Este artículo forma parte de la serie Pasajes difíciles, publicada originalmente en Crossway.
Leamos el pasaje
El dragón se paró sobre la arena del mar. Y vi que subía del mar una bestia que tenía diez cuernos y siete cabezas. En sus cuernos había diez diademas, y en sus cabezas había nombres blasfemos. La bestia que vi era semejante a un leopardo, sus pies eran como los de un oso y su boca como la boca de un león. El dragón le dio su poder, su trono, y gran autoridad.
Vi otra bestia que subía de la tierra. Tenía dos cuernos semejantes a los de un cordero y hablaba como un dragón. Ejerce toda la autoridad de la primera bestia en su presencia, y hace que la tierra y los que moran en ella adoren a la primera bestia, cuya herida mortal fue sanada. También hace grandes señales, de tal manera que aun hace descender fuego del cielo a la tierra en presencia de los hombres. Además engaña a los que moran en la tierra a causa de las señales que se le concedió hacer en presencia de la bestia, diciendo a los moradores de la tierra que hagan una imagen de la bestia que tenía la herida de la espada y que ha vuelto a vivir.
Se le concedió dar aliento a la imagen de la bestia, para que la imagen de la bestia también hablara y diera muerte a todos los que no adoran la imagen de la bestia. Y hace que a todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y esclavos, se les dé una marca en la mano derecha o en la frente, para que nadie pueda comprar ni vender, sino el que tenga la marca, la cual es el nombre de la bestia o el número de su nombre.
Aquí hay sabiduría. El que tiene entendimiento, que calcule el número de la bestia, porque el número es el de un hombre, y su número es 666 (Apocalipsis 13:1-2, 11-18).
Una gran bestia
Juan ve una bestia que sube del mar, convocada por el dragón en la orilla (12:17). El mar era un lugar de caos, peligro y maldad para los hebreos (cf. comentario en 21:1). La visión se basa en Daniel 7:3, donde Daniel ve «cuatro bestias enormes […] [que] subían del mar». Las bestias en Daniel representan grandes imperios, y Juan también tiene en mente un gran imperio —casi con certeza Roma—. El reino que surge del mar no es humano, civil, ni apoya a sus ciudadanos. En cambio, es como una bestia feroz y destructiva, que ataca a sus ciudadanos.
La bestia descrita aquí es probablemente la cuarta bestia vista por Daniel (Dn 7:7, 19, 23). La bestia en Apocalipsis tiene un poder extraordinario, pues tiene diez cuernos, con diez diademas (Ap 17:12; cf. Daniel 7:20, 24) —símbolos de autoridad de gobierno— sobre sus cuernos. Tiene siete cabezas, lo que también significa su autoridad y poder. El dragón tenía siete cabezas y diez cuernos (Ap 12:3), y claramente le ha dado su autoridad a la bestia. La bestia con sus cuernos y diademas parodia a Cristo (cf. 5:6; 19:12), al igual que el dragón. Las siete cabezas llevan nombres blasfemos, que son quizás pretensiones romanas de deidad, tales como «señor», «hijo de Dios» y «salvador» (cf. también 17:3), revelando nuevamente las pretensiones divinas de la bestia. La bestia no se limita al Imperio Romano; se refiere a Roma, pero también se aplica a toda manifestación del mal en todos los gobiernos a lo largo de la historia, y también al conflicto último que vendrá al final.
La bestia que sube del mar es semejante a un leopardo, con pies como de oso y boca como de león. En la visión de Daniel de las cuatro bestias, la primera (Babilonia) era como un león con alas de águila (Dn 7:4), la segunda (Medo-Persia) era como un oso (Dn 7:5), y la tercera (probablemente Grecia) era como un leopardo (Dn 7:6). Juan ve que estas bestias se consuman en la cuarta bestia de Daniel, que es la bestia que él describe aquí (probablemente Roma; cf. Daniel 7:7, 19, 23). Esta bestia no es autónoma, sino que deriva su gobierno totalitario del dragón, y por lo tanto su autoridad para gobernar es demoníaca (cf. 2Ts 2:8-9).
