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Tú puedes hacer más que orar después de haber orado, pero no puedes hacer más que orar hasta que hayas orado (John Bunyan)1. 

En una colina solitaria, bajo la tenue luz antes del amanecer, un hombre se sienta solo a orar. Repasa la Escritura, canta versos de los Salmos, alaba a Dios y derrama su corazón. Un observador podría imaginar que el hombre es un monje o, al menos, un devoto de la vida solitaria y contemplativa; tan desolado es el entorno y tan temprana la hora.

Pero no mucho antes, una ciudad entera se había reunido alrededor de este hombre para suplicar su atención. Incluso ahora, la ciudad se agita de nuevo, pues recuerda las maravillas de la noche anterior y desea más. Y en unos momentos, sus amigos del hombre lo encontrarán y le hablarán de necesidades que satisfacer, tareas que cumplir, multitudes a las que responder y personas a las que ver. Él ora en el ojo de un huracán.

Levantándose muy de mañana, cuando todavía estaba oscuro, Jesús salió y fue a un lugar solitario, y allí oraba (Marcos 1:35).

Más ocupado que un empresario, más solicitado que una celebridad, requerido como una madre de muchos niños pequeños y cargando con una tarea tan grande como el mundo, Jesús oraba.

Las oraciones del Señor

Los evangelios ofrecen sólo unos pocos vistazos a las rutinas de la vida de Jesús fuera de su ministerio normal. Lo muestran viajando a menudo. Lo muestran comiendo en muchas mesas diferentes. A veces lo muestran descansando. Pero, quizás por encima de todo, lo muestran orando.

Él oraba solo y con otros (Mt 14:23; Jn 17:1). Oraba en lugares concurridos y en rincones tranquilos (Jn 11:41-42; Mt 14:13). Oraba como un hábito diario regular y con expresiones espontáneas de alegría, dolor, anhelo y necesidad (Lc 5:16; 10:21-24; 23:34, 46). Las multitudes veían su poder público; los discípulos veían la vida de oración que lo hacía todo posible (Lc 11:1).

Pero tal vida de oración no fue fácil. ¿Cómo podría serlo, cuando su popularidad podía hacer que incluso las horas de comida fueran difíciles de conseguir (Mr 3:20; 6:31)? Jesús oró como lo hizo porque priorizaba la oración; a veces de manera implacable. Y en su vida de oración, encontramos un modelo para la nuestra.

Prioriza la oración

La idea de priorizar la oración suena maravillosa, hasta que priorizar la oración significa no hacer algo que nos gustaría mucho hacer. Podemos hablar todo lo que queramos acerca de priorizar la oración, pero no lo haremos realmente a menos que dejemos de lado regularmente prioridades secundarias, algunas de ellas urgentes, para estar a solas con Dios. La vida de nuestro Señor nos brinda la mejor ilustración.

A veces, Jesús priorizó la oración por encima del ministerio. Cuando Jesús oraba en la oscuridad antes del amanecer en las afueras de Capernaúm, podría haber estado ministrando. «Todos te buscan», le dijeron sus discípulos, incluso a esa hora temprana (Mr 1:37). Las necesidades eran reales y urgentes: los enfermos necesitaban sanidad, los descarriados necesitaban enseñanza, los perdidos necesitaban salvación. Pero primero, Jesús oró.

A veces, Jesús priorizó la oración por encima del sueño. En la misma historia, se levantó «muy de mañana» en lugar de dormir hasta tarde, a pesar de que el ministerio del día anterior duró mucho después de la puesta del sol (Mr 1:32-35). En otra ocasión, «se fue al monte a orar, y pasó toda la noche en oración a Dios» (Lc 6:12, [énfasis del autor]). Incluso más de lo que su cuerpo necesitaba dormir, su alma necesitaba orar.

A veces, Jesús priorizó la oración por encima de la planificación o la reflexión. El tiempo de oración de toda la noche en Lucas 6 ocurrió justo antes de que Jesús llamara «a sus discípulos y escogi[era] doce de ellos» (Lc 6:13). La decisión de qué doce hombres elegir requería un pensamiento cuidadoso y discernimiento. Pero más que cualquiera de esas cosas, requería una oración ferviente.

A veces, Jesús incluso priorizó la oración por encima de las personas que estaban con Él. «Estando Jesús orando a solas, estaban con Él los discípulos» (Lc 9:18; 11:1). Como hemos visto, Jesús a menudo oraba en soledad (Lc 5:16). Pero necesitaba orar con más frecuencia de lo que podía. Así que, sin ignorar ni descuidar a los demás, Jesús a veces construía un aposento de oración justo en medio de la compañía.

Urgencia falsa y tiránica 

Ahora bien, sin duda, el ministerio, el sueño, la planificación y las personas eran prioridades para Jesús. A lo largo de los evangelios, Él brinda a las personas su atención profunda y sin reservas. Su ministerio lleva las marcas de una planificación cuidadosa (Lc 9:51). A veces duerme mientras otros están despiertos (Mr 4:38). Y una vez, mientras se dirigía «solo, a un lugar desierto», ve multitudes necesitadas y decide orar más tarde (Mt 14:13, 23).

