Este artículo forma parte de la serie Querido pastor, publicada originalmente en Crossway.
Prioridades
Toda comunidad de líderes debe reconocer que el ministerio es una intersección de muchas motivaciones que compiten y se contradicen. Sería maravilloso si cada líder en cada iglesia y comunidad de líderes ministerial pudiera decir: «mi corazón es puro e incapaz de ser tentado por alguna motivación que compita con mi lealtad a Cristo y a su Evangelio de gracia». El problema es que, aunque el corazón de cada líder está siendo purificado por la gracia santificadora, todavía no es completamente puro ni está más allá de la tentación. Vinod Ramashandra, en su libro Gods That Fail [Dioses que fracasan], señala que, para la comunidad creyente, los ídolos más poderosos y seductores son aquellos que se cristianizan fácilmente. Sus palabras son una advertencia directa para todos en el liderazgo ministerial. Así es como nos desviamos: un líder ministerial persigue agendas distintas a su llamado de embajador mientras hace ministerio. Un líder cuyo corazón ha sido capturado por otras cosas no abandona el ministerio para perseguir esas otras cosas; más bien, utiliza su posición, poder, autoridad y la confianza de su puesto para conseguirlas. Cada comunidad de líderes debe entender que el ministerio puede ser un medio para perseguir una gran cantidad de idolatrías. De esta forma, el liderazgo ministerial es una guerra, y no podemos abordarlo con la pasividad de las suposiciones de tiempos de paz.
Tristemente, los líderes ministeriales nobles se vuelven innobles, y debido a que sus corazones han sido secuestrados, se convierten en embajadores de dioses falsos (poder, fama, cosas materiales, control, aclamación, dinero o el respeto del mundo), aun mientras siguen en el ministerio. A lo largo de la vida de un ministerio, los líderes cambian. A veces, ese cambio es una sumisión más profunda al señorío de Jesucristo y al llamado de embajador, pero a veces es un desvío hacia el servicio de otros amos. Todos los que leen esto han sido testigos del triste desvío que puede tener lugar en el corazón, la vida y el ministerio de un líder.
Los pastores necesitan comunidad
Cada vez que hay una caída pública de un líder conocido, mi primera pregunta es: «¿por qué la comunidad de líderes que lo rodea no lo vio y lo abordó antes de que llegara a este horrible punto?». Lo pregunto porque hay un par de suposiciones que parecieran ser seguras de hacer. Primero, se sabe que el líder ha cambiado porque si en sus inicios hubiera sido como es ahora, nunca habría sido llamado, contratado o designado para este puesto de liderazgo. Segundo, los cambios no ocurrieron de la noche a la mañana. Sucedieron poco a poco a lo largo de un período de años. Esto significa que no sólo hay muchas evidencias de un cambio en su vida, sino también una creciente acumulación de pruebas de un cambio en la sensibilidad y las lealtades de su corazón. Por lo tanto, parece correcto volver a hacer la pregunta con la que comencé este párrafo.
¿Cómo es posible que una comunidad de líderes que se basa en la Biblia, que está comprometida con el Evangelio y que sirve a Cristo, no actúe para confrontar con amor a un líder que ha cambiado, a fin de buscar rescatarlo de sí mismo y protegerlo de los dioses falsos del ministerio? Voy a responder a mi pregunta de una manera que puede molestar e incluso enojar a algunos, pero, por favor, denme la oportunidad de explicar. La razón por la que a menudo somos demasiado pasivos ante la evidencia preocupante en las actitudes y acciones de un líder es que, con demasiada frecuencia, el desempeño triunfa sobre el carácter. He escuchado repetidamente afirmaciones como las siguientes:
«Pero era un predicador con tantos dones».
«Pero mira la cantidad de personas que han llegado a Cristo».
«Pero mira cómo ha crecido nuestra iglesia».
«Pero piensa en la cantidad de iglesias que hemos plantado».
«Pero nunca habríamos tenido este campo ministerial sin él».
«Pero mira los recursos del Evangelio que ha producido».
Pocas comunidades de líderes dicen que valoran el desempeño por encima del carácter, pero el desempeño se convierte en la lógica para no abordar los problemas de carácter. Aquí está la lógica inadecuada: «mira lo que este gran hombre ha hecho por Dios; ¿realmente deberíamos manchar su ministerio?». Así, un grupo de líderes acepta lo que no debería aceptar, se calla cuando debería hablar y es pasivo cuando debería actuar. No ha habido un cambio confesional de valores, pero a nivel funcional, la comunidad de líderes llega a valorar el éxito del ministerio más que el carácter piadoso y la lealtad del embajador. No es sólo que uno de sus líderes haya cambiado; toda la comunidad de liderazgo ha cambiado, y en muchos casos, no parecen saberlo.
