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En el artículo anterior de Gracia y conocimiento, consideramos la desalentadora definición y ubicación del matrimonio: una persona imperfecta casada con una persona imperfecta viviendo en un mundo caído… ¡pero con un Dios fiel! Incluso para aquellos que no tienen esposo o esposa, los principios bíblicos se siguen aplicando a cualquier relación en este lado de la eternidad.

Este mes, continuaré en esa misma línea. El artículo de hoy tratará sobre la crianza de los hijos, pero si no tienes hijos, ¡por favor no dejes de leer! El mensaje del Evangelio del «aquí y ahora» aplicado a la crianza sigue ofreciendo sabiduría práctica, no exclusivamente para mamás y papás, sino para todos nosotros en cualquier relación humana.

En los siguientes párrafos, haré aplicaciones directas a los padres y a sus hijos, así que si no estás criando hijos, simplemente sustituye esas referencias por otra persona que Dios haya puesto en tu vida.

El principio central es este: el padre (o cualquier persona) que esté más convencido de que él mismo necesita desesperadamente misericordia será quien ofrezca misericordia de manera más abundante a su hijo (o a cualquier otra persona).

Uno de los mayores errores que los padres cristianos pueden cometer es permitirse olvidar. Si nos permitimos olvidar las misericordias diarias que recibimos de las manos de nuestro Padre —misericordias que nunca podríamos ganar—, entonces se volverá más fácil criar sin misericordia. Ningún padre da más misericordia que aquel que está convencido de que él mismo la necesita desesperadamente.

Modelemos misericordia

La misericordia es tener un corazón tierno y compasión hacia alguien necesitado. Nuestros hijos son exactamente eso: necesitados. Ellos necesitan:

  • guía y protección;
  • ayuda y rescate;
  • sabiduría e instrucción;
  • confrontación y disciplina;
  • paciencia y gracia;
  • amor y compasión; 
  • apoyo y provisión;

Y necesitan ver a Dios y a sí mismos con precisión. Debido a esto, nuestro llamado principal como padres no es en primer lugar representar el juicio de Dios, sino más bien entregar constantemente su misericordia.

La crianza se trata de hacer visible la misericordia invisible de Dios a medida que respondemos con misericordia hacia nuestros hijos. Hebreos 4:14-16 nos explica exactamente cómo se ve esto:

Teniendo, pues, un gran Sumo Sacerdote que trascendió los cielos, Jesús, el Hijo de Dios, retengamos nuestra fe. Porque no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino Uno que ha sido tentado en todo como nosotros, pero sin pecado. Por tanto, acerquémonos con confianza al trono de la gracia para que recibamos misericordia, y hallemos gracia para la ayuda oportuna.

Jesús estuvo dispuesto a someterse a las dificultades de la vida en este mundo caído y a ser tentado de todas las formas en que nosotros lo somos para poder ser un Sumo Sacerdote comprensivo, capaz de compadecerse de nuestras debilidades. Al reflexionar sobre cuánto necesitamos la misericordia de Dios ahora, podemos reflexionar sobre cuánto necesitábamos la misericordia de nuestros padres mientras crecíamos, y podemos dejar que la compasión crezca en nuestros corazones.

La palabra para «flaquezas» en el versículo 15 se usa en otras partes de la Biblia para referirse a varios tipos de debilidad. Jesús es capaz de compadecerse de la condición humana o de nuestra fragilidad humana. Debido a que Él puede compadecerse de nosotros, podemos estar seguros de que Él nos bendecirá con una misericordia adaptada a las necesidades del momento.

Definamos la misericordia 

La misericordia es criar con un corazón tierno. La misericordia no es tomar las fallas de nuestros hijos como algo personal, sino ver sus luchas con compasión. La misericordia se trata de bendecir a nuestros hijos con paciencia. Se trata de ser tan cuidadosos al animar como lo somos al reprender. Se trata de una disciplina que es amable y una corrección que es gentil. La misericordia se trata de ser firmes e inflexibles y amorosos al mismo tiempo. Se trata de rehusarnos a dar rienda suelta a nuestra irritación o a nuestro enojo.

La misericordia no se trata de no tener carácter. La misericordia no se trata de bajar nuestros estándares. La misericordia no se trata de actuar como si las cosas malas que hacen nuestros hijos estuvieran bien. La misericordia no significa abandonar la disciplina o la corrección. La misericordia no significa que dejemos de presentar la ley de Dios ante nuestros hijos. La misericordia no es dejar que los hijos decidan lo que no tienen la madurez para decidir o que controlen lo que son incapaces de controlar. La misericordia no se trata de decir siempre que sí y nunca decir que no.

Sin embargo, cuando criamos con misericordia, no condenamos a nuestros hijos con una ráfaga de palabras duras. Si estamos criando con misericordia, no comparamos nuestra justicia con el pecado de nuestros hijos, haciéndoles sentir que su problema es que no son como nosotros. La misericordia significa no permitir que nuestros corazones se amarguen o se enfríen. Se trata de estar siempre dispuestos a perdonar, no haciendo que nuestros hijos paguen hoy por los pecados de ayer.

