«Oigan, ustedes dos, vengan acá», dijo la cuidadora del zoológico, haciéndonos señas a mi amiga y a mí. «Esto les va a encantar».
Nos miramos alzando las cejas (¿alguna vez te han seleccionado así en la exhibición australiana?) antes de rodar nuestros cochecitos dobles hacia donde ella estaba. El letrero a su lado decía «Casuario (Casuarius casuarius)», y el ave detrás de ella se veía tan extraña como su nombre. Con patas más robustas que las de un avestruz y un cuerpo igual de negro, lo que capturó los ojos asombrados de nuestros hijos fue su cabeza. Piel colgante de color celeste, azul marino, rojo y naranja, coronada por una estructura sólida similar a un casco sobre sus ojos: el casuario nos observaba desde detrás de un espectáculo pirotécnico reptiliano.
La cuidadora interrumpió nuestra inspección: «escuchen esto: una vez que las hembras del casuario ponen sus huevos, ¡se largan! Nada de tareas del hogar para ellas. Los machos cuidan el nido mientras las hembras van en busca de otra pareja. ¿Qué les parece esa vida?».
Para sorpresa de la cuidadora, mi amiga y yo no compartimos su entusiasmo. Al contrario, sus palabras han estado pesando en mi estómago desde hace un año. Ese discurso se alojó en la categoría de «conversaciones que me revuelven un poco el estómago», y no porque su sentimiento sea una excepción. A menudo, es la regla.
Las primicias son para lo primordial
Con frecuencia escucho a mujeres —tanto casadas como solteras, con hijos y sin ellos, creyentes e incrédulas— decir cosas como: «el trabajo en el hogar es simplemente aburrido comparado con una carrera profesional. ¿Cómo pueden las mujeres sentir que realmente están haciendo algo? No voy a desperdiciar mi cerebro, mis habilidades y mi vida cuidando una casa». Bien podríamos estar haciéndonos señas unas a otras en un zoológico urbano, admirando la libertad del casuario.
Para ser clara, cuando escribo que he oído a mujeres decir tales cosas, no me excluyo. Hace años, yo conscientemente sentía lástima (¡lástima!) por las amas de casa. Juré protegerme de tan inanimada labor, llegando al extremo de decir que probablemente no tendría hijos. Jamás me casaría con un hombre que tuviera en alta estima tal antigüedad.
Este hombre me encontró de todos modos, al igual que la Escritura. Hoy, en lugar de ignorar, malinterpretar o rechazar abiertamente versículos como Tito 2:5 (que llama a las mujeres a ser «hacendosas en el hogar»), me recorre una emoción privilegiada. Me encanta trabajar de las formas en que Dios diseñó que la mujer trabajara. Si bien Tito 2:5 no confina a todas las mujeres, en todas las etapas, a trabajar sólo en el hogar, sí llama a las esposas y madres a dar las primicias de nuestro tiempo, energía y atención a las personas a quienes Dios ha asignado la mayor importancia en nuestras vidas: nuestros esposos e hijos.
Al igual que la mujer de Proverbios 31, cualquier trabajo que realicemos ahora fuera del hogar está hecho para servir a nuestro propio hogar. Cuando ella se dispone a «[traer] su alimento de lejos» (v. 14), no la impulsa el deseo de «usar sus dones», «tener algo de equilibrio» o simplemente «salir de casa». No, la impulsa el deseo de «[levantarse] cuando aún es de noche y [dar] alimento a los de su casa» (v. 15). Por el buen diseño de Dios, el nido no es para huir de él. El hogar merece nuestras primicias.
Más que mera actividad
Entonces, ¿por qué invertir en el hogar a veces se siente como someterse a un tratamiento de conducto, como lo último que querríamos hacer? Nuestras respuestas varían. Algunas mujeres mencionan el aburrimiento («no quiero»). Otras citan la incapacidad («no puedo»). Otras dicen que simplemente no es su responsabilidad («no lo haré»). Pero me pregunto si hay otra razón, una inconsciente, que tiñe todas nuestras demás razones: somos ociosas en nuestro quehacer doméstico.
Tal vez estés pensando: «sí, claro. Trabajo duro para cuidar nuestro hogar; es todo lo que hago. Compro, guardo, empaco, cocino, lavo, limpio, cargo, descargo, doblo, organizo, barro, aspiro y trapeo. Llamo a pediatras, padres, maestros y entrenadores. Contengo peleas y enfermedades. Ah, y conduzco… conduzco a todas partes. Intenta mencionar algo que no esté haciendo».
Lo intentaré: mientras nuestros cuerpos están ocupados, ¿están ociosos nuestros afectos? Nuestras manos pueden moverse todo el día, pero ¿están nuestras cabezas y corazones trabajando junto a ellas? ¿Qué tal si el problema no es el trabajo del hogar en sí, sino lo poco que nos esforzamos en él al nivel más importante: el nivel de nuestros deseos?
