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A menudo nos cuesta tomar decisiones difíciles porque, simplemente, son difíciles. Sin embargo, a veces nos cuesta tomarlas porque somos pecadores. El miedo, y especialmente el temor al hombre, puede volvernos innecesariamente indecisos. Queremos complacer a las personas, y las decisiones suelen decepcionar a alguien. Así que vacilamos, luchamos, dudamos y nos demoramos; y, a veces, pecamos.

No toda indecisión es pecaminosa, por supuesto. Eso es lo que hace que los peligros espirituales sean sutiles. A veces necesitamos tiempo para tomar decisiones por una buena razón. La sabiduría rara vez llega de forma rápida o impulsiva. Muchas decisiones son inevitablemente complejas y requieren tiempo. Jesús mismo creció en sabiduría (Lc 2:52), lo cual seguramente incluyó su capacidad para emitir juicios mejores y más veloces en situaciones difíciles. Pero todos sabemos que la indecisión puede ser una señal de que tememos al hombre.

«El deseo de aprobación», escribe Lou Priolo, «tienta al que busca complacer a los demás a ser indeciso1». Somos indecisos porque nos importa más lo que piensen los demás que lo que piensa Dios. Indecisos, porque a menudo intentamos controlar minuciosamente cómo responderán otros a nuestras decisiones, y porque nos aterroriza cometer un error. La deliberación paciente y en oración es piadosa; la indecisión temerosa y centrada en el hombre, no lo es.

Pero ¿dice la Biblia algo sobre esta indecisión? ¿Vemos alguna vez el temor al hombre manifestarse en pecado? Sí, y no en cualquier parte de la Escritura, sino en su momento más oscuro y crucial.

El punto máximo de la indecisión

Cuando la multitud arrastró a Jesús ante Pilato, el gobernador tenía el poder y la autoridad, humanamente hablando, para dejarlo ir y evitar las espinas, los clavos, la lanza y la tumba. La decisión era suya. Y aunque él hizo (y sólo hizo) lo que la mano y el plan de Dios habían predeterminado que sucediera (Hch 4:27-28), también fracasó rotundamente en su juicio. Podría decirse que Jesús murió a manos de la indecisión: la falta de voluntad de Pilato para hacer lo que sabía que debía hacer cuando era necesario hacerlo.

Pilato es un ejemplo tan claro y horroroso porque él sabía lo que debía hacerse. «Porque él sabía», nos dice Mateo 27:18 [énfasis del autor], «que lo habían entregado por envidia». Al menos dos veces declara: «yo no encuentro ningún delito en Él» (Jn 18:38; 19:4, [énfasis del autor]). Y, sin embargo, Pilato se demoró, vaciló, se escondió, señaló a otros y, al final, aun así lo mató.

La raíz de la indecisión de Pilato es la raíz de la mayoría de las indecisiones pecaminosas: «Pilato, queriendo complacer a la multitud, […] lo entregó [a Jesús] para que fuera crucificado» (Mr 15:15, [énfasis del autor]). El temor al hombre dejó a Pilato cediendo ante la turba. El temor al hombre hizo que Pilato vacilara y se demorara cuando sabía qué era lo correcto. Luego, el temor al hombre llevó a Pilato a intentar buscar a alguien más (Herodes) para que decidiera (Lc 23:6-12), y lo cegó ante el consejo de su propia esposa (Mt 27:19). E incluso después de tomar la decisión y crucificar a Jesús, el temor al hombre convenció a Pilato de seguir negando su responsabilidad (Mt 27:24). 

Debido a que el temor al hombre controlaba a Pilato, las voces de la multitud prevalecieron (Lc 23:23). El miedo lo hizo vulnerable a la manipulación, la cual primero lo obstaculizó, luego lo paralizó y finalmente lo arruinó.

Dominados por el temor al hombre

Los cuatro relatos de los evangelios sobre la indecisión de Pilato nos advierten sobre la tentación de la indecisión por temor. En particular, muestran cómo el temor al hombre nos expone a la manipulación de los demás. Si nosotros, al igual que Pilato, nos preocupamos más por lo que otros piensen de nosotros o por cómo podrían reaccionar, entonces tomaremos decisiones (o dejaremos de tomarlas) basándonos principalmente en nuestras percepciones de los demás. No es de extrañar, entonces, que nos sintamos tan paralizados; tanto los sentimientos de los demás como nuestra percepción de esos sentimientos cambian constantemente. Complacer a todas las personas en todo momento es, literalmente, imposible.

Al observar específicamente los fracasos de Pilato, considera cuatro formas en que el temor al hombre lo abrió a manipulaciones de diversos tipos, todas ellas todavía comunes para el hombre hoy en día.

