«¿Pueden los cristianos deprimirse?». Esta es una de las preguntas más buscadas en Internet cuando se habla de psicología y cristianismo en Chile. Antes de continuar, es fundamental aclarar que la depresión es un trastorno real que requiere atención profesional y un apoyo adecuado. Sin embargo, en este texto no nos enfocaremos en el trastorno clínico, sino en la experiencia de sentirse angustiado, triste o desanimado como parte normal de la experiencia humana.
Es fácil imaginar a cristianos que aman a Jesús y tienen celo por su Palabra, pero que al mismo tiempo cargan una gran duda en su corazón. Cuestionan sus emociones, tienen miedo de lo que experimentan y se preguntan si, al sentirse así, están pecando contra Dios. Algunos asumen que quizás guardan un pecado oculto o que están viviendo un fracaso espiritual, y creen que la solución es orar más y buscar a Dios con mayor diligencia.
Muchos han escuchado en sus iglesias frases como: «estar deprimido es falta de Dios», «si estás ansioso es porque no confías lo suficiente» o, incluso, «disfrutar demasiado de algo es señal de orgullo, egoísmo o idolatría».
Quizás tú, que llegaste a este artículo, tengas la misma inquietud: ¿qué hago con la tristeza o la rabia que siento? ¿Estoy pecando? ¿Cómo debo lidiar con mis emociones?
Sé que en muchos contextos cristianos hablar de salud emocional todavía es un tema tabú. Por eso, hay hermanos y hermanas que sufren en silencio y se sienten culpables por no servir al Señor como creen que «deberían». Sin embargo, no debemos espiritualizar las emociones; más bien, debemos comprender que son parte integral de nuestra humanidad.
Ahora bien, ¿qué son las emociones?
Según la psicología, hay tres aspectos importantes por considerar:
- Las emociones son universales: todos sentimos.
- Son respuestas automáticas: surgen frente a lo que vivimos, pensamos o percibimos.
- Todas son válidas: no hay emociones «buenas» o «malas».
Es cierto que la psicología no toma en cuenta la verdad bíblica al afirmar esto, pero eso no significa que se equivoque en sus observaciones. Decir que las emociones son universales es correcto: todos los seres humanos las experimentan. Basta observar a un recién nacido, por ejemplo, para notar cómo expresa automáticamente tristeza o enojo.
Creo que el tercer punto es donde empieza el malentendido. Como la psicología no contempla el pecado, algunos cristianos dirán que hay emociones «pecaminosas» que sencillamente no deberíamos sentir. Sin embargo, la Biblia nos muestra que las emociones no surgieron a causa de la caída: Dios nos creó con ellas desde el principio y declaró que todo lo que había hecho era «muy bueno» (Gn 1:31). Lo que ocurrió después fue que, como todo en nosotros, nuestras emociones también fueron contaminadas por el pecado. Esto significa que ya no funcionan como deberían. Las emociones en sí mismas no son pecado, pero la manera en que las expresamos o permitimos que nos dominen sí puede serlo.
La buena noticia que te quiero traer hoy es que Dios nos ha creado con emociones, y todo lo que Él hizo, lo hizo bueno y con propósito. Aunque parezca obvio decir que las emociones fueron hechas para experimentarse, la realidad es que todas ellas, así como el resto de las cosas creadas, existen también para la gloria de Dios.
El propósito de las emociones
Los autores Alasdair Groves y Winston T. Smith, en su libro Desenredando las emociones, proponen tres propósitos bíblicos para las emociones:
- Comunicar: nuestras emociones comunican valor. Quizás una de las cosas más importantes que nos dice la Biblia sobre nuestras emociones es que son una expresión de lo que valoramos o amamos.
- Relacionarse: las emociones nos ayudan a conectarnos unos con otros. En Romanos 12, Pablo describe una de estas maneras en el versículo 15: «gócense con los que se gozan y lloren con los que lloran». En otras palabras, una de las formas de compartir amor sincero es participar emocionalmente en la experiencia de los demás.
- Elevar: nuestras emociones son una expresión de adoración. «“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente”. Este es el grande y primer mandamiento» (Mt 22:37-38).
También nos ayudan a entender que cada emoción puede llevarnos a adorar a Dios:
No todo lo que sentimos brota de valorar lo que Dios ama, pero cada punto de nuestro rango de emociones fue diseñado para enviarnos corriendo a nuestro Padre con palabras como: «gracias», «ayúdame», «¡oh no!» o «eres asombroso». Todos los sentimientos pueden ser redimidos. Cada sentimiento que volvemos hacia Dios se convierte en parte de nuestra adoración1.
A partir de esto, podemos entender que las emociones son una excelente herramienta, dada por Dios, para ayudarnos en nuestro proceso de santificación. Ellas señalan dónde hemos puesto nuestro corazón, el cual, a causa del pecado, tiende a amar de manera indebida a las cosas y a las personas en lugar de a Dios. Cuando no nos permitimos sentir ni preguntarnos: «¿por qué estoy sintiendo lo que estoy sintiendo?», perdemos la oportunidad de descubrir qué estamos amando de manera desordenada. Además, cuando decido «tragarme el llanto», reprimir y no expresar lo que siento, ¿cómo podría llorar con los que lloran? (Ro 12:15). ¿Cómo podría recibir consuelo (Mt 5:4) para después consolar a otros hermanos en sus dificultades (2 Co 1:4)? Y ¿cómo voy a adorar a Dios con todo mi corazón si no me permito experimentar la alegría plena o alabarlo por fe, aun en medio de una profunda angustia?
