Lo admito, dudo de hablar del infierno. No lo había notado realmente hasta que otra mujer me preguntó si a las mujeres nos parece difícil mencionar el infierno, tal vez incluso, y especialmente, cuando hablamos con personas que no creen. Mi primera reacción fue pensar: «hablemos de otra cosa, ¿te parece?». La ironía de mi reacción fue evidente.
Fácil (y peligroso) de ignorar
Aunque nunca he visto datos sobre el tema, puedo entender por qué podría ser más difícil para las mujeres advertir a las personas sobre el infierno. En general, la naturaleza femenina tiende a nutrir, animar y mostrar bondad. Probablemente, sea cierto que la mayoría de las mujeres prefieren andar con cuidado, tratando de evitar ofender. Si hay malas noticias, muchas de nosotras preferiríamos que alguien más las diera.
Después de todo, no queremos que la gente reciba la gracia salvadora de Jesús sólo por miedo al castigo o a la condenación. Al contrario, queremos que vean su propia pecaminosidad, que se den cuenta de su desesperada necesidad de un Salvador y que abracen con entusiasmo a Jesús como aquel que murió para rescatarlos. La verdadera fe en Jesús garantiza una eternidad con Él, ¡una eternidad llena de gozo! ¿No es esto todo lo que una persona que no cree necesita escuchar?
Por supuesto, estos aspectos del Evangelio son de los mejores y más importantes. Pero siguen siendo sólo una parte de la historia. Si compartimos sólo la parte «buena» de las buenas nuevas, sin tomar nunca en serio las advertencias de juicio de Dios, existe el peligro real de que aquellos que nos importan no comprendan realmente cuán santo es Dios, cuán justa es su ira y por qué nuestro perdón requirió el sacrificio del Hijo de Dios. Sin el infierno en el panorama, no podemos entender completamente el verdadero peso de nuestra depravación y sus consecuencias. Cuando disminuimos este peso, disminuimos la magnitud del sacrificio de Jesús y, por lo tanto, disminuimos la gloria que Él merece por dar su vida.
Ya se que hablemos de ello o no, el infierno es real porque la ira de Dios es real (y justa). Hay muchas referencias bíblicas a las que uno podría señalar: cada autor del Nuevo Testamento habla sobre el infierno, y Jesús mismo advierte sobre el infierno más que cualquier otra persona en la Biblia. No podemos revisarlas todas, pero John Piper destaca de manera útil algunos pasajes donde Jesús, Pablo y Juan son claros sobre la realidad y la naturaleza del infierno. Así que, para todas las mujeres (como yo) que desean crecer en su entendimiento, valentía y amor por Dios y por los demás, consideren estas cuatro realidades básicas sobre el infierno.
1. El infierno es eterno
En Marcos 9:43, Jesús describe el infierno como un «fuego que no se apaga». Es decir, nunca se extinguirá; no hay alivio, para siempre. En Marcos 3:29, Jesús se refiere a la blasfemia contra el Espíritu Santo como un «pecado eterno» [énfasis de la autora]. No es algo que sucede una vez y ya; tiene consecuencias interminables. En Mateo 25:46, al hablar de la separación de las ovejas y los cabritos, Jesús dice: «estos irán al castigo eterno, pero los justos a la vida eterna» [énfasis de la autora]. El paralelo es inconfundible.
2. El infierno se caracteriza por un dolor indescriptible
Jesús habla de arrojar a los pecadores y a los que practican la iniquidad «en el horno de fuego» (Mt 13:41-42) y «a las tinieblas de afuera» (Mt 8:12), donde se les «azotará severamente» (Mt 24:51). Estos ejemplos resultan en el «llanto y el crujir de dientes». El amoroso apóstol Juan se refiere a aquellos cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida como personas arrojadas al fuego, donde «serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos» (Ap 20:10, 15; 14:10-11 [énfasis de la autora]).
3. El infierno es merecido y perfectamente justo
Somos responsables de la manera en que consideramos a nuestro Dios santo, justo y amoroso, así como de las implicaciones de ello. Nuestra indiferencia y rebelión acumulan su justa ira: «pero por causa de tu terquedad y de tu corazón no arrepentido, estás acumulando ira para ti mismo en el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios» (Ro 2:5). Cada vez que elegimos nuestro propio camino en contra de Dios, provocamos su ira. Y como muestran los santos y los ángeles en el libro de Apocalipsis, aquellos que entienden el furor de Dios más claramente no pueden evitar llamarlo justo (Ap 15:3; 16:5, 7; 19:2).
4. El infierno es escapable
Cuando entendemos que nuestra naturaleza pecaminosa está inclinada en contra de la belleza y la gloria de nuestro Dios trino, que nuestros espíritus de manera natural y egoísta rechazan su perfecta sabiduría y autoridad —cuando entendemos esto y nos dolemos profundamente por ello— entonces comenzamos a entender por qué el furor de Dios y el castigo del infierno son justos. Entonces apreciamos verdaderamente la maravillosa magnitud del sacrificio de Jesús al pagar el precio por nuestra malvada resistencia. Parte integral de las buenas nuevas es que el infierno es escapable si abrazamos a Jesús. Una eternidad de gozo con Dios es nuestra recompensa prometida cuando lo hacemos. ¡Llamarlo «buenas nuevas» parece quedarse corto!
El amor cuenta la verdad completa
Si las mujeres realmente amamos a nuestras familias, a nuestros amigos y a nuestros vecinos, entonces no evitaremos decir toda la verdad. Es un acto de bondad decirles a los demás que negarse a abrazar a Jesús tiene consecuencias horribles y eternas.
Imagina que estás caminando por las montañas y te encuentras con una mamá osa furiosa. Mientras te retiras rápidamente, te cruzas con otros que se dirigen hacia allá. No intentarías que regresen sólo comentando la belleza del paisaje; serías clara sobre el peligro mortal que les espera más adelante. ¿Cuánto más si esos viajeros se dirigieran a un dolor y sufrimiento indescriptible y eterno?
Nuestro Dios santo es justo, e incluso amoroso, al lanzar el juicio más severo sobre aquellos que lo rechazan y se oponen a su pueblo amado. Él nos creó del desbordamiento de su amor porque deseaba compartir la maravilla de quién es Él con nosotros por toda la eternidad. Su santo furor guarda sus perfecciones para siempre para que Él —y todos los que lo aman y lo abrazan— puedan disfrutar de delicias para siempre (Sal 16:11).
Compañeras mujeres, si realmente queremos nutrir, animar y mostrar bondad como nuestro Dios nos creó para hacerlo, tendremos la valentía de decirles a los demás toda la verdad. Cuando ayudamos a otros a comprender la profundidad de su depravación, la maravillosa noticia de la gracia salvadora disponible a través de Jesús y la alternativa para quienes lo rechazan, estaremos siendo seguidoras fieles, amorosas y verdaderas de Jesús. ¿No es eso lo que más deseamos?
