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Existen ciertas cosas de las que puedes estar absolutamente seguro. Las selecciones de fútbol de Brasil y Argentina siempre estarán presentes en el Mundial. Rocky i siempre será una gran película. El tráfico de las capitales siempre será intenso y estresante. Paul McCartney siempre será un gran compositor.

 Y, si eres pastor (o planeas serlo), pecarás y pecarán contra ti. Como dice Bruce Hornsby en su canción «The Way It Is»: «that’s just the way it is [así son las cosas]». Junta a un grupo de pecadores en una iglesia, designa a alguien para que los dirija y, tan predecible como los impuestos y la muerte, el pecado aparecerá. 

Así que, el punto es este: si vas a ser fructífero y eficaz en el ministerio pastoral, debes aprender el arte bíblico del perdón. Ser incapaz de perdonar te limitará seriamente en el ministerio.

Debido a que el perdón es un aspecto tan crucial del ministerio pastoral, Satanás y tu naturaleza pecaminosa conspirarán para alejarte de él. Específicamente, emplearán tres distorsiones en un esfuerzo por desviarte del camino del perdón hacia el pantano de la amargura. 

Distorsión 1: «no soy pecador, soy una víctima»

En Mateo 18:28, un siervo al que se le acababa de perdonar una deuda enorme (10 000 talentos), se encontró con alguien que le debía una pequeña cantidad de dinero. Cuando vio a ese consiervo, algo cambió en su cabeza y arremetió contra él: «pero al salir aquel siervo, encontró a uno de sus consiervos que le debía 100 denarios, y echándole mano, lo ahogaba, diciendo: “paga lo que debes”».

Al primer siervo se le perdonó una gran deuda, pero olvidó todo eso cuando vio al segundo, que le debía una cantidad relativamente pequeña. Su primer pensamiento fue: «él me ha dañado, me ha estafado y me ha victimizado. ¡Por lo tanto, me debe!». Se aferró a su condición de agraviado, usó la carta de la víctima y perdió el control en una furia maniaca.

Como aspirante a pastor, debes recordar siempre: la condición que nos asignamos debe comenzar con el Evangelio, no con nuestras experiencias, nuestro dolor, nuestra historia o las acciones u omisiones de los demás. Esta es una realidad difícil porque, seamos sinceros, ¡el pecado puede ser horroroso! Vivimos en un mundo de abusos, acoso, violación y asesinato. Tal vez te ha tocado vivir una de estas tragedias, y si escuchara tu historia, lloraría contigo. Estas tragedias son reales, dolorosas y significativas.

Pero, en la Escritura, el «haber sido víctima de pecado» no es la condición primera y principal del cristiano. Más bien, nuestra condición primordial es, ante todo: «amado por Dios, aunque pecador». Es importante afirmar esta condición porque nos define en relación con Dios. Este estado particularmente nos pone frente a una realidad teológica que ofrece perspectiva mientras reflexionamos sobre cómo han pecado contra nosotros. Nosotros hemos pecado contra Dios mucho más de lo que cualquier persona haya pecado contra nosotros. Lee eso otra vez, esta vez más despacio. Significa que nuestro problema más profundo no es que otros hayan pecado contra nosotros, sino que nosotros hemos pecado primero contra Dios.

¿Alguna vez has notado que cuando pensamos en nuestras historias, siempre estamos parados sin pecado en el centro del escenario? Otras personas se unen a nuestro drama entrando en nuestra historia y cometiendo pecados u omitiendo cosas que debieron hacer. Pero ¿nosotros? Somos sólo un conjunto de buenas intenciones, bendiciendo a otros y hablando con alegría. Somos buenas personas a las que siempre parecen pasarles cosas malas. ¡Vivimos como si estuviéramos perpetuamente siendo víctimas del pecado ajeno! 

Pero la Escritura no nos describe primordialmente como personas contra las que se ha pecado. En 1 Timoteo 1:15, Pablo dice lo siguiente sobre sí mismo: «palabra fiel y digna de ser aceptada por todos: Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, entre los cuales yo soy el primero».

A pesar de que mucha gente pecó contra Pablo (¡incluyendo ser casi apedreado hasta la muerte y azotado con varas!), él no se veía a sí mismo principalmente como una víctima. Más bien, se identificaba como un pecador que había sido salvado por Cristo. 

Si te ves a ti mismo principalmente como una víctima en lugar de un pecador salvado por gracia, nunca aprenderás cómo ayudar a las personas estancadas en la amargura o enjauladas por su propio sentido de victimización. El Evangelio no fluirá a través de ti hasta que primero se aplique a ti. 

Distorsión 2: «claro que soy un pecador, pero ¡tus pecados son peores que los míos!»

