Donde no hay bueyes, el pesebre está limpio,
Pero mucho rendimiento se obtiene por la fuerza del buey (Proverbios 14:4).
Créanlo o no, este texto nos enseña sobre la crianza. Trata sobre el hogar.
Específicamente, puede servir como un «versículo de vida» para algunas madres con niños pequeños. Cuanto más vivaces y coloridas sean las personalidades de tus hijos, o cuanto más alérgicos sean al orden y al juego sedentario, más oportunamente llegará este versículo a tu alma. Madres que viven en el callejón de «al límite de mis fuerzas», tal vez madres con varios niños varones preciosos —ustedes saben quiénes son—, dejen que la Palabra de Dios llegue al corazón de las expectativas poco realistas y les otorgue paz. Podríamos reescribir el principio de esta manera: «Donde no hay niños, la casa está limpia».
El hogar menos limpio
Donde no hay bueyes, el pesebre está limpio. Donde no hay bestias que frecuenten el establo, este permanece impecable. Cuando las residencias de animales no tienen mascotas, cuando los nidos no tienen aves, cuando las habitaciones no tienen niños, la limpieza no genera estrés. La administración de un hogar es más sencilla cuando aquellos bajo tu mando no pasan parte de su día deshaciendo lo que tú has hecho.
Cuando se considera únicamente la pulcritud de una casa, los niños pequeños son amotinados, conspiradores, saboteadores. Su creatividad rara vez surge de forma tan plena, constante e impresionante como cuando idean nuevos planes para ensuciar lo que antes estaba limpio. En un abrir y cerrar de ojos, pintan las paredes y el techo como si fuera la Capilla Sixtina. Con precisión militar, dejan Legos esparcidos por el suelo como minas terrestres para ser descubiertas en plena noche. Pegan cosas que Dios nunca tuvo la intención de unir. Y coordinan sus ataques; nunca son mejores amigos que cuando siembran el caos. Si toda madre sueña con salas impecables, cocinas despejadas y baños relucientes, ningún niño comparte ese sueño.
Donde no hay niños, la casa está limpia. Donde no hay locura, la camioneta tiene un mejor valor de reventa, el jardín no está decorado con juguetes, los asientos del inodoro apenas necesitan limpieza y la casa no está perpetuamente en una condición de «usada». El principio aquí asume que, por donde rondan estos pequeños pedacitos de alegría, la casa estará menos cuidada. Existe más trabajo en una casa llena, especialmente cuando los niños son pequeños y están en edades cercanas. Nosotros los disciplinamos —les enseñamos a limpiar y les ponemos límites para que no los crucen con una pluma o un marcador permanente—, pero siguen siendo niños. Ensucian con mayor eficiencia de la que la mayoría de nosotros limpiamos.
Así que hablemos de ello: tus expectativas para tu hogar. Perfeccionistas, ¿estamos tomando en cuenta quién vive en nuestra casa? Sin bueyes el pesebre está limpio; donde hay muchos bueyes, el pesebre está, bueno, menos limpio. El problema surge cuando quienes tienen bueyes en sus casas mantienen estándares de limpieza de una casa sin bueyes.
¡Oh, ustedes, Martas!, están ansiosas por muchas cosas. Y con cada nuevo hijo, nuevas ansiedades acechan a tu puerta. El deseo de ellos es para ti. Tienes nuevas responsabilidades y menos tiempo para continuar con las antiguas. Muchas de ustedes son mujeres virtuosas, «La mujer sabia edifica su casa» (Pr 14:1). Pero respira, querida hermana, querida madre. Con pequeñitos, la casa no puede estar lista para una sesión de fotos.
Ahora bien, no pretendo entrometerme en tu hogar. Habla con tu esposo y comenten las expectativas. A mi esposa y a mí nos benefició mucho hablar sobre cuáles deberían ser nuestros estándares para nuestro hogar en esta etapa de la vida. Tener en cuenta la frase «en esta etapa de la vida» es la clave.
En mi pequeña encuesta, parece que la esposa a menudo trabaja bajo un estándar que supera con creces el de su esposo; tal vez con la mirada puesta en otras mujeres que la visitan. De ahí el alivio del proverbio. La sabiduría presupone lo obvio: más criaturas en el establo significan más desorden, lo que significa más trabajo, lo que significa menos capacidad para mantener las cosas como si nadie las hubiera tocado. La estética del hogar es parte del «costo» de tener pequeños preciosos. Pero cuando viene la tentación de vivir según los ideales de Pinterest, el proverbio nos recuerda que estos pequeños generadores de desorden valen la pena.
