Todos hemos escuchado que el matrimonio fue diseñado para hacernos santos más que para hacernos felices. Y aunque es una frase un poco trillada que amenaza con forzar una falsa dicotomía entre santidad y felicidad, existe una medida de verdad en ella. En su mejor forma, el matrimonio ciertamente sí nos ayuda a crecer en santidad. Nos ayuda en nuestra búsqueda de vida de mortificar el pecado y vivir para la justicia. Aileen y yo sabíamos que esto era verdad cuando nos casamos hace todos esos años, pero a medida que ya ha pasado el tiempo, nos ha sorprendido al aprender cómo es verdad.
Habíamos asumido que el matrimonio nos haría santos porque, en esencia, estaríamos incorporando a otra persona a nuestra causa: una persona que nos ayudaría a identificar el pecado y a mortificarlo. «Esta es la voluntad de Dios: su santificación», dice Pablo, y cada uno de nosotros se comprometería a abrazar la voluntad de Dios para el otro.
Ciertamente, ha habido momentos en los que cada uno de nosotros ha señalado, de manera útil e incluso formal, dónde el otro ha desarrollado patrones de pecado y egoísmo. Ha habido veces en las que cada uno ha ayudado al otro a luchar contra un pecado particular o una pecaminosidad general. Sin embargo, al mirar atrás a los últimos veintitrés años, vemos que esto ha sido relativamente raro. No es que no veamos mucho pecado en el otro, ni que estemos firmemente opuestos a señalarlo. No, es más bien que hay otra forma en que el matrimonio nos ha ayudado a crecer en santificación; una forma en la que nuestros esfuerzos se dirigen a trabajar en nosotros mismos más que en arreglar al otro.
Cada uno de nosotros tiene sus pecados, sus imperfecciones y sus defectos. Cada uno de nosotros está bastante bien establecido en quién es y cómo se comporta, y cada uno, a los 45 años, es bastante poco probable que experimente transformaciones drásticas en esto. Eso no quiere decir que nos hayamos rendido o declarado que somos tan santos como podríamos llegar a ser. ¡Nada más lejos de la realidad! Pero a estas alturas asumimos que los pecados que nos persiguen hoy probablemente continuarán persiguiéndonos hasta el final, aunque, esperemos, con menos fuerza. Y esto significa que el pecado que cada uno ha tenido que tolerar en el otro es un pecado que probablemente necesitaremos tolerar por los años que el Señor nos conceda. Así que, aunque Aileen pueda crecer en santidad cuando yo la confronto por sus pecados, ella parece crecer más en santidad al tolerar pacientemente mi pecaminosidad; al amarme a pesar de mi pecado y amarme mientras el Señor me ayuda a hacer morir ese pecado progresivamente.
Luego, así como cada uno de nosotros tiene sus pecados, cada uno también tiene sus manías, sus preferencias, sus idiosincrasias y sus enojos. Y al igual que asumimos que los pecados que nos han perseguido durante los primeros veintitrés años nos perseguirán los siguientes veintitrés, asumimos que las cosas que simplemente nos molestan del otro hoy probablemente persistirán también. Y seamos honestos: a menudo es más difícil tolerar un mal hábito que un pecado grave. A menudo es más difícil tolerar la forma en que tu cónyuge mastica la comida o deja su ropa en el suelo que la forma en que él peca contra ti o la forma en que ella permanece sin santificar. Y de nuevo, aunque Aileen podría crecer en su santificación si yo le señalo formalmente una forma en la que ella es pecadora, parece crecer más en santificación al aprender a aceptar y quizás incluso abrazar algunas de esas cosas no morales pero tan molestas que yo hago: esas excentricidades y cuestiones de preferencia.
Así que quizás la forma principal en que el matrimonio nos ha ayudado a ser santos no es tanto al llamarnos a cada uno a servir como la segunda conciencia del otro, un asistente menor del Espíritu Santo para convencer de pecado. No es al llamarnos a cada uno a ser una especie de lija moral para pulir activamente las asperezas del otro. Más bien, el matrimonio ha ayudado a hacernos santos al llamarnos a cada uno a extender una especie de misericordia divina hacia el otro; a simplemente vivir con amor con alguien que es propenso al pecado y con quien es, francamente, difícil vivir.
En el matrimonio, Dios nos permite vernos como realmente somos, para luego aceptarnos como realmente somos; como seres humanos integrales que son una mezcla de santidad y depravación, madurez e inmadurez, maravilla y rasgos casi increíblemente molestos. El matrimonio nos hace santos no sólo al obligarnos a identificar y confrontar el pecado en el otro, sino también al llamarnos a soportar pacientemente el pecado, las preferencias y los malos hábitos de otra persona. En otras palabras, el matrimonio nos hace santos por la forma en que nos llama a ser como Dios al pasar por alto las ofensas, al impartir misericordia, al otorgar perdón, al mostrar compasión y al negarnos a ser mezquinos. Por lo tanto, el gran desafío santificador del matrimonio no es tanto arreglarse el uno al otro, sino imitar a Cristo.
Este recurso fue publicado originalmente en el blog de Tim Challies. Usado con permiso.