Sentir nuestras emociones sin juzgarlas nos permite vivir como portadores de la imagen de Dios, reconociendo que fueron creadas para señalar el verdadero problema. En un mundo caído, las emociones desagradables cumplen un propósito: recordarnos que todo está dañado por el pecado.
Por eso debemos llorar en el luto, indignarnos ante la injusticia, aborrecer la maldad y angustiarnos en medio de la aflicción. Así aprendemos a ver el mundo como Dios lo ve y a sentir lo que Él siente: tristeza por la desobediencia de su pueblo (Sal 78:40-41), ira contra la impiedad (Sal 7:11) y gozo por aquellos que le temen y confían en su misericordia (Sal 147:11).
¿Cómo cuidarlas?
Cuando no estamos bien emocionalmente, las personas que amamos lo sienten: reciben lo peor de nosotros. Nos quedamos atrapados tratando de «estar bien» y perdemos momentos preciosos que podríamos disfrutar con nuestros hijos, cónyuges o amigos. Esto afecta directamente nuestro servicio al prójimo. Sobre todo, cuando nuestro objetivo de vida se convierte en «controlar la ansiedad» o «luchar contra la tristeza o la ira», perdemos de vista nuestro verdadero propósito: glorificar a Dios y disfrutar de Él.
El episodio de Jesús en el huerto de Getsemaní (Mt 26:36-46; Mr 14:32-42; Lc 22:39-46), justo antes de ser entregado a los romanos, me ha ayudado a comprender cómo lidiar con mis emociones. Allí vemos a Jesús atravesar una profunda angustia y ansiedad ante lo que estaba a punto de vivir. El mismo Hijo de Dios, manifestando plenamente su naturaleza humana, sintió tristeza, angustia y ansiedad, pero sin pecado, pues en Él no había pecado alguno (2 Co 5:21).
A la luz de este pasaje, quiero compartir contigo siete principios que pueden ayudarte a manejar tus emociones de una forma que glorifique a Dios:
- Identidad en Dios: antes de que comenzara su agonía, Jesús tenía claro su propósito: vino a dar su vida en rescate por muchos. No permitió que el miedo nublara su identidad ni su misión. Saber quién eres en Dios es tu primer recurso en medio de cualquier angustia. ¿Qué verdades necesitas recordar sobre tu identidad todos los días?
- Compartir: Jesús no se aisló, sino que compartió con personas de confianza: eligió a Pedro, Jacobo y Juan, y les pidió que lo acompañaran. Aunque ellos fallaron, Jesús nos modela la necesidad de la comunidad. No fuimos creados para estar solos, especialmente en tiempos de angustia. ¿Con qué personas tienes la confianza para abrir tu corazón y que te ayuden a recordar el Evangelio en medio del sufrimiento?
- Sentir: Jesús sintió profundamente, sin reprimir ni negar. Él no se avergonzó de su tristeza; la reconoció, la expresó y la vivió. Llorar no es falta de fe. Sentir profundamente no es debilidad. ¿Qué es lo primero que haces cuando experimentas una emoción más intensa? ¿Tratas de negarla, reprimirla, huir de ella, distraerte, buscar soluciones rápidas, culparte a ti mismo o espiritualizarla usando versículos bíblicos como parches superficiales?
- Nombrar: Jesús le puso nombre a lo que vivía. Él no sólo sintió, sino que reconoció su angustia y la verbalizó: «mi alma está muy triste, hasta la muerte». Esto nos enseña que nombrar lo que sentimos nos ayuda a traer luz allí donde hay confusión emocional. ¿Sabes reconocer y nombrar tus emociones? Aprende a tomarte un tiempo para aceptar y verbalizar lo que sientes.
- Orar: el Hijo de Dios fue directo al lugar donde sabía que encontraría verdadero consuelo y fuerza: su Padre. Jesús llevó sus emociones a la oración; no a la negación, a la evasión, a la murmuración ni a la distracción. La oración no cambió la situación, pero fortaleció su corazón.
- Aceptar: aunque su alma temblaba, Jesús aceptó la voluntad de Dios. No huyó de ella. El sometimiento no le trajo un alivio instantáneo, pero le dio dirección. ¿Qué áreas de tu vida crees que el Señor te está llevando a soltar para depender completamente de Él?
- Obedecer: Jesús no fue controlado por sus emociones, sino que actuó para la gloria de Dios y para nuestra salvación. No se quedó atrapado en ellas; más bien, obedeció, guiado por su amor hacia los suyos. Sentir debe ir acompañado de actuar. ¿Qué decisiones prácticas Dios te está llamando a tomar para su gloria y en servicio a tu prójimo?
Cristo nos muestra que sentir temor, tristeza o aflicción no es pecado, sino parte de ser verdaderamente humano. Lo que hizo la diferencia fue cómo Él enfrentó ese torbellino de emociones: con oración, con rendición y con confianza perfecta. Él no evitó la lucha emocional; la llevó a los pies de Dios. No se aisló; llamó a sus amigos, aunque ellos no supieron cómo acompañarlo. No huyó; se entregó, diciendo: «hágase tu voluntad».
Y tú, ¿cómo estás lidiando con tus emociones?
Deseo y oro para que, después de leer este texto, puedas experimentar tus emociones de manera distinta: que las aceptes, que te permitas sentirlas y que encuentres a Dios no a pesar de ellas, sino a través de ellas. Las emociones no son un problema que deba ser solucionado; son una herramienta que nos recuerda nuestra humanidad caída y que, correctamente entendidas, nos conducen a adorar al Creador de todas ellas.