El hogar abundante
Donde no hay bueyes, el pesebre está limpio,
Pero mucho rendimiento se obtiene por la fuerza del buey (Pr 14:4).
Madres abrumadas, están cansadas porque la maternidad es difícil, pero recuerden su bendición. Las bancas de la iglesia están llenas de mujeres jóvenes, de mediana edad y ancianas a quienes les encantaría ocupar su lugar. Ellas cambiarían camas ordenadas por bebés. La casa silenciosa y cuidada puede ser una tristeza para ellas. O bien sus nidos se vaciaron —sólo quedan hermosos recuerdos del desorden— o sus nidos nunca albergaron pajaritos.
Cómo anhelan volver a escuchar el piar. Madres jóvenes, sé de buena fuente que, si viven lo suficiente, llegarán a extrañar estos días de bendita ineficiencia. Mantengan la perspectiva en medio de la niebla.
El énfasis se pone en la segunda parte del proverbio: el desorden y el trabajo duro vienen con los bueyes, sí, pero también las cosechas abundantes. La vida puede ser más desordenada, pero nuestras vidas son más poderosas. Los hijos, como el buey, nos añaden fuerza después de muchos años de inversión. A medida que los instruimos en el temor de nuestro Señor, y mientras Él también los instruye en el temor del Señor, se convierten en miembros productivos del hogar y de la sociedad. Siempre nos dieron alegría; ahora añaden crecimiento. Sacrificamos con gusto la comodidad y los hogares impecables por el tesoro mucho mayor de tener hijos —no bueyes, sino almas inmortales.
Muchos en la generación más joven no logran creer que los hijos son una bendición. Los ven como una carga; los hijos asesinan el tiempo libre y abarrotan las vidas. «El perro es menos necesitado», razonan; su residencia canina es más fácil de limpiar y su vida menos exigente. Además, los perros viven menos y son más fáciles de sacar de la vida de una persona. Así, las parejas fértiles crían a su «perrhijo» como un miembro de la familia en lugar de tener niños. Pero, como añade la Biblia de Estudio del Diario Vivir: «la única manera de mantener tu vida libre de problemas con la gente es manteniéndola libre de gente. Pero si tu vida está vacía de gente, es inútil; y si vives sólo para ti mismo, tu vida pierde su sentido… ¿Está tu vida limpia pero vacía?».
Nuestras vidas serán más desordenadas. Nuestros planes se verán descarrilados; nuestras noches serán devoradas inesperadamente. A menudo pagaremos el costo de amistades sin interrupciones, tiempo libre y noches pasadas sólo con nuestros cónyuges. Pero vale la pena. Los hijos son una inversión que al final conduce a la abundancia.
El hogar del Padre
Me dicen que estos días también pasarán. Se acercan los días en que los niños podrán subir solos al auto y prepararse el desayuno. Podrán ir al baño durante el sermón y limpiar sus propias habitaciones sin añadir confusión al caos. Y en ese día, cuando podamos reunirnos alrededor de la mesa y comer sin alzadores, sillas altas ni baberos, podremos dar testimonio de la bondad y fidelidad de nuestro Señor al darnos los unos a los otros.
En esos días de independencia, recordaremos con cariño su dependencia. Y por la gracia de Dios, daremos gracias por las temporadas de lo que se sintió como un trabajo desagradable, porque dio una cosecha. El crecimiento y la abundancia embellecerán el recuerdo de la suciedad y el desorden. Hasta entonces, el pesebre, la casa y el auto están menos limpios de lo que nos gustaría.
Como pensamiento final, considera nuestro tema a la luz del corazón de Dios, que lo movió a hacer de este mundo caído su hogar. Él podría haber evitado todo este lío de pecado, muerte y redención; podría haberle ahorrado el sufrimiento a su Hijo y poblado la tierra con cachorritos, si tan sólo nunca nos hubiera creado. Pero nos creó. La tierra podría haberse mantenido limpia de guerras, fealdad y contaminación si tan sólo hubiera acabado con todo en el diluvio. Donde no hay personas ni ángeles caídos, la tierra está tan limpia como el cielo.
Pero Dios soportó, venció y produjo abundancia eterna. Cristo tomó sobre sí mismo nuestro pecado para que nosotros pudiéramos tomar sobre nosotros su pureza perfecta. En su propia pequeña medida, nuestra feliz crianza sobre un reino menos limpio de lo que debería ser —de lo que será algún día— se une como un tenue eco de esa historia perfecta.
