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Sé que oras mientras redactas tus sermones. Probablemente incluyes algún tipo de oración por iluminación antes de que la Escritura sea leída y expuesta en tus servicios. Sin embargo, ¿si hubiera una manera de afilar y pulir estas oraciones? ¿Y si un consagrado maestro del lenguaje nos hubiera dejado palabras para ayudarnos a orar antes de predicar?

El poeta y pastor del siglo xvii, George Herbert, concluyó su libro The Country Parson [El párroco rural]1 con «La oración del autor antes del sermón». Cuando hago mía esta oración, la pasión por predicar salta en mi interior; el gozo de la historia de nuestra redención se une a la gravedad de la tarea de la proclamación. Espero avivar la llama de tu predicación resaltando siete momentos en la oración de Herbert.

1. Aclamar al Creador

Antes de prepararnos o de, en realidad, predicar, elevamos la mirada por encima de nosotros mismos hacia Aquel que nos hizo. Herbert abre con adoración:

¡Oh, Señor Dios Todopoderoso y eterno! 
¡Majestad, poder, resplandor y gloria!

El simple hecho de nombrar estos atributos del Dios trino nos eleva, a nosotros y a nuestros oyentes, hacia una conciencia afectuosa. Un propósito esencial de cada servicio de adoración es «[buscar] las cosas de arriba, donde está Cristo» (Col 3:1). En una era secular llena de distracciones, nuestra gente necesita que se le recuerde que fue creada por Dios para la gloria de Dios. Herbert continúa:

Tú eres nuestro Creador; nosotros tu obra. 
Tus manos nos hicieron y también nos hicieron señores de todas tus criaturas; 
dándonos un mundo en nosotros mismos, y otro para servirnos; 
Luego nos pusiste en el paraíso, y seguías procediendo en tus favores…

No somos un accidente. Fuimos creados personalmente por Dios y puestos en la tierra para vivir en armonía y gobernar con benevolencia. Nuestros mismos cuerpos están hechos «asombrosa y maravillosamente» (Sal 139:14), al igual que el mundo que nos rodea. ¡La vida es mucho más que nuestro trajín diario!

2. Admitir nuestra difícil situación

Sin embargo, la historia de la caída nunca puede estar lejos de nuestra proclamación.

… hasta que interrumpimos tus consejos, 
defraudamos tus propósitos, y 
vendimos a nuestro glorioso y misericordioso Dios por una manzana.
¡Oh, escríbelo! ¡Oh, márcalo en nuestras frentes para siempre: 
por una manzana una vez perdimos a nuestro Dios, 
y aún lo perdemos por no más que eso; 
por dinero, por carne, por dieta…

Herbert nos sacude con el intercambio ridículo que nuestros primeros padres hicieron en el huerto. ¡Cambiamos a nuestro Dios por un simple trozo de fruta! Este pecado primario se repite en cada vida y en cada época. Seguimos desechando a «nuestro glorioso y misericordioso Dios» por las mismas viejas y tontas tentaciones.

En sólo unas pocas líneas de oración, Herbert recuerda a su congregación su propósito hermosamente sublime y su fracaso catastrófico al no cumplirlo.

3. Exaltar la misericordia de Dios

Ahora, avergonzado y necesitado, Herbert regresa al carácter de Dios para encontrar esperanza para nuestra situación:

Pero Tú, Señor, eres paciencia, piedad, dulzura y amor;
por eso nosotros, los hijos de los hombres, no somos consumidos. 
Has exaltado tu misericordia sobre todas las cosas y 
has hecho que nuestra salvación, no nuestro castigo, sea tu gloria: 
de modo que donde el pecado abundó, no fue la muerte, sino la gracia la que sobreabundó.

Como solían hacer los líderes piadosos en Israel cuando las consecuencias del pecado traían calamidad a la nación, Herbert vuelve a la adoración. ¿Qué otro dios es como el nuestro? Él estaría justificado (y sería glorificado) si ejecutara el castigo debido por nuestro pecado. Nuestro Señor podría exaltar su santidad en nuestra incineración y aun así tener la razón. Pero no lo hace.

La salvación, no el castigo, está en el corazón de la gloria de Dios (Ef 1:2-6). La gracia ha sobreabundado, abrumando al pecado y a la muerte. ¡Así es nuestro Dios!

