Imagina la escena: en un campo verde de Francia, dos ejércitos se enfrentan. Las tropas francesas se extienden como la arena del mar, bien equipadas, bien alimentadas, muy seguras de su victoria casi inevitable. Al otro lado del campo, en Azincourt, las fuerzas inglesas forman un grupo variopinto: lejos de casa, medio muertos de hambre, superados enormemente en número. Si un gato doméstico desafiara a un león, las probabilidades serían similares. Tienen una necesidad extrema de valentía, son pobres en espíritu.
Sin embargo, a este famoso campo de batalla llega un rey, empuñando palabras de manera más efectiva que cualquier espada. Él replantea por completo la forma en que sus asediadas tropas se ven a sí mismas al felicitarlas por su posición privilegiada. Shakespeare te permite escuchar a escondidas mientras Enrique v, «el espejo de todos los reyes cristianos», anima a sus hombres:
Hoy es el día de San Crispín.
El que sobreviva a este día y vuelva sano y salvo a su casa
Experimentará una noble satisfacción al hablar de este día […] Recordarían las proezas de esta jornada […] El padre contará estos hechos a sus hijos y,
a partir de hoy y hasta el fin del mundo,
el [Día de San] Crispín no se pronunciará nunca
sin renovar a la vez nuestro recuerdo.
Somos pocos… somos los pocos afortunados.
Somos una banda de hermanos […].
Los nobles que se han quedado en Inglaterra
y que estas horas duermen tranquilos,
se arrepentirán por no haber estado aquí1.
En este discurso, Enrique v declara que sus hombres (sus hombres hambrientos, pobres, vituperados y perseguidos) son los verdaderamente felices. A pesar de todas las apariencias en contra, están viviendo la buena vida porque se encuentran en el frente de batalla con su rey. Si tan sólo los ricos tuvieran ojos para ver, envidiarían a estos hermanos bienaventurados. Los que están cómodos se llamarían a sí mismos malditos.
La nueva perspectiva infunde fuego en las tropas de Enrique. Enfrentan con gusto los peligros y la incomodidad y, como registra la historia, su recompensa es grande.
Bienaventurados los que
Un milenio y medio antes de que Enrique v se parara en ese campo en Francia, otro Rey caminó hacia un campo muy diferente. Este Rey no llevaba corona ni comandaba un ejército. Sin embargo, estaba en medio de una batalla, un conflicto que determinaría el futuro no sólo de Francia e Inglaterra, sino de absolutamente todo. Un grupo desorganizado rodeaba a este Rey, hombres y mujeres asediados que, al igual que las tropas de Enrique, necesitaban ver la realidad de su situación. Necesitaban saber que, a pesar de la evaluación del mundo, estaban entre los pocos felices. Y así, este Rey abre su boca y pronuncia lo que ha llegado a llamarse «El Sermón del Monte».
En este discurso, el Rey Jesús pone de cabeza nuestras expectativas. Él invierte por completo la visión que tiene el mundo de la buena vida. Con su repetición nueve veces de «Bienaventurados», Cristo presenta su manifiesto de la felicidad del Reino.
El Profeta y Rey final
Aunque a menudo se le llama sermón a las enseñanzas de Jesús en Mateo 5-7, estas palabras se acercan más a las de Enrique v en el campo de batalla que a un pastor en su púlpito. La diferencia más grande (y más obvia) es que el que habla es Jesús, el Profeta y Rey final de Dios.
Muchos han observado que Mateo presenta intencionalmente a Jesús como un mejor Moisés, un profeta nuevo y con autoridad del Señor. Así como Moisés salió de Egipto, cruzó el Mar Rojo, fue probado en el desierto, subió a un monte y entregó la palabra de Dios a su pueblo, Mateo presenta a Jesús siguiendo el mismo patrón. Él sale de Egipto (Mt 2:14-15), desciende a las aguas del bautismo (Mt 3:13-17) y triunfa sobre la prueba de Satanás en el desierto (Mt 4:1-11). Luego Él «subió al monte» (Mt 5:1). Esta frase se usa sólo tres veces en la traducción griega del Antiguo Testamento, y todas ellas describen a Moisés subiendo al Sinaí (Éx 19:3; 24:18; 34:4). Mateo quiere que veas que las palabras que Jesús pronuncia en el monte son las propias palabras de Dios en la boca de su profeta definitivo y superior a Moisés (Mt 7:28-29).
Menos obvio, pero tal vez más importante, es que Mateo presenta a Jesús como Rey. En este discurso, Jesús menciona su Reino ocho veces. Él comienza proclamando quiénes pueden entrar (Mt 5:3); concluye declarando quiénes serán excluidos (Mt 7:21-23). Y pronuncia todas estas palabras con una autoridad real que asombra a sus oyentes (Mt 7:28-29).
Quizás lo más maravilloso de todo es que Jesús no sólo vuelve a emitir la ley del Antiguo Testamento; Él la cumple. En su libro sobre el retrato que hace Mateo de Jesús, Patrick Schreiner te explica lo que esto significa:
Los reyes debían ser encarnaciones vivientes de la ley, que instruían tanto a través de la enseñanza como del ejemplo sobre lo que significa seguir la ley. Así como va el rey, va la nación. Jesús es el Rey davídico que se convierte en la ley viviente2.
Cristo es un Rey que celebra su corte en la cima del monte e interpreta la voluntad de Dios para el hombre. Por lo tanto, Schreiner concluye: «el Sermón del Monte es el discurso del rey3».
