Bienaventurados los que procuran la paz, pues ellos serán llamados hijos de Dios (Mateo 5:9).
Jesús comenzó el sermón más grande de la historia, el Sermón del Monte, con ocho declaraciones de felicidad. Comúnmente llamadas «Las Bienaventuranzas» (basadas en la palabra latina para «bendecido», que significa «feliz»), estas describen las características de aquellos que entran al Reino de los cielos. En la séptima bienaventuranza, Jesús promete una felicidad profunda, rica y eterna a aquellos dispuestos a hacer el costoso trabajo de procurar la paz en la presente era malvada.
Los que procuran la paz en un mundo de conflicto
Vivimos en un mundo desgarrado por el conflicto. Lo vemos a gran escala con naciones en guerra contra otras naciones. Al momento de escribir esto, hay 56 conflictos armados que involucran a 92 naciones, la mayor cantidad desde el final de la Segunda Guerra Mundial. En 2024, estos conflictos resultaron en 162 000 muertes.
Vemos el conflicto a una escala más personal dentro de nuestras propias comunidades, iglesias y familias. El tejido político de Estados Unidos ha sido destrozado por divisiones ideológicas. Los desacuerdos sobre temas candentes como la raza, la inmigración, el aborto y la sexualidad ponen a las personas en desacuerdo con altos niveles de pasión. Las estimaciones dicen que el 41 % de los primeros matrimonios terminarán en divorcio, mientras que las tasas para los segundos y terceros matrimonios son mucho peores. Estos son sólo algunos de los claros indicadores de un mundo agitado por la turbulencia, desesperado por la paz.
La Biblia es clara sobre el origen de toda esta contienda: el pecado. Desde el momento en que Adán y Eva cayeron al comer el fruto prohibido, la paz huyó de la tierra. Primero se manifestó a nivel relacional cuando se dieron cuenta de que estaban desnudos y confeccionaron hojas de higuera para cubrir su vergüenza. Mucho peor fue su alejamiento de Dios, pues sintieron terror al oírlo caminar por el huerto durante el frescor del día. Todos pecan en Adán posicionalmente (él es nuestra cabeza federal); todos imitan su rebelión en la vida diaria. Esto significa que, naturalmente, todos nosotros estamos en guerra con Dios. Nuestra guerra con Dios se manifiesta por nuestro odio a la ley de Dios y nuestra constante rebelión contra ella (Ro 8:7; Col 1:21).
Como resultado de nuestra guerra posicional y práctica contra Dios, sentimos una agitación turbulenta en nuestro interior. «Pero los impíos son como el mar agitado, que no puede estar quieto, y sus aguas arrojan cieno y lodo. “No hay paz […] para los impíos”» (Is 57:20-21).
Sin embargo, en este mundo de contienda y conflicto continuo, vino Jesucristo, el Príncipe de Paz. Las huestes celestiales celebraron su nacimiento en Belén con las palabras: «gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz entre los hombres en quienes Él se complace» (Lc 2:14, [énfasis del autor]). La muerte de Jesús en la cruz abrió el camino para la paz con Dios mediante la fe en su sangre (Ro 5:1). Todos los que reciben su regalo de paz entran en su misión de procurar la paz en el mundo.
Seguidores de Aquel que procura la paz
Entonces, ¿quién está calificado para ser un procurador de la paz? El resto de las Bienaventuranzas es un gran lugar para comenzar a responder a esa pregunta. Ninguna de estas cualidades surge naturalmente en la humanidad pecadora. Ninguna de ellas puede ser conjurada por fuerza de voluntad o por una transformación moral autosuficiente. Pero por la sangre de Cristo y la obra secreta del Espíritu Santo, estos rasgos pueden verse verdaderamente en nosotros.
Procurar la paz comienza con ser un mendigo espiritual (Mt 5:3), alguien que se da cuenta de que no tiene absolutamente nada que ofrecer a Dios para su propia salvación. Tales personas pueden ser procuradores de paz porque constantemente acuden a Dios con las manos vacías, pidiéndole a Él que haga lo imposible. Pertenecen al Reino de los cielos y, por lo tanto, pueden ministrar la paz que sólo Dios puede traer al conflicto terrenal.