La misericordia se trata de acercarnos a nuestros hijos con amor, incluso en esos momentos en que no merecen nuestro amor. La misericordia se trata de estar dispuestos a hacer las cosas una y otra vez sin echarles en cara a ellos la cantidad de veces que hemos tenido que repetir las cosas.

Esto es lo que significa la misericordia para nuestra crianza: cada acción, reacción y respuesta hacia nuestros hijos está templada y moldeada por la ternura, la comprensión, la compasión y el amor.

La crianza es una misión de por vida de dar misericordia de manera humilde, alegre y voluntaria.

Misericordia innatural 

Aquí está el problema: la misericordia simplemente no es natural para mí. Es natural para mí ser duro. Es natural para mí ser exigente e impaciente. Es natural para mí estar un poco irritado por tener que repetir lo mismo varias veces. Es natural para mí estar más molesto por los errores de los demás que por los míos. Es natural para mí querer que la vida sea fácil y predecible y molestarme con aquellos que se interponen en mi plan. Es natural para mí encontrar más cómodo que las personas a mi alrededor estén de acuerdo conmigo en lugar de que me contradigan.

No siempre soy compasivo, y no siempre tengo un corazón tierno. No siempre respondo con amor ni me comunico con gracia. Tengo que confesar que hay momentos en los que soy un representante bastante mediocre de la misericordia de Dios. Y estoy seguro de que no estoy solo en mi lucha. ¿Qué tan bien hemos reflejado la misericordia de Dios en la forma en que hemos respondido a nuestros hijos en el último mes? ¿La semana pasada? ¿Ayer?

Así que necesito ayuda, y sospecho que otros también. No necesito ser rescatado de los pecados, debilidades o fallas de mis hijos. ¡He sido llamado a ser padre precisamente por sus pecados, debilidades y fallas!

Cada momento de necedad y fracaso de nuestros hijos debería recordarnos por qué el Padre celestial le dio padres a los niños. Mi lucha no son ellos; está dentro de mí. El hecho de que luche por dar con gracia lo que se me ha dado por gracia significa que todavía necesito ser rescatado de mí mismo. Nuevamente, estoy seguro de que no estoy solo.

Dado que responder con misericordia ante la necedad, la inmadurez, la rebelión y el fracaso no es natural para nosotros, la única esperanza para nosotros como padres es que Dios mire nuestro fracaso como padres no con condenación sino con misericordia. Su misericordia hacia nosotros provee la única esperanza de que tendremos lo que necesitamos para responder con misericordia hacia nuestros hijos. Y, a medida que nos exigimos reflexionar a diario sobre la misericordia que estamos recibiendo constantemente, nuestra propia necesidad y gratitud a Dios por su misericordia ablandarán nuestros corazones y nos harán más dispuestos y capaces de dar a nuestros hijos lo que nosotros mismos hemos recibido de nuestro Padre en el cielo.

Cuando olvidamos quiénes somos y lo que necesitamos, se vuelve más fácil criar a nuestros hijos sin misericordia. Pero Dios usa las necesidades de nuestros hijos para exponer cuánta necesidad tenemos como padres, para que hagamos todo lo que hacemos hacia ellos con corazones compasivos y comprensivos. Dios está trabajando en nosotros a través de nuestros hijos, para que Él pueda trabajar a través de nosotros para nuestros hijos.

Deberíamos detenernos y confesar que regularmente dejamos evidencia concreta de nuestra necesidad de la misericordia de Dios como padres. Pero también deberíamos celebrar que esta misericordia es nuestra como sus hijos. Y deberíamos buscar formas de hacer visible la misericordia invisible de Dios.

Misericordia no programada 

Este es el problema al que se enfrenta todo padre: las oportunidades para mostrar misericordia nunca se alinean con nuestro horario predecible y cómodo. Llegarán cuando estemos en un momento que ni planeamos ni esperábamos. Habrá una discusión en el auto, una escaramuza de camino a la cama, un acalorado debate en la mesa de la cena, una llamada inesperada de un maestro, la evidencia de la tarea sin hacer, algo que hemos encontrado en la habitación de nuestros hijos, un mensaje de texto que descubrimos en el teléfono de nuestro adolescente, o una negativa nocturna a obedecer.

Es tan fácil en estos momentos alzar las manos con frustración y decir o hacer cosas que no deberíamos. Así que es importante recordar esto: si nuestros ojos alguna vez ven y nuestros oídos alguna vez escuchan el pecado, la debilidad o el fracaso de nuestros hijos, nunca es una molestia, nunca es una interrupción, nunca es un accidente; siempre es gracia. Dios ama a nuestros hijos y los ha puesto en una familia de fe, y Él nos revelará las necesidades de sus corazones para que podamos ser su herramienta de rescate y transformación. Es importante ver estos momentos como oportunidades de gracia y resistirnos a convertir los momentos de ministerio en momentos de enojo.

