Este artículo es parte de la serie Siete consejos publicada originalmente en Crossway.
Vivir la iglesia como una introvertida
Casi todos los domingos por los últimos 15 años, he sufrido de migraña. Normalmente, comienza en algún momento antes de la bendición (mientras estoy de pie en el jardín de la iglesia conversando con algunos miembros y visitas). Una vez que llego a casa, la sutil puntada detrás del ojo aumenta hasta que ya no puedo ignorarla más.
Con la sensata administración de cafeína y medicamentos, normalmente puedo evitar los efectos más debilitantes, y agradezco las oraciones del pueblo de Dios que han sido respondidas con algunos domingos sin migrañas a lo largo de los años, pero, para mí, las migrañas y los domingos probablemente continúen coexistiendo hasta que Cristo me llame o regrese.
En gran parte, esto se debe a que soy introvertida.
Al contrario de las suposiciones populares sobre los introvertidos, esto no significa que odie a las personas o que incluso prefiera pasar mis días en soledad. Encuentro que las personas son maravillosas (en especial otros cristianos); me siento honrada al escuchar sus historias y quiero amarlas bien genuinamente. Estoy auténticamente agradecida a Dios de que mi vida esté unida a su cuerpo, la iglesia. Pero hablar de personas me da dolor de cabeza. Y, como resultado, puede ser tentador pensar que simplemente no pertenezco a la iglesia.
Si, al igual que yo, eres introvertido (¡o conoces a alguien que lo es!) considera estas siete maneras de conectar con tu iglesia local.
1. Afirma la sabiduría de Dios
La iglesia está compuesta de personas y la vida cristiana depende de la interacción con ellas regularmente (a veces eso no les es fácil a los introvertidos). En nuestra cultura individualista y centrada en el consumo, puede parecer aceptable concluir que, si eres introvertido, la iglesia no es lo tuyo.
No obstante, la Escritura cuenta una historia diferente. En toda la narrativa bíblica, no existe ningún cristiano solitario. Cada vez que Dios salva a alguien del pecado, Él los une a su cuerpo, la iglesia (cf. Hechos 2:41, 47). Si eres cristiano, no existe tal cosa como que la iglesia no sea lo tuyo.
Involucrarse en la iglesia como introvertidos comienza con reconocer que no siempre sabemos lo que es mejor para nosotros y nuestras experiencias no determinan lo que es verdad. Al contrario, podemos afirmar que el Dios que nos hizo y cuida de nosotros diseñó la iglesia para su gloria y para nuestro bien. Nuestro Dios todosabio nos ha puesto en la congregación y podemos confiar en que Él nos bendecirá ahí.
2. Recuerda el sacrificio de Cristo
Los introvertidos hacen sacrificios para reunirse con el pueblo de Dios. Ya sea que suframos de migrañas o ansiedad (o simplemente nos sintamos raros e incómodos) nos cuesta algo aparecer el domingo.
Podemos consolarnos con el hecho de que, como en todas las cosas, nuestro Salvador ya pasó por eso. Él se rodeó de discípulos que incomodaron su vida de muchas maneras: lo persiguieron, lo malinterpretaron, lo contradijeron, lo subestimaron e incluso lo traicionaron. Y sin embargo, «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin» (Jn 13:1). Él sufrió todas las cosas, incluso la muerte en la cruz, por el bien de sus amados seguidores.
Cuando la vida de la iglesia local provoca que los introvertidos quieran alejarse o mantener distancia, podemos recordar que tenemos un Salvador que amó a la iglesia tanto que sufrió por su bien.
3. Busca la ayuda del Espíritu
Afortunadamente, el mismo Espíritu que ayudó a Cristo en su sufrimiento humano está listo para ayudarnos a nosotros también. Los introvertidos pueden clamar al Señor en oración, pedirle su ayuda y confiar en que Él ama responder. Es la «unidad del Espíritu» (Ef 4:3) que entreteje a un grupo extraño de personas en una iglesia y es al Espíritu al que podemos pedirle ayuda para que nos ayude a crecer en unidad con las personas que nos rodean (cualquiera sea nuestra personalidad).