A continuación, la gracia soberana de Dios obra un quebrantamiento en los pecadores arrepentidos (Mt 5:4). Este es un lloro espiritual realizado por mendigos espirituales. Los conflictos mundanos provienen de la pecaminosidad humana. Un procurador de la paz llora por el conflicto, profundamente consciente de lo costoso que es.
Junto con ese lloro viene una humildad o mansedumbre con los demás (Mt 5:5). Jesús es asombrosamente manso con los pecadores de corazón quebrantado, pues se dice de Él que «no quebrará la caña cascada […]. Hasta que lleve a la victoria la justicia» (Mt 12:20). Un procurador de la paz trata humilde y mansamente a los pecadores, no de manera arrogante o rimbombante. Esta humildad es excepcionalmente desarmante, justo lo que se necesita en medio del conflicto.
Los procuradores de paz también «tienen hambre y sed de justicia» (Mt 5:6). Esta justicia es el estándar de Dios para la raza humana en cualquier y toda circunstancia. Un verdadero procurador de la paz es un poderoso guerrero por la justicia tal como Dios la define; no es una persona complaciente y sin carácter ni un perezoso que prefiere «dejar las cosas como están». El pecado produce condiciones humanas injustas; un procurador de la paz tiene profunda hambre y sed de ver la justicia de Dios establecida entre las partes en conflicto.
De la misma manera, los procuradores de la paz son misericordiosos con los pecadores débiles y que luchan (Mt 5:7). Saber que han recibido tanta misericordia por sus propios pecados permite a los procuradores de la paz tratar con los demás de una manera sabia y paciente mientras las partes en conflicto se abren camino hacia la reconciliación.
Ser de limpio corazón también es esencial para un procurador de paz (Mt 5:8). Esto significa que la oscuridad de los motivos y deseos mundanos ha sido sometida por el Espíritu Santo, y por lo tanto, el procurador de la paz no puede ser sobornado ni reclutado por una de las partes en conflicto. Desde el corazón, los procuradores de la paz desean verdaderamente que el pecado sea purificado y que la santidad brille.
El dolor y la promesa de procurar la paz
Aunque la misión de procurar la paz en el mundo es bendita, trae consigo inmensos desafíos. Jesús dijo que Él «no vino a traer paz, sino espada», haciendo que los enemigos de un hombre sean los miembros de su propia casa (Mt 10:34-36). No todas las partes en conflicto aceptarán los principios pacíficos del Reino. Por lo tanto, en la siguiente bienaventuranza, Jesús pronuncia bendición sobre aquellos que han sido perseguidos por causa de la justicia (Mt 5:10). Si las partes en guerra no quieren tener nada que ver con la justicia de Dios, pueden «matar al mensajero» de paz.
Esta hostilidad es aún más extrema cuando se trata de la solución definitiva para todo conflicto, tanto vertical como horizontal: la fe en el Evangelio de Jesucristo. Aunque los cristianos pueden traer algo de paz temporal en un mundo no cristiano, la paz verdadera y duradera viene sólo a través de la fe en Cristo. El camino será difícil, pero Jesús promete una recompensa eterna para todos los que sean insultados, calumniados y perseguidos por causa de su nombre (Mt 5:11-12).
A pesar de las dificultades de la presente época malvada, la pacificación cristiana triunfará en última instancia y eternamente. Jesús promete a los procuradores de la paz el honor de ser «llamados hijos de Dios», porque muestran las características del Dios de paz (Mt 5:9). Y vivirán para siempre en «cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia» (2P 3:13). En ese nuevo mundo, estará la multitud incontable de cada nación de la tierra (Ap 7:9-10), cada uno rescatado de la guerra contra Dios y contra los demás por procuradores de la paz que sembraron el Evangelio en sus corazones. Esa sociedad perfectamente justa estará libre de todo tipo de conflicto, viviendo en la verdadera unidad que refleja la unidad de la Trinidad (Jn 17:21).
Allí, por fin, todos los conflictos cesarán, y cada uno de los redimidos pasará la eternidad en perfecta armonía con Dios, con los demás y con toda la creación. Esta esperanza segura da poder a cada una de nuestras obras para procurar la paz en este mundo.
Publicado originalmente en Desiring God. Usado con permiso.