volver

Nota del editor: el siguiente artículo aparece en la edición de primavera de 2025 de Eikon.

Cuando se trata de criar hijos, ¿cuál es el objetivo? Aun admitiendo que hay muchas cosas que debemos lograr, ¿son todas igualmente importantes?

Para abordar esta pregunta, postulemos tres categorías que representen los siguientes tipos: objetivos de primer orden, secundarios y terciarios. En este ensayo, nos concentraremos sólo en los dos primeros, y todo lo que quede pendiente puede ubicarse en la tercera categoría.

Podríamos describir razonablemente los objetