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Es bueno orar para que Dios salve a quienes amamos. Como cristianos, creemos que Dios ama salvar a los perdidos y que le da una complacencia especial hacerlo en respuesta a las oraciones de su pueblo. Es bueno orar, pero a veces también es difícil, especialmente cuando hemos hecho la misma oración por años sin ver resultados aparentes. Rara vez aprendemos lo que significa esforzarse y luchar en oración hasta que hemos pasado años rogando por el alma de un ser querido.

Creo que es bueno mantener dos factores en mente mientras hacemos esto: cuando oramos para que Dios salve a una persona, estamos orando por algo que es tanto imposible como simple. Es tanto imposible como simple, sin tensión entre los dos.

Estamos orando por algo que es imposible —imposible sin la intervención directa de Dios—. Si se les deja solos, los incrédulos elegirán continuamente permanecer apartados de Dios y se alejarán cada vez más de su misericordia y su gracia. No existe nadie que sea justo y nadie que busque a Dios sin su ayuda (Ro 3:11). No hay sentido en rogar que esa persona se vuelva a Dios sin Él, que alguna semilla de bondad o anhelo espiritual se levante desde dentro y lo impulse hacia el Señor. Tal semilla no existe y, por lo tanto, no da raíz.

De este modo, oramos por algo que es imposible a menos que Dios vea adecuado hacerlo posible; es decir, a menos que Dios dé el primer paso y comience a atraer a esa persona a sí mismo. Esto aleja nuestras oraciones de la persona y más hacia Dios, menos hacia la capacidad o incapacidad para el incrédulo y más hacia la voluntad y el poder del Señor. Oramos para que el Dios vivo remueva a un alma muerta para que viva.

Y aun cuando oramos por lo que es imposible, también oramos por algo que es simple. Lo que quiero decir con eso es que no es difícil para Dios otorgar el regalo de la salvación. Es costoso, ¡de eso no hay duda! Costó la sangre de Jesucristo. Pero aunque es costoso, no es difícil. La salvación no es algo que Dios conceda en contra de su naturaleza ni algo que otorgue con gran reticencia. ¡Nuestro Dios salva! La salvación es quien Él es, cómo Él actúa y lo que Él hace. Es lo que Él ama hacer y lo que más da gloria a su nombre. Todo el cielo hace eco de todas las alabanzas de los hombres y de los ángeles que lo ensalzan por esto mismo: por rescatar a una gran compañía de personas para sí mismo (Ap 5:9).

Asimismo, no es difícil para Dios salvar a otra persona de lo que fue salvarte a ti. Como la persona por la que estás orando, tú también estuviste muerto una vez. Quizás tuviste algunos privilegios u oportunidades que otra persona no tuvo. Pero no había en ti nada que estuviera más vivo, más fervoroso ni más inclinado hacia el Señor. ¡Muerto es muerto! Y tal como no supuso un esfuerzo para las capacidades de Dios salvarte a ti, tampoco lo supondrá salvar a aquel por quien oras. Y eso significa que puedes orar con confianza de que Dios tiene todo lo que necesita para alcanzar la vida de la persona con su gracia salvadora.

Todo esto debe provocar que ores con una mayor confianza en el poder y los propósitos de Dios. Estás orando para que Él haga lo que sólo Él puede hacer, puesto que sólo Él puede traer vida de la muerte. Pero también estás orando que haga lo que mejor hace, lo que ama hacer y lo que no supone ningún esfuerzo de sus capacidades en lo más mínimo. Estás orando para que Dios haga por otros lo que ya ha demostrado que es capaz de hacer: salvar a otro para la gloria de su nombre.

Este recurso fue publicado originalmente en el blog de Tim Challies. Usado con permiso.
Photo of Tim Challies
Tim Challies
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Tim Challies

Tim Challies es un seguidor de Jesucristo, esposo de Aileen y padre de tres niños. Se congrega y sirve como pastor en Grace Fellowship Church en Toronto, Ontario. Es autor de libros, entre los cuales puedes encontrar: Discernimiento: una disciplina práctica y espiritual, Limpia tu mente y Haz más y mejor; es cofundador de Cruciform Press y escribe regularmente en challies.com
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