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La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos ustedes (2 Corintios 13:14).

Trinidad.

¿Qué ocurre en tu mente y en tu corazón cuando lees esta palabra? Quizás te sientes intimidado. Quizás sientes una leve ansiedad de que alguien te pida que la expliques. Quizás imaginas una pieza de rompecabezas extraña (tal vez con forma de trébol de tres hojas) que nunca encaja del todo, por mucho que lo intentes. Quizás te sientes un poco frustrado de que la gente pase tanto tiempo en una teología (aparentemente) tan poco práctica. Quizás te sientes intrigado por el misterio.

Sea como sea que te sientas actualmente, te animo a que te deleites en la Trinidad.

Después de todo, Dios es más glorificado en nosotros cuando nos deleitamos profundamente en Él. Y el Dios de la Biblia no es una deidad genérica. El nuestro es un Dios en tres personas; adoramos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu (Mt 28:19; 2Co 13:14). Michael Reeves explica:

Debido a que el Dios de los cristianos es trino, la Trinidad es el centro regulador de toda la creencia cristiana, la verdad que moldea y embellece a todas las demás. La Trinidad es el terreno de batalla del pensamiento cristiano1.

Si vamos a tomar en serio cómo Dios se ha revelado a sí mismo en su Palabra, entonces cuando escuchemos «Dios», deberíamos pensar en el Padre, el Hijo y el Espíritu. Como observa Tim Keller, ni siquiera la oración puede divorciarse de la naturaleza trina de Dios:

El hecho teológico primario sobre la oración es este: nos dirigimos a un Dios trino y nuestras oraciones pueden escucharse sólo mediante la obra inconfundible de cada persona de la Deidad2

Conocer al Dios verdadero es conocer a la Trinidad. Amar a Dios es amar a la Trinidad. Deleitarse en Dios es deleitarse en la Trinidad.

La Trinidad es el latido de nuestro gozo.

Misterio, no problema

Sin embargo, ¿con qué frecuencia nos conformamos con un Dios genérico?

Calvino nos dice que si fallamos al pensar en Dios como Trinidad, «no tendremos en nuestro entendimiento más que un vano nombre de Dios, que de nada sirve3». Necesitamos que Dios, el gran Iconoclasta, derribe los ídolos unipersonales que erigimos en su lugar.

Con demasiada frecuencia imaginamos la Trinidad como un cubo de Rubik teológico, reservado para los teólogos profesionales que enseñan clases de seminario. Piensas que necesitas credenciales especiales para acceder a esa parte de la biblioteca cristiana. Suponemos que «un Dios, tres personas» es un obstáculo para nuestro evangelismo y una complicación para nuestra fe. Pero nada podría estar más lejos de la verdad. Reeves desmantela nuestras dudas:

La ironía no podría ser más evidente: lo que pensamos que podría ser algo irrelevante o insignificante, resulta ser la fuente de lo bueno en el cristianismo. No es ni un problema ni un tecnicismo, el ser trino de Dios es el oxígeno imprescindible de la vida y el gozo de los cristianos4

Si te alejas de la hermosa triunidad de nuestro Dios, sofocas tu gozo. Y eventualmente, pierdes todo lo demás. Alguien observó acertadamente: «aquellos que descartan la doctrina de la Trinidad descartan, por lo general, cualquier otra doctrina fundamental». Sin lo más importante en su lugar —concretamente, quién es Dios— todas las cosas secundarias se resbalan y se deslizan como canicas engrasadas.

Por supuesto, hay aspectos de la Trinidad que son un misterio, pero un misterio fascinante y maravilloso, un misterio de «más arriba y más adentro» que pasaremos la eternidad explorando y disfrutando. ¿Doctrina aburrida? Ni hablar. ¿Irrelevancia tediosa? ¡Para nada! La Trinidad no es un problema, sino la médula de todo nuestro placer.