Una de las cabezas de la bestia tenía una herida mortal, de la que se recuperó (cf. 17:8). Muchos entienden que esto se refiere a un individuo, lo cual es ciertamente posible. Después de la muerte de Nerón en el año 68 d. C., surgió una tradición de que él regresaría (quizás desde Partia) y gobernaría de nuevo, y Juan pudo haber tenido esa tradición en mente. Pero si Juan escribió en la década de los 90, su fecha más plausible, es bastante improbable que esta tradición estuviera en mente, ya que Nerón había desaparecido hacía mucho tiempo. Es más probable, entonces, que la referencia sea al imperio en su conjunto. La herida mortal significa la aparente desaparición del gobierno tiránico. El dominio de Roma parece haber sido destronado y eliminado para siempre. Y sin embargo, el imperio no es destruido; justo cuando parece que su tiranía ha terminado, su poder se reanuda. El supuesto golpe mortal es ineficaz. En respuesta, el mundo se asombra de la bestia y le entrega su lealtad, pues el resurgimiento de un imperio demoníaco es una especie de resurrección, y así, una vez más, la bestia parodia a Cristo.
Adoración a la bestia
La resistencia de la bestia y su imperio conduce a la adoración del dragón y de la bestia. El dragón es adorado por darle autoridad a la bestia. La bestia es adorada a causa de su supuesta resurrección. Se la considera incomparable y omnipotente, como Dios (cf. Éxodo 15:11; Salmo 89:7). La gente adora a la bestia, creyendo que no se le puede resistir ni vencer. Como se ha observado a menudo en la historia, la gente apoya a un ganador.
Dos veces en este versículo se nos dice lo que «se le concedió» a la bestia: una boca para proferir palabras orgullosas y blasfemas, y autoridad por cuarenta y dos meses. La cláusula «se le concedió» (edothē) aparece otras cuatro veces en este capítulo (13:7 [× 2], 14, 15). En el comentario sobre 9:1, defendí la noción de que Dios es el sujeto implícito de esta construcción pasiva. Aunque el dragón activamente da (edōken; 13:2, 4) su autoridad a la bestia, Dios reina y gobierna sobre lo que la bestia lleva a cabo, permitiendo que la bestia ejerza su autoridad. Aunque Dios ordene lo que la bestia hace, Él no tiene las mismas motivaciones o intención que Satanás. El juicio de Dios es Su obra «extraña» (Is 28:21), y Él llama a los impíos a arrepentirse y vivir (Ez 18:23, 32), mientras que Satanás se regocija cuando la gente es destruida. Las «cosas secretas» pertenecen al Señor (Dt 29:29), y por lo tanto no podemos trazar o explicar completamente la relación lógica entre la soberanía divina y la responsabilidad humana.
La oposición de la bestia a Dios
La bestia está llena de sí misma, profiriendo «palabras arrogantes y blasfemias» contra Dios, tal como lo hizo Antíoco iv Epífanes en su día, funcionando como un tipo de la bestia venidera (cf. Daniel 7:8, 20; 11:36). Tal actividad encaja también con el «hombre de pecado», que se exalta a sí mismo como divino (2Ts 2:3-4). A la bestia se le permite ejercer su autoridad por cuarenta y dos meses. Algunos entienden que esto es literalmente tres años y medio antes de que Jesús regrese. Pero es más probable que Juan esté describiendo todo el período entre la primera y la segunda venida de Jesús (cf. comentario en Apocalipsis 11:2); Juan escribió no acerca de días muy lejanos a sus lectores, sino sobre el impacto del Imperio romano en ellos. Todos los gobiernos totalitarios que se atribuyen autoridad divina revelan que ellos también son la bestia.