Aquí Jesús culmina y lleva a su punto máximo tanto a la tradición de los profetas como al linaje de los reyes. Él habla con toda la autoridad de Dios. Entonces, ¿cómo busca este Profeta y Rey animar a su audiencia asediada?
Nosotros, los poco afortunados
Al igual que Enrique v, Jesús apela al deseo innato del hombre por la felicidad. El Rey nos dice dónde encontrar lo que todos queremos. «Pero», podrías preguntar, «¿dónde habla Jesús de la felicidad?». En esa hermosa palabra: bienaventurados. Una razón por la que no nos sorprende la filosofía radical de la felicidad de Jesús es que la mayoría no tiene idea de lo que significa «bienaventurado». Para la mayoría de las personas modernas, esta palabra es ruido blanco, ya sea jerga cristiana sin sentido o material para stickers y etiquetas en redes sociales. Pero los lectores de antaño sabían más.
«Bienaventurado» es la traducción de la palabra griega makarios, que la mayoría de los diccionarios definen como «feliz». Cuando la Biblia se tradujo por primera vez al inglés, «bienaventurado» y «feliz» eran sinónimos intercambiables. (Por lo tanto, la entrada más antigua en el Oxford English Dictionary para «bienaventurado» es «disfrutar de suprema felicidad; feliz, afortunado»). Es por eso que esta sección del discurso de Jesús a menudo se llama Las Bienaventuranzas, del latín beatus, que significa «feliz»4.
Al usar la palabra makarios, Jesús culmina la larga línea de sabiduría bíblica con respecto a la buena vida. Makarios traduce la palabra hebrea asher, «un término rico que se refiere a un estado de bienestar y sus sentimientos asociados de gozo y satisfacción5».
Los Salmos y Proverbios usan repetidamente esta palabra para decir quiénes son los verdaderamente felices (p. ej., Salmo 1; Proverbios 3:13). Bruce Waltke resume la importancia de asher en el Antiguo Testamento (y por lo tanto de makarios en el Nuevo):
Los sabios reservan [esta] exclamación laudatoria para las personas que experimentan la vida de manera óptima, como el Creador lo planeó […] El pronunciamiento no confiere bendición […], sino que sirve para mostrar a un ser humano como un modelo ante el destinatario para ser envidiado e imitado6.
Al igual que los sabios del Antiguo Testamento y Enrique v, las palabras de Jesús son tanto una proclamación como una invitación. Él destruye la noción de que la felicidad es meramente circunstancial. Ser feliz, según nuestro Rey, es vivir la buena vida y experimentar las emociones que la acompañan, a pesar de estar asediado, ser pobre y perseguido. Es disfrutar del bienestar con Dios y con el hombre. En esencia, Jesús declara:
«¡Oh la bendición de ser cristiano! […] ¡Oh la diáfana felicidad de conocer a Jesucristo como Maestro, Señor y Salvador!». La misma forma gramatical de las bienaventuranzas es una afirmación de la emoción jubilosa y la radiante dicha de la vida cristiana. Ante la realidad de las bienaventuranzas, un cristianismo triste y tenebroso es inconcebible7.
Invitados al gozo
Jesús te invita a este gozo del Reino, a esta «alegría radiante», a esta visión de la buena vida. Al igual que Enrique v, Jesús llama a los ciudadanos de su Reino (un grupo verdaderamente variopinto) a una felicidad de peso, un gozo inamovible ante los vientos de la salud y la enfermedad, la riqueza y la pobreza, la prosperidad y la calamidad. La tuya es una dicha en medio de la batalla, la satisfacción de estar en el frente con tu Rey. Un gozo que lleva cicatrices y carga cruces. Una bienaventuranza que desafía los peligros y la incomodidad.
En las Bienaventuranzas, el Rey te llama a todo gozo. Él considera que los que lo siguen están entre los pocos felices. Te invita a unirte a una jovial banda de hermanos y hermanas esparcidos por el tiempo y el espacio, enraizados en la eternidad. ¿Quién se atrevería a resistirse a una felicidad tan indomable?
Publicado originalmente en Desiring God. Usado con permiso.
- Shakespeare, William. (2011). La vida de Enrique v. (México: El Globo Rojo). 4.3. pp. 66-67
- Schreiner, Patrick. (2019). Matthew, Disciple and Scribe: The First Gospel and Its Portrait of Jesus [Mateo, discípulo y escriba: el primer evangelio y su retrato de Jesús]. (Grand Rapids, MI: Baker Academic). p. 104. N. del T.: traducción propia.
- Schreiner. Matthew, Disciple and Scribe. p. 104. N. del T.: traducción propia.
- N. del T.: en inglés se emplea el latinismo beatitudes para makarios, mientras que el español ha preferido una forma vernácula, bienaventuranzas, para expresar el mismo concepto.
- Futuro, Mark. (2007). Interpreting the Psalms: an Exegetical Handbook. (Grand Rapids, MI: Kregel Publications). p. 66. N. del T.: traducción propia.
- Waltke, Bruce. (2004). The Book of Proverbs: Chapters 1–15 [El libro de Proverbios: capítulos 1 al 15]. (Grand Rapids, MI: Eerdmans Publishing Company). p. 256. N. del T.: traducción propia.
- Barclay, William. (1991). Comentario al Nuevo Testamento. (Barcelona: Editorial CLIE). vol. 1.