De dónde viene toda la belleza

Considera cuán deleitable es este Dios: desde toda la eternidad, el Padre ha tenido un Hijo, un Hijo que es el reflejo impecable de todas sus perfecciones, un Hijo que es la imagen misma de su sustancia. Y el Padre y el Hijo se conocen, se aman y se deleitan el uno en el otro de forma tan completa que su amor y gozo es una persona: el Espíritu Santo. C.S. Lewis lo explica así:

Y esa, a propósito, es la diferencia más importante entre el cristianismo y el resto de las religiones: que en el cristianismo, Dios no es algo estático —ni siquiera una [mera] persona—, sino una actividad dinámica, pulsante, una vida, casi una especie de drama. Casi, si no me creen irreverente, una especie de danza. La unión entre el Padre y el Hijo es algo tan vivo y concreto que esta unión misma es también una Persona. […] De hecho es la Tercera de las tres Personas que son Dios5.

Vemos esta «Gran Danza» (como la llamó Lewis) quizás más claramente en el bautismo de Jesús. El Padre expresa su exuberante deleite y amor por el Hijo, y ese afecto desciende sobre el Hijo en forma del Espíritu: Ungidor, Ungido y Unción. Deleite infinito y amor infinito, compartidos eternamente; este es el Dios de tres personas.

Karl Barth nos dice: «la triunidad de Dios es el secreto de su belleza6». Pero podemos decir más que eso: la triunidad de Dios es el secreto de toda la belleza. El Dios triuno es el océano de toda bondad, la fuente de todo gozo, el centro de toda vida. La Trinidad es de donde proviene toda la belleza.

Trinitarios hasta la médula

¿Por qué importa todo esto? Porque fuiste hecho para entrar en el gozo de tu Creador, para sumergirte en la plenitud inescrutable del Dios triuno. Nada puede ser más práctico que saber para qué fuiste creado. Lewis lo capta perfectamente:

Toda la danza, o el drama, o el diseño de esta vida triPersonal, será desarrollado en cada uno de nosotros; o (poniéndolo a la inversa) cada uno de nosotros tiene que entrar en este diseño, tomar su lugar en la danza. No hay ningún otro camino para alcanzar la felicidad para la cual nos hicieron. […] Si quieren alegría, poder, paz, vida eterna, deben acercarse, o incluso entrar en aquello que tiene todas las cosas7.

Resulta que, para ser hedonistas cristianos, debemos ser hedonistas trinitarios. No podemos ser lo uno sin lo otro. Por lo tanto, por el bien del gozo y la gloria, deberíamos ser trinitarios hasta la médula, trinitarios hasta los huesos. Si no conocemos a Dios como Padre, Hijo y Espíritu, nuestra teología está empobrecida y nos desconectamos de la felicidad gigantesca para la que fuimos creados. ¡Que nunca sea así! Deléitate en la Trinidad.

Publicado originalmente en Desiring God. Usado con permiso.
  1. Reeves, Michael. (2022). Deleitándose en la Trinidad: introducción a la fe cristiana. [Sebring, FL: Editorial Bautista Independiente]. p. 13.
  2. Keller, Tim. (2016). La oración: experimentando asombro e intimidad con Dios. [Nashville, TN; B&H Publicaciones].  p. 75.
  3. Calvino, Juan. (1967). Institución de la religión cristiana. [Buenos Aires–Grand Rapids; Editorial Nueva Creación]. 1.13.2.
  4. Reeves. Deleitándose en la Trinidad. p. 16.
  5. Lewis, C. S. (1994). Mero cristianismo. [Santiago de Chile: Editorial Andrés Bello]. pp. 141-142.
  6. Barth, Karl. (2009) Church Dogmatics [Dogmática eclesial]. [Londres: T&T Clark]. II/1, 661. N. del T.: traducción propia.
  7. Lewis, C. S. Mero cristianismo. p. 142.
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Clinton Manley

Clinton Manley es un editor para Desiring God e instructor adjunto para Bethlehem College and Seminary. Él y su esposa, Mackenzie, tienen tres hijos y viven en Saint Paul.
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