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Bienaventurados los pobres en espíritu, pues de ellos es el Reino de los cielos (Mateo 5:3).

La pobreza de espíritu provee el camino hacia las riquezas de Jesús. ¿Quién hubiera esperado eso?

Cuando lees los evangelios, Jesús ciertamente parece disfrutar el enseñar a través de paradojas. Él deliberadamente pone las expectativas de cabeza. Qué manera de empezar un sermón: «bienaventurados los pobres en espíritu, pues de ellos es el Reino de los cielos» (Mt 5:3). ¿De verdad? ¿Felices son los que están abatidos? ¿Plenos son los que están vacíos? ¿Gozosos son los tristes? Parece no tener sentido.

Cuando escucho por primera vez «pobres en espíritu», pienso en las formas en que no quiero estar: desanimado, triste, aminorado, inerte, desesperanzado, estancado, deprimido. ¿Cómo pueden estos estados ser un camino hacia el glorioso Reino de Dios, donde todo es justo, recto y armonioso?

Tal como Jesús quiere, para entenderlo tenemos que seguir reflexionando. Entonces, como una bomba con temporizador, las palabras de Jesús estallan en tu interior. «¡Ah, a eso se refería!». Estas inversiones son ciertas. El camino hacia arriba pasa por el camino hacia abajo. De alguna manera, la escasez del alma realmente puede llevarnos a chapotear en la abundancia del cielo.

«Pobre en espíritu» significa admitir abiertamente una completa dependencia de Dios para tu propia supervivencia. Esta primera bienaventuranza te asegura que Jesús convierte tu genuina humildad en prosperidad.

Imágenes de los pobres bienaventurados

Para ayudar a que una verdad tan paradójica florezca en nuestro interior, podemos adentrarnos en los encuentros que Jesús tuvo con personas que eran desesperadamente pobres en espíritu.

Marcos 5:21-43 relata dos historias de sanidad entrelazadas como un solo episodio. Primero conoces a Jairo, el oficial de la sinagoga, dolorosamente preocupado por su hija moribunda. Luego te encuentras con una mujer anónima debilitada durante años por un flujo continuo de sangre. Ambos presentan necesidades físicas extremas. Ambos muestran la pobreza de alma que libera la abundancia del Reino. Al hacerlo, ambos ejercen la gran fe que crea una conexión transformadora con Jesús.

Su extrema necesidad

La escena se abre con el regreso de Jesús en barca a las costas judías del mar de Galilea. Una gran multitud se forma inmediatamente a su alrededor. El hombre competente e influyente a cargo de los servicios de la sinagoga local se abre paso a través de la multitud hacia Jesús. ¿Viene Jairo con orgullo? ¿Está lleno de sí mismo y, por lo tanto, como tantos otros líderes religiosos, lleno de exigencias para Jesús? No, él se postra rostro en tierra a los pies de Cristo. Adopta la postura de un completo suplicante. Rebaja su rango para pedir urgente y humildemente un favor de Jesús.

Las palabras de Jairo revelan a un hombre sincero y motivado por todo el amor que un padre puede tener por su hija de doce años en un estado grave. Podríamos traducir el griego de lo que Jairo dijo en el versículo 23 como «mi hijita está al borde de la muerte». En otras palabras: «está en su último suspiro. La muerte ha extendido su mano helada y parece haberse apoderado de ella». No hay absolutamente ningún orgullo ni sentido de derecho en lo que Jairo le pide a Jesús. Puedes escucharlo de esta manera: «¿no vendrás? Pon tus manos sobre ella para que sea salva de este peligro. Tu toque la sanaría. Entonces, en lugar de la muerte, ella podría aferrarse a la vida una vez más. Por favor».

De innumerables maneras, la necesidad arruina tu ilusión de autonomía. Cuando lo hace, ¿sigues obstinadamente de pie, fingiendo y orgulloso en tus harapos? O, como Jairo, ¿puedes encontrar la bendición de ser completamente pobre en espíritu, aceptándolo como el camino hacia tu Salvador?

