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Nota del editor: esta es la respuesta a una de las diferentes preguntas que los oyentes del pódcast Ask Pastor John le hacen al pastor John Piper.


Hoy hablamos con los hijos de padres ancianos. ¿Cómo honramos a los padres que envejecen cuando esa labor se siente abrumadora y, a menudo, ingrata? Hoy el pastor John comparte perspectivas clave de la Escritura y probablemente algunas historias de su propia vida sobre cómo equilibrar la responsabilidad, el amor y la ayuda de la familia extendida de la iglesia mientras cuidamos de padres que envejecen y que, tal vez, no están envejeciendo con mucha gracia.

Y pastor John, llegamos a este tema por medio de un difícil correo electrónico que nos escribió una oyente llamada Jan: «¡hola, pastor John! Tengo 41 años y llevo 15 casada. Durante la mayor parte de mi vida adulta y de mi matrimonio, mi madre ha vivido conmigo y la he cuidado a medida que envejecía. Hubo temporadas en las que ella ayudaba, pero ahora está en una actitud de exigencia, y ya no puede —ni quiere— ayudar física o financieramente. A lo largo de mi vida, he soportado abusos físicos, verbales, mentales y emocionales de su parte, y ahora, a sus 70 años, es aún más abusiva emocional y mentalmente que nunca. He llegado a un punto en el que siento que ya no puedo cuidarla; mis hijos pequeños y mi esposo también están agotados emocional y mentalmente por todo esto. Sin embargo, temo que si la saco de nuestra casa, su situación pueda empeorar. Ella también es creyente. ¿Qué dice la Biblia sobre cuidar o vivir con un padre anciano abusivo, especialmente cuando intento equilibrar el honrarlo con la protección del bienestar de mi familia?».

¿Cuántos miles y miles de cristianos se enfrentan a la pregunta de cómo honrar y cuidar a sus padres ancianos?

En algunos casos, esos padres han sido bendecidos económicamente, por lo que han tomado todas las previsiones necesarias para su propio cuidado. Para muchos otros, eso no ha sido financieramente factible, y se enfrentarán a decisiones muy difíciles que involucran a sus hijos. Otros están completamente solos y no tienen familia alguna. Por lo tanto, esta es una cuestión de enorme importancia para miles de creyentes.

Hace apenas unos años, Noël y yo nos enfrentamos a estas preguntas por su madre, que vivió más de cien años. Noël tiene ocho hermanos y hermanas, así que la carga principal no recayó en ninguno de nosotros, y además vivimos muy lejos. No dependía principalmente de nosotros, aunque uno siempre está involucrado. Luego, hace veinte años, estuvimos en la posición de tener que tomar decisiones sobre mi padre en este sentido, ya que su demencia hacía imposible que viviera solo. Y treinta años antes de eso —a finales de los setenta—, debido a la muerte prematura de mi madre, nos enfrentamos a la pregunta de cómo cuidar a su madre, mi abuela.

Un conjunto de mandatos

Así que, Noël y yo hemos pasado por estas preguntas tres veces, y no pretendo haber encontrado la solución perfecta. No se trata sólo del mandato bíblico directo, por ejemplo, de Efesios 6:2: «honra a tu padre y a tu madre», que creo que sigue vigente hasta hoy, sin importar la edad. También están los mandatos de 1 Timoteo 5:4, 8 y 16, de que una familia debe cuidar de sus propias viudas en lugar de poner esa carga sobre la iglesia.

Y también —y creo que esto es lo más importante— están los muchos mandatos y principios bíblicos de que debemos amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. ¿Cómo queremos ser tratados? Y pienso: si tu vecino es tu prójimo, ¿cuánto más lo es tu madre? ¿Cómo queremos ser tratados en nuestra vejez? Esa es la pregunta que nos hacemos cuando tratamos con nuestros propios padres.

Y el no devolver mal por mal, sino hacer el bien, no sólo a los buenos sino también a los que nos maltratan (Ro 12:17). Y así sucesivamente. Hay todo tipo de mandatos bíblicos que son relevantes en general, y luego especialmente para nuestra familia. Los mandatos de amar de la manera en que hemos sido amados por Cristo son aplicables, y más aún debido a Gálatas 6:10: «especialmente a los de la familia de la fe». Y si se aplican a la familia de la fe, también son aplicables en tu propia casa. Estos mandatos de amar como Cristo amó se aplican a nuestra familia… y a veces ellos pueden ser las personas más difíciles de amar, como ella señala.

Antes de que existiera cualquier programa de seguridad social o provisiones gubernamentales para los desamparados, tenía mucho más sentido, creo yo, lo que decían los Salmos 127:3 y 5: «un don del Señor son los hijos. […] Bienaventurado el hombre que de ellos tiene llena su aljaba». En otras palabras, los hijos fueron la primera idea de Dios como «seguridad social» para los padres. Así es como funcionaba.

Se necesita una aldea

No es la única idea que Dios tuvo sobre cómo cuidarnos unos a otros. Lo sabemos por 1 Timoteo 5, donde la iglesia interviene para cuidar a las viudas, donde clarifica: «que de verdad son viudas» porque no tienen a nadie en sus familias que pueda intervenir y cuidar de ellas (1Ti 5:5). No deberíamos tener la idea de que una sola familia nuclear debería cuidar a los padres o abuelos como si ese fuera el ideal. Y no creo que nunca haya sido el ideal, porque siempre ha existido una red más amplia que la familia nuclear.