Muchos días, Jesús probablemente cumplió con todas estas prioridades (y más) sin sacrificar ninguna. Y ese es un ideal digno por el cual nosotros debemos esforzarnos. Pero la lección para nuestras vidas de oración es esta: cuando las prioridades de Jesús competían, la oración no perdía. Cuando su agenda estaba apretada, Él no se quedaba sin orar. El ministerio podía esperar, el sueño podía acortarse y otras prioridades podían ocupar el segundo lugar, pero de una forma u otra, Él oraría. Incluso cuando las circunstancias le robaban su soledad, o bien oraba en público o se aseguraba de orar más tarde.

El ejemplo de Jesús me mueve a hacer algunas preguntas difíciles:

  • ¿Qué tan seguido permito que el ajetreo —incluso el mejor tipo de ajetreo— justifique la falta de oración?
  • ¿Cuándo fue la última vez que puse mi alarma más temprano de lo normal para asegurarme de orar?
  • ¿Con qué frecuencia interrumpo mi planificación o pensamiento cuidadoso para participar en ese acto de oración «que parece improductivo»?
  • Cuando mi tiempo típico de oración está ocupado, ¿con qué creatividad y desesperación busco la manera de orar de todos modos?

Muchos de nosotros en el mundo moderno vivimos con un sentido de urgencia tiránico y a menudo falso. Voces fuertes por dentro y por fuera nos dicen que tenemos mucho que hacer, que otras personas dependen de nosotros, que tal vez mañana habrá más tiempo para la oración. Pero si alguien tenía motivos para prestar atención a tales voces, era Jesús. Y Él no lo hizo. En un ministerio lleno de necesidades urgentes, oportunidades urgentes, consejos urgentes y peligros urgentes, Él trató la oración como la prioridad más urgente de todas.

¿Qué conocía Él que nosotros no? 

Lo que Jesús conocía 

Por encima de todo, Jesús se conocía a sí mismo y Jesús conocía a su Padre.

Jesús se conocía a sí mismo. «Sin dejar de ser divino», escribe Donald Macleod sobre el Hijo de Dios, «adoptó las cualidades de la naturaleza humana: creación, finitud, dependencia, ignorancia, mutabilidad, un físico e incluso la mortalidad2». Jesús oraba porque, aun como Hombre perfecto, necesitaba a su Padre. Necesitaba sabiduría en la toma de decisiones, fortaleza en la tentación, discernimiento en la enseñanza, gozo en el dolor, fuerza de alma en una agonía que de otro modo sería insoportable.

¿Nos conocemos nosotros mismos? Como humanos, tenemos todas las necesidades que Jesús tuvo. Y como pecadores, tenemos muchas más. Entonces, ¿nos despertamos sabiendo que somos propensos a vagar sin Dios, propensos a decir palabras corrompidas, a seguir caminos necios, a desperdiciar tiempo precioso y a creer las mentiras del diablo?

Jesús también conocía a su Padre. Lo conocía como el Dios que crea las estrellas con su voz, que dispersa naciones y envía plagas, que llena de vida vientres moribundos y derriba ejércitos enemigos tan numerosos como la arena a la orilla del mar. Lo conocía como el Dios con un poder incomparable, una sabiduría inescrutable, una compasión inimaginable, una belleza sin igual y un amor constante que es mejor que la vida.

Y lo conocía como el Dios cuyo oído está abierto. Él da cosas buenas a sus hijos (Mt 7:11). Él responde al que pide, abre al que llama y guía al que busca para que halle (Mt 7:7-8). Él ve en todos los lugares y escucha a todas horas (Mt 6:6). Él sabe lo que necesitamos, pero aun así ama cuando hablamos (Mt 6:8). Y aunque no entendamos su tiempo, Él no se tarda mucho con los suyos (Lc 18:7).

Si lo conocemos, ¿qué ajetreo puede alejarnos de Él? ¿Y qué urgencia puede hablar más fuerte que su invitación a acercarnos?

Qué maravillas ha logrado la oración 

En un mundo de eficiencia autosuficiente y sin Dios, ¡oh, cuántas maravillas ha logrado la oración! Por la oración, unos pocos panes y peces alimentaron a cinco mil (Mt 14:19), y Lázaro dejó el reino de los muertos (Jn 11:41-42), y el dolor se convirtió en un santuario de comunión con Dios (Mt 14:12-13, 23), y la fe de Pedro no falló (Lc 22:32), y palabras de perdón fluyeron de la cruz (Lc 23:34), y la copa de la agonía quedó vacía (Mt 26:42), y los discípulos frágiles y falibles fueron guardados (Jn 17:11).

Dios quiere que corramos, construyamos y trabajemos en este mundo, pero no separados de la oración. Jesús lo sabía muy bien. Por eso, aunque estaba ocupado, aunque lo buscaban, aunque lo necesitaban, aunque estaba agobiado por un mundo de responsabilidad urgente, Jesús oraba. ¿Lo haremos nosotros?

Publicado originalmente en Desiring God. Usado con permiso.
  1. I. D. E. Thomas, The Golden Treasury of Puritan Quotations [El tesoro dorado de las citas puritanas] (Edimburgo: The Banner of Truth Trust, 2022), 235. N. del T.: traducción propia.
  2. Donald Macleod, La persona de Cristo (Barcelona: Publicaciones Andamio, 2011), 329.
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Scott Hubbard

Scott Hubbard es editor en Desiring God, pastor de All Peoples Church y graduado de Bethlehem College & Seminary. Él y su esposa, Bethany, viven con sus dos hijos en Minneapolis.
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