1. Manipulado por el engaño

El temor al hombre nos hace más susceptibles a las mentiras. Cuando la multitud llevó a Jesús ante Pilato, él preguntó: «¿qué acusación traen contra este hombre?». Ellos respondieron: «si este hombre no fuera malhechor, no se lo hubiéramos entregado» (Jn 18:29-30). Nota su hipocresía. Ni siquiera pudieron responder a su sencilla pregunta. En su lugar, intentaron imponer su voluntad diciéndole a Pilato que confiara en la palabra de ellos. Y él los descubrió inicialmente: «se lo pueden llevar y juzgar conforme a su ley» (Jn 18:31; ver Mateo 27:18). El asunto debió haber quedado resuelto ahí, pero no fue así.

Cuando finalmente presentaron acusaciones, gritaron: «hemos hallado que este pervierte a nuestra nación» —falso— «prohibiendo pagar impuesto a César» —falso (Mr 12:17)—, «y diciendo que Él mismo es Cristo, un Rey» (Lc 23:2) —profunda y eternamente cierto—. Los dos primeros cargos eran los que habrían tenido más peso para Pilato (él estaba más preocupado por la paz y el orden), y eran mentiras descaradas. Pero como estaba más comprometido con la gente que con la verdad, dejó que el engaño de ellos creciera sin control. Las mentiras que debieron ser refutadas y desechadas cobraron fuerza lentamente.

Si tememos a los hombres más que a Dios, las mentiras suenan mucho más convincentes, especialmente en boca de aquellos a quienes tememos. Como queremos complacerlos, podemos pasar por alto o justificar sus errores sólo para mantenerlos contentos con nosotros. Sin embargo, las mentiras caen cada vez más en oídos sordos si nuestros corazones se plantan con más firmeza en el cielo; si nos deleitamos en la ley del Señor y meditamos en ella de día y de noche (Sal 1:2).

2. Manipulado por las multitudes 

El temor al hombre también puede dejarnos a merced de las masas. Como vimos antes, «Pilato, queriendo complacer a la multitud, les soltó a Barrabás; y después de hacer azotar a Jesús, lo entregó para que fuera crucificado» (Mr 15:15, [énfasis del autor]). Si la multitud hubiera querido otra cosa, Pilato habría elegido otra cosa. A pesar de todo el poder y la autoridad que se le habían otorgado, no hizo lo que le placía, sino lo que complacía a la mayoría. ¿Cuántas veces podría decirse esto de nosotros?

Y con la aparición de Internet y las redes sociales, ¿cuánto mayor es esta tentación hoy? ¿Qué tan probable es que seamos controlados por lo que a otros les gusta u odian, elogian o critican, siguen o cancelan? Como escribe Douglas Murray, se nos ha ordenado «entablar nuevas batallas, emprender campañas cada vez más feroces y plantear exigencias cada vez más sectoriales. En hallar sentido declarándole la guerra a cualquiera que defienda la postura equivocada ante un problema cuyos términos tal vez acaban de reformularse y cuya respuesta era distinta hasta hace poco2». Las consecuencias, dice él, «pueden llevarnos a perder los nervios además del juicio3».

Por muy convincente que parezca la multitud, las masas parecerán cada vez más pequeñas si recordamos quién juzga finalmente al mundo y cuán inmenso es su ejército. Cuando Pilato lo amenaza, Jesús dice: «mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuera de este mundo, entonces mis servidores pelearían para que Yo no fuera entregado a los judíos. Pero ahora mi Reino no es de aquí» (Jn 18:36). Doce legiones de ángeles esperaban la orden (Mt 26:53). Eso hacía que los pocos cientos de manifestantes frente a él, por hostiles que fueran, parecieran, en comparación, apenas un grupo de jardín de niños.

¿Cómo podría una mentalidad como la suya cambiar la forma en que respondemos a las multitudes que nos rodean hoy, ya sea en línea o de otra manera?

3. Manipulado por el tono 

Pilato no sólo fue manipulado por los números, sino también por el tono. El temor al hombre a menudo nos somete a los sentimientos de los demás, especialmente a sus sentimientos intensos. Los judíos declararon que Jesús era una amenaza y exigieron que Pilato lo tratara como tal.

Pilato les preguntó qué querían que hiciera, y ellos gritaron: «¡sea crucificado!». A lo cual él pregunta con razón: «¿qué mal ha hecho?». Nota cómo funciona este tipo de manipulación: «pero ellos gritaban aún más: “¡sea crucificado!”» (Mt 27:23, [énfasis del autor]).

Si no obtienes lo que quieres, exige lo que quieres. Si aún no lo obtienes, exige más fuerte. Quienes buscan complacer a la gente son especialmente vulnerables a la urgencia de los demás. Su pasión puede nublar nuestro juicio. No podemos lidiar con los gritos, con la insistencia, con los arrebatos de ira, con la persistencia implacable, con los ultimátums. Nos agotamos más fácilmente que otros y nos sentimos más tentados a simplemente ceder.

