Él me dijo que sabía que el matrimonio no fue diseñado para hacerlo feliz, sino para hacerlo santo. Había aceptado la sabiduría de esa frase, y ciertamente hay un elemento de verdad detrás de ella: el matrimonio realmente puede servir como un medio significativo de santificación en la vida del creyente y realmente puede fomentar el crecimiento en santidad. Pero por más útil y desafiante que sea la frase, no lograba responder a la pregunta que le había estado rondando la mente últimamente: «¿qué pasa si el matrimonio no me está haciendo tan santo como esperaba? ¿Y qué pasa si el matrimonio no la está haciendo a ella tan santa como esperaba? Si el matrimonio está diseñado para hacernos santos, ¿por qué seguimos siendo tan poco santos?».
Creo que llegan momentos de ajuste de cuentas en la vida de todo creyente en los que nos vemos obligados a preguntar: «¿esto es todo? ¿Es esto lo más santo que voy a llegar a ser? ¿Esa tentación contra la que he estado luchando durante décadas nunca soltará su agarre? ¿Ese hábito que he estado tratando de romper nunca desaparecerá por completo? ¿Esa disciplina que he estado tratando de establecer nunca se volverá fácil?». Si bien puedo ser más santo de lo que era antes, sigue siendo impactante y decepcionante lo poco santo que sigo siendo.
Y luego llegan otros momentos de ajuste de cuentas en los que dirigimos esas preguntas hacia nuestro cónyuge. «¿es esto lo más santa que ella va a llegar a ser? ¿Esa tentación contra la que él ha estado luchando nunca soltará por completo su agarre? ¿Ese mal hábito nunca desaparecerá de la vida de ella? ¿Esa disciplina que tanto quiero que él asuma nunca llegará a estar establecida y ser fácil?». Aunque nuestro cónyuge pueda ser más santo de lo que era, sigue siendo impactante lo poco santa que una persona puede permanecer, incluso después de muchos años de vida cristiana y matrimonio cristiano.
A medida que nuestras vidas maduran y nuestros matrimonios continúan, con el tiempo todos llegamos a la conclusión de que hay ciertos comportamientos pecaminosos en cada uno de nosotros que probablemente nunca serán corregidos. Hay ciertos malos hábitos que probablemente nunca se detendrán. Hay ciertas idiosincrasias egoístas que molestaban en el día en que nos casamos y que molestarán hasta el día en que «la muerte nos separe». Mientras que ciertas fortalezas se harán más fuertes, hay ciertas debilidades que mostrarán pocas señales de mejora e incluso, tal vez, se debiliten más.
Y quizá, frente a estos golpes de realidad, necesitamos recordar que nuestra búsqueda de la santidad en esta tierra, aunque genuina y significativa, siempre es una búsqueda limitada. En la vida y en el matrimonio, llegamos a ser —y ayudamos a nuestro cónyuge a ser— no santos en un sentido definitivo, sino más santos: más santos de lo que éramos antes y más santos de lo que podríamos haber sido de otro modo. Nos comprometemos mutuamente con la santificación, sabiendo que nunca completaremos la tarea. Me encanta cómo lo expresan Tim y Kathy Keller en El significado del matrimonio. Enamorarse de alguien es «mirar a otra persona y vislumbrar como en un destello a la persona que Dios está moldeando, y decir: “¡veo el resultado final, y no puedo menos que entusiasmarme! Quiero formar parte de ello. Quiero caminar junto a Dios y junto a ti hasta llegar a su trono”1».
Sí, creceremos de verdad y de manera sustancial en el camino; pero no, no creceremos ni de cerca tanto como quisiéramos ni tanto como deberíamos. Y lo que es verdad para nosotros personalmente, es verdad para la persona con la que nos casamos. Ese esposo o esposa también crecerá real y sustancialmente, pero al final de todo, él o ella morirá simul justus et peccator: simultáneamente justo y pecador. Nuestras búsquedas de santidad, ya sea la propia o la de nuestro cónyuge, son siempre búsquedas incompletas. Son reales y significativas, pero necesariamente limitadas por la dura realidad de que no hay perfección de este lado de la tumba.
Pero esto no es motivo para desesperarse, porque estas búsquedas están motivadas por la maravillosa realidad de que hay vida más allá de la tumba. Hay una relación más allá de la tumba. Lo que hacemos aquí y ahora realmente importa. Los Keller capturan muy bien la importancia de eso. Han dicho que en el matrimonio le decimos a otra persona: «quiero caminar junto a Dios y junto a ti hasta llegar a su trono». Ahora lee el resto del pensamiento:
y, cuando por fin estemos allí, contemplaré el maravilloso resultado final y diré: «siempre supe que tú podrías ser así. Lo percibí en el mundo terrenal, y ahora es ya toda una gloriosa realidad». Cada cónyuge contemplará respectivamente esa obra divina de perfección final por acción y obra de la Palabra del Evangelio. Y cada cónyuge podrá ser además vehículo de esa obra de transformación, contemplando por anticipado el día en que estarán conjuntamente ante Dios, inmaculados en belleza y en gloria2.
Como compañeros de por vida, unidos mediante nuestros votos matrimoniales, no nos preocupamos primera ni solamente por nuestra felicidad, sino por nuestra santidad. Y aunque esa santidad permanecerá incompleta, será real y significativa, y traerá gloria a Dios.
Este recurso fue publicado originalmente en el blog de Tim Challies. Usado con permiso.