Puedo recordar un tiempo en el que hacer discípulos parecía más factible. Mis días tenían más espacio para las noches, comidas espontáneas y compañerismo extendido. Menos responsabilidades exigían mi tiempo. Discipular a otros de «vida a vida» no sonaba fácil, pero sí sonaba más manejable de lo que lo es ahora.
Empresario, esposo, madre de pequeños, probablemente sabes a lo que me refiero. Solías decir «sí» a casi todas las invitaciones. Solías enviar esas invitaciones. Ahora decir «sí» a menudo significa decir «no» a alguna parte de la vida que parece no negociable. Y por mucho que hayas intentado invitar a otros a tus rutinas normales —buscando superposición, no adición— la realidad sigue vigente: discipular a otros es más difícil de lo que solía ser.
Sin embargo, todavía escuchas el mandato de tu Señor: «vayan, pues, y hagan discípulos de todas las naciones» (Mt 28:19). Evangeliza y bautiza. Enseña y entrena. Invierte tu vida en otros para que crezcan hasta alcanzar la madurez semejante a Cristo.
«Sí, Señor», dices de corazón. Pero mientras levantas la vista de tus horas extra, tus proyectos atrasados o tu fregadero desbordado, agregas: «pero ¿cómo?».
¿Ir y hacer cuándo?
Claro, algo andaría mal si escucháramos el mandato de Jesús de hacer discípulos y pensáramos: «simple. Puedo hacer discípulos mientras duermo». El mandato debería hacernos tambalear un paso o dos.
De hecho, no sólo el discipulado, sino también el hacer discípulos, tiene un costo. Razonamos correctamente con el mandato de Jesús cuando comenzamos a reorganizar la vida para dar la bienvenida más regularmente a los no creyentes y a los menos maduros. ¿A qué pasatiempos podríamos renunciar? ¿Qué prioridades menores podrían irse? ¿De qué maneras creativas podríamos llevar a otros a nuestro lado y enseñarles a observar más de lo que Jesús ordenó?
Pero a medida que sentimos el peso de la tarea, también debemos cuidarnos de no añadir más peso del que hay. «Vayan, pues, y hagan discípulos» no requiere que descuidemos el trabajo o la familia. De hecho, el mismo Jesús que nos dijo que hiciéramos discípulos también nos dijo, a través de sus apóstoles, que trabajáramos y fuéramos padres de todo corazón (Col 3:18-4:1). Así que, aquellos que descuidan a la familia o al empleador para hacer discípulos lo hacen a expensas de su propio discipulado. Y un hacedor de discípulos desobediente es una contradicción andante.
De alguna manera, entonces, necesitamos una visión de discipulado de «vida a vida» para vidas con poco espacio.
Discipulando de manera diferente
Como primer paso, aclaremos qué entendemos por hacer discípulos. David Mathis, tomando como referencia el propio ejemplo de Jesús en los Evangelios, define hacer discípulos de esta manera: «el proceso en el que un creyente estable y maduro se invierte a sí mismo, por un tiempo determinado, en uno o unos pocos creyentes más jóvenes, con el fin de ayudar a su crecimiento en la fe, incluyendo el ayudarlos a ellos también a invertir en otros que invertirán en otros1».
Esta definición ofrece algunos elementos irreductibles del hacer discípulos. Primero, el hacer discípulos requiere cierto grado de madurez espiritual, al menos en comparación con la persona (o personas) que están siendo discipuladas. Segundo, el hacer discípulos es una inversión de tu propio ser: no sólo ofreces un mensaje, sino un modelo; no sólo tu discurso, sino tu vida. Tercero, el hacer discípulos busca el crecimiento en la fe o la obediencia práctica a lo que Jesús mandó. Y cuarto, el hacer discípulos tiene como objetivo multiplicar a los discipuladores.
Recientemente, sin embargo, escuché a alguien observar de manera útil que, dentro de estos parámetros, el Nuevo Testamento elogia más de un modelo o método de hacer discípulos. En los evangelios, Jesús discipuló a doce hombres durante tres años. En Hechos, Pablo discipuló a Timoteo de una manera similar (2Ti 3:10-11), pero luego, en otras ocasiones, camina con nuevos creyentes durante un período más corto y luego continúa enseñándoles a través de visitas y cartas (Hch 14:21-22).
Por supuesto, Jesús y Pablo eran hombres solteros que dedicaron sus vidas al ministerio. No tenían esposas ni hijos ni trabajos de tiempo completo. Entonces, ¿tenemos ejemplos de mamás o papás, gerentes o esclavos que hacen discípulos? Sí, los tenemos.
«Vida a vida» dentro de límites
Aunque Pablo no menciona hacer discípulos en Tito 2, su llamado a las mujeres mayores se alinea bien con la definición que hemos estado considerando:
[…] Las ancianas deben ser reverentes en su conducta, no calumniadoras ni esclavas de mucho vino. Que enseñen lo bueno, para que puedan instruir a las jóvenes a que amen a sus maridos, a que amen a sus hijos, a que sean prudentes, puras, hacendosas en el hogar, amables, sujetas a sus maridos, para que la palabra de Dios no sea blasfemada (Tito 2:3-5).
Aquí tenemos los elementos básicos de hacer discípulos. Las mujeres maduras se invierten a sí mismas en las mujeres más jóvenes, buscando su crecimiento e implícitamente con el objetivo de multiplicar mujeres maduras que puedan hacer lo mismo por otras. Pero dentro de este marco, noten una diferencia significativa entre estas discipuladoras domésticas y los patrones de Jesús y Pablo: en lugar de centrarse en la amplitud de la vida durante un largo período, toman sólo una porción de «todo lo que [Jesús] les [ha] mandado» (Mt 28:20), esforzándose por entrenar a otros en un área particular de madurez que Dios les ha concedido.
