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Hoy embestí ese tipo de tareas de limpieza que imagino que otras mujeres más diligentes y dedicadas al hogar hacen todo el tiempo: ese orden que requiere separar los muebles de la pared, pasar la aspiradora debajo de las camas y aplicar con ferocidad el trapo del polvo a los travesaños de las sillas y a los rincones ocultos de los libreros.

Las rutinas domésticas sencillas son la música de fondo de todo lo demás que hago. El estudio y la preparación para el ministerio van acompañados del zumbido de una lavadora y la cadencia de la preparación continua de las comidas. En el invierno, una voraz estufa de leña requiere cuidado y alimentación; en el verano, hay un jardín que necesita atención.

Este latido constante de actividad es el pegamento que mantiene unido un hogar, y uno de los descubrimientos más sorprendentes de mi vida ha sido que es posible encontrar una existencia plena y con sentido en medio de una rutina que entumece la mente. Resulta que la vida no se define principalmente por lo que estás haciendo; se define por el porqué lo haces. Y nadie me enseñó esa lección con más fuerza que Elisabeth Elliot.

Autora y ama de casa

Hace veintisiete años, empaqué mi taza de café favorita, mis archivos personales y algunas muestras de mi trabajo, y me alejé de mi carrera en recursos humanos. Cuatro bebés en ocho años, la educación en casa, el ministerio en la iglesia y un enorme huerto cada año dejaban poco tiempo para el estudio profundo, pero desde el principio me sumergí con celo en los escritos de Elliot y me encontré siendo mentoreada a través de sus libros.

Pronto descubrí que Elliot se apresuraba a trazar la conexión entre las rutinas de la domesticidad y los misterios de la práctica espiritual. Aunque se convirtió en una conferencista muy solicitada y sus palabras llegaron (y aún llegan) a millones de personas a través de ministerios impresos y de radio, en realidad afirmaba disfrutar más que nada de las tareas del hogar, pues sabía cómo hacerlas y (a diferencia de escribir un libro) sabía cuáles serían los resultados.

Su atención al detalle fue fomentada en parte por la directora de su internado, quien sentenció: «no andes por ahí con una Biblia bajo el brazo si no has barrido debajo de la cama1». No quería que alguien que tuviera el suelo sucio hablara mucho de temas espirituales.

Con su dicción impecable, su humor irónico y su entrega nítida y directa de la verdad del Evangelio, Elliot ha influido en mi enseñanza y en mi maternidad como nadie más, pero también ha moldeado enormemente mi actitud hacia las tareas domésticas.

Mezcla de coraje y gracia

Aunque me quedo muy corta respecto a los estándares de Elliot, me motiva su afirmación de que la autodisciplina —en el hogar o en cualquier otro lugar— es una entrega alegre, un «sí incondicional al llamado de Dios» que se abre camino en la vida, ante todo, a través del desempeño fiel de tareas pequeñas e invisibles2.

Ella me ayudó a ver las tareas del hogar como una analogía de nuestra vida espiritual en general. Así como limpiar las migajas de la mesa del comedor nunca será algo que se haga una sola vez y para siempre (¡al menos en mi casa!), tampoco lo son las prácticas de formación espiritual. Al cuidar la salud y la integridad de nuestra alma, cada día habrá «migajas» que necesiten ser retiradas, y esto es algo bueno, pues nos mantiene conscientes de nuestra dependencia de Dios como criaturas suyas.

Los sólidos cimientos del Evangelio en Elliot me han ayudado a evitar una mentalidad de puro esfuerzo personal, pues me recuerda que «la disciplina no es mi derecho sobre Cristo, sino la evidencia de su derecho sobre mí». Encarnamos la autodisciplina aquí en la tierra por el milagro de la gracia, de acuerdo con las pautas de la Escritura y a través de la inspiración y la capacitación del Espíritu de Dios. Lo que nosotros aportamos a esta ecuación es nuestra propia voluntad como una ofrenda a Dios, un «sacrificio vivo» (Ro 12:1).

