadores de premios. Es el director de Paul Tripp Ministries. Con más de 30 libros y series en video, la pasión que mueve a Paul es conectar el poder transformador de Jesucristo a la vida cotidiana.  
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