No creo que Dios haya tenido la intención de que sólo un hombre y una mujer estuvieran solos con todas las consecuencias de sus padres ancianos. Hay hermanos, tíos, tías y amigos. Hay iglesias que pueden hacer la vida habitable para todos si nos unimos. Es proverbial en muchas culturas que se necesita una aldea para criar a un niño. Piensa, pues, en los retos de la educación en casa sin la ayuda de una cooperativa que te ayude con las matemáticas avanzadas. Pues bien, también hace falta una aldea para cuidar de una persona que entra en su «segunda infancia» a los ochenta o noventa años. Niños al principio, niños al final. El cuidado de los jóvenes y el cuidado de los ancianos siempre ha sido un proyecto comunitario, no algo que recae en una sola familia sin ayuda de nadie.

Una de las razones de esto son las cientos de circunstancias variables en las que puede encontrarse una familia: ¡vaya!, diferentes problemas de salud, diferentes problemas financieros, diferentes problemas de conflicto, diferentes problemas sociales y culturales, y un largo etcétera. Las circunstancias de una familia son muy variadas. Difícilmente se puede encontrar una solución sencilla. Tantas cosas pueden hacer que el cuidado de un padre o abuelo sea más o menos difícil, o incluso imposible. Todos necesitamos ayuda de muchos tipos, y gracias a Dios por la iglesia, cuando funciona como debe para ayudar a las familias en este sentido.

Testimonios personales

Un par de ejemplos de nuestra situación podrían ayudar, sin pretender en absoluto la perfección. Mi padre enviudó por segunda vez a los ochenta años, y mi hermana y yo —eso era todo, sólo nosotros dos— nos encargamos de que se instalara para vivir solo, que era lo que él quería. Pero cuando ya no pudo administrar sus medicamentos, necesitó algún tipo de cuidado diario, así que Noël y yo le preguntamos si quería venir de Carolina del Sur a Minnesota para vivir con nosotros. Él nos dio las gracias y dijo que no. Se rió y dijo: «hace demasiado frío allá arriba». No quería dejar su entorno familiar, sus pocos amigos. Su preferencia fue ir a un centro de cuidados a largo plazo, y de allí al cielo. Eso fue lo que hizo. Nunca sentí una paz completa al respecto, pero parecía ser lo mejor dadas las circunstancias, especialmente por su deseo. Así que mi hermana fue muy fiel en cuidarlo, ya que estaba más cerca de él allá abajo.

Cuando mi madre falleció a los 56 años (yo tenía 28), su madre, que ya tenía ochenta años, se mudó a una vivienda independiente. Ella había vivido con mi familia mientras yo crecía, y ahora estaba sola por primera vez en su vida. Le resultaba extremadamente decepcionante y estresante. Así que — pobrecita– mi esposa y yo le preguntamos si vendría a vivir con nosotros de Carolina del Sur a Minnesota. Ella dijo que sí. La trajimos y vivió con nosotros y nuestros dos hijos pequeños de aquel entonces durante dos años. Esto se volvió cada vez más difícil relacionalmente debido a algunas de sus actitudes: su escepticismo no cristiano sobre todo lo espiritual hacia nuestros hijos, hacia la oración familiar y los devocionales. Empezamos a ver esto como algo bastante perjudicial para la fe de nuestros hijos.

Ella tenía otros tres nietos además de mí. Así que corrí la voz y pregunté si alguien más estaría dispuesto a compartir este cuidado durante la siguiente temporada, y su nieta en Pensilvania estuvo dispuesta a hacerlo. Así que la trasladamos a Pensilvania. Allí prosperó en su situación de vida, tocó el piano por primera vez en veinte años y, según parecía, era muy feliz. Y allí fue donde falleció.

Cuidado con sabiduría amorosa

Creo que tal vez la consideración más crucial es recordar que debemos actuar en amor, como fuimos amados por Jesús, y que a menudo existen demandas de amor que compiten entre sí. Esto es lo que complica las cosas: esposos a los que amar, hijos a los que amar, vecinos a los que amar, iglesias a las que amar, grupos étnicos no alcanzados en las misiones a los que amar. Y lo que parece amoroso para un grupo no siempre parece amoroso para el otro.

Y, por lo tanto, debemos orar y sumergirnos en la Palabra de Dios y consultar con personas sabias y experimentadas, y tratar de actuar de tal manera que hagamos el mayor bien al mayor número de personas posible, según nuestro leal saber y entender, y para la gloria de Cristo.

Publicado originalmente en Desiring God. Usado con permiso.
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John Piper
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John Piper

John Piper es fundador y profesor de desiringGod.org y rector de Bethlehem College & Seminary. Por 33 años, sirvió como pastor de la Iglesia bautista Bethlehem en Minneapolis, Minnesota. Es autor de más de 50 libros, dentro de ellos se encuentran: Sed de Dios: meditaciones de un hedonista cristiano, y más recientemente, Por qué amo al apóstol Pablo: 30 razones.
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