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Hubo una vez un grupo que parecía el más bendecido de los hombres. El favor de Dios parecía descansar sobre ellos. Eran respetados. Eran religiosos. Algunos de ellos eran ricos. Si la decoración bíblica hubiera existido en su época, el arte en las paredes de sus casas muy bien podría haber enmarcado cómo se sentían y parecían: «bendecidos».

Un hombre, sin embargo, miró a este grupo y vio algo diferente:

Pero, ¡ay de ustedes, escribas y fariseos, hipócritas […]! (Mateo 23:13).

«¡Ay!». El tono mismo de la palabra revela su significado. Habla de dolor y pérdida, destrucción y ruina, llanto y crujir de dientes. Jesús comenzó su ministerio público en el evangelio de Mateo pronunciando bendiciones sobre sus seguidores (Mt 5:3-12). Ahora, cerca del final, las ocho bienaventuranzas de Jesús encuentran su negativo fotográfico en sus siete ayes abrasadores (Mt 23:13-36).

Si las bienaventuranzas esbozan una imagen de la vida bendecida, entonces los ayes hacen lo mismo para la vida sin bendición. Ay tras ay, Jesús va más allá de la superficie de la comodidad mundana y la respetabilidad religiosa para mostrarnos a los hombres menos bendecidos. Al hacerlo, Él también va más allá de la superficie de nuestras propias almas, preguntando si nuestra visión de la bendición se parece más al Reino de los cielos o más a este mundo sin Cristo.

Para ayudarnos a examinarnos a nosotros mismos, consideremos el asunto a la inversa, mirando a través de los lentes de los ayes de Jesús. Si alguien quisiera vivir la vida sin bendición, ¿qué haría?

1. Cultiva tu imagen

Los escribas y fariseos prestaban muchísima atención a la atención de los demás. Vivían un estilo de vida cuidadosamente diseñado mucho antes de las redes sociales, cultivando pacientemente su imagen pública. Casi todo en ellos estaba diseñado para decir algo maravilloso sobre sí mismos.

Mira su ropa, y notarás cómo «agrandan sus filacterias y alargan los adornos de sus mantos» (Mt 23:5). Estos adornos tenían la intención de recordar a quien los llevaba la ley de Dios (Nm 15:38-39; Dt 11:18). «Mira a Dios», decían en efecto. Pero los escribas y fariseos, al alargar sin duda alguna sus filacterias y flecos, decían en cambio: «mírame a mí mirando a Dios».

Escucha su conversación, y oirás el deleite que sienten al «ser llamados por los hombres Rabí» (Mt 23:7). «Simón» sería un insulto, y «Señor Simón» apenas algo mejor. Pero, ¿«Rabí Simón»? Eso sería diferente, distinto, una razón para mantener la cabeza en alto entre los hombres.

Presta atención a su conducta, y discernirás cómo «hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres» (Mt 23:5). Su cuarto de oración es la esquina de la calle (Mt 6:5); su asiento favorito en la sinagoga es el primero (Mt 23:6); sus ofrendas económicas rara vez son un secreto (Mt 6:2). Ellos «por fuera parecen justos a los hombres» (Mt 23:28), y les encanta que así sea.

Los ayes de Jesús contra este estilo de vida nos plantean dos preguntas.

Primero, ¿cuánta de tu espiritualidad se mantiene en privado? Un cristiano genuino no puede evitar dejar brillar su luz delante de los demás (Mt 5:16), pero esa luz pública irradia de una fuente ricamente privada. «La verdadera religión dispone a las personas a estar mucho a solas en lugares solitarios, para la meditación santa y la oración1», escribe Jonathan Edwards. Los verdaderamente bendecidos aman seguir a su Señor hacia la quietud donde ningún ojo ve y ningún oído oye excepto los de su Padre (Mt 6:1). Aman su vida secreta con Dios.

Segundo, ¿qué tan honesta es tu imagen pública? A los verdaderamente pobres en espíritu no les importa parecerlo (Mt 5:3). No tienen reparos en suplicar públicamente por misericordia o acercarse a Jesús como un niño humilde (Mt 18:4; 20:30). Si sólo los perdidos son encontrados, si sólo los enfermos son sanados, si sólo los pecadores son salvados, entonces reconocerán lo perdidos, enfermos y pecadores que están sin Cristo.

Estas personas quieren que Jesús brille como el héroe de su vida, no ellos mismos. Por lo tanto, aunque saben cómo recibir aliento y honor, se esfuerzan por evitar que otros tengan de ellos un concepto más alto del que deberían.

2. Descuida tu alma 

A pesar de toda la atención que los escribas y fariseos daban a su imagen, prestaban terriblemente poca atención a su ser interior. Adornaban sus cuerpos mortales pero ignoraban sus almas inmortales. Se convirtieron en expertos de su reputación, pero extraños para sí mismos. Y así apareció un abismo cada vez mayor entre su vida exterior y su vida interior. Como lo expresa Jesús: «¡son semejantes a sepulcros blanqueados! Por fuera lucen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia» (Mt 23:27).

