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Darlo todo

G. K. Chesterton afirma: «debe haber en cada centro de la humanidad un ser humano sobre un plano mayor, que no dé “lo mejor de sí mismo”, sino que lo dé todo1».

Cuando los hijos son pequeños, es fácil pensar que nunca llegará el momento de profundizar en un área de interés, que estaremos perpetuamente, como dice Bilbo [de la serie El Señor de los Anillos de J. R. R. Tolkien], «adelgazado, estirado […] como un trocito de mantequilla extendido sobre demasiado pan2». Sin embargo, lo que me asombra de la fusión de nuestros dones y habilidades con la maternidad es cómo Dios nos despoja y nos equipa de maneras que nunca hubiéramos podido anticipar.

Dios nos da dones y habilidades; luego nos da hijos. Y quizás da la impresión de que ha cometido un error cuando nuestros dones y habilidades parecen completamente irrelevantes para la tarea de criar a los niños y cuidar de un hogar. Pudimos haber obtenido la más alta calificación en Historia del Arte, Escritura Creativa o Biología, pero ¿cómo nos ayuda eso cuando el montón de ropa sucia ha alcanzado niveles épicos? Quizás estemos acostumbradas a sentirnos competentes en nuestros días previos a la maternidad, habiéndonos graduado con honores u obtenido recomendaciones de profesores o empleadores; sin embargo, ¿cómo se traslada esto a la preparación de comidas con un bebé que llora en una cadera y un niño pequeño que tiene un talento natural para probar las leyes del movimiento de Newton una y otra vez?

No obstante, sus habilidades, su educación, sus A’s ganadas con tanto esfuerzo en cualquier materia, sí tienen un lugar en el hogar. La manera en que se aplicó entonces será necesaria ahora. La disciplina del estudio en el aula simplemente ha alcanzado su meta: la vida real. Y en la vida real las lecciones serán aquellas que requieran su todo en lugar de su mejor esfuerzo. Las lecciones en las que debemos involucrarnos ahora son de la variedad «aprobado/reprobado». ¿Hubo cena? ¿Sí? Aprobado. ¿Hay ropa para vestir? ¿Sí? Aprobado. Y quizás la que las sustenta a todas: ¿diste de ti todo lo que Cristo te ha dado?

Dios está moldeando, inclinando y estirando

En los intensos años de la maternidad, Dios nos está moldeando, inclinando y estirando, e incluso a mitad del camino, no seremos quienes éramos al principio. Y esa es una característica que Dios ha puesto en la maternidad, no un defecto. Si al final somos las mismas que al principio, algo se ha descontrolado. Dios tiene la tarea de transformarnos, y la maternidad es una forma conveniente de asolarnos y reconstruirnos.

Dios usará nuestra historia, nuestra educación pasada y nuestros logros previos a la maternidad con un propósito que quizás no nos agrade de inmediato: mostrarnos quiénes somos cuando estos nos son quitados. ¿Quiénes somos cuando luchamos por amamantar a un recién nacido que no se acopla bien? ¿Quiénes somos cuando nos vemos arrojadas a un mundo de suministros médicos y citas de terapia, al descubrir que el cerebro de nuestro bebé no se desarrolló normalmente? En ese sentido, la maternidad imita la cruz; es la gran niveladora de las mujeres. A los bebés no les importa si tienes un doctorado. Un niño en medio de una rabieta no se detiene por tu promedio perfecto de calificaciones. Esto no quiere decir que esos logros no sean valiosos, pero su valor sólo se transfiere si dan fruto al disciplinar nuestro carácter hacia una mayor piedad, una mayor semejanza a Cristo.

Así que, madres, sean liberadas de la necesidad de buscar ser las mejores y, en su lugar, den su todo a todo lo que Dios ha puesto delante de ustedes. Den su todo al contar cuentos, den su todo al limpiar las cosas sucias, den su todo a las comidas que deben llegar a los estómagos, den su todo al entrenar a los suyos en justicia y den su todo a sus intereses únicos en los rincones y grietas de la vida.

Cuando observamos la obra de Cristo por nosotros, vemos que Él no retuvo nada. Si lo que dice Pablo en Colosenses es cierto —que Cristo hizo todas las cosas, que Él es antes de todas las cosas, que Él mantiene unidas todas las cosas, y que todas las cosas están siendo reconciliadas con Dios por medio de Cristo—, entonces creo que es seguro decir que todas las cosas que hace una madre cristiana tienen un significado eterno. No hubo nada a medias en la muerte de Jesús en la cruz. Como nos recuerda el antiguo himno, «Todo lo pagó, quien por mí murió3». Como madres, damos nuestro todo, porque eso fue lo que Jesús hizo. Podemos dar nuestro todo en la fuerza y el poder que Él provee. 

Cuando damos nuestro todo de maneras que parecen pequeñas pero costosas, no podemos anticipar nuestro futuro. Nunca se sabe a dónde podría llevarla Dios o cómo el estado actual de las cosas podría estar moldeándola para un servicio futuro. Así como Bilbo nunca previó su viaje final a las tierras imperecederas después de los años de estar al límite de sus fuerzas, las madres tampoco pueden saber cómo Dios está obrando a nuestro favor para los años venideros. Después de todo, los hobbits son pequeñas criaturas sorprendentes. Y supongo que las madres también lo son.

Este artículo fue publicado originalmente en inglés y traducido con el permiso de Crossway.
  1. Chesterton, G. K. (2023). Lo que está mal en el mundo (Norderstedt, Alemania: BOD – Books on Demand). p. 56.
  2. Tolkien, J. R. R. (1991). El Señor de los anillos: la comunidad del anillo (Barcelona: España). p. 48.
  3. Jerez, Jonathan, y Sara. 2013. «Todo lo pagó». En Vivir es Cristo (álbum). Traducción del himno en inglés de Elvina M. Hall, «Jesus Paid It All» (1865). Cyberhymnal.org. http://cyberhymnal.org/htm/j/p/jpaidall.htm.
Photo of Abigail Dodds
Abigail Dodds
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Abigail Dodds

Abigail Dodds (MA, Bethlehem College & Seminary) está casada y es madre de cinco hijos. Es miembro de la iglesia Bethlehem Baptist Church en Minneapolis, donde su esposo, Tom, sirve como anciano de la iglesia. Además de cuidar su bullicioso hogar, escribe para desiringGod.org y ocasionalmente escribe en su blog personal, www.hopeandstay.com  
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