Relaciones rotas. ¿Qué nombre se te viene a la mente? Si ya terminaste la escuela, es probable que haya más de una. En un mundo caído, las relaciones rotas se convierten en piezas permanentes en la repisa de nuestra vida.
No eres el primero. Pero, a menudo, así se siente.
Este dolor se remonta hasta el Edén; cuando una pareja escuchó a una serpiente, comió del fruto y sufrió el quebrantamiento de su intimidad. Las relaciones rotas se convirtieron en parte de la maldición: «tu deseo será para tu marido, y él tendrá dominio sobre ti» (Gn 3:16). La primera fractura no fue sólo entre el hombre y Dios, sino también entre ellos mismos.
Entonces, ¿qué es una relación rota?
Es una conexión cercana donde ocurren dos cosas. Primero, hay rechazo. Alguien a quien amabas, en quien confiabas o a quien guiabas, ya no quiere el papel que desempeñabas en su vida. Tal vez es un amigo íntimo que ahora no te habla. Un hijo que reescribe el pasado para justificar su distancia. Un miembro de la iglesia que dice que ya no eres una persona «segura».
Luego viene lo segundo: el descarte. Te cortan. Te cancelan. Te vuelven irrelevante. Como el aleteo silencioso de una mariposa, dejas de importar. Eran compañeros de equipo; ahora estás en la banca.
Es un poco como una herida de bala. Primero el estallido: el rechazo. Luego la bala: penetrando, desgarrando, hiriendo. Tal vez tú apretaste el gatillo. O tal vez te apuntaron a ti. De cualquier modo, la herida permanece.
¿Existe algún bálsamo en Galaad para algo tan desorientador?
El apóstol herido
Antes de responder a eso, considera un episodio en la vida de Pablo. Él también conoció este dolor.
Pablo plantó la iglesia en Corinto durante su segundo viaje misionero y se quedó allí dieciocho meses. Pero, en su ausencia, falsos maestros se infiltraron y volvieron los corazones en su contra. Aunque él había sido su padre espiritual, ellos estaban rechazando su liderazgo.
Así que Pablo les escribió una carta severa (no 1 Corintios, sino otra que ahora está perdida). Luego envió a Tito para darle seguimiento. Y Pablo esperó.
Tal vez has estado en esa situación. Una relación se rompe. Envías un correo electrónico largo, explicando todo con la myor gracia posible. Y luego esperas. Cada notificación de tu teléfono despierta una esperanza… y luego una decepción. Te preguntas: «¿se puede sanar esto? ¿O se terminó?».
Pablo conocía esa clase de espera. En 2 Corintios 7:5, describe su condición: «nuestro cuerpo no tuvo ningún reposo, sino que nos vimos atribulados por todos lados: por fuera, conflictos; por dentro, temores». Esa frase, «por dentro, temores», se refiere a un torbellino emocional. Es lo que llamaríamos depresión. Pablo estaba tan angustiado que rechazó una oportunidad de ministerio en Troas para poder ir a buscar a Tito (2Co 2:12-13).
Imagina eso: el poderoso apóstol Pablo, dejando pasar una puerta abierta para el ministerio debido a la ansiedad relacional. Así de profunda era la herida.
Cuando los más cercanos nos hieren
Los enemigos de Pablo —gobernantes, turbas, paganos— nunca le rompieron el corazón. Él se mantuvo firme ante reyes y cantó estando encadenado (Hch 16:25). Pero ¿los amigos cercanos?, ¿los hermanos en la fe? Eso es diferente.
Pasa lo mismo con nosotros. Las heridas de los conocidos pueden arder. Pero las heridas de quienes amamos nos desorientan. Cuestionamos nuestro llamado. Nuestra teología. Nuestro valor.
Pablo conocía este dolor. Y él nos muestra qué hacer con él.
Represalia de la «canica en la puerta»
Cuando el rechazo nos golpea, nuestra carne busca represalias.
«¿Me lastimaste? Bien. Estás muerto para mí».
Ensayamos escenas de tribunal en nuestra mente, destruyendo mentalmente a nuestro oponente. Nuestros pensamientos se vuelven tóxicos; nuestro lenguaje, afilado. Incluso si somos demasiado dignos para la venganza directa, seguimos castigando: con nuestro silencio, con nuestro sarcasmo, con nuestro retiro frío.
Una vez escuché sobre una mujer cuyo esposo la dejó. Para vengarse, desmontó la puerta del copiloto del preciado auto deportivo de él, colocó una canica adentro y volvió a armarla. Durante meses, el misterioso ruido lo atormentó. Cuando finalmente encontró la fuente, venía acompañada de una nota: «finalmente la encontraste, pedazo de idiota».
Eso es lo que nuestro dolor quiere: confundir, frustrar, castigar.
Como líderes, somos más sutiles. Pero los instintos son los mismos.
Pablo no actuó así. Él no convierte el silencio en un arma. No les aplica la ley del hielo. Él busca a los corintios. Escribe. Envía a Tito. Subordina la oportunidad ministerial a la reconciliación.
Su corazón centrado en el Evangelio guió su respuesta.
La reconciliación en el centro
¿Por qué responde Pablo de esta manera? Porque él sabe que el Evangelio trata, en su esencia, sobre la reconciliación (2Co 5:18-19). Él fue una vez un perseguidor, un enemigo de Cristo. Pero Jesús no tomó represalias. Él buscó a Pablo en el camino a Damasco, con misericordia y con una misión.
Esa es también nuestra historia. Estábamos alejados de Dios. Lo rechazamos. Y, sin embargo: «ustedes […] fueron lavados, pero fueron santificados, pero fueron justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios» (1Co 6:11).
Fuimos buscados. Y ahora, como personas reconciliadas, somos llamados a buscar la reconciliación con otros.
Eso no significa que será rápido o limpio. A menudo es caótico, emocional y lento. Pero si el Evangelio es verdad, entonces los cristianos no sólo predicamos la reconciliación. La vivimos.
Valentía práctica del Evangelio
La experiencia de Pablo nos enseña:
- No conviertas el rechazo en un arma.
- No dejes que el orgullo endurezca tu corazón.
- Toma la iniciativa. Escribe. Acércate a la persona si es posible.
«Si es posible, en cuanto de ustedes dependa, estén en paz con todos los hombres» (Ro 12:18). Y Pedro hace eco: «no devolviendo mal por mal, […] sino más bien bendiciendo» (1P 3:9).
El perdón no significa ignorar las heridas. Significa negarse a ser definido por ellas. Significa creer que el Evangelio se aplica tanto al ofensor como a nosotros.
No dejes que la canica ruede
Al final, las relaciones arruinadas nos rompen el corazón porque tocan algo profundo. Inquietan nuestro sentido de identidad, propósito y pertenencia. Pero ellas no tienen la última palabra. Cristo sí.
Aquel que nos reconcilió con el Padre nos llama a caminar por esa misma senda de pacificación. No es fácil. Pero es sagrado.
Así que, si hoy hay una relación rota en tu vida, ora. Pide a Dios que despierte tu valentía. Da un paso hacia la paz. Toma la iniciativa.
Tú fuiste buscado una vez. Ahora busca tú. Deja que el Evangelio haga su obra sanadora.
Este recurso fue originalmente publicado en el blog de Dave Harvey.