A pesar de su religión pública, los escribas y fariseos aparentemente descuidaron la ferviente oración de David:

Escudríñame, oh Dios, y conoce mi corazón;
Pruébame y conoce mis inquietudes.
Y ve si hay en mí camino malo,
Y guíame en el camino eterno (Salmo 139:23-24).

¿Qué podrían haber visto si hubieran orado sinceramente de esta manera? Quizás habrían visto cuánto amaban la alabanza de los hombres (Mt 23:6). O tal vez habrían notado cómo descuidaban «la justicia, la misericordia y la fidelidad» (Mt 23:23). O podrían haber detectado los signos de «robo y de desenfreno» (Mt 23:25). O quizás, incluso mientras otros los llamaban «rabí», habrían escuchado a su conciencia llamarlos «hipócritas» (Mt 23:13).

De nuevo, los ayes de Jesús nos presentan dos preguntas para escudriñar el alma.

Primero, ¿qué tanto te molesta el pecado que habita dentro de ti? ¿Cuánto te inquieta tu perversidad interior, te carga y te envía gimiendo al trono de la gracia? Los escribas y fariseos, al parecer, estaban mucho más molestos por las ofensas de otros contra ellos que por sus ofensas contra Dios. Pero los bendecidos sienten lo contrario. Para ellos, como escribe John Owen, el pecado que mora en ellos es su «mayor carga, dolor y problema2», y la misericordia es su dulce deleite.

Segundo, cuando piensas en los peores pecadores que conoces, ¿con qué facilidad te ves a ti mismo como alguien fundamental y terriblemente igual a ellos aparte de la gracia de Dios? Cuando los escribas y fariseos recordaban a sus antepasados asesinos de profetas, se lamentaban: «si nosotros hubiéramos vivido en los días de nuestros padres, no hubiéramos sido sus cómplices en derramar la sangre de los profetas» (Mt 23:30). Pero lo habrían sido, y en tan sólo unos días más, lo fueron.

Los verdaderos creyentes no pretenden conocerse a sí mismos por completo, pero ven lo suficiente como para saber que sólo la gracia los guarda de un pecado grave.

De vuelta las Bienaventuranzas

Justo antes de que Jesús emita su primer ay, Él establece un principio que distingue la verdadera bendición de la falsa: «y cualquiera que se engrandece, será humillado, y cualquiera que se humille, será engrandecido» (Mt 23:12). Si abrazamos la pobreza de espíritu y la mansedumbre, la pureza de corazón y la misericordia de las bienaventuranzas, entonces Dios nos exaltará al final. No obstante, si rechazamos tal humildad y nos enaltecemos ahora, entonces vendrá una humillación dolorosa.

Con este principio en mente, podríamos preguntarnos qué marca la diferencia, en el fondo, entre una persona que se humilla a sí misma y una que se enaltece a sí misma. Más profundamente, ¿qué nos mueve de los ayes a las bienaventuranzas, de la vida sin bendición a la vida bendecida? Nada menos que la realidad de Dios en Cristo pesando fuertemente en nuestros corazones.

Si la cercanía y la gloria de Dios descansan levemente sobre nosotros, si su presencia y aprobación son factores insignificantes en nuestras vidas, entonces caminaremos por el sendero de la vida sin bendición. En lugar de amarlo a Él con todo nuestro corazón, alma y mente (Mt 22:37), vamos a «amar el lugar de honor en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas», o cualquier aprobación particular que más anhelemos (Mt 23:6). Cultivaremos nuestra imagen y descuidaremos nuestra alma.

Pero si Dios es nuestro sol de la mañana y luna de la tarde y el aire de cada hora, entonces lo que Él promete (tanto darnos a nosotros como ser para nosotros) importa más que cualquier cosa que la exaltación propia pueda ofrecer. Nos humillaremos de cien maneras, tanto en privado como en público, porque lo hemos escuchado a Él decir (Mt 5:3-10):

Yo te consolaré. Yo te daré toda la tierra. Yo te satisfaré. Yo derramaré misericordia sobre ti. Yo te mostraré mi gloria. Yo te llamaré mi hijo. Y Yo te daré la bienvenida a mi Reino para siempre.

Así que, incluso si parecemos las personas menos bendecidas del mundo, un letrero colgará en la pared de nuestros corazones, escrito por el dedo de Dios: «bendecido».

Publicado originalmente en Desiring God. Usado con permiso.
  1. Jonathan Edwards, The Religious Affections [Los afectos religiosos]. (Garden City, NYC: Dover Publications, 2013). 374. N. del T.: traducción propia.
  2. John Owen, The Works of John Owen [Las obras de John Owen]. (Bibliolife, 2010). 7:333.
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Scott Hubbard

Scott Hubbard es editor en Desiring God, pastor de All Peoples Church y graduado de Bethlehem College & Seminary. Él y su esposa, Bethany, viven con sus dos hijos en Minneapolis.
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