Elliot mezclaba el coraje y la gracia con tanta constancia que es imposible saber —e inútil preguntarse— dónde termina uno y comienza la otra. Hablaba con la certeza de quien ha dado el paso de la obediencia las veces suficientes, de quien ha elegido el camino de la fe con la frecuencia necesaria para aprender el secreto de que el gozo resultante y la intimidad profunda con Dios no tienen precio, incluso cuando la obediencia parece pequeña e invisible.

Compromiso a la fidelidad diaria

En una vida marcada por enormes trastornos y oportunidades tanto de gloria como de dolor, es evidente que Elliot se convirtió en esa persona que inspiraba asombro gracias a su compromiso con la fidelidad diaria en los lugares invisibles. Una fe tanto brutalmente práctica como inconfundiblemente mística la llevó a un ministerio de valiente exposición de la verdad, forjado en un crisol de soledad y desconcierto ante los caminos de Dios. Apoyándose con fuerza en sus preguntas, descubrió que Dios es fiel y lo abrazó como «tanto el viaje como el destino».

Las variadas etapas de su vida la encontraron analizando lenguas no escritas para llevarlas a la escritura, funcionando como madre soltera, planchando las camisas de sus esposos, atendiendo invitados en su casa de Nueva Inglaterra, viajando por todo el mundo como oradora y luchando con la tecnología para producir más de dos docenas de libros. Ella derramó fielmente su vida al servicio de Dios, convencida de que todo era parte de su llamado. Sus «tareas ministeriales» nunca se consideraron de mayor importancia que sus tareas domésticas.

Ella sabía (y me ha enseñado a ver) que el ministerio de cuidar y proteger siempre formó parte del buen plan de Dios para la humanidad. Desde el principio, Adán y Eva fueron los colaboradores designados por Dios y, como portadora de la imagen de Dios, imito a Dios cuando me dedico fielmente al trabajo que mantiene a mi familia alimentada, vestida y en el lugar correcto en el momento adecuado. Por lo tanto, todas las tareas cotidianas que se repiten una y otra vez en esta vida de madre tienen sentido.

En nuestras tareas comunes y en el acto de poner orden en el caos, reflejamos a Dios. Organizar un armario desordenado, desinfectar la bandeja sucia de una silla alta, distribuir la ropa limpia y doblada por los cuatro rincones de la casa; todo esto es tan silenciosamente mundano como el trabajo que Dios hace en nuestro tiempo al regar sus árboles con la lluvia o, en la historia, al proveer el maná que alimentó fielmente a una generación de israelitas (Éx 16).

El trabajo de casa y el Gran Trabajo

La misericordia, la justicia y la preparación de un sándwich comparten el mismo territorio en el sistema de valores del cielo, pues el Dios que trabaja y ha trabajado en nuestro favor nos invita a unirnos a Él en el Gran Trabajo.

¡Haz que tus obras se manifiesten en tus siervos,
y que tu gloria repose sobre sus hijos!
Señor y Dios nuestro, ¡muéstranos tu bondad
y confirma la obra de nuestras manos!
¡Sí, confirma la obra de nuestras manos! (Salmo 90:16-17).

Que continúe el trabajo de gestión del hogar, y que podamos encontrar plenitud en la tarea más pequeña realizada con el amor más grande, en una vida enfocada en ganar lo que nunca podremos perder.

Publicado originalmente en Desiring God. Usado con permiso.
  1. Vaughn, Ellen. (2025). Los orígenes de Elisabeth Elliot. (Brentwood, TN: B&H Publishing Group).
  2. Elliot, Elisabeth. (2019). Joyful Surrender: 7 Disciplines for the Beliver’s Life. (Grand Rapids, MI: Revell). p. 16. N. del T.: traducción propia.
Photo of Michele Morin
Michele Morin
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Michele Morin

Michele Morin es maestra, profesora adjunta, escritora y jardinera. Escribe en el blog Living Our Days [Viviendo nuestros días]. Ha estado casada con un hombre ilógicamente paciente por casi 30 años y juntos tienen cuatro hijos, dos amadas nueras y dos adorables nietos. Michele es activa en ministerios educacionales junto a su iglesia local y se deleita al sentarse a la mesa rodeada de mujeres con Biblias abiertas.  
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