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Desearía siempre poder dirigirme a Dios en oración como lo hizo Pablo: «y a Aquel que es poderoso para hacer todo mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos […]» (Ef 3:20).

Si creyera con mayor convicción que el mío es un Dios que responde mucho más allá de lo que pido, oraría con más frecuencia y con más audacia. La fe le enseñó a Pablo a comenzar de esta manera, una fe que rutinariamente lanzaba montañas al mar. Pablo no sólo se dirige a un Dios que oye, sino a un Dios que responde.

Sin embargo, Él llega más alto. Pablo no simplemente se dirige a un Dios que responde, sino a un Dios que responde a la oración mucho mejor de lo que nosotros podemos siquiera pensar en orar. Él nos convoca a clamar a un Dios excelso y capaz: «y a Aquel que es poderoso para hacer todo mucho más abundantemente de lo que [nosotros] pedimos o entendemos […]».

Mi corazón, en los días más débiles, lucha por elevar su voz a un Dios así. Tiene preguntas. Cuando intento tomar el texto en serio, las dudas interrumpen: «si Él es quien puede responder de esta manera, ¿por qué no lo ha hecho?». «Si Él puede responder “mucho más” de lo que puedo pedir o entender, ¿por qué no ha respondido lo que ya he pedido, lo que ya he pensado?». He sido capaz de orar por muchas cosas maravillosas que nunca sucedieron. Las oraciones no contestadas editan el texto: «y a Aquel que a menudo es incapaz de hacer las cosas modestas que piensas y solicitas…».

Pequeñas dudas como estas pueden herir el corazón hasta matarlo, dejando atrás oraciones mucho menos triunfantes. La salvación de un hijo pródigo, la sanidad de una madre agonizante, el parto seguro de tu primer hijo; Él respondió de manera diferente a como oraste. ¿Cómo doblas la rodilla y comienzas diciendo: «a ti, que eres poderoso para hacer mucho más abundantemente de lo que puedo pedir o entender»?

Tal vez tus sospechas se filtran más profundamente. No dudas de su poder, sino de su corazón. No es «a Aquel que es poderoso para hacer todo mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos», sino «a aquel que no querrá». Cuando Cristo estaba en la tierra, un leproso se arrodilló ante Él, diciendo: «Señor, si quieres, puedes limpiarme» [énfasis del autor]. Has orado así antes. Sabes que Él puede si realmente quiere. Pero, ¿quiere Él? La respuesta de Cristo a ese leproso parece diferente de su respuesta para ti: «quiero; sé limpio» (Mt 8:2-3).

Espero animarte (y animarme a mí mismo) a orar a este Dios de abundante capacidad. Sin importar tus preguntas o decepciones, Pablo está orando (y dirigiéndonos a orar) a este Dios, el único Dios. En otras palabras, dejemos que Dios sea veraz y nuestras dudas las mentirosas. Miremos más de cerca juntos a este Dios hacia quien Pablo eleva nuestros ojos. Espero convencernos a ambos de orar a este Dios en este nuevo año.

El Dios que es poderoso

Y a Aquel que es poderoso […].

Suyo es el Reino, el poder y la gloria por siempre. Él es Aquel «que es poderoso». Suyos son los recursos. Suya es la capacidad de hacer siempre y sólo lo que le place en la tierra y en el cielo. Si Él no responde como pedimos, nunca es porque le falte algo.

Observa, corazón demasiado lento para creer, que Pablo nos dirige al Dios de capacidad ilimitada mientras escribe desde la prisión. Su Dios puede conceder cualquier petición, aunque él sabe suficientemente bien que no todas las peticiones son concedidas. Pero para Pablo, la oración no contestada no cancela la confianza en el poder de Dios, así como un alma amargada que se queja en la sombra no apaga el sol. Desmayamos ante los cielos silenciosos, no porque Dios sea incapaz, sino porque somos demasiado insensatos para saber por qué su silencio es una misericordia.

La capacidad de Dios es un recurso recurrente en las Epístolas. A los romanos: «y a Aquel que es poderoso para afirmarlos […]» (Ro 16:25, [énfasis del autor]). A los cristianos judíos: «y a Aquel que es poderoso para guardarlos a ustedes sin caída y para presentarlos sin mancha en presencia de su gloria con gran alegría» (Jud 24, [énfasis del autor]). A los corintios: «y Dios puede hacer que toda gracia abunde para ustedes, a fin de que teniendo siempre todo lo suficiente en todas las cosas, abunden para toda buena obra» (2Co 9:8, [énfasis del autor]).

La incredulidad no clama a este Dios. La duda no conoce su nombre. Entendiendo esto, Jesús preguntó a dos ciegos: «¿creen que puedo hacer esto?». El dios de las oraciones a medias y sacudidas por la tormenta a veces está dispuesto, a veces es capaz. Cómo podría despertar nuestra vida de oración si Jesús nos interrumpiera con la misma pregunta: «¿crees que puedo hacer esto?». Cómo podría elevarse nuestra fe si respondiéramos: «sí, Señor», junto a los ciegos; aquellos que fueron sanados conforme a su fe (Mt 9:27-29).