En el corazón del resentimiento reside una condición que nos asignamos (¡han pecado contra mí!) y una deuda que negamos (claro, he pecado contra Dios, ¿pero viste cómo pecaron ellos contra mí?). Esta distorsión hace que los pecados de los demás parezcan grandes y los nuestros pequeños. Más significativamente, riega las semillas de la justicia propia dentro de nuestra propia alma.

El hombre que se cree justo dice: «claro, soy un pecador, pero soy mejor que tú. De hecho, mi superioridad moral me brinda un punto de ventaja para diagnosticar y evaluar tu corazón con autoridad». En realidad, esto puede ponerse muy feo. La justicia propia convierte a los cristianos en fariseos. O bien, la justicia propia se infiltra en el área del discernimiento. Esta es el área donde soy culpable con más frecuencia. Mi justicia propia pecaminosa me lleva a elevar mi propia interpretación de una situación y descartar la opinión de otra persona. 

La justicia propia crea un intercambio en el que nosotros nos convertimos en el juez en lugar de Dios. Nuestras opiniones pasan de ser caritativas a ser un estándar «objetivo» por el cual se mide a los demás.

Es el jefe que considera a un empleado perezoso porque llegó tarde una vez y él nunca llega tarde. Es la madre que cree que todos sus hijos deberían estar de acuerdo con sus opiniones y, si no lo están, sienten su desaprobación. Es el hombre que se niega a perdonar a alguien, incluso después de que esa persona ha confesado su pecado, porque la confesión no pareció «lo suficientemente sincera». 

La justicia propia distorsiona nuestra perspectiva. En lugar de vivir a partir de «se me ha perdonado una gran deuda», vivimos a partir de «claro, he pecado, ¡pero mírate tú!». Pocas cosas hundirán a un pastor más rápido que la justicia propia. Si vas a ser fructífero en el ministerio pastoral, debes aprender a ver a las personas más a través de la gracia de Dios que de su pecado. Y debes aprender a estar de acuerdo con Pablo: «[…] Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, entre los cuales yo soy el primero.» (1Ti 1:15). 

Distorsión 3: «no soy pecador, soy un ejecutor»

En el corazón de la falta de perdón está la suposición de que tenemos el derecho de asignar culpas y luego imponer una penalidad. Suponemos que nuestra condición de agraviados nos da el derecho de exigir venganza. Esto es exactamente lo que hizo el siervo que no perdonó en Mateo 18:28. A ese siervo se le acababa de perdonar una deuda enorme, pero cuando se encontró con un consiervo que le debía una cantidad menor, impuso el castigo por la deuda menor. El siervo que no perdonó asumió que tenía el derecho de vengarse.

Lo que debemos entender es que la cruz nos libera de nuestra esclavitud de imponer castigos por deudas menores. ¿Cómo lo hace? Al nivelar el campo de juego. La cruz nos recuerda que Dios nos ha perdonado una deuda incomprensible. Debido a su amor asombroso, Dios ahora nos envía unos a otros para transmitir la misma bendición, no el castigo, que hemos recibido.

No somos los jueces de las penas, somos deudores a quienes se les ha perdonado una gran deuda. Perdonamos porque somos pecadores perdonados.

La única manera de disipar las distorsiones de nuestras vidas es mediante el poder purificador del Evangelio. Ser consciente constantemente de que se te ha perdonado una deuda más grande te liberará de sentir que debes exigir venganza por los pecados que se han cometido contra ti.

En el corazón del Evangelio hay una gran injusticia. Aquel que verdaderamente era el ejecutor decidió no imponer la pena por nuestros pecados, sino que decidió cargar Él mismo con el castigo en la cruz. En 2 Corintios 5:21, se expresa de esta manera: 

Al que no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él. 

Cómo disipar las distorsiones

La cruz no ignora ni niega el pecado. Al contrario, mira con valentía nuestros peores momentos y dice: «tu historia no termina ahí». Para avanzar y dejar atrás las distorsiones que pueden plagar tu ministerio, debes reconocer la gran deuda que tenías y que Dios perdonó.

Si entras en el ministerio pastoral, pecarán contra ti, pero esos momentos no tienen por qué definirte. ¿Por qué? Porque son parte de la obra de Dios en tu alma y del llamado para tu vida. Los pecadores perdonados perdonan el pecado. Y los pastores perdonados aman y ayudan a los demás mientras ellos también lo hacen.

Este recurso fue originalmente publicado en el blog de Dave Harvey.

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Dave Harvey
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Dave Harvey

Dave Harvey sirve como pastor predicador en la iglesia Four Oaks en Tallahassee, Florida. Es autor de ¿Soy llamado?: La convocatoria para el ministerio pastoral, y Cuando pecadores dicen, «acepto»: Descubriendo el poder del evangelio para el matrimonio.
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