Me encanta cómo lo expresa 1 Tesalonicenses 4:11. Este versículo puede recordar a las mujeres, jóvenes y ancianas, que la gestión piadosa del hogar es más que una actividad sin sentido. La gestión piadosa del hogar es ambiciosa.
Tengan por su ambición el llevar una vida tranquila, y se ocupen en sus propios asuntos y trabajen con sus manos […]. [Énfasis de la autora].
Aspira a gestionar un hogar
¿Cómo cambiaría nuestra visión del hogar si despertáramos con corazones dispuestos a gestionar el hogar? ¿Qué pasaría si, cada día, viéramos a nuestros esposos, hijos y casas como las primeras personas y los primeros lugares a los cuales nutrir, cultivar y bendecir? Así como podemos aspirar a correr un maratón, obtener un título o conseguir un ascenso, podemos aspirar a gestionar un hogar:
procuren vivir en paz, y ocuparse de sus negocios y trabajar con sus propias manos (1 Tesalonicenses 4:11, RVC [énfasis de la autora]).
Mis días más infelices (y por lo tanto menos fructíferos) como ama de casa son los días en los que el hogar «se interpone». ¿En qué? En todo lo demás que preferiría estar haciendo. Dormir, hacer ejercicio, leer, tener conversaciones entre adultos, trabajo por contrato en línea, alcance comunitario en el vecindario… la lista de actividades preferidas es larga. En esas ocasiones, la gestión del hogar no figura entre mis objetivos. En cambio, es el trabajo secundario y molesto que me impide realizar mis llamados mejores y más satisfactorios.
Pero la gestión del hogar es una ambición, ¡una que el Creador del universo celebra! Vive tranquila. Ocúpate de tus asuntos. Trabaja con tus manos. El mundo no aplaudirá a la mujer que, un sábado por la noche, prepara comidas para varios días para su familia, miembros de la iglesia y amigos, a un costo mortal para el «tiempo para sí misma». Pero «[tu] Padre, que ve en lo secreto, [te] recompensará» (Mt 6:6). Tampoco la sociedad honra a la madre que deja una carrera en derecho para educar en casa, pero ella sabe que ayudar a criar a los hijos en «la disciplina e instrucción del Señor» requerirá cada onza de experiencia, intelecto y energía que posee (Ef 6:4).
Organizar las noches de semana para aliviar las cargas de un esposo, arreglar una habitación para que quepan los catorce adultos del grupo comunitario (cómodamente), idear actividades de invierno teniendo en cuenta los gustos y aversiones de los niños vecinos… cuidar un hogar y a las personas que alberga requiere más que un cuerpo. Requiere incluso más que un cerebro. Requiere un alma, una tan rescatada del «engaño del pecado» (Heb 3:13) que llevar cargas ordinarias, invisibles y a menudo impopulares para el bien de otros en realidad sabe dulce. Sabe dulce porque sabe a nuestro Dios que se entrega gloriosamente a sí mismo (Ef 5:2).
Si el trabajo del hogar es cualquier cosa menos miel en tu lengua ahora mismo, anímate (literalmente, toma al corazón). Si estás en Cristo, Dios te ha «[dado] un corazón nuevo y […] un espíritu nuevo» (Ez 36:26). Aférrate diaria y fielmente, dependiendo del Espíritu, al corazón felizmente sacrificado que es tuyo en Jesús. Y sé paciente. Aprender a hacerlo «todo […] de corazón, como para el Señor y no para los hombres» (Col 3:23) es, para la mayoría de nosotros, un proceso de toda la vida; y uno muy ambicioso, por cierto.
Así que, hermanas, nuestra ambición dada por Dios no tiene por qué estar en conflicto con nuestros hogares. De hecho, por la misericordiosa designación de Dios, la gestión del hogar es exactamente el tipo de labor en la que la ambición femenina puede prosperar. Pero, como es verdad en toda la vida cristiana, nuestros corazones ocupan el asiento del conductor. No importa qué tan rápido se muevan nuestras manos, la gestión del hogar es sólo ruido ocioso y pulcritud si no tenemos amor mientras trabajamos (1Co 13:1).
No somos casuarios
Volviendo a la hembra del casuario: ¡alabado sea Dios por llenar el reino animal con criaturas tan fantásticas! Pero una mujer no es un casuario. Donde Dios ha dado el don del matrimonio, nuestras primicias pertenecen a nuestros esposos, nuestros hijos y nuestros hogares, no a otras personas en algún otro nido. Priorizar tu vida hogareña no tiene por qué chocar con llevar una vida ambiciosa.
De hecho, a los ojos de Dios, la gestión del hogar en sí misma es ambiciosa, sin importar qué diga la cuidadora del zoológico.
