Será olvidada toda la abundancia (Génesis 41:30).
Faraón observaba desde la orilla del río. «¿Qué era aquello que subía del Nilo?».
Siete vacas sanas emergieron de las aguas y caminaron por la tierra. ¿Quién ha visto alguna vez vacas salir de las profundidades de un río caudaloso? Un espectáculo extraño, sin duda. Pero vinieron más; él se estremeció. Siete vacas de mal aspecto salieron tambaleantes de las aguas para pararse en la orilla. Siete vacas gordas; siete vacas flacas. Incluso para los sueños, esto era raro.
Pero lo extraño pronto se volvió una pesadilla. «Y las vacas de mal aspecto y flacas devoraron las siete vacas de hermoso aspecto y gordas» (Gn 41:4).
Faraón despertó.
Aquel ganado caníbal no podía olvidarse. Faraón dio vueltas en la cama, perturbado. Finalmente, se quedó dormido y entró en otro sueño de siete espigas de trigo flacas que se tragaban a siete espigas gruesas. El patrón exigía una explicación. ¿Qué quería decirle el Arquitecto de tales visiones al rey?
Sus magos no pudieron responder. Pero el copero de Faraón, al escuchar la consulta, recordó a un hombre que había interpretado su sueño exactamente como sucedió. Se le dijo a José que se preparara para ver al rey.
«No está en mí», confesó el hebreo ante la corte. «Dios dará a Faraón una respuesta favorable» (Gn 41:16). Él desentrañó el misterio:
Van a venir siete años de gran abundancia en toda la tierra de Egipto; y después de ellos vendrán siete años de hambre. Será olvidada toda la abundancia en la tierra de Egipto, y el hambre asolará la tierra. No se conocerá la abundancia en la tierra a causa del hambre que vendrá, que será muy severa. En cuanto a la repetición del sueño a Faraón dos veces, quiere decir que el asunto está determinado por Dios, y que Dios lo hará pronto (Génesis 41:29-32).
Dios advirtió a Faraón de la calamidad venidera mientras todavía tenía tiempo para prepararse. Faraón, con José elevado a su diestra, se preparó. Sobrevivieron. Más que eso, usaron la profecía para sacar provecho. Egipto se convirtió en una nación poderosa.
La prosperidad y el hambre de Egipto han ido y venido. Pero creo que la pesadilla de Faraón nos enseña una lección sobre la naturaleza de otra calamidad inminente, una para la cual cada uno de nosotros debe prepararse. Esta catástrofe que se acerca también está fijada por Dios, y pronto Él la llevará a cabo. Dichosos sólo aquellos que sean hallados listos.
Vienen las vacas flacas
Lo que envía un escalofrío a mi alma es cómo los años de ruina borraron el recuerdo de los prósperos. Dios advirtió al rey que la pobreza abrumaría tanto los días de abundancia que aquellos días más felices de opulencia quedarían vacíos de significado y memoria.
¿No es esta una imagen de la destrucción destinada a los impenitentes? Dios nos ha mostrado una visión del juicio venidero, un juicio tan severo que hará irrelevantes los días de fortuna, incluso la fortuna occidental.
Vivimos, en sentido figurado, en los primeros siete años. Muchos se engañan pensando que las cosas sólo pueden mejorar. Las vacas gordas no sólo están en nuestras orillas; yacen bien cocidas en nuestros platos. Así, muchos se dan banquetes suntuosos y no logran entender todo este alboroto de sus parientes religiosos acerca de una destrucción venidera. Todo está soleado; la vida es buena; ¿por qué estos cristianos no pueden simplemente disfrutar?
Porque estos cristianos conocen más de la visión. No está en nosotros predecir los tiempos, pero nuestro Dios nos ha dicho claramente: vienen vacas flacas sobre un mundo desprevenido. Se acerca una calamidad tan severa, tan devoradora, tan inconfundible e inevitable que toda abundancia no santificada, toda risa mundana y toda opulencia impía quedarán totalmente sin sentido y serán olvidadas por completo. Así como los recuerdos de los banquetes no llenan los estómagos hambrientos, los recuerdos de los pasatiempos favoritos no traerán satisfacción a las almas que perecen.
