A menudo en los Evangelios, los verdaderos adoradores de Jesús son aquellos que están dispuestos a armar un escándalo por Él. Gritan; suplican; corren; alcanzan. Hacen lo que sea necesario para estar cerca de Jesús, sin importar lo que otros puedan pensar.
Unos pocos hombres hicieron pedazos un techo para llamar la atención de Jesús. Una madre llora y se lamenta detrás de Él y no acepta un no como respuesta. Mujeres impuras irrumpen entre las multitudes y entran a casas de fariseos sin invitación. Un hombre respetable se sube a un árbol y un mendigo ciego no deja de gritar. En cada una de estas escenas, el amor por Jesús no tiene problema en parecer poco digno, incluso escandaloso, a los ojos de un mundo indiferente.
Sin embargo, la Semana Santa nos da una de las exhibiciones más escandalosas de todas. Un par de días antes de que Jesús diera su vida, mientras comía en una casa cerca de Jerusalén, vino una mujer sosteniendo un frasco de perfume «muy costoso», nardo puro del valor del salario de un año (Mr 14:3). Ella tiene en sus manos el trabajo de 300 días, el tipo de fortuna que mantendrías oculta.
La conversación se detiene a medida que los discípulos y los amigos de Jesús ven acercarse a la mujer. «¿Qué está haciendo?», se preguntan. Entonces, en un par de momentos decisivos, abre el frasco, lo levanta por sobre la cabeza de su Señor y vierte cada gota.
¿Por qué este desperdicio?
Mientras el perfume gotea por la barba de Jesús y se acumula a sus pies, algunos de los presentes empiezan a enojarse. Su reacción sigue un patrón típico en los Evangelios: cuando los verdaderos adoradores hacen una escena, otros desaprueban, protestan y se mueven para restablecer el orden. En este caso, Marcos registra su protesta en tres pasos.
Primero, calculan. Evalúan el tamaño del frasco, huelen el perfume y la suma se hace clara: «este perfume podía haberse vendido por más de 300 denarios […]» (Mr 14:5).
Segundo, se agitan. «Estaban indignados y se decían unos a otros: “¿para qué se ha hecho este desperdicio de perfume?”» (Mr 14:4). El perfume no era su perfume; no representaba un año de su trabajo. Entonces, ¿por qué la indignación? «Los pobres», respondieron (Mr 14:5). No obstante, pareciera que algo no se dijo.
Como muchos podemos testificar, un corazón tibio no puede contemplar la verdadera adoración sin sentirse silenciosamente reprendido. Semejante extravagancia nos amenaza; parece pesar nuestra adoración y hallarla insuficiente. Así que, quisiéramos mantener toda la religión moderada, no sólo la nuestra. Mantendríamos todos los sacrificios pequeños, toda la devoción medida, todo el perfume a salvo en el frasco.
Tercero, no sólo calculan y agitan, sino que también reprueban. «Y la reprendían» (Mr 14:5). La indignación interior no es suficiente, miran a esta mujer devota y la atacan. No sólo piensan que su adoración es un desperdicio; se lo dicen.
Tal escena se ha repetido muchas veces a lo largo de los siglos desde la Semana Santa. Un estudiante brillante en matemáticas decide ir al seminario. Una familia con cuatro hijos menores de cinco años decide ir a vivir al extranjero. Una pareja con hijos que ya crecieron acoge a otro. Un joven dedica las tardes y los fines de semana para discipular a otros. Y profesores, padres, vecinos o amigos calculan el costo y dicen: «es un desperdicio».
Con frecuencia, no han calculado mal el costo. Pero tampoco han incluido todas las variables. Porque mientras los espectadores se enfocan en el valor del sacrificio (el perfume, la carrera, la juventud, la comodidad), los adoradores se enfocan en el valor muchísimo mayor de Cristo.
Contempla esta belleza
Así que allí está la mujer, un año más pobre y quizás preguntándose si su adoración ha ido demasiado lejos. «¿He sido una tonta?». Pero entonces Jesús interviene y elimina cualquier duda: «déjenla; ¿por qué la molestan? Buena obra ha hecho para mí» (Mr 14:6).
Donde ellos vieron pérdida, Él vio amor. Donde ellos vieron desperdicio, Él vio belleza. ¿Por qué? Porque nuestro Señor halla hermoso todo lo que hacemos en respuesta a su belleza. Y su belleza sola había roto el frasco de ella:
Porque a los pobres siempre los tendrán con ustedes […]; pero a mí no siempre me tendrán. Ella ha hecho lo que ha podido; se ha anticipado a ungir mi cuerpo para la sepultura (Marcos 14:7-8).
¿Ella sabía que estaba ungiendo su cuerpo para la sepultura? Quizás no. Pero aun así, parece haber intuido que algo estaba a punto de cambiar. «A mí no siempre me tendrán». Y la visión de su valor la impulsó a buscar alguna forma de derramar su amor. Si el mundo no iba a ungirlo, a aclamarlo, a adorarlo, entonces ella lo haría. Su frasco roto era simplemente una imagen de su corazón devoto.
Y también era una imagen del suyo. Dentro de la semana, Él también derramaría su tesoro más valioso, esta vez sobre ella y todo su pueblo. Pero el frasco sería su cuerpo y el ungüento, su sangre. Y mientras algunos mirarían ese quebrantamiento y verían desperdicio, nosotros miramos y vemos belleza. Mientras muchos ven pérdida, vemos un amor insondable derramado, una vida de valor infinitamente más grande.
Ella vio de forma incompleta lo que ahora vemos con mayor claridad: ninguna adoración es demasiado extravagante para el Señor del Calvario. Y ninguna adoración de esa naturaleza es un desperdicio.
Derrama lo que es precioso
Ninguna semana en la historia del mundo ha generado más «desperdicio» que la Semana Santa. El Señor de la cruz y de la tumba vacía ha humillado planes mundanos, ha malgastado fortunas que antes estaban destinadas al ego, ha desechado comodidades, ha enviado a innumerables santos por el camino del amor sufriente. Porque cuando vemos su propio corazón derramado, no podemos evitar derramar nuestros tesoros más valiosos sobre Él.
¿Por qué tenemos tales tesoros en primer lugar? ¿Por qué dinero, por qué juventud, por qué casa, por qué fuerza, por qué habilidades, por qué belleza? Para que tengamos algún tributo que ofrecerle a nuestro Rey, algún frasco que romper por su causa, algo que «desperdiciar» por su valor.
Publicado originalmente en Desiring God. Usado con permiso.