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Dios ama un buen jardín, especialmente si ese jardín está en la cima de una montaña. De hecho, la gran historia de redención de Dios es, en gran medida, un relato de dos jardines. La historia comienza y termina en el jardín del Edén, que empieza como un jardín botánico arbóreo y termina como una ciudad paradisíaca. Pero entre los libros que enmarcan la Biblia, tropezamos con un jardín muy diferente: Getsemaní.

En este Jueves Santo, mientras recordamos la agonía de Jesús bajo los olivos, ¿qué fruto podríamos cosechar al comparar el Edén y Getsemaní?

Dos jardines

A primera vista, los dos jardines parecen mundos distintos. El Edén era «el huerto de Dios» (Ez 28:13), lleno a rebosar de todo placer imaginable (y quizás de muchos que no lo son). Dios había hecho crecer allí «todo árbol agradable a la vista y bueno para comer» (Gn 2:9, [énfasis del autor]). Múltiples ríos serpenteaban bajo ese manto moteado, regando el paraíso. Debe haber sido un lugar denso de verde y oro, cargado con el aroma vivo de la primavera, que danzaba al son de la música del agua sobre las rocas y el viento entre las hojas. El Edén fue un mundo de , y sólo un no.

Para que no olvidemos el verdadero meollo y el placer de este jardín, Dios se reunía allí con el hombre. Solía pasear con su pueblo en la frescura del día. Adán y Eva experimentaron el Dios con nosotros no como una esperanza futura, sino como una realidad cotidiana. En el Edén, vemos al pueblo de Dios en el lugar de Dios, en la presencia de Dios: un paraíso de luz, vida y amor.

Getsemaní se abre a algo completamente diferente. De hecho, pudo haber sido un hermoso jardín cualquier otro día. Pero en Jueves Santo, Jesús llegó en la oscuridad para hacer la guerra contra la oscuridad. No vino a caminar y hablar con Dios, sino a postrarse sobre su rostro y rogarle. Aquí no había un fruto dulce para comer, sino una copa amarga para tomar. Gotas de sangre, no ríos cristalinos, regaron este suelo. Getsemaní marcó el portal hacia la oscuridad, la muerte y la vergüenza.

La misma maldición

Sin embargo, estos dos jardines están inextricablemente unidos por la misma maldición. En el primer jardín, el primer Adán y su hermosa novia disfrutaron del paraíso con Dios, hasta que dejaron de hacerlo. Satanás, tomando la forma de una serpiente, tentó a Eva a dudar de la bondad de Dios y a desafiar su voluntad, tomando el fruto prohibido. Y el esposo de esta novia caída no hizo nada para rescatarla, sino que se lanzó de boca a la muerte, y sumergió a todos los hombres y a toda la creación con él (Ro 5:12). El primer Adán se escondió de Dios, usó a su esposa como chivo expiatorio y fue exiliado del Edén. A causa de este hombre, Dios impuso una maldición sobre todos.

No obstante, en el segundo jardín, el segundo Adán entró en la curva final hacia el Calvario para tomar la maldición de todos. ¡Y qué camino tan terrible fue ese! La maldición trajo sangre, sudor y lágrimas a la humanidad; Jesús mezcló los tres en Getsemaní. Pues Él sabía que su Padre pronto haría «que cayera sobre Él la iniquidad de todos nosotros» (Is 53:6). Jesús estaba tan entristecido y angustiado que forzó la red del lenguaje para describir su horror: «mi alma está muy afligida, hasta el punto de la muerte» (Mt 26:37-38, [énfasis del autor]). ¿Cómo se debe sentir una «aflicción hasta el punto de la muerte»? 

Y esa antigua serpiente no estuvo menos activa aquí que en el Edén. Satanás se transformó en otra «serpiente» para derribar a otro Adán (Lc 22:3). Comenzó a zarandear a Pedro como a trigo mientras dormía durante Sus oraciones (Lc 22:31). Y es difícil imaginar que el dragón no asaltara directamente al Hijo. Jesús había demostrado ser el verdadero Israel al revivir las tentaciones de la nación en el desierto. Ahora era el «momento oportuno» de Satanás para ver si Jesús demostraría ser el verdadero Adán y triunfaría donde el primero fracasó (Lc 4:13).

Diferentes Adanes

¡Oh, y triunfó! Donde el primer Adán desafió la voluntad de Dios por descontento, el segundo se sometió a la voluntad de Dios por el gozo (Heb 12:2). Finalmente, Jesús pronuncia el grito de batalla de la obediencia: «no se haga mi voluntad, sino la tuya». Él ha puesto su rostro para ser «obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Fil 2:8).

En el Edén, lamentamos el fracaso de Adán; en Getsemaní, nos maravillamos de la fidelidad de Cristo. Adán traicionó a Dios con el fruto robado goteando de su barba; Jesús obedeció a Dios con su propia sangre goteando de Él. Adán se quedó de brazos cruzados viendo a la serpiente agredir a su novia. Jesús entregó su vida para aplastar a la serpiente y rescatar a la suya. Adán se escondió de Dios. Jesús lo buscó. Adán echó la culpa. Jesús asumió la culpa. En el Edén, un hombre robó de un árbol, lo que condujo a la muerte. En Getsemaní, un hombre cobró ánimo para ir a un árbol, lo que condujo a la vida.

Los resultados de los jardines no podrían ser más diferentes. «Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno los muchos serán constituidos justos» (Ro 5:19). En el jardín del paraíso, Adán trajo agonía; a través del jardín de la agonía, Cristo compró el paraíso. Lo que un hombre perdió, el Hombre lo recuperó.

Paraíso recuperado

El mayor bien del segundo jardín es el meollo y el placer del primero: no sólo el perdón de la culpa, sino el paraíso recuperado. «Porque también Cristo murió por los pecados una sola vez, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios» (1P 3:18, [énfasis del autor]). Sufrió por nuestros pecados: los míos y los tuyos. Puede que Adán haya comenzado todo, pero entre los jardines, hemos merecido nuestro propio exilio de Dios. En la agonía de Cristo, vemos el peso de nuestro pecado. Ese horror de llevar nuestros pecados comienza en Getsemaní, pero terminará en otro jardín: un jardín con una tumba vacía (Jn 19:41).

Mientras esperamos con ansias la Pascua, no olvidemos Getsemaní. Ese oscuro huerto recapitula, revierte y renueva el Edén. Allí encontramos las semillas de nuestra esperanza de que Dios volverá a morar con el hombre en el Paraíso (Ap 21:3). Nuestro Rey agonizó en un jardín para que algún día podamos disfrutar de otro.

Publicado originalmente en Desiring God. Usado con permiso.
Photo of Clinton Manley
Clinton Manley
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Clinton Manley

Clinton Manley es un editor para Desiring God e instructor adjunto para Bethlehem College and Seminary. Él y su esposa, Mackenzie, tienen tres hijos y viven en Saint Paul.
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