Juan se centra en la oposición de la bestia a Dios, basándose especialmente en Daniel. Al igual que en el versículo 5, la autoexaltación de la bestia se expresa en su discurso, que blasfema a Dios y Su nombre. Sigue el patrón de Antíoco iv Epífanes, de quien Daniel 7:25 dice: «él proferirá palabras contra el Altísimo y afligirá a los santos del Altísimo». También se cumple la profecía de Daniel 11:36: «se enaltecerá y se engrandecerá sobre todo dios, y contra el Dios de los dioses dirá cosas horrendas». La bestia también injuria la morada de Dios, a los que moran en el cielo (cf. Apocalipsis 12:12). Esto es probablemente una referencia al pueblo de Dios (21:3), mostrando que su verdadero hogar está en el cielo. Las acciones de la bestia aquí concuerdan con Daniel 7:25, donde la bestia se opone a Dios y a Su pueblo. La bestia, al albergar pretensiones divinas, odia todo y a todos los que están dedicados al único Dios verdadero y vivo.
Dios reina sobre la bestia
Dos veces más vemos lo que Dios le ha dado (edothē) a la bestia. Primero, Dios le ha permitido hacer guerra contra los santos y vencerlos. Esto no significa que los santos renuncien a su fe (cf. comentario en 11:7). Significa que Dios permite que la bestia les quite la vida (cf. 2:13; 6:9-11; 16:6; 17:6; 18:24; 19:2; 20:4); esto también sigue el patrón que se encuentra en Daniel, donde Daniel dice acerca de Antíoco iv Epífanes: «este cuerno hacía guerra contra los santos y prevalecía sobre ellos» (Dn 7:21; cf. Dn 7:25). Dios concede los deseos de la bestia por un período de tiempo, para que la bestia ejerza autoridad sobre toda tribu, lengua, pueblo y nación. Vemos aquí el alcance del culto imperial y la naturaleza totalitaria del gobierno de la bestia.
La autoridad de la bestia
La autoridad y el gobierno de la bestia desatan miedo y admiración en los que habitan la tierra, y adoran a la bestia. El versículo se lee como si todos sin excepción adoraran a la bestia, pero la frase «todos los que moran en la tierra» (pantes hoi katoikountes epi tēs gēs) es un término técnico en Apocalipsis para los incrédulos (cf. comentario en 3:10). Tal entendimiento es confirmado por la siguiente cláusula, pues los moradores de la tierra son aquellos cuyos nombres no están inscritos en el libro de la vida. El libro de la vida contiene los nombres de aquellos que no perecerán en el lago de fuego (cf. Dn 12:1; Fil 4:3; Ap 3:5; 17:8; 20:12, 15; 21:27; 22:19). Aquellos que dan su lealtad a la bestia demuestran con ello que no pertenecen al único Dios verdadero.
La mayoría de las traducciones al inglés se refieren a aquellos «escritos desde la fundación del mundo en el libro de la vida». Juan hace un punto similar en Apocalipsis 17:8, donde se refiere a «los moradores de la tierra, cuyos nombres no se han escrito en el libro de la vida desde la fundación del mundo». El orden de las palabras en 13:8 podría sugerir, alternativamente, que Juan se refiere al «Cordero que fue sacrificado desde la creación del mundo» (cf. RVC, NVI). El orden de las palabras no es determinante, y, dados los paralelos, Juan probablemente habla de aquellos que fueron inscritos en el libro de la vida antes de que comenzara la historia. Después de todo, la muerte de Cristo fue predeterminada antes de que comenzara la historia, pero es algo muy distinto decir que Él fue realmente inmolado antes de que comenzara el mundo, pues el Cordero fue inmolado en la historia, no antes de que comenzara el mundo. Por otro lado, Dios decidió antes de que comenzara la historia quiénes serían inscritos en el libro de la vida.