Si estas mujeres hubieran intentado discipular a otras tal como lo hicieron Jesús y Pablo, podrían haberse rendido desesperadas, o podrían haber descuidado sus propios hogares para hacerlo. Pero, ¿discipular a mujeres más jóvenes en lo básico de ser una esposa y madre piadosa? Ese proceso aún podría ser costoso. Podría requerir una reestructuración creativa de las rutinas normales. Ciertamente requeriría el poder del Espíritu. Pero incluso dentro de los límites significativos de la vida, sería posible.
Tito 2 nos invita (sea una mujer mayor o no) a soñar un poco diferente sobre el hacer discípulos. Nos invita a ver que incluso una vida limitada puede tener espacio para otros.
Un objetivo, muchos modelos
Este método de hacer discípulos más limitado y enfocado temáticamente no elimina la necesidad de relaciones de discipulado más amplias y a largo plazo. Jesús y Pablo tomaron ese camino. E incluso aquellos de nosotros con familias o trabajos de tiempo completo seríamos sabios en considerar cómo podríamos discipular más como lo hicieron ellos, tal vez invitando a un creyente más joven a vivir con nosotros por un tiempo o encontrando un trabajo junto a un hermano o hermana. Pero en las temporadas ocupadas, pensar de una manera más limitada puede abrir nuevas posibilidades.
Junto con Tito 2, nuestra propia experiencia y la enseñanza más amplia del Nuevo Testamento parecen fomentar este enfoque. En cuanto a la experiencia, piensa en tus propios momentos más formativos como cristiano. ¿Cómo creciste? Tal vez puedas señalar a una persona increíblemente influyente que se invirtió profundamente en ti, un Pablo que te hizo su Timoteo. Pero probablemente la mayoría de nosotros recordemos a varias personas que contribuyeron significativamente a nuestra madurez. Su ejemplo me enseñó a orar. Su hospitalidad modeló la vida evangelística. Su amistad me ayudó a vencer ese pecado. Sus hábitos matutinos me mostraron cómo encontrarme con Dios.
Si así es como Dios a menudo nos ayuda a madurar de todos modos, ¿por qué no hacer el proceso más intencional? ¿Por qué no llevar a otro creyente a tu lado y decir: «¿podemos reunirnos durante los próximos meses para hablar sobre la paternidad?; ¿quieres venir conmigo mientras comparto a Jesús en las calles?; ¿puedo mostrarte mi presupuesto y repasar contigo algunos principios de la mayordomía cristiana?»?
En cuanto a otras enseñanzas bíblicas, Pablo nos recuerda en 1 Corintios 3:21-22 que todos los líderes de la iglesia, no sólo uno, pertenecen al pueblo de Dios para su edificación. Más tarde, él presenta al pueblo de Cristo como un cuerpo cuyos miembros contribuyen a la salud del conjunto (1Co 12:14-20). De hecho, a medida que maduramos, llegamos a ver no sólo lo que tenemos para ofrecer a los demás, sino también los límites de lo que tenemos para ofrecer. Así que, como Bernabé en Antioquía, podemos dar a otros lo que tenemos y luego buscar a un Pablo para que él pueda dar más (Hch 11:22-26).
El único Dios-Hombre ha dado muchos modelos a su iglesia. Así que, a veces, podemos discipular mejor ofreciéndole a alguien lo mejor de lo que tenemos y luego animándolo a seguir aprendiendo de otros.
Comparte lo que tienes
Así que, compañero creyente ocupado, ¿cómo podríamos empezar a hacer discípulos de esta manera? Permíteme compartir dos pasos que he aprendido de otros que van más avanzados.
Puedes comenzar echando un vistazo cuidadoso a tu vida y preguntarte dónde puedes decir con integridad: «sean imitadores de mí, como también yo lo soy de Cristo» (1Co 11:1). Mientras consideras todo lo que Jesús mandó, ¿en qué áreas te ha concedido Dios una medida particular de madurez: en hábitos de gracia, o en ser esposo, o en evangelismo, o en diligencia laboral? Alternativamente, al considerar a otros en tu iglesia o grupo pequeño, ¿puedes discernir alguna necesidad de discipulado específica que puedas satisfacer? Incluso si eres un creyente más nuevo y no te considerarías maduro en general, ¿podrías ser más maduro en un área en la que alguien más necesita ayuda?
Luego, podrías desarrollar una propuesta básica sobre cómo podría ser la relación de discipulado. Considera en oración lo que encajaría dentro de los límites de tu vida en este momento. ¿Qué te estiraría sin romperte? ¿Qué te empujaría a depender de Dios sin presionarte más allá de la medida? En lugar de proponer algo indefinido (en duración) e indefinido (en tema), considera ser específico:
- «Practiquemos orar la palabra de Dios juntos los lunes por la mañana durante los próximos tres meses».
- «Estudiemos estos pasajes sobre la comida y la imagen corporal, reuniéndonos cada dos semanas durante el verano».
- «Invitemos a tu familia a cenar los sábados por la noche este semestre para que puedas ver cómo practicamos la hospitalidad».
En otras palabras, de una manera limitada, pero sacrificada, toma un tesoro semejante a Cristo que Dios te ha dado y comparte lo que tienes.
Publicado originalmente en Desiring God. Usado con permiso.