Veamos cómo suele ocurrir este cambio. Mi propósito no es argumentar que siempre sucede así, sino que estos pasos son típicos de la forma en que tiende a suceder.
Un cambio lento
Al comienzo del ministerio de un líder, hay un alto nivel de preocupación por su carácter y una gran cantidad de ánimo y rendición de cuentas amoroso. Al conocer a un líder, observan con cuidado cómo hace su trabajo y cómo se relaciona con los demás. Está rodeado del tipo de comunidad que todo líder necesita. Pero a medida que pasan los meses y los años y los dones del líder dan frutos de manera rica y emocionante, los líderes que lo rodean comienzan a cerrar sus ojos y sus oídos. Tal vez es enojo en una reunión que no se abordó o una actitud hacia un empleado que no se confrontó o algo inapropiado dicho sobre una mujer que no se atendió. Este líder poderoso y eficaz ahora tiene el poder de silenciar las voces necesarias del Evangelio en su comunidad de líderes. Los compañeros se sienten cómodos resistiendo las indicaciones del Espíritu Santo. Se dicen y hacen cosas que ellos saben que están mal, y cuando suceden, sienten un freno en su espíritu, pero no responden a la indicación y se quedan en silencio.
En poco tiempo, en lugar de confrontar los errores con gracia, en sus propios corazones o en conversaciones con otros líderes, los justifican. Como comunidad de líderes, se convencen a sí mismos de que tal vez lo que está mal no sea realmente tan malo. Producen perspectivas y explicaciones alternativas en sus propios corazones y entre ellos que hacen que lo incorrecto parezca menos incorrecto. Si se permite que todo esto suceda, no pasará mucho tiempo antes de que esta comunidad de líderes comience a defender al líder cuando las acusaciones provienen de personas a las que ha perjudicado, en lugar de abordar esos errores con un compromiso con la pureza ética y de carácter, templada por la gracia. Esta comunidad del Evangelio que alguna vez fue amorosa, vigilante, salvadora y protectora se ha transformado en una comunidad de defensores y abogados. El poder y el rendimiento de este líder lo han dejado desprotegido y sin pastoreo. El éxito de su ministerio es amado por sus compañeros líderes más que él mismo. El castillo que ha construido se ha vuelto más precioso que su alma. Los compañeros líderes se han acobardado en silencio cuando él se ha resistido a la preocupación amorosa y a la confrontación, en lugar de amarlo con el tipo de amor firme e implacable que surge cuando el temor de Dios ha vencido al temor al hombre.
A ningún líder se le puede dejar solo. A ningún líder se le debe permitir alejar a sus hermanos líderes que tienen preocupaciones piadosas. Ningún líder debe exigir lealtad de una manera que comprometa la integridad y la moralidad del Evangelio. El fruto del ministerio de ningún líder debe resultar en que su corazón no sea protegido. Todo líder, sin importar cuán poderoso y exitoso sea, debe estar dispuesto a mirarse en el espejo confiable de la Palabra de Dios. Ninguna comunidad de líderes debe comprometer su integridad para lograr su visión. Ningún líder debe ser intocable por la comunidad del Evangelio que Dios ha colocado amorosamente a su alrededor. Todo líder necesita la gracia que confronta y restaura.
El ministerio es una guerra diaria de valores. Pero no debemos tener miedo ni desanimarnos, porque no estamos solos en esta batalla. Cada líder ministerial es objeto de la gracia santificadora de Dios. Cuando se trata de los verdaderos valores de nuestros corazones, la santificación expone, convence, reclama y restaura progresivamente. Nuestra esperanza no es que siempre lo haremos bien, sino que Dios nunca abandonará su obra santificadora. Nosotros podemos estar dispuestos a ceder, pero él nunca lo estará. Podemos ceder al miedo, pero él no tiene miedo. Podemos ser engañados para no ver las cosas con claridad y precisión, pero su visión de nosotros es siempre perfecta. Su presencia y su obra en y a través de nosotros es nuestra esperanza, y debido a ello, podemos comprometernos a hacerlo mejor. Podemos reconocer nuestra debilidad y nuestros fracasos y aceptar su invitación a nuevos comienzos.
Este artículo es una adaptación del libro Sé líder: 12 principios sobre el liderazgo en la iglesia, escrito por Paul David Tripp.
Este artículo fue publicado originalmente en inglés y traducido con el permiso de Crossway.