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Este artículo es parte de la serie ¿Cuál es la diferencia?, publicada originalmente en Desiring God.

Mi esposa y yo sabíamos que éramos diferentes cuando nos casamos, aun cuando la escuela pública no nos había ayudado mucho en ese aspecto. Nuestra sociedad de los 90 y principios de los 2000 intentó mitigar nuestro sentido de diferencia, pero aun así lo sabíamos.

Claramente, nuestros cuerpos, masculino y femenino, eran diferentes. Y nuestros instintos, aunque complementarios, sencillamente diferían. Por supuesto, teníamos experiencias de vida y orígenes familiares distintos, y por lo tanto exhibíamos las típicas diferencias entre dos humanos cualquiera. Pero las principales diferencias, las que más importaban, y tenían el mayor potencial, correspondían a una simple realidad, pero compleja: soy un hombre y ella es una mujer. Sabíamos esto.

Sin embargo, mirando atrás ahora, doce años más tarde, no estoy seguro de que supiéramos cuán diferentes éramos (por fuera, sí, pero aún más por dentro, las cosas que no puedes ver a primera vista). Aún no somos profundamente conscientes de las diferencias complementarias que Dios había sembrado en lo más profundo de nuestras almas masculinas y femeninas.

Lo sabemos en el fondo

Dos décadas de vida adulta nos han enseñado mucho sobre la dinámica poderosa de Dios en nuestras similitudes humanas y en nuestras diferencias hombre y mujer. Como coherederos en Cristo, estamos, lado a lado, en igualdad ante Dios y en igualdad ante la cruz. Juntos, como hombres y mujeres, somos creados, caídos y redimidos. ¡Oh, qué gloriosas igualdades compartimos como humanos y cristianos!

Y claramente somos diferentes (profundamente diferentes) como hombres y mujeres, como esposos y esposas, como cabeza y ayuda. Estas diferencias son características, no defectos. No son inconvenientes que deben cubrirse o fusionarse entre sí. Está la majestad del sol y el esplendor de la luna. Una gloria de día y otra de noche. Las necesitamos a ambas. Ninguna es mejor que la otra; ambas son esenciales. Y estas diferencias —gloriosas diferencias complementarias— van más allá de la intuición emocional, la agresividad innata, la cantidad de sueño que necesitamos y cuánto podemos soportar bajo circunstancias difíciles.

Las personas saben que los hombres y las mujeres son diferentes. Todos lo sabemos. Sin duda, los pecadores ocultan la verdad (Ro 1:18-23). Sin duda, muchos han sido profundamente engañados, quizás incluso escogiendo el engaño momento a momento por años. Ser hombre o mujer, hechos a la imagen de Dios, es lo suficientemente básico, lo suficientemente claro para la naturaleza misma de nuestro mundo y nuestras propias vidas humanas, que lo sabemos.

Aun así, mientras la confusión y la controversia societal continúan empañando el sentido de nuestras diferencias complementarias dadas por Dios como hombres y mujeres, puede ser útil apuntar, con la objetividad de la Escritura, los rastros de lo que ha sido claro desde el principio.

El orden creativo de Dios

Génesis 2 se centra en el día 6, el día culminante de la semana creacional, y aprendemos sobre cómo Dios hizo al hombre y encontramos una secuencia de dos etapas: Dios primero forma al hombre del polvo, luego claramente, más adelante, hace a la mujer a partir del hombre. 

Dios escoge crear un orden claro. Él llama a nuestra raza «hombre». Él forma al hombre primero y lo orienta hacia la tierra desde la que vino, para trabajar el jardín y cuidarlo (2:15). Y Dios le da las reglas básicas:

De todo árbol del huerto podrás comer, pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás, porque el día que de él comas, ciertamente morirás (2:16-17).

En este punto, entonces, Dios le presenta al hombre la necesidad de «una ayuda adecuada» (Gn 2:18) —y aparentemente, Dios se tomó su tiempo—. Esto no sólo crea una expectación en el hombre por esta ayuda, sino que también le enseña una lección. Luego, Dios forma en segundo lugar a la mujer, orientándola hacia el hombre del cual ella vino (2:22), para ayudarlo en el llamado de Dios. El hombre la llama «mujer» (2:23). Ambos son iguales ante Dios como seres humanos (Gn 1:27-28). Y Dios los ordena en matrimonio como cabeza y ayuda (2:20).

En 1 Timoteo 2:13, el apóstol Pablo apunta a esta secuencia ordenada en Génesis 2 como la primera mitad de su razón por la que los hombres cristianos maduros deben ser los ancianos-pastores y enseñar con autoridad a la iglesia reunida: «porque Adán fue creado primero, después Eva». Dios los creó iguales con un orden. No son lo mismo, sino que son diferentes, y esas diferencias son complementos diseñados por Dios.

Una lista exhaustiva de las diferencias entre el hombre y la mujer (y el hombre y la mujer en general) aquí no es necesaria ni relevante. Dios tiene sus razones para estas diferencias (muchas de las cuales son obvias, muchas que llegan a ser más claras mientras más vivimos, y muchas que siguen en el subconsciente durante gran parte de esta vida). No obstante, el diseño de Dios es intencional y su orden perdura. Y cuando seguimos su orden, nos damos cuenta de que nos espera una vida de descubrimientos felices e incluso emocionantes. Cuando andas en la luz de la verdad, las luces se encienden por todas partes. Pero esa es sólo una parte de la historia.

