Cada uno de nosotros está familiarizado con la experiencia de ser tentados a pecar. A veces estas tentaciones surgen desde fuera de nosotros y otras veces surgen desde dentro. Cada uno de nuestros tres enemigos declarados —el mundo, la carne y el diablo— tiene la capacidad de tentarnos a hacer lo que Dios prohíbe o a dejar de hacer lo que Dios manda.
Quizás las tentaciones más desconcertantes son las que surgen desde el interior, de modo que las experimentamos en los pensamientos de nuestra mente o en los deseos de nuestro corazón. A veces, los malos pensamientos vienen cuando hemos estado mirando imágenes perversas o leyendo palabras impuras, pero a veces surgen cuando hemos estado mirando imágenes hermosas o leyendo palabras edificantes. A veces los malos deseos siguen a estímulos o aportes malvados, pero otras veces surgen cuando hemos estado evitando el mal con alegría y buscando el bien. Y es en estos momentos, más que en cualquier otro, cuando nos preguntamos: «¿de dónde vinieron estos pensamientos? ¿Por qué estoy experimentando estos deseos?».
En algún momento u otro, la mayoría de nosotros nos preguntamos si Satanás ha estado influyéndonos de alguna manera desde adentro. Nos preguntamos si tiene la capacidad de plantar pensamientos en nuestra mente o insertar deseos malvados dentro de nuestros corazones1. Este tema no es un mero experimento de pensamiento teológico, sino un problema real y apremiante, ya que muchos de nosotros hemos tenido tales experiencias. Podría ser que, al comenzar a orar, de repente nos veamos inundados por pensamientos de que Dios tal vez no exista o no nos ame. Podría ser que, al comenzar la adoración el domingo por la mañana, nuestra mente se vea repentinamente inundada de pensamientos blasfemos. Podría ser que, al tener intimidad con nuestro cónyuge, experimentemos un deseo repentino de fantasear con otra persona. Y nos preguntamos de dónde vinieron estos pensamientos.
Obviamente, debemos considerar si estos pensamientos provienen de un pecado que hemos permitido o de una santidad que no hemos sabido abrazar. Si vemos películas de terror toda la noche, no debería sorprendernos experimentar pesadillas, y si somos completamente negligentes en nuestros hábitos espirituales, no debería sorprendernos experimentar dudas. El hombre que se sumerge en la pornografía el sábado por la noche y descubre que tiene fantasías malvadas en su mente el domingo por la mañana no tiene motivos para buscar más allá de su propia pecaminosidad.
Pero ¿qué hay de esos momentos en los que los malos pensamientos se abalanzan sobre nosotros y estamos razonablemente seguros de que no están alineados con pecados que hayamos cometido? ¿O qué pasa si no tienen ninguna relación con nuestros pecados habituales más arraigados? ¿Es posible en estos casos que Satanás esté influyendo en nuestros pensamientos?
Una base bíblica
Tenemos una sólida base bíblica para creer que Satanás tiene la capacidad de poner pensamientos en nuestra mente. Por ejemplo, Satanás «se levantó contra Israel y provocó a David a hacer un censo de Israel» (1Cr 21:1). Parecería que Satanás trabajó dentro de David para implantar el deseo de realizar un censo, aunque en un pasaje paralelo descubrimos que David fue igualmente culpable moralmente por sucumbir a la tentación. Del mismo modo, durante la última cena, «el diablo había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, el que lo entregara» (Jn 13:2). Luego, en Hechos 5:3, «Pedro dijo: “Ananías, ¿por qué ha llenado Satanás tu corazón para mentir al Espíritu Santo, y quedarte con parte del precio del terreno?”». En ambos casos, se dice que Satanás insertó pensamientos o deseos en el corazón.
En Mateo 13:19, Jesús interpreta la parábola del sembrador diciendo: «a todo el que oye la palabra del Reino y no la entiende, el maligno viene y arrebata lo que fue sembrado en su corazón». Aquí Satanás opera sobre el corazón por sustracción en lugar de adición, pero al igual que los otros ejemplos, parece que tiene la capacidad de influir en la mente de los seres humanos, ya sean creyentes o no creyentes.
