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Las relaciones rotas y la política internacional a menudo comparten sorprendentes similitudes. Ambas requieren claridad, a veces incluso coraje. La distinción entre hacer la paz y simular la paz es esencial.

La historia lo ilustra. En septiembre de 1938, el primer ministro británico Neville Chamberlain intentó evitar la guerra mediante el apaciguamiento. En una reunión con Adolf Hitler, Benito Mussolini y Édouard Daladier, Chamberlain y otros líderes permitieron que Alemania se anexara los Sudetes, una región de Checoslovaquia, en nombre de la paz, sin consultar a los checos. Al regresar a Londres, Chamberlain declaró: «he logrado la paz con honor. Creo que es la paz para nuestro tiempo».

Dos años más tarde, mientras Europa estaba envuelta en las llamas de la Segunda Guerra Mundial, Winston Churchill lamentó el fracaso del apaciguamiento, al afirmar: 

Cada uno espera que, si alimenta lo suficiente al cocodrilo, el cocodrilo se lo comerá al final. Todos confían en que la tormenta pasará antes de que llegue su turno de ser devorados. Pero temo profundamente que la tormenta no pasará. Rugirá y bramará cada vez con más fuerza y se extenderá cada vez más.

El apaciguamiento había fracasado catastróficamente. Los historiadores todavía preguntan: «¿qué hubiera pasado si Chamberlain se hubiera mantenido firme en 1938?».

La lección de la historia es clara: simular la paz —ignorar los problemas o retrasar la confrontación— a menudo empeora la inevitable tormenta. Lo mismo es cierto en nuestras relaciones personales.

El peligro de simular la paz en las relaciones

Cuando surge un conflicto en nuestras relaciones, a menudo recurrimos al apaciguamiento. Heridos por un ser querido, podemos reprimir nuestros sentimientos, con la esperanza de que el dolor se disipe con el tiempo. Sin embargo, al igual que ignorar un automóvil averiado provoca daños más significativos, ignorar las relaciones rotas a menudo exacerba el dolor. Los resentimientos no resueltos se pudren, crecen y finalmente nos dañan a nosotros y a quienes nos rodean.

El apaciguamiento puede sentirse como el camino más fácil, pero rara vez es el correcto. La verdadera paz requiere lidiar directa y honestamente con los problemas subyacentes. Esto puede parecer doloroso inicialmente, pero es el único camino hacia la restauración y la sanidad.

El apóstol Pablo nos modela esto en su carta a los corintios, una iglesia que lo había herido profundamente. Su ejemplo en 2 Corintios 7 proporciona una hoja de ruta para abordar las relaciones dañadas.

No hay paz sin dolor

La relación de Pablo con la iglesia de Corinto estaba fracturada. Habían rechazado su autoridad y cuestionado su integridad. Sin embargo, Pablo no ignoró los problemas ni ofreció un apaciguamiento superficial. En cambio, confrontó la situación con audacia y verdad. Él escribió: «acéptennos en su corazón. A nadie hemos ofendido, a nadie hemos corrompido, de nadie hemos tomado ventaja» (2 Co 7:2). Declaró claramente que su rechazo carecía de fundamento y los invitó a reconciliarse.

Pablo reconoció el costo emocional de su enfoque: «porque si bien les causé tristeza con mi carta, no me pesa. Aun cuando me pesó, pues veo que esa carta les causó tristeza, aunque sólo por poco tiempo; pero ahora me regocijo, no de que fueron entristecidos, sino de que fueron entristecidos para arrepentimiento […]» (2Co 7:8-9). Confrontar a los corintios de frente causó dolor temporal tanto para Pablo como para la iglesia, pero finalmente dio buen fruto: arrepentimiento y restauración.

El camino para hacer la paz 

El manejo que hizo Pablo de su relación rota con los corintios proporciona un modelo para buscar la paz en nuestras propias vidas. Romanos 12:18 nos instruye: «si es posible, en cuanto de ustedes dependa, estén en paz con todos los hombres». El verdadero establecimiento de la paz implica más que evitar el conflicto: requiere un compromiso activo. A continuación, planteo algunos pasos que podemos seguir para imitar el ejemplo de Pablo:

1. Aborda el problema

No puedes buscar la paz sin aclarar el problema en el centro de la relación rota. Pregúntate:

  • ¿Por qué está sufriendo mi cónyuge, hijo o amigo?
  • ¿Qué hice para contribuir a esto?
  • ¿Qué dejé de hacer o decir?
  • ¿Se mal entendió algo?

La claridad es el fundamento para la reconciliación. Sin ella, los intentos de paz serán, en el mejor de los casos, superficiales.

2. Prepárate para las consecuencias

Confrontar el problema, inicialmente, podría llevar a más dolor. Las relaciones son complicadas y abordar temas delicados puede generar malentendidos o emociones intensificadas. La humildad es esencial. Escucha cuidadosamente las preocupaciones de la otra persona y estate dispuesto a admitir tus errores.

A veces, es necesario involucrar a un mediador. Pablo no confrontó a los corintios en persona (él envió una carta por medio de Tito y esperó las noticias). De manera similar, una tercera parte de confianza puede ayudar a facilitar la comunicación saludable.

3. Busca la paz pacientemente

La restauración rara vez ocurre de un día para otro. Requiere tiempo, esfuerzo y trabajo duro. Las conversaciones honestas y emocionalmente agotadoras a menudo son necesarias. Es tentador rendirse, declarando: «he hecho suficiente». Pero la paz real exige perseverancia.

Recuerda, dejar de esforzarse no es lo mismo que lograr la paz. La verdadera restauración involucra andar en el proceso complicado con paciencia y determinación.

4. Ora en cada paso

Pablo se regocijó cuando su relación con los corintios se restauró (y puedes estar seguro de que sus oraciones jugaron un rol importante en ese resultado). Él comprendió que la reconciliación finalmente depende de la obra de Dios en los corazones de todos los implicados. Ora por sabiduría, humildad y sanidad. Confía en que Dios puede traer paz donde los esfuerzos humanos se quedan cortos.

5. Acepta las limitaciones

Incluso con los mejores esfuerzos, no toda relación será restaurada. Pablo reconoce esta realidad en Romanos 12:18 con la frase «en cuanto de ustedes dependa». Sólo puedes controlar tus propias acciones y respuestas, no las de otros. Aunque esto no es excusa para la pereza, debe moderar las expectativas poco realistas.

Algunos conflictos podrían permanecer sin resolver en esta vida. En tales casos, sigue orando y confíale el resultado a Dios.

Sé un pacificador

La próxima vez que enfrentes una relación rota, resiste la tentación de esconderla bajo la alfombra. No apacigües; busca la paz. Sigue el ejemplo de Pablo: aborda directamente el problema, prepárate para las consecuencias, persevera a través del proceso, ora continuamente y acepta los límites de lo que puedes controlar.

Por sobre todo, recuerda que la reconciliación es un reflejo de la obra de Dios en nosotros. Cristo mismo buscó la paz con nosotros cuando estábamos separados de Él, haciendo el sacrificio supremo para restaurar nuestra relación. Que su ejemplo nos inspire y nos guíe mientras buscamos la paz en nuestras relaciones.

Este recurso fue originalmente publicado en el blog de Dave Harvey.
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Dave Harvey

Dave Harvey sirve como pastor predicador en la iglesia Four Oaks en Tallahassee, Florida. Es autor de ¿Soy llamado?: La convocatoria para el ministerio pastoral, y Cuando pecadores dicen, «acepto»: Descubriendo el poder del evangelio para el matrimonio.
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