Sucede todos los días. Un esposo se niega a perdonar a su esposa, porque ella no puede ver todos los pecados que él le atribuye. Una esposa no se reconciliará con su marido hasta que él respalde completamente su visión de la realidad. Un matrimonio pende de un hilo porque uno de ellos ha catalogado los motivos del otro como irredimibles.
Algunos usan la vía de escape del matrimonio, llamándola «irreconciliable». «Es muy triste, pero tenían diferencias irreconciliables». La palabra es trivializada cuando se usa de esta manera —vaciada de su carga moral—. En la Escritura, el término «irreconciliable» tiene dientes feos. En 2 Timoteo 3:1-9, Pablo da una lista de las diversas personas impías que deambularán por el mundo en los últimos días. La palabra griega aspondos se usa en 2 Timoteo 3:3 para identificar a aquellos «de mente depravada, reprobados en lo que respecta a la fe» (2Ti 3:8).
La palabra describe a alguien que cultiva una «hostilidad que no admite tregua1». Describe a una persona rencorosa, implacable y que no perdona. La persona irreconciliable amortigua su amargura; con sofisticación, aísla su resentimiento del alcance de los demás. Este estado es peligroso para nuestra fe, nuestras familias y nuestros matrimonios.
Tal persona afirma ser cristiana, un padre y cónyuge fiel, pero se resiste a la reconciliación y sostiene que está obedeciendo a Dios al hacerlo. En la iglesia, pocas personas son más vulnerables al daño espiritual que aquellas personas agraviadas que espiritualizan su amargura. Tal persona probablemente ha creído una de tres mentiras diabólicas.
1. «No puedo perdonarte hasta que confieses todo el pecado que veo»
En 2 Corintios 2:5–11, un hombre pecó gravemente. El pecador se arrepintió con sinceridad, pero la iglesia de Corinto no aceptaba su arrepentimiento. Entonces, Pablo intervino y apeló por él. Les dijo a los corintios que debían «reafirm[arle su] amor» a este hombre. Debían perdonar a este hombre como él lo pedía (2Co 2:8).
El arrepentimiento del hombre debe ser aceptado «para que Satanás no tome ventaja sobre nosotros, pues no ignoramos sus planes» (2Co 2:11). Aquí está el punto: uno de los designios malvados del enemigo, uno de los muchos esquemas que emplea, es convencer a los creyentes de que no necesitan perdonar a los pecadores arrepentidos.
Cuando no perdonamos, el problema persistente suele ser nuestra evaluación de la confesión del ofensor. Asumimos que la otra parte no es genuina, que aún no ha alcanzado la medida completa del arrepentimiento auténtico. Sospechamos, pensando que hemos tomado una radiografía del corazón de este pecador y hemos discernido la falta de sinceridad. Luego, al igual que los corintios, bloqueamos los intentos de reconciliación del pecador.
2. «No puedo perdonarte si me cuesta algo»
En Mateo 18:21-35, Jesús cuenta la historia de un siervo a quien su amo le perdonó una enorme deuda. Inmediatamente, este hombre se encontró con un colega que le debía una cantidad menor. En lugar de transmitir el perdón que había recibido, hizo cumplir la pena y arrojó al segundo siervo a la cárcel.
Con este ejemplo increíble, el Salvador nos enseña que el perdón implica asumir al menos dos costos.
Primero, un cónyuge debe decir: «no voy a castigarte». No hay una persona casada entre nosotros que no haya enjuiciado mentalmente a su cónyuge ni haya pronunciado el veredicto dicho por el siervo despiadado: «paga lo que debes» (Mt 18:28). Para que ocurra el verdadero perdón, un cónyuge a veces debe negar el comprensible instinto de vengarse de su pareja, y en su lugar liberarlo del castigo, poniendo su pecado bajo la sangre expiatoria de Jesús.
Segundo, el que perdona debe elegir literalmente pagar la deuda que su ser querido debe. Perdonar no evapora mágicamente lo que se debe. Si te presto $10 USD y te niegas a pagar, el dinero no aparece misteriosamente de vuelta en mi billetera cuando te perdono. Piénsalo. Para que Cristo nos perdonara, tuvo que asumir el dolor emocional —la vergüenza y la humillación de llevar nuestros pecados—. Cuando perdonamos, también debemos asumir costos. Debemos decir: «veo el costo de perdonarte y lo acepto».
Esto es difícil. Claro, queremos perdonar, pero instintivamente pensamos que no debería costarnos. Asumir una deuda es injusto, así que reaccionamos instintivamente: «¿qué? ¡Tú lo hiciste! ¿Ahora yo pago la cuenta? ¿No es suficiente perdonarte y elegir no tomar represalias? ¿Acaso no he sufrido lo suficiente?».
No es suficiente si queremos la verdadera reconciliación. El siervo despiadado es reprendido por su amo por hacer cumplir la deuda menor. Las injusticias que sufrimos, sin embargo, rara vez se sienten pequeñas. ¿Cómo podemos asumir tal dolor? La respuesta se encuentra al mirar la mayor injusticia de la historia. El Cordero de Dios sin mancha fue torturado y crucificado como sustituto de nuestros pecados. Merecíamos el castigo que fue infligido a Jesús, pero Él asumió el costo; Cristo perdonó nuestra incomprensible deuda. Ahora, debido a que hemos sido perdonados, somos llamados a perdonar.