¿Enojo o misericordia?

Quizás no hay compromiso más importante en la crianza que reconocer nuestro enojo y buscar la ayuda de Dios para resistir su atracción. Las cosas que los padres dicen y hacen con enojo son, invariablemente, aquellas de las que terminan arrepintiéndose. Hay momentos de enojo que desearía poder sacar de la historia y borrar de la memoria de mis hijos.

Para los padres, probablemente no haya un argumento más poderoso a favor de nuestra necesidad de gracia que nuestra lucha con la irritación, la frustración y el enojo hacia nuestros hijos. Necesitamos buscar la ayuda de Dios y comprometernos a resistir. Para algunos de nosotros, esto significa salir de la habitación para calmarnos y orar, aunque sólo sea por un par de minutos. Para algunos de nosotros, significa que si estamos demasiado enojados para lidiar con algo, esperaremos hasta más tarde o buscaremos otra oportunidad. Para algunos de nosotros, esto significa confesar cuando el enojo se ha interpuesto en el camino de lo que Dios tenía la intención de hacer a través de nosotros por nuestros hijos.

Deberíamos comenzar cada día confesando el enojo del día anterior y pidiéndole a Dios que nos dé la gracia que necesitamos para que nuestras respuestas a nuestros hijos sean impulsadas no por la condenación del enojo sino por el rescate del perdón.

Oremos por misericordia

Por último, debemos orar, orar, orar. Debemos orar antes, orar durante y orar después. La crianza realmente se trata de orar sin cesar desde antes de que nazcan nuestros hijos hasta mucho, mucho después de que se vayan de casa. Se trata de una oración constante por la gracia de Dios para nosotros mismos y para ellos. Es orar en silencio por ellos y por nosotros mismos mientras se levantan, mientras les preparamos el desayuno, mientras estamos con ellos durante todo el día o mientras los enviamos a la escuela. La crianza se trata de orar por tus hijos cuando los estás ayudando a tomar un bocadillo por la tarde o cuando estás tratando de que hablen sobre su día.

Se trata de orar por ellos mientras instruimos, corregimos y disciplinamos. Se trata de momentos en que nuestros hijos nos escuchan orar por ellos y por nosotros mismos. La crianza se trata de enseñar a nuestros hijos a orar.

Oramos antes, durante y después porque la oración requiere tres cosas: un reconocimiento de la posición de Dios, una admisión de nuestra necesidad y una rendición al plan de Dios. Cuando se trata de la crianza de los hijos, simplemente no podemos orar lo suficiente. Y, cuanto más oramos, cuanto más confesamos nuestros límites, cuanto más descansamos en el poder de Dios, más seremos liberados de la tentación de hacer en y por nuestros hijos lo que sólo Dios puede hacer.

Salmos de misericordia

Dios nos ha llamado a ser una parte esencial de su misión de rescate en las vidas de los niños que Él nos ha dado. Pero Él no nos pide que hagamos lo que sólo Él puede hacer. Así que Él nos bendice con su presencia, poder, sabiduría y gracia. Él nos pastorea fielmente para que, por su gracia fiel, podamos criar a nuestros hijos con fidelidad.

En cada momento de crianza, el sabio Padre celestial está trabajando en todos los que están presentes en la habitación. Somos bendecidos de ser elegidos para emprender esta gran misión, y somos bendecidos con su gracia para que cada día nuestra crianza esté teñida con la fuerza de cambio más poderosa del universo: la misericordia.

Para concluir, aquí hay sólo algunos versículos de los Salmos que nos recuerdan la misericordia con la que somos bendecidos todos los días, para que nosotros, a su vez, podamos bañar a nuestros hijos con la misma misericordia que hemos recibido.

Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida,
Y en la casa del Señor moraré por largos días (Salmo 23:6).

Bendito sea el Señor,
Porque ha oído la voz de mis súplicas (Salmo 28:6).

Tú, oh Señor, no retengas tu compasión de mí;
Tu misericordia y tu fidelidad me guarden continuamente (Salmo 40:11).

Bendice, alma mía, al Señor,
Y no olvides ninguno de sus beneficios.
Él es el que perdona todas tus iniquidades,
El que sana todas tus enfermedades;
El que rescata de la fosa tu vida,
El que te corona de bondad y compasión (Salmo 103:2-4).

El Señor es bueno para con todos,
Y su compasión, sobre todas sus obras (Salmo 145:9).

Dios los bendiga.

Este recurso fue publicado originalmente en Paul Tripp Ministries.
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Paul David Tripp

El Dr. Paul David Tripp es pastor, conferencista internacional y autor de libros éxito de ventas y ganadores de premios. Es el director de Paul Tripp Ministries. Con más de 30 libros y series en video, la pasión que mueve a Paul es conectar el poder transformador de Jesucristo a la vida cotidiana.  
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