Prepárense
Juan vuelve a la fórmula utilizada en las siete cartas (Ap 2:7, 11, 17, 29; 3:6, 13, 22). Los que tienen oídos deben abrirlos y prestar atención a lo que se está diciendo. A la gente se le informa de antemano sobre la autoridad de la bestia y su persecución y matanza de cristianos. Se les informa que los incrédulos le darán a la bestia su adoración y su veneración. Por lo tanto, los creyentes deben prepararse. Algunos están destinados al cautiverio, y al cautiverio irán. Otros están destinados a ser asesinados a espada, y así será (cf. Jr 15:2; 43:11). Tales eventos no significan que Dios los haya abandonado u olvidado; el poder de la bestia no sugiere que el gobierno soberano de Dios sobre el mundo haya sido entregado, pues la bestia ejerce autoridad sólo por la voluntad de Dios. Por lo tanto, se llama a los creyentes a perseverar y permanecer fieles a su Señor. Deben permanecer leales a pesar de la persecución y las dificultades que se presenten.
El siguiente párrafo (13:11-18) comienza con Juan viendo otra bestia, que sube de la tierra. Esta otra bestia es identificada en otra parte como el «falso profeta» (16:13; 19:20; 20:10). La segunda bestia, entonces, afirma hablar por Dios y, por lo tanto, representa una autoridad religiosa contraria a la Palabra y a los caminos de Dios. Si la primera bestia es el Imperio romano, la segunda bestia es probablemente el sacerdocio imperial. La naturaleza engañosa de la segunda bestia es evidente: tiene dos cuernos como un Cordero, presentándose así como estando en acuerdo con el Cordero, pero en realidad habla como el dragón, revelando que su mensaje es demoníaco. Jesús mismo advirtió que los falsos profetas vendrían «con vestidos de ovejas» mientras que de hecho son «lobos rapaces» (Mt 7:15).
La segunda bestia es el tercer miembro de la trinidad impía, funcionando como un Espíritu impío. Ejerce la autoridad de la primera bestia en su presencia, obligando a los habitantes de la tierra (todos los incrédulos) a adorar a la bestia. Los incrédulos están felices de cumplir, pues la bestia pareció tener poderes divinos, al recuperarse de una herida aparentemente mortal. La bestia, en otras palabras, tuvo su propia versión de la resurrección: justo cuando el gobierno totalitario parecía ser sofocado, se levantó de las cenizas para reinar de nuevo.
La plausibilidad de la segunda bestia es aumentada por su poder milagroso (cf. 16:14). En otras palabras, la falsa religión parece ser verificada empíricamente. Así como Elías pudo hacer descender fuego del cielo (1R 18:38), la falsa religión aquí es supuestamente confirmada por señales y prodigios. Tanto Jesús (Mt 24:24) como Pablo (2Ts 2:9) enseñaron que los falsos cristos y profetas harían milagros. Tales milagros prueban a los creyentes, asegurando su devoción al Señor (Dt 13:1-3).
Las señales engañan a los moradores de la tierra (incrédulos; cf. comentario en 3:10), convenciéndolos de que la bestia es digna de adoración y alabanza. Por lo tanto, los habitantes de la tierra hacen una imagen de la bestia. Las imágenes se hacían con el propósito de adoración, y Juan nos recuerda de nuevo que la bestia es adorada porque parecía estar muerta, pero volvió a la vida. «Imagen» no significa que se haga una imagen literal de la bestia, pero es la manera apocalíptica y simbólica de Juan de decir que se adora a la bestia. «Resucitó» (ezēsen) se usa en otra parte de la resurrección de Cristo (Ro 14:9; Ap 2:8) y el plural «Volvieron a la vida» (ezēsan) se refiere en otra parte a la resurrección espiritual o física de los creyentes (20:4-5). Los incrédulos adoran a la bestia debido a su poder de resurrección, porque el imperio parece muerto, pero sigue volviendo a la vida. La bestia, entonces, es una parodia y una falsificación de Cristo.