Desorden en la caída

Pablo da la segunda mitad de su respuesta (la razón por la que los ancianos-pastores deben ser hombres calificados) en 1 Timoteo 2:14: «y Adán no fue el engañado, sino que la mujer, siendo engañada completamente, cayó en transgresión». Ahora el pecado y Génesis 3 entran a escena.

La explicación completa de Pablo no sólo incluye el orden de la creación, sino que también el (des)orden de la caída. Dios estableció un orden; la serpiente lo trastornó. La palabra «engañar» entra en el lenguaje de Génesis 3:13, donde la mujer dice: «la serpiente me engañó, y yo comí» [énfasis del autor]. El punto de Pablo no es que las mujeres sean más ilusas que los hombres o más propensas al engaño. El punto es el orden: la serpiente no engañó al hombre; fue a la mujer. Satanás intencionalmente menospreció el orden de Dios, y la caída fue el resultado directo.

Sin embargo, aun cuando la caída del hombre (y la mujer) trajo la justa maldición de Dios sobre el mundo, no anuló su orden. Después de que Adán también comiera, Dios llama y pregunta por el hombre (3:9), no por su esposa, quien le dio el fruto (3:6). Dios nuevamente opera según su orden, no según el esquema de la serpiente.

Incluso a través de la maldición misma, el orden de Dios persiste. Su maldición dirigida hacia el hombre se relaciona con la tierra y su trabajo. Ser fructífero le costará sudor y superar muchas barreras. Mientras tanto, la maldición dirigida hacia la mujer se relaciona con la concepción y la crianza de los hijos, con la esfera doméstica y el trabajo de multiplicar la raza para cumplir con el mandato de Dios. Aún más, la maldición incluirá el deseo pecaminoso de la mujer de controlar al hombre, y que él, a su vez, sea pecaminosamente dominante con ella (ese es el significado de «deseo» y «dominar» en Génesis 3:16; comparar con Génesis 4:7). El pecado siempre busca destruir el orden de Dios.

Orden restaurado y glorificado

Extraordinariamente, cuando nos apresuramos hacia la redención venidera —a Dios mismo viniendo a rescatar a su pueblo en Cristo— su orden creado no es abandonado en la era de la iglesia, sino que perdura. El orden original no sólo fue restaurado por medio de la obra redentora de Cristo en la iglesia, sino que ahora es glorificado, exaltado a un nuevo nivel en Cristo por su Espíritu que mora en nosotros.

Así como el hombre y la mujer estuvieron ante Dios como iguales en el Edén, también nosotros estamos juntos, lado a lado, en el Calvario y en la congregación de la iglesia. Entre aquellos que se han «revestido de Cristo» por medio de la fe, «no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer, porque todos son uno en Cristo Jesús» (Gá 3:28, [énfasis del autor]). Hombres y mujeres están juntos ante Cristo, como coherederos de la gracia de la vida (1P 3:7): gloriosos iguales. Ni el hombre ni la mujer tienen algún acceso privilegiado a Jesús.

Sin embargo, eso no significa que nuestras diferencias diseñadas por Dios desaparezcan en Cristo. Al contrario, son rescatados, restaurados y glorificados. «Porque el marido es cabeza de la mujer […]», como siempre ha sido, sólo que ahora, él encuentra su modelo en Cristo: «[…] así como Cristo es cabeza de la iglesia, siendo Él mismo el Salvador del cuerpo» (Ef 5:23). Mientras que el pecado puede llevar a un esposo a enseñorearse de su autoridad sobre su esposa, los esposos en Cristo aman a sus esposas y no son duros con ellas (Col 3:19). Como cabeza del hogar, un hombre le debe a su esposa un tipo especial de cuidado. Las esposas, en Cristo, toman la parte de la iglesia: «así como la iglesia está sujeta a Cristo, también las mujeres deben estarlo a sus maridos en todo» (Ef 5:24; Col 3:18).

Esto nos lleva de vuelta al comentario sólido de Pablo sobre Génesis 2 al 3 para la era de la iglesia. Un equipo de hombres cristianos maduros sirven a toda la congregación como sus pastores-maestros, según el orden de Dios en la creación, ahora restaurado en Cristo. Y la danza gloriosa de nuestra igualdad como humanos y nuestras diferencias como hombres y mujeres, ahora rescatados en Cristo, no sólo da un orden a nuestros hogares y al hogar de Dios, sino que también da vida y energía, hermosura y poder, a toda la vida, donde sea que vayamos como aquellos que reflejan a Cristo en su mundo.

Como mi esposa y yo, y muchos otros, hemos descubierto, nuestras diferencias como hombres y mujeres no son menos de lo que parecen; son incluso más profundas. Y eso es bueno. Mientras más iguales seamos, menos rico es el matrimonio. Pero mientras más complementarios seamos, más se convierte el matrimonio en una fuerte y hermosa danza para glorificar a nuestro Dios y a su Hijo.

Publicado originalmente en Desiring God. Usado con permiso.
Photo of David Mathis
David Mathis
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David Mathis

David Mathis es director ejecutivo de Desiring God y es pastor de Cities Church en Minneapolis. Es esposo, padre y autor de Hábitos de gracia: disfrutando a Jesús a través de las disciplinas espirituales.
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