De una forma u otra, podemos construir un argumento bíblico sobre la influencia de Satanás desde adentro. Probablemente debamos abstenernos de ser demasiado pretenciosos al sugerir los medios a través de los cuales hace esto. ¿Es insertando directamente pensamientos en nuestro cerebro o retorciendo de alguna manera nuestros afectos? ¿Utiliza algún tipo de proceso neurológico similar a cómo pensamos y recordamos? No lo sabemos. Pero aunque podemos estar seguros de que él no puede obligarnos a pecar, parece bastante claro que puede tentarnos hacia ello a través de algún medio interno.
Lo que otros cristianos dicen
Pensé que sería útil considerar cómo diversos teólogos han reflexionado sobre este tema. Investigué un poco y elaboré esta lista2:
John Piper ofrece una respuesta en un episodio de Ask Pastor John:
a veces él puede poner deseos de algo pecaminoso directamente en nuestros corazones, seguidos de pensamientos que justifiquen esos deseos pecaminosos. A veces puede hacer lo contrario al poner pensamientos engañosos en nuestra mente que conducen a deseos pecaminosos3.
En Una teología puritana, Joel Beeke y Mark Jones resumen la enseñanza del puritano William Spurstowe escribiendo:
el diablo insta a los hombres a participar de un pecado en particular persistentemente. Pone malos pensamientos en la mente (Jn 13:2). Balancea el entendimiento con argumentos y promesas (1R 22:21; Mt 4:9). Presiona insistentemente hasta que los hombres caen, como Dalila hizo con Sansón (Jue 16:16). Sin embargo, puede insinuar tales sugerencias tan sutilmente que parecen ser nuestros propios pensamientos.
Charles Hodge explica Efesios 6:16:
es una experiencia común del pueblo de Dios que, a veces, pensamientos horribles, impíos, blasfemos, escépticos y malignos se agolpan en la mente, los cuales no pueden explicarse por ninguna ley ordinaria de la acción mental y no pueden ser desalojados. Se clavan como flechas encendidas y llenan el alma de agonía. Sólo pueden ser apagados por la fe; invocando a Cristo para pedir ayuda. Estos, sin embargo, no son el único tipo de dardos de fuego, ni son los más peligrosos. Hay otros que encienden la pasión, inflaman la ambición, excitan la codicia, el orgullo, el descontento o la vanidad; produciendo una llama que nuestro engañoso corazón no se apresura tanto a extinguir, y que a menudo se deja arder hasta que produce un gran daño e incluso la destrucción. Contra estas armas más peligrosas del maligno, la única protección es la fe. Es sólo mirando a Cristo e invocando fervientemente su interposición a nuestro favor que podemos resistir estos asaltos insidiosos, que inflaman el mal sin la advertencia del dolor4.
Jonathan Edwards dice esto en Los afectos religiosos:
hay otros espíritus que tienen influencia en las mentes de los hombres, además del Espíritu Santo. Se nos indica que no creamos a todo espíritu, sino que probemos los espíritus para ver si son de Dios. Hay muchos espíritus falsos, muy ocupados con los hombres, que a menudo se transforman en ángeles de luz y, hacen de muchas maneras maravillosas, con gran sutileza y poder, imitar las operaciones del Espíritu de Dios. Y hay muchas operaciones de Satanás que se distinguen muy bien de los ejercicios voluntarios de la propia mente de los hombres. Lo son en esas espantosas y horrendas sugestiones, y en las inyecciones blasfemas con que persigue a muchas personas; y en los vanos e infructuosos sustos y terrores, de que es autor. Y el poder de Satanás puede ser tan inmediato y tan evidente en las falsas comodidades y alegrías, como en los terrores y sugestiones terribles; y a menudo es así de hecho.