3. «Puedo perdonarte sin acercarme a ti»
Marcos y Sofía fueron heridos por sus amigos. Cuando los amigos sugirieron que se reunieran para discutir lo que sucedió, Marcos y Sofía mantuvieron la puerta cerrada. Habían hecho los movimientos de aceptar la disculpa de sus amigos y extender el perdón, pero su perspectiva sobre la ofensa no estaba abierta a discusión. Lamentablemente, la narrativa alimentó su estado de agraviados y permitió que la relación permaneciera sin reconciliar —incluso mientras afirmaban haber perdonado a sus amigos—.
Marcos y Sofía lidiaron con su dolor construyendo muros. Es como si dijeran: «te perdono, pero nunca podremos ser amigos». Tal perdón se queda corto de reconciliación. Es protección, no restauración, de la relación.
Ciertamente, hay casos en los que debemos distinguir entre perdón y confianza. Una esposa maltratada puede perdonar a su esposo, pero no está obligada a vivir bajo el mismo techo inmediatamente. Su seguridad debe ser garantizada, y la confianza debe ser reconstruida. Muy frecuentemente, eso lleva tiempo. De manera similar, un ejecutivo de negocios puede perdonar a un miembro del personal que malversó dinero, pero eso no protege el trabajo del malversador. Esa persona es perdonada y despedida. ¿Por qué? El perdón puede estar presente, pero la confianza no. En tales casos, la verdadera misericordia perdona y actúa sabiamente. No coloca a los abusadores o malversadores de vuelta en situaciones sensibles hasta que haya evidencia clara y fruto de arrepentimiento.
La verdad es que estos casos son más excepcionales.
Es más común encontrar a un cónyuge torciendo las Escrituras para seguir sin reconciliarse, siendo el juez o satisfaciendo su necesidad de sentirse moralmente superior. Pero cuando somos irreconciliables, pasamos por alto las palabras de nuestro Salvador: «¡tengan cuidado! Si tu hermano peca, repréndelo; y si se arrepiente, perdónalo. Y si peca contra ti siete veces al día, y vuelve a ti siete veces, diciendo: “me arrepiento”, perdonalo» (Lc 17:3-4).
Cuando lo piensas, confesar siete veces al día difícilmente parece arrepentimiento —a menos que estés hablando de un niño pequeño—. Pero no es nuestro trabajo analizar el alma de otro y desmenuzar la sinceridad de sus confesiones. Nuestra responsabilidad es mantener un corazón rápido para responder a confesiones sinceras, uno que anticipe buenos frutos de las vidas de las personas arrepentidas. Sabia es la pareja que se equivoca a favor de perdonar en lugar de arriesgar la rápida decadencia espiritual de ser irreconciliable.
Inclina la balanza de tu matrimonio
Hace poco, leí un libro escrito por Andy Crouch en el que hace una observación sorprendente. Está dirigida a las instituciones sociales, pero también hay aplicaciones innegables para el matrimonio:
Es asombroso cuán consistentemente las historias de, incluso, las instituciones más complejas se reducen a sus administradores, aquellos que, en su mejor momento, cargan con el dolor y el quebranto de la institución, la perdonan y la sirven. Es asombroso cuán consistentemente el destino de las instituciones depende de unas pocas personas, y de su propio carácter personal, cuánto sólo una persona puede inclinar la balanza hacia una injusticia devastadora o hacia una abundante redención2.
¿Estás actuando como un administrador confiable para tu matrimonio? ¿Estás cargando con su dolor y quebranto mientras perdonas y sirves a tu cónyuge? ¿O eres un consumidor quejumbroso, llevando un registro de todas las formas en que el matrimonio no satisface tus necesidades?
Pablo nos instruye: «como Cristo los perdonó, así también háganlo ustedes» (Col 3:13). Cristo nos ha perdonado libre, amorosa, sacrificial, completa, gozosa y eternamente. ¿Puedes creerlo? Jesús no se protegió del dolor de relacionarse con nosotros. Él nos buscó, nos perdonó y ahora ora constantemente por nosotros. Un cónyuge con el coraje de mostrar la gracia notable de Dios puede «inclinar la balanza… hacia una abundante redención» en el matrimonio. Ese cónyuge podrías ser tú. El camino para convertirte en un administrador gozoso podría comenzar eligiendo reconciliarte hoy.
Publicado originalmente en Desiring God. Usado con permiso.
- Guthrie, Donald. (1990) The Pastoral Epistles: An Introduction and Commentary [Las epístolas pastorales: una introducción y un comentario]. Vol. 14, [Tyndale New Testament Commentaries. Nottingham: Inter-Varsity Press], pp. 174-175. N. del T.: traducción propia.
- Crouch, Andy (2013) Playing God: Redeeming the Gift of Power [Jugar a ser Dios: redimiendo el regalo del poder] (Downers Grove, IL: InterVarsity Press, 2013), pp. 219-220. N. del T.: el libro existe oficialmente en español, pero no tuvimos acceso a él, por lo que la cita es una traducción propia.