Este artículo forma parte de la serie Querido pastor, publicada originalmente en Crossway.
Dos maneras de comparar
Existen dos tipos de comparaciones.
Uno, puedes decir cuán bueno es algo al decir cuán malo es otra cosa. No tengo ningún interés en debates sobre deportes ni en los equipos que los practican. Así que puedes estar seguro de que el siguiente ejemplo es puramente hipotético. «¿Golf? Eso ni siquiera es un deporte. Conduces un carrito por cuatro horas, bajándote de vez en cuando para golpear una pequeña pelota. Podría ejercitarme más lavando los platos. Ahora, el básquetbol, ese sí es un deporte real».
Dos, puedes decir cuán bueno es algo al decir cuánto mejor es otra cosa que ya es realmente buena. «Bien, imagina el mejor plato que hayas comido, luego multiplica eso por veinticinco pequeños platos, uno después del otro por tres horas, cada uno tan bueno como el último».
No tengo el espacio para decir mucho sobre las glorias del ministerio pastoral. Pero ¡vaya, sí que es glorioso! Como tantas veces, Spurgeon lo articuló mejor de lo que yo jamás lo haría:
Preferiría mil veces hacer mi trabajo que cualquier otro bajo el sol. Predicar a Jesucristo es un trabajo dulce, alegre y celestial. Whitefield solía llamar a su púlpito su trono y aquellos que conocen la dicha de olvidarse de todo menos del glorioso y absorbente tema de Cristo crucificado, serán testigos de que el término fue usado adecuadamente. Es un baño en las aguas del paraíso predicar con el Espíritu Santo enviado desde el cielo. Apenas es posible para un hombre, a este lado de la tumba, estár más cerca del cielo que un predicador cuando la presencia de su Maestro lo aleja de toda preocupación y pensamiento, salvo el único asunto en cuestión, y ese es el más grande que jamás haya ocupado la mente y el corazón de una criatura1.
Robert Murray M’Cheyne una vez se dio cuenta mientras predicaba: «mientras estaba en el púlpito, se me vino a la mente el pensamiento de que, si se me concedía seguir siendo ministro, podría disfrutar de dulces destellos de comunión con Dios en esa situación2». ¿Alguna vez has probado esa dicha? ¿Has tomado ese baño? ¿Has disfrutado de esos dulces destellos de comunión con Dios? Si lo has hecho, sabes que, además del trabajo duro y del dolor, el ministerio pastoral ofrece alegrías poco comunes. Los placeres del ministerio pastoral pueden ser tan ricos que te vas tentado a desearlos demasiado.
Por tanto, esta es mi palabra para ti: atesora a Cristo. Por muy bueno que sea el ministerio pastoral, Jesús es infinitamente mejor. El Cristo resucitado, exaltado y que pronto regresará le proclama a su pueblo que espera, sufre y anhela: «Yo soy el Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el Principio y el Fin» (Ap 22:13). Cristo es el principio y el final del ministerio pastoral. Él es el principio y el final de tu relación con Dios. Él es el principio y el final de tu vida. Él es el principio y el final del universo. Atesóralo más de lo que atesoras servirlo. Atesóralo más de lo que atesoras contarle a otros sobre Él. Atesóralo más de lo que atesoras guiar a su pueblo. Atesora a Cristo. «Pues para mí, el vivir es Cristo […]» (Fil 1:21).
Pocos hombres vivos que he conocido encarnan esto mejor que Ray Ortlund Jr., que hace poco dejó de pastorear Immanuel Nashville. Ray es hijo de un hombre piadoso y el padre de hombres piadosos. Él aprendió a atesorar al Cristo de su padre y le ha enseñado a sus hijos a atesorar a Cristo. Estas son las últimas palabras que Ray Ortlund Sr. tuvo para su hijo:
El domingo 22 de julio de 2007, temprano en la mañana, mi papá despertó en su habitación del hospital en Newport Beach. Él sabía que finalmente había llegado el día de su liberación de esta vida. Le pidió a la enfermera que hiciera pasar a la familia. Mi esposa, Jani y yo, estábamos lejos, en Irlanda ese día debido al ministerio. No sabíamos lo que estaba ocurriendo en casa. Pero la familia se reunió alrededor de la camilla de papá. Leyeron la Escritura. Cantaron himnos. Papá pronunció una palabra de bendición y amonestación patriarcal para cada uno, un mensaje adecuado para animar y guiar. Pronunció sobre todos la bendición de Aarón: «El Señor te bendiga y te guarde; el Señor haga resplandecer su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia; el Señor alce sobre ti su rostro, y te dé paz» (Nm 6:24-26).
Y luego, tranquilamente, se quedó dormido. Después le pregunté a mi hermana qué mensaje dejó mi papá para mí. Fue este: «dile a Bud, el ministerio no lo es todo; Jesús lo es»3.
Este artículo es una adaptación de The Path to Being a Pastor: A Guide for the Aspiring [El camino a ser pastor: una guía para los aspirantes], escrito por Bobby Jamieson.
Este artículo fue publicado originalmente en inglés y traducido con el permiso de Crossway.
- Spurgeon, C. H. (1962). Autobiography: Volume 1: The Early Years, 1834-1859 [Autobiografía: vol 1: los primeros años (1834-1859)]. Edición revisada compilada originalmente por Susannah Spurgeon y Joseph Harrald. [Edinburgh: Banner of Truth], pp. 403-404. N. del T.: traducción propia.
- Bonar, Andrew A. (1966). Memoir and Remains of Robert Murray M’Cheyne [Memorias y escritos de Robert Murray M’Cheyne]. [Edinburgh: Banner of Truth], p. 33. N. del T.: traducción propia.
- Ortlund, Ray. «10 Unforgettable Lessons On Fatherhood» [Diez lecciones inolvidables sobre la paternidad]. Desiring God, 16 de mayo de 2015. https://www.desiringgod.org/articles/10-unforgettable-lessons-on-fatherhood.