Este es el punto de las vacas de mal aspecto tragándose a las gordas. Los tiempos felices, los viejos buenos tiempos, esos momentos alegres e impíos serán consumidos y no se verán más. Cuando venga el juicio prometido, cuando la ira de Dios descienda, cuando los libros sean abiertos y el ruego de los impenitentes por la muerte no obtenga respuesta, todo el placer anterior, todos los días brillantes, todos los tiempos pasados de vacas gordas serán tragados para siempre.
Jesús hace la conexión para nosotros en su enseñanza. Él enseña que las riquezas terrenales no ofrecerán ni una gota de alivio a la lengua angustiada bajo el juicio ardiente. El Señor describe una visión espantosa de un hombre rico marchitándose en el fuego, quien habría dado cada moneda, cada banquete, cada placer que alguna vez poseyó —todo lo de aquella vida anterior— por una sola gota de agua, un segundo de tregua. Él clama: «padre Abraham, ten misericordia de mí, y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua y refresque mi lengua, pues estoy en agonía en esta llama» (Lc 16:24). Un epígrafe adecuado para este hombre atormentado sería: «será olvidada toda la abundancia».
Los hombres sabios se preparan
Pecador, tu prosperidad —que ahora sientes como un muro de protección— se desmoronará en un momento, como los muros de Jericó, y quedarás expuesto ante la ira de Dios. Y cuando mires hacia arriba, no verás vacas sino caballos blancos, un ejército divino dirigido por un Señor cuyo manto está teñido en sangre.
Pero aquí está el punto: tienes tiempo para prepararte. El faraón y José se prepararon para la hambruna en tiempos de abundancia y salvaron a muchos en Egipto y más allá. Así también debemos hacerlo nosotros.
Considera la disposición de Dios para salvar. La «predicación de fuego y azufre» ha caído bajo reproche, ¿pero no fue misericordioso de parte de Dios interrumpir los sueños acogedores de Faraón para predecir el hambre que vendría? La pesadilla no fue dada para destruir a Egipto sino para salvarlo (y a través de él, al pueblo del pacto de Dios). Al recibir la advertencia del desastre venidero, no pierdas de vista la misericordia de Dios.
Él está dispuesto a salvar. Las advertencias de ira y castigo venidero pueden alarmarte, molestarte o hacerte enojar; las vacas flacas son grotescas ante tus ojos. Tal charla arruina un buen momento, le quita ligereza a la frivolidad y pone los pies en la tierra a una vida de helio. Pero la mala noticia se te dice para que puedas evitarla. Dios advierte del diluvio, del juicio ardiente y de la ira venidera para que huyas a Jesucristo. El Señor mismo fue quien más habló del infierno porque era quien más deseaba que los culpables escaparan de él.
Él sólo abrió un camino a través de su propia sangre para que nosotros seamos salvos. Pecador, conoce al gran Salvador: Jesucristo. Él, el único que alguna vez mereció la vida eterna por su obediencia perfecta, puso su vida para que tú pudieras participar de su recompensa. Dios te ofrece misericordia, no permitiendo que salgas del infierno siglos antes por buena conducta, sino enviando a su propio Hijo para que cargara con tu consecuencia y así nunca pruebes ni una gota de su ira. Su obediencia por tu rebelión, su recompensa por tu culpa, su muerte por tu vida. ¿No te rendirás?
Considera sus promesas de bendición. Este Redentor es tan pleno que no sólo quita el hambre; deja una prosperidad eterna en su lugar. En las orillas de la patria mejor, las vacas gordas devoran a las de mal aspecto y flacas. Es exactamente lo contrario de lo que hemos visto. No importa cuánto dolor, tristeza, pérdida y hambre hayas experimentado, ven a Jesús. Él promete años futuros que tragan todo dolor.
Él enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni habrá más duelo, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado (Apocalipsis 21:4).
La advertencia de Dios: si continúas ignorando a Jesucristo y te aferras a tus pecados, todas tus alegrías anteriores serán olvidadas por completo en un hambre sin fin.
La bienvenida de Dios: confía en Cristo —su vida perfecta, su muerte expiatoria, su resurrección y su pronto regreso— y todas tus aflicciones, dolores y lamentos pasados serán tragados por la vida eterna con Él.
