Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, pues ellos serán saciados (Mateo 5:6).
En mi infancia, mi familia compartía nuestra cena diaria a las 5:30 p. m. El aroma de la cena comenzaba a flotar por la casa media hora antes. Cuando escuchábamos el llamado: «¡la cena está lista! ¡Vengan a la mesa!», la prontitud de nuestra respuesta usualmente dependía del nivel de nuestro interés en lo que habíamos olido durante los treinta minutos anteriores.
A medida que nuestra familia se reunía alrededor de la mesa y comenzábamos a llenar nuestros platos, había algo claramente innegociable: teníamos que comer nuestros vegetales. Así que, bajo una protesta silenciosa (a veces vocal), yo recibía a regañadientes la porción mínima de coliflor, brócoli o coles de Bruselas. Me los comía porque tenía que hacerlo. Pero el resto de las comidas de mi mamá hacían que mi corazón saltara: macarrones con queso caseros, jamón, papas gourmet, pastel de carne, pepinillos dulces, puré de manzana casero, mermelada de fresa. Comía hasta quedar repleto.
Mateo 5:6, la cuarta de las famosas Bienaventuranzas de Jesús, hace sonar la campana de la cena. Es la invitación de Jesús a un banquete eterno. Es una bienaventuranza de deseo: «bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, pues ellos serán saciados». Las palabras de Jesús no se tratan principalmente sobre lo que pensamos, creemos o hacemos, sino sobre lo que queremos: lo que anhelamos.
Y Él nos dice: «bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia».
Jesús examina nuestros deseos
Jesús aplica el lenguaje del apetito físico a la justicia. En contexto, la justicia se refiere a la santidad personal, a actitudes concretas y actos de obediencia a la voluntad de Dios (Mt 3:15; 5:10, 20), tales como buscar la humildad, la paciencia y la bondad, evitar la codicia, la envidia y el odio, obedecer a los padres, amar a los enemigos, practicar la generosidad; y mucho, mucho más.
Y aquí está la perspectiva crucial: Jesús no se está dirigiendo a aquellos que simplemente conocen o hacen la justicia; se está dirigiendo a los que la desean. «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia» [énfasis del autor]. Cualquier otro uso de «hambre» y «sed» en el evangelio de Mateo se refiere a un deseo de comida o bebida literal. Las palabras de Jesús son parte de una rica tradición bíblica. Según el Salmo 19:9-10: «los juicios del Señor son verdaderos […] más dulces que la miel y que el destilar del panal». El rey David dijo de la presencia de Dios: «como con médula y grasa está saciada mi alma […]» (Sal 63:5). El Salmo 42:1-2 dice: «como el ciervo anhela las corrientes de agua, así suspira por ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios viviente». Miel dulce. Filete marmoleado. Agua fría.
Jesús sabe que no somos sólo seres que piensan o hacen. Nuestros corazones son centrales (Pr 4:23), y no sólo conocen o eligen: sienten y desean. Hace cuatrocientos años, Henry Scougal observó que «el valor y la excelencia de un alma debe ser medido por el objeto de su amor1». Es por eso que esta bienaventuranza de deseo examina tan hondo. ¿Qué queremos? ¿Qué nos hace verdaderamente felices? ¿Nos emociona la santidad personal, o es el vegetal de hoja verde de la vida cristiana? ¿Obedecemos a Dios porque debemos, o anhelamos la obediencia como yo deseaba la comida de mi mamá? Nuestras respuestas nos enseñan mucho sobre nosotros mismos.
Jesús encarna nuestros deseos piadosos
Hay buenas noticias para nosotros en Mateo 5:6. Jesús no sólo pronuncia esta bienaventuranza; Él también la encarna y la ejemplifica. No sólo examina nuestros deseos, exponiendo sus debilidades y extravíos; Él también nos muestra un camino mejor. Jesús tuvo hambre y sed de justicia: todos los días, en nuestro favor. La Palabra de Dios era su comida, sustento y vida (Mt 4:4). También lo era la obediencia personal a esa Palabra. Él dijo: «mi comida es hacer la voluntad del que me envió y llevar a cabo su obra» (Jn 4:34). Las obras justas lo llenaban de energía y lo satisfacían, como comer una comida deliciosa. Jesús demostró que ser un verdadero humano y en toda su plenitud no es sólo obedecer a Dios, sino querer obedecerlo, no sólo conocer hechos sobre Dios, sino deleitarnos en lo que conocemos.