Para hacer más de lo que piensas 

[…] para hacer todo mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos […]

El Dios de Pablo no es sólo el Poderoso, sino el Poderoso que responde mejor de lo que podemos pedir o incluso pensar en pedir. Lo que nos atrevemos a pedir es un lago; lo que podemos pensar en pedir es un océano; Dios se eleva muy por encima de ambos. Podemos traducir la frase griega para «mucho más abundantemente» como «mucho más allá de toda medida, la forma más alta de imaginable comparación». Nuestro Dios puede lograr cosas mucho más elevadas que todas nuestras oraciones más altas.

Desde hace más de un mes, mi hijo nos ha preguntado a mí y a mi esposa (casi todas las noches) si vamos a ir a su fiesta de cumpleaños. Esta es la petición suprema que él puede imaginar: una fiesta de cumpleaños, con todas las mismas personas que han estado en sus otras fiestas, con pastel y helado en un parque cerrado. Él se va a dormir pensando en esta fiesta. Es el placer supremo de su pequeña mente. Nos pregunta, nos recuerda, insistentemente. No puede pensar en nada más elevado.

De tal hijo, tal padre. ¿Cuántas veces oro: «Señor, ¡recuerda venir a mi fiesta de cumpleaños!»? Es una buena petición, pero mi corazón hacia mi hijo supera por mucho el ir a su fiesta de cumpleaños. Deseo asegurar para él cosas que aún no sabe pedir, maravillas que él dejaría de lado si se colocaran junto a un pastel de Paw Patrol. Suplico que tenga un corazón nuevo, el perdón de los pecados, una esposa piadosa, una vida con propósito ahora y la vida eterna por venir; pero, ¿qué son estas cosas para un niño de tres años?

Dios mismo nos enseña muchas peticiones buenas. Pero sigue siendo cierto que «no sabemos orar como debiéramos» (Ro 8:26). No sabemos qué es lo mejor. Nuestro Dios no padece esa limitación. Él planea responder a sus hijos mucho más allá de lo que jamás podríamos pedir o entender, incluso cuando sus respuestas entran en conflicto con lo que sí pedimos.

Prueba

Con oraciones no contestadas que atormentan nuestro corazón, ¿por qué podemos confiar en que Él nos responderá por encima y más allá de lo que jamás podamos pedir o entender? Porque ya lo ha hecho. Esta parece ser la única conclusión justa cuando consideramos toda la evidencia ya entregada en Efesios. Pablo nos presenta como personas que anteriormente estábamos muertas en delitos y pecados, siguiendo la corriente de este mundo, llenas de desobediencia e hijos de ira. Cuando no pensábamos en orar o arrepentirnos, Él nos dio vida juntamente con Cristo. Nuestro pasaje completo dice:

Y a Aquel que es poderoso para hacer todo mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que obra en nosotros, a Él sea la gloria en la iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones, por los siglos de los siglos. Amén (Efesios 3:20-21, [énfasis del autor]).

Considerar el poder de Dios que ya obra dentro de los cristianos es intentar rodear con nuestros brazos la base de una montaña. Pablo oró por sabiduría sobrenatural y revelación para comenzar a conocer «cuál es la extraordinaria grandeza de su poder para con nosotros los que creemos» (Ef 1:19). Hacer mucho más de todo lo que pudiéramos pedir es una continuación de su bondad hacia nosotros, no el inicio de ella.

Tú nunca, por ti mismo, pensaste en pedir perdón, pero Él respondió. Tú nunca concebiste la vida eterna, pero Él la aseguró de todos modos. Tú nunca conociste el horror de esa palabra, infierno; la gloria de esa palabra, gracia; la maravilla de esa palabra, Evangelio; la vida en ese nombre, Jesús; sin embargo, mientras la oración torcida de tu corazón muerto pedía más de este mundo, pecado y rebelión, Él te respondió con el cielo, su Espíritu, su Hijo y Él mismo.

Cree 

Que no volvamos a navegar nuestras oraciones en la embarcación averiada y las aguas turbulentas de la duda. El Dios de Pablo es nuestro Dios: Aquel que es poderoso para hacer mucho más abundantemente de lo que podemos pedir o entender. Algunos de nosotros no lo conocemos por este nombre. Dejemos que Spurgeon nos confronte:

Si crees en la oración en absoluto, espera que Dios te escuche. Si no esperas, no tendrás. Dios no te escuchará a menos que creas que Él te escuchará; pero si crees que lo hará, Él será tan bueno como tu fe. Él nunca te permitirá pensar mejor de Él de lo que Él es1.

«Él será tan bueno como tu fe. Él nunca te permitirá pensar mejor de Él de lo que Él es». Cuando ores, escucha a Jesús preguntarte: «¿crees que puedo hacer esto?». Reaviva tu fe para intentar lo imposible este año: superen la bondad de Dios en oración. Intenten pedir y pensar más alto de lo que Él puede responder y vean cómo Él se encuentra con la confianza de ustedes en Él con una bendición inesperada que los incline en adoración humilde y eleve su voz para llamar a otros: «y a Aquel que responde más allá y por encima de todo lo que podríamos siquiera pensar en pedir […]».

Publicado originalmente en Desiring God. Usado con permiso.

 

  1. Charles Spurgeon, C. H. Spurgeon Autobiography: The Early Years, 1834-1859 [Autobiografía de Charles Spurgeon: los primeros años] (Banner of Truth, 1981), 1:25. N. del T.: traducción propia.
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Greg Morse

Greg Morse es el gestor de contenido de desiringGod.org y es graduado de Bethlehem College & Seminary. Él y su esposa, Abigail, viven en St. Paul con su hijo y sus dos hijas.
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