Sin embargo, la agresividad y la intimidación pierden su filo y su fuerza cuando se exponen a la luz de la realidad espiritual y la eternidad. En el momento, la ira o la urgencia de los demás pueden sentirse inmensas, abrumadoras e incluso definitivas. Pero si podemos dar un paso atrás y evaluar esa urgencia a través del lente más amplio de los propósitos y planes de Dios, incluso hacia la eternidad, esa perspectiva probablemente expondrá emociones fuera de lugar o manipuladoras. Veremos mejor si ese sentido de urgencia realmente corresponde a la realidad bajo el mando de Dios.

4. Manipulado por la aprobación 

Por último (al menos en la historia de Pilato), el temor al hombre nos seduce a perseguir al falso dios de la aprobación humana.

Mientras Pilato buscaba liberar a Jesús, los judíos gritaron: «si suelta a este, usted no es amigo de César; todo el que se hace rey se opone a César» (Jn 19:12). Puedes escuchar la voz susurrante de Satán en su argumento: «imagina todo lo que perderás por hacer lo correcto».

¿Cómo responde Pilato? «Entonces Pilato, cuando oyó estas palabras, sacó fuera a Jesús y […] lo entregó a ellos para que fuera crucificado» (Jn 19:13, 16). ¿Qué pensaría el César? Pilato no soportaba la idea de su desagrado. Y así puso fin a su horrible indecisión y entregó a un hombre inocente para ser torturado y asesinado; todo para que un hombre pequeño, finito y caído pensara bien de él.

Todos tenemos a quienes nos sentimos tentados a convertir en Césares, aquellos cuya aprobación amenaza con volverse todo para nosotros. Puede ser un cónyuge, un padre o incluso un hijo. Puede ser un jefe o un pastor. Puede ser un mejor amigo. ¿A quién te cuesta más disgustar, incluso cuando el amor exige que lo hagas? Esta relación, sea cual sea, es probablemente la prueba más grande y confiable para nuestro temor al hombre.

Cuando sentimos y abrazamos la aprobación de Dios en Cristo —si realmente creemos que Dios está plena y eternamente por nosotros, no en nuestra contra —, la aprobación de los demás pierde su brillo. Ser aprobados por Dios no nos vuelve indiferentes a lo que otros piensen. Pero sí evita que seamos controlados por eso.

Ninguna decisión es finalmente tuya

En un momento de su diálogo, Pilato comienza a temer que Jesús pueda ser más de lo que parece al principio (Jn 19:7-8). «Él debe morir», habían gritado las multitudes, «porque pretendió ser el Hijo de Dios» (Jn 19:7). ¿El Hijo de Dios? «Entonces Pilato, cuando oyó estas palabras, se atemorizó aún más» (Jn 19:8). ¿Qué he hecho? Se apresura a ver a Jesús, exigiendo saber quién es realmente: «¿de dónde eres Tú?» (Jn 19:9). Silencio.

«¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte, y que tengo autoridad para crucificarte?» (Jn 19:10, [énfasis del autor]). Esa pregunta (y cómo responde Jesús) puede ser más reveladora que cualquier otra cosa sobre la indecisión impía. ¿Cuánto de nuestro propio miedo y vacilación en decisiones difíciles proviene de una sobreestimación de nuestra importancia y nuestra autoridad; de un orgullo inflado y de la autosuficiencia?

Mientras el orgullo de Pilato brota, Jesús rompe su silencio: «ninguna autoridad tendrías sobre mí si no se te hubiera dado de arriba» (Jn 19:11, [énfasis del autor]). Tú eres quien eres, tienes lo que tienes y tomas las decisiones que tomas, sólo porque Dios así lo ha dicho. Nada de lo que está ante ti depende finalmente de ti. Nunca eres la persona más poderosa o importante en la habitación.

Ese tipo de perspectiva marchita nuestros temores al hombre y corta las raíces de la indecisión pecaminosa. Si recordamos quién es Dios, qué ha hecho por nosotros en Cristo y qué requiere de nosotros en su Palabra, desarrollaremos la sabiduría y el valor para hacer lo que debemos cuando debemos hacerlo.

Publicado originalmente en Desiring God. Usado con permiso.
  1. Priolo, Lou. (2007). Pleasing People: How not to be an approval junkie [Agradar a las personas: cómo dejar de ser adicto a la aprobación]. (Phillipsburg, NJ: P&R Publishing Company). p. 76. N. del T.: traducción propia.
  2. Murray, Douglas. (2020). La masa enfurecida: cómo las políticas de identidad llevaron al mundo a la locura. (Barcelona: Ediciones Península). Introducción.
  3. Murray. La masa enfurecida. Introducción.
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Marshall Segal

Marshall Segal es escritor y director editorial de desiringGod.org. Es autor de Soltero por ahora: la búsqueda del gozo en la soltería y el noviazgo (2018). Se graduó de Bethlehem College & Seminary. Él y su esposa, Faye, tienen dos hijos y viven en Minneapolis.
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