En La imagen del hombre piadoso, Thomas Watson dice:
el diablo, si no puede impedirnos el deber, nos estorbará en el deber. Cuando venimos ante el Señor, él está a nuestra diestra para resistirnos (Zc 3:1). Como cuando un hombre va a escribir, y otro se pone a su lado y le da un codazo, de modo que no puede escribir con uniformidad. Satanás pondrá objetos vanos ante la imaginación para causar una distracción. El diablo no se opone a la formalidad, sino al fervor. Si ve que nos disponemos con toda seriedad a buscar a Dios, nos estará susurrando cosas al oído, de modo que apenas podamos atender a lo que estamos haciendo5.
Por supuesto, también podríamos pensar en El Progreso del Peregrino de John Bunyan y el viaje de Cristiano por el Valle de Sombra de Muerte:
no quiero dejar pasar un detalle. Noté que ahora el pobre Cristiano estaba tan confundido que ni reconocía su propia voz. Y esto fue lo que noté: justo cuando estaba al borde del pozo ardiendo, uno de los malignos se la puso atrás, se le acercó suavemente y murmuraba blasfemias terribles que él creía procedían de su propia mente. Esto afectó más a Cristiano que cualquier cosa que se había encontrado hasta el momento, al punto de que pensó ¡que debía ahora blasfemar a Aquel que tanto amaba antes! Pero si hubiera podido evitarlo, no lo habría hecho, porque no tenía la lucidez de taparse los oídos ni de saber de dónde procedían las blasfemias.
Cada uno de estos teólogos se abstiene de sugerir exactamente cómo nos influye Satanás, pero cada uno está convencido de que lo hace. A menudo utilizan un lenguaje metafórico como «susurrar» para mostrar que, de alguna manera, Satanás, a través de sus fuerzas malignas, ejerce una influencia interna sobre nosotros.
Al ser este el caso, no deberíamos sorprendernos si de repente encontramos nuestra mente o nuestro corazón inundados de malos pensamientos o tentados a cometer actos malvados. Si bien siempre debemos considerar si nos hemos vuelto vulnerables a estos ataques, no necesitamos necesariamente asumir esto. No necesitamos necesariamente sentirnos culpables de que estos pensamientos hayan venido a nosotros, ni arrepentirnos de ellos, ni asumir que nos hemos vuelto vulnerables, ya que es totalmente posible que Satanás nos esté afligiendo y tentando a hacer lo que es malo. En tales momentos, no podemos hacer nada mejor que seguir el consejo de Hodge, pues «contra estas armas más peligrosas del maligno, la única protección es la fe. Es sólo mirando a Cristo e invocando fervientemente su interposición a nuestro favor que podemos resistir estos asaltos insidiosos, que inflaman el mal sin la advertencia del dolor6»
Cuando Satanás tiente a través de pensamientos no deseados o deseos no buscados, clama a Cristo por Su ayuda, porque sólo Él puede apagar estos dardos de fuego. Él demostrará ser Su Espíritu, quien «no permitirá que ustedes sean tentados más allá de lo que pueden soportar», sino que, por el contrario, dará una vía de escape (1Co 10:13). Busca a un amigo o pastor si es necesario, y haz que clamen contigo y por ti. Dios escuchará, Dios acudirá a la causa y Dios te concederá paz.
Este recurso fue publicado originalmente en el blog de Tim Challies. Usado con permiso.
- Cuando hablo de Satanás, estoy hablando de Satanás y de sus demonios. Satanás es un ser creado que puede estar presente en sólo un lugar a la vez. No obstante, tiene legiones de seguidores que ejecutan sus malvados designios. Así como podríamos decir: «Patton hizo retroceder a los ejércitos alemanes a través del Rin», cuando en realidad queremos decir: «las tropas bajo el mando de Patton hicieron retroceder a los ejércitos alemanes a través del Rin», también podemos hablar de Satanás como el comandante de las fuerzas espirituales del mal y atribuirle las acciones que en realidad son llevadas a cabo por sus demonios.
- Gran parte de esto fue tomado de una excelente discusión en un Puritan Board.
- N. del T.: traducción propia.
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- N. del T.: traducción propia.
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