4. Maravillarnos ante el Salvador

La sección central de la oración recuerda cómo el Dios trino se dispuso a salvarnos.

En consecuencia, cuando habíamos pecado más allá de cualquier ayuda en el cielo o en la tierra, entonces dijiste: «¡he aquí, yo vengo!». 
Entonces, el Señor de la vida, incapaz Él mismo de morir, ideó cómo hacerlo. 
Tomó carne, lloró, murió; por sus enemigos murió; 
incluso por aquellos que, entonces, se burlaban de Él, y que aún le desprecian. 

¡Bendito Salvador! ¡Ni las muchas aguas pudieron apagar tu amor!
Ni ningún abismo abrumarlo. Pero aunque las corrientes de tu sangre 
corrieron a través de las tinieblas, el sepulcro y el infierno; 
sin embargo, por estos tus conflictos, y aparentes peligros,
resucitaste triunfante, y en ello nos hiciste victoriosos.

El Evangelio es Jesucristo en todos los eventos salvíficos de su vida encarnada (2Ti 2:8). Por eso, Herbert repasa la historia a través de la doxología.

En media frase, pinta nuestra desesperación: «cuando habíamos pecado más allá de cualquier ayuda en el cielo o en la tierra». Estábamos perdidos hasta lo más hondo. Sin embargo, el Dios trino conspiró para rescatarnos; el Autor entró en la historia. «¡he aquí, yo vengo!». Qué declaración. Herbert nos lleva de vuelta a las palabras de Dios en Isaías 59:16: «vio que no había nadie, y se asombró de que no hubiera quien intercediera; entonces su brazo le trajo salvación». Él vino en persona.

Herbert ora la trama en tres verbos: «tomó carne, lloró, murió». La vida sin pecado de Jesús condujo a su muerte expiatoria. Herbert se asegura de que no pasemos por alto la paradoja de esta salvación. Por definición, Aquel que tiene vida en sí mismo no puede morir (Jn 5:26). Sin embargo, el «único y sabio Dios» encontró una manera para que la Vida misma muriera (Ro 16:27). Esta estrategia engañó al diablo, a los romanos, a los líderes religiosos e incluso a los discípulos. El Hijo eterno asumió carne humana para no sólo vivir fielmente en nuestra carne, sino también ser traspasado y colgado para morir.

Con asombro, Herbert exalta la muerte de Cristo por sus enemigos —todos nosotros—. Su sangre real corrió a través de las «tinieblas, el sepulcro y el infierno» en nuestro favor. Después de relatar estos «peligros», Herbert se maravilla ante el giro repentino del triunfo de la resurrección, que ahora se ha convertido, asombrosamente, en nuestra victoria también.

5. Pedir ayuda

La oración de Herbert sigue ahora el amor de Cristo que se derrama en el día de hoy a través del poder de la predicación:

¡Ni tampoco se detiene aquí tu amor! 
Pues esta palabra de tu rica paz y reconciliación 
no la has encomendado al trueno, o a los ángeles, sino a hombres tontos y pecadores:
incluso a mí, perdonando mis pecados y ordenándome ir a alimentar a la gente de tu amor… 

Tu indigno siervo les habla: 
¡Señor Jesús! Enséñame Tú, para que yo pueda enseñarles: 
santifica, capacita todos mis poderes, para que en su total fuerza
puedan entregar tu mensaje con reverencia, prontitud, fidelidad y fruto.

Si alguna vez nos atrevemos a tomar nuestra preparación a la ligera, confiando en una lengua ágil para improvisar el domingo, esta oración nos curará. La noticia de la «rica paz y reconciliación» no tiene otro canal para llegar al mundo. Por asombroso que parezca, Dios ha encomendado el mensaje del Evangelio a «hombres tontos y pecadores». ¡Oh Jesús, ayúdame! ¿Quién es apto para tal tarea?

Luego viene algo de seguridad: la reconciliación de Cristo cubre incluso los pecados del predicador. Y Él nos llama a alimentar a «la gente de [su] amor». ¿Por qué pasar incontables horas excavando textos difíciles? ¿Por qué trabajar para prepararse para los domingos? Porque estas son las personas que Jesús te ha dado para alimentar; ¡personas a las que Él ama! Ellos escuchan al Pastor a través de ti.