Vemos de nuevo que la segunda bestia funciona como el Espíritu Santo. Así como el Espíritu vino a glorificar a Jesús (Jn 16:14) y a ungirlo con poder (Lc 4:18-21), la segunda bestia honra y empodera a la primera. Cuando Juan la describe concediendo vida a la imagen de la bestia, no debemos imaginar una imagen que literalmente cobra vida. En cambio, el punto es el empoderamiento y el apoyo de la segunda bestia a la primera bestia en sus esfuerzos. El discurso de la primera bestia parece sobrenatural, inspirado, autoritario, convincente; habla en oráculos. Pero esto no es sólo una cuestión de persuasión. La coerción es un elemento básico del «ministerio» de la segunda bestia, y aquellos que se niegan a adorar a la primera bestia son ejecutados. De manera similar, Plinio escribe al emperador Trajano (98-117 d. C.) sobre qué hacer con los cristianos: no debe castigarlos si sacrifican a los dioses (Epistulae 10.96.5 LCL), pero si se niegan, deben ser ejecutados. Tal lealtad absoluta fue demandada también por Nabucodonosor (Dn 3:5-6). Aquellos que se inclinan ante la bestia revelan que no pertenecen al único Dios verdadero (cf. Ap 14:9-11; 16:2; 19:20; 20:4).
La marca de la bestia
La segunda bestia también hace cumplir el poder de la primera a través de la discriminación económica. Nadie, sin importar su clase social o influencia, podrá comprar o vender a menos que tenga una marca en la frente o en la mano que denote devoción a la bestia. El número significa el nombre de la bestia (cf. 14:11; 15:2). Muchos intérpretes toman esto literalmente, como si una marca literal se imprimiera de alguna manera en frentes y manos, pero el lenguaje es probablemente simbólico. Así como el sello en las frentes de los 144 000 (7:3) no es literal, tampoco debe entenderse esta marca literalmente. En cualquier caso, las dos bestias conspiran para excluir a los creyentes del mercado.
Juan cierra esta sección con una declaración que ha fascinado y desconcertado a los intérpretes a lo largo de la historia. Convoca a los lectores a ser sabios para que puedan calcular el número de la bestia. Se nos dice que el número es el número de un hombre: 666. Algunos manuscritos leen 616, pero la mejor lectura es 666. Si el número se refiere a un individuo en particular, la mejor suposición es Nerón. Si «Nerón César» se translitera del griego al hebreo, las letras equivalen 666, aunque es dudoso que la audiencia original hubiera entendido esta compleja solución.
A lo largo de la historia se han promovido muchas especulaciones descabelladas sobre la identidad de la persona, y cada suposición ha sido hasta ahora errónea. La ventaja de ver una referencia a Nerón es que encaja en el período de tiempo en el que Juan escribió, en el que había especulación y temor de que Nerón regresara de Partia después de su muerte. Aun así, ver una referencia a Nerón no es fácil ni obvio, ya que hay que transliterar del griego al hebreo para obtener el número 666, lo que parece excesivo para la audiencia. Además, como se señaló antes, si Apocalipsis fue escrito en la década de los 90, el miedo al regreso de Nerón se habría reducido considerablemente para entonces. Quizás sea mejor avanzar en una dirección diferente.
El número 777 representa la perfección, pero Juan dice que 666 es el número de un hombre. El número 666, entonces, representa lo que es antiDios y anticristo, todo lo que está en oposición al único Dios verdadero. Si 777 representa la santidad y la bondad perfecta, entonces 666 significa la enormidad y la totalidad del mal. Por lo tanto, Juan no tiene la intención de señalar a ningún individuo en particular aquí. Más bien, el reino de la bestia es un reino humano, un reino maligno, en lugar de uno divino. La naturaleza de la humanidad aparte de Dios es demoníaca. El reino de la bestia promete vida y prosperidad, pero trae muerte, miseria y devastación.
Este artículo es una adaptación de ESV Expository Commentary: Hebrews–Revelation: Volume 12 [Comentario expositivo de la ESV: Hebreos a Apocalipsis: Vol 12], editado por Iain M. Duguid, James M. Hamilton Jr. y Jay Sklar.
Este artículo fue publicado originalmente en inglés y traducido con el permiso de Crossway.