Muchos cristianos reconocen la importancia crucial de los afectos del corazón por Dios y sus caminos. Perciben la insuficiencia de sus propios deseos y anhelan anhelar a Cristo. Es por eso que Robert Robinson, autor del himno Manantial de toda gracia, anhelaba no sólo una mente que conozca la gracia y una boca que hable la gracia, sino un corazón que la cante: «manantial de toda gracia, ven y afina el corazón». Si las corrientes de la misericordia de Dios ponen «en [nuestra] alma una canción», nuestro problema no es sólo que no sabemos lo suficiente, sino que nuestros corazones no cantan lo que sabemos. Amamos demasiado otras cosas y muy poco a Dios. La nuestra es una disfunción del deseo.
Requerimos una intervención divina a nivel del corazón. Necesitamos que la bondad de Dios ate nuestros corazones errantes a Él, para sellar nuestros corazones para el cielo. Manantial de toda gracia es una canción para aquellos que tienen hambre y sed de justicia. Y también es para aquellos que tienen hambre y sed de tener hambre y sed de justicia.
Jesús promete satisfacer nuestros deseos
Hay aún más buenas noticias para nosotros en esta bienaventuranza: Jesús asegura a sus oyentes que hay un banquete designado por Dios para un hambre dada por Dios. Aquellos que anhelan la santidad «serán saciados». En otras partes del evangelio de Mateo, la palabra para «saciados» se refiere a la provisión abundante para personas hambrientas (Mt 14:20; 15:37). Cuando Jesús alimentó a las multitudes, comieron hasta quedar repletos, llenos hasta el tope, rebosantes, «saciados».
Jesús promete que si anhelamos hacer la voluntad de Dios, si deseamos fervientemente la santidad personal, seremos saciados un día. La voz pasiva del verbo es importante: «serán saciados». Es un pasivo divino, que indica que Dios mismo lo hará. En la nueva creación, Él nos glorificará (Ro 8:30). No pecaremos, ni tampoco vamos a querer hacerlo. Nos deleitaremos plena y eternamente en administrar la tierra bajo su gobierno soberano. Esa es la consumación que Robert Robinson anhelaba.
Sin pecado en ese día
Cuando al fin te pueda ver
De tu gracia soberana
Revestido cantaré.
Escucha el hambre en el «Oh2» y ve la satisfacción en «sin pecado». Dios hará que así sea en aquel día futuro. Veremos su hermoso rostro.
Respondamos a Jesús
Tomémosle la palabra a Jesús, creyendo lo que dice en Mateo 5:6. Alabémoslo por ser el perfecto Dios-hombre, por no sólo conocer y hacer la justicia, sino por anhelarla. Confesemos a Dios que, a diferencia de Jesús, a menudo deseamos otras cosas más que a Él y a la justicia a la que nos llama. Pidámosle a Dios que aumente nuestra hambre y sed de obedecerle.
Con el salmista, oremos: «inclina mi corazón a tus testimonios y no a la ganancia deshonesta» (Sal 119:36). Rodeémonos de personas espiritualmente hambrientas y ubiquémonos en lugares donde nuestro propio apetito por Dios se agudice. En particular, participemos regularmente en la adoración congregada del pueblo de Dios, lo cual crea hábitos que nos inclinan hacia Dios y a la obediencia a Él, dándonos hambre de más. Anhelemos un anhelo por la santidad. Dios mismo se deleita en conceder deleite. La satisfacción de tal apetito es satisfactoria para Él.
Publicado originalmente en Desiring God. Usado con permiso.
Stephen Witmer
Stephen Witmer (@stephenwitmer1) es el pastor principal de Pepperell Christian Fellowship en Pepperell, Massachusetts, y miembro del consejo de The Gospel Coalition. Sus libros incluyen Eternity Changes Everything [La eternidad lo cambia todo]; A Big Gospel in Small Places [Un gran Evangelio en lugares pequeños], y In All Things Thee to See: A Devotional Guide to Selected Poems of George Herbert [En todas las cosas, que te vea a ti: una guía devocional de poemas selectos de George Herbert]. Él y su esposa, Emma, tienen tres hijos.