En humildad, Herbert continúa haciendo la oración esencial del predicador en pocas palabras: «enséñame Tú, para que yo pueda enseñarles». Esa es nuestra petición; esa es nuestra vida. Cavar la Palabra para vigorizar al pueblo. Confiar plenamente en la seguridad de Jesús: «¿cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?» (Lc 11:13). Pide. Todo el tiempo.

Renovado en la pasión por esta tarea, Herbert ofrece de vuelta a Dios los dones que Él le ha dado para que aumenten hasta su «total fuerza». Ruega a Dios que predique con fruto.

6. Orar por la iglesia

Mientras la gente se pone de pie para la lectura de la Escritura, Herbert recuerda que la adoración en el Día del Señor no está sucediendo sólo en su pequeña congregación en Bemerton. En toda Inglaterra —de hecho, en todo el mundo— el pueblo de Cristo se levanta para recibir la Palabra leída y predicada:

He aquí, estamos aquí, suplicándote que bendigas tu Palabra, 
dondequiera que se hable hoy en toda la iglesia universal. 

Oh, haz que sea una palabra de poder y paz, 
para convertir a los que aún no son tuyos, 
y para confirmar a los que ya lo son. 
Oh, no permitas que nuestros corazones necios e indignos nos roben la continuidad 
de este tu dulce amor: sino perdona nuestros pecados y perfecciona lo que has comenzado.

¡Cabalga, Señor! Por causa de la Palabra de verdad, de mansedumbre y de justicia… 
Especialmente, bendice a esta porción aquí reunida, con tu indigno siervo hablándoles.

Podemos sentir la energía subir mientras Herbert se dispone a predicar. Ora para que la Palabra «convierta» a los perdidos y «confirme» a los encontrados. Ora contra la necedad de los corazones humanos que podrían robar a sus oyentes un encuentro con Cristo. Como si agitara palmas a lo largo del camino de Jesús hacia Jerusalén, exhorta a Jesús a entrar en la asamblea con poder salvador.

No puedo evitar pensar en la práctica del difunto Harry Reeder de ir al santuario vacío los sábados por la tarde. Caminaba por los bancos, viendo con los ojos de su mente a las personas que suelen ocupar esos lugares. Oraba para que Cristo se encontrara con ellos en verdad y misericordia a la mañana siguiente. La oración de Herbert muestra que él también ya había pensado en el tipo de personas que podrían asistir y qué era lo que más necesitaban escuchar.

7. Petición para el momento de la predicación

Finalmente, Herbert ora por el evento en cuestión: 

Oh, haz que tu Palabra sea una palabra veloz, que pase del oído al corazón, 
del corazón a la vida y a la conversación: 
que así como la lluvia no vuelve vacía, así tampoco vuelva tu Palabra, 
sino que cumpla aquello para lo cual es dada. 
¡Oh Señor, oye; oh Señor, perdona! 
¡Oh Señor, escucha y hazlo por amor de tu bendito Hijo, 
en cuyas dulces y placenteras palabras decimos: «Padre nuestro…»!

Escucho su conclusión así: «¡Señor, no permitas que estas palabras caigan en oídos sordos! Haz que bajen al corazón. Luego, suéltalas en el trabajo diario y en el hablar de tu pueblo. Prometiste que tu Palabra no volvería a ti vacía, sino que cumpliría todo lo que te propones (Is 55:11). Haz que así sea incluso ahora. ¡No permitas que salgamos de este lugar siendo los mismos!». Luego, Herbert cierra con las palabras que él no inventó, sino que Jesús mismo nos dio para orar.

Si nos atrevemos a tomar el ejemplo de Herbert, ¿qué podría hacer Dios con un sermón tan empapado de oración? ¿Lo intentamos?

Publicado originalmente en Desiring God. Usado con permiso.
  1. N. del T.: todas las citas de este libro serán traducción propia, ya que el libro no tiene traducción oficial en español.
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Gerrit Scott Dawson
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Gerrit Scott Dawson

Gerrit Scott Dawson pastorea la First Presbyterian Church de Baton Rouge (EPC). Su proyecto de escritura más reciente es Golden Threads: Tracing the Tapestry of Scripture [Hebras doradas: trazando el tapiz de la Escritura].
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