Jesús emprende el camino hacia la casa de Jairo. La multitud se mueve con Él. Pero ahora la urgencia impulsa a otra persona a abrirse paso entre la multitud. Marcos describe no sólo su enfermedad física, sino la pobreza de espíritu creada por este flujo continuo de sangre. Esta mujer había gastado todo lo que tenía durante todos esos años en procedimientos médicos. Marcos te dice, sin quedarse corto, que «había sufrido mucho a manos de muchos médicos» (v. 26). No sólo no habían logrado sanarla, sino que esta mujer enferma había empeorado. Debe haberse preguntado si alguna vez se recuperaría. Imagina cuánto había interiorizado la palabra usada para su estatus religioso: inmunda. No apta para el contacto humano. Demasiado contaminada para la asamblea del pueblo de Dios. Una paria a la que hay que evitar.

Qué fácil sentimos una conexión con ella. Recordamos situaciones en las que la vida se nos escapa y perdemos la esperanza de volver a vivir plenamente. Nuestra confianza se hace añicos y empezamos a interiorizar esta disminución como lo que somos. Sí, conocemos a esta mujer.

La plenitud de su Reino

Cuando toda esperanza mundana había resultado vana, la fe aún salta dentro de ella al ver a Jesús. Está segura de que un toque de Él la sanaría. Ni siquiera necesitaría el contacto piel a piel que la contaminaría. Sólo un roce contra su manto sería suficiente. Esta mujer piensa muy poco de su propio poder y mucho del de Cristo.

Entonces, sólo podemos admirar su honestidad cuando se adelanta después de que Jesús pregunta: «¿quién ha tocado mi ropa?» (v. 30). Como Jairo, ella se postra ante Jesús. Admite que ella, la inmunda, potencialmente ha ensuciado a Jesús. Él podría haber estado furioso. Pero en cambio, bendice a la mujer pobre en espíritu con palabras redentoras incluso mejores que la sanidad física. «Hija, tu fe te ha sanado […] vete en paz» (v. 34). Jesús la ama como Jairo ama a su hija. La reclama como parte de su familia. Ella puede regresar a la comunión con Dios y a la comunidad de su pueblo. La fe audaz nacida de una necesidad humilde la ha llevado a su redención en todos los niveles. El Reino de los cielos fluye hacia los pobres en espíritu.

Con esta interrupción, para cuando Jesús llega a la casa de Jairo, su niña ha muerto. Los vecinos declaran fríamente que ya no hay necesidad de molestar a este rabino. Jesús simplemente le dice a Jairo: «no temas, cree solamente» (v. 36). Seguramente a Jairo se le cruza por la cabeza que esto ha sido una misión inútil. Podría despedir a Jesús e ir a unirse a los que lloran. Pero en cambio, lleva a Jesús junto a la cama de la niña. Jairo está totalmente entregado, incluso mientras los dolientes se burlan de Jesús. ¡Y entonces Cristo toma a la niña de la mano y la levanta!

«Yo no puedo, pero Jesús sí»

Tanto Jairo como la mujer del flujo de sangre revelan que «pobre en espíritu» puede significar «lleno de fe». Jesús valora esta humilde confianza. La postura de «yo no puedo, pero Jesús sí» conduce al desbordamiento del Reino de los cielos hacia las vidas terrenales. En lugar de ser autosuficientes, estos creyentes se despojan de sí mismos. Su extrema necesidad se convierte en un regalo.

Nosotros nunca elegiríamos sus situaciones. Sin embargo, estoy seguro de que, incluso ahora, Jairo y la mujer sanada dirían que no cambiarían esas horas, días e incluso años de evidente necesidad por nada en el universo. Ser pobres en espíritu los llevó a Jesús. Su súplica con el corazón y las manos abiertas reveló su confianza absoluta en Cristo. Sólo Él podía satisfacer su necesidad, y sólo cuando aceptaron su vacío.

Entonces, ¿qué hay de nosotros? ¿No deberíamos rendir nuestro orgullo y entregar estas situaciones en las que estamos vacíos de soluciones? Nosotros también podemos dar un salto total de confianza y luego esperar la sorprendente respuesta de Jesús. La pobreza de espíritu aún provee el camino hacia las riquezas de Jesús.

Publicado originalmente en Desiring God. Usado con permiso.
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Gerrit Scott Dawson
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Gerrit Scott Dawson

Gerrit Scott Dawson pastorea la First Presbyterian Church de Baton Rouge (EPC). Su proyecto de escritura más reciente es Golden Threads: Tracing the Tapestry of Scripture [Hebras doradas: trazando el tapiz de la Escritura].
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