4. Reconoce la debilidad de todos
La iglesia podría ser difícil para los introvertidos, pero es difícil para muchas otras personas también. Los niños enérgicos luchan con estar sentados a lo largo de un sermón, las viudas se acongojan por la falta de alguien con quien sentarse, las familias pastorales sienten las miradas de cientos de pares de ojos, y todos se han sentido fuera de lugar en algún momento u otro. Recordar que no soy la única que se siente incómoda el domingo me ayuda a retraerme menos y acercarme más.
Cómo explica Pablo en su carta a los Corintios: «así formó Dios el cuerpo, dando mayor honra a la parte que carecía de ella, a fin de que en el cuerpo no haya división, sino que los miembros tengan el mismo cuidado unos por otros» (1Co 12:24-25). El domingo por la mañana, cuando veo a alguien más que parece estar en cualquier otro lugar, puedo acercarme a ellos con compasión y cuidado. Y normalmente recibo lo mismo de vuelta.
5. Ora por las preocupaciones de alguien
«Oren unos por otros», nos instruye Santiago (5:16). Este mandato es tanto para los introvertidos como para los extrovertidos. En la oración, nos «g[ozamos] con los que se gozan y llor[amos] con los que lloran» (Ro 12:15) y «llev[amos] los unos las cargas de los otros» (Gá 6:2). En la soledad del lugar de oración, en realidad no estamos solos. Llevamos al amado pueblo de Dios ante el rostro de Dios e intercedemos por ellos.
Esto, a su vez, dedica nuestros corazones a su bien. Cuando oraste para que alguien se sane, para que sea liberado de su gran pecado, para que reciba su pan diario o para que reciba la sabiduría que sólo Dios podía dar, te has alineado con ellos. Aún puede ser incómodo entablar conversaciones pequeñas con ellos durante el café después de la reunión, pero, en los lugares ocultos, los has amado por medio de la oración.
6. Satisface las necesidades de la congregación
Como una introvertida, podrías nunca ser el alma de la fiesta de Navidad de la iglesia. Podrías nunca ser la persona al frente de la reunión de oración. Podrías nunca ser la persona que canta más fuerte o que se ría por más tiempo. Siempre podrías estar más cómodo limpiando mesas mientras que todo el resto habla y eso está bien.
De hecho, como Pablo explica: «hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. Hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. Y hay diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios el que hace todas las cosas en todos. Pero a cada uno se le da la manifestación del Espíritu para el bien común» (1Co 12:4-7). Tus dones y tus actividades podrían ser las más tranquilas (realizadas en los pasillos vacíos y en las últimas bancas de la iglesia), pero fueron dadas «para el bien común».
Si puedes limpiar mesas, hazlo. Si puedes mecer bebés, limpiar baños, hacer café o doblar boletines, hazlo. Tu iglesia necesita el servicio de los introvertidos.
7. Apréndete los nombres de las personas
Estar comprometido con la iglesia como introvertidos no requiere grandes gestos. No obstante, tampoco nos exime de aprender a acercarnos. Uno de mis versículos favoritos en toda la Escritura es la pequeña exhortación de Juan en su carta final: «saluda a los amigos, a cada uno por nombre» (3Jn 15).
Cuando aprendemos los nombres de las personas, podemos saludar con confianza, ofrecer una cálida sonrisa, extender un abrazo o dar la mano por el momento. Cuando aprendemos los nombres de las personas, reconocemos su valía a la vista del Señor que nos llama a cada uno por nombre, escribe nuestros nombres en su libro y nos da su propio nombre. Y como testifica el versículo de Juan, no estamos saludando simplemente a cualquiera; estamos saludando a aquellos a los que Dios llama amigos.
El domingo por la mañana, para mí no es lo más fácil decir: «hola, soy Megan. ¿Cómo te llamas?», pero es un comienzo. Y a medida que puedo conocer al pueblo al que Dios llama sus amigos, confío en que Él los hará mis amigos también.
Megan Hill es autora de A Place to Belong: Learning to Love the Local Church [Un lugar al que pertenecer: aprendamos a amar a la iglesia local].
Este artículo fue publicado originalmente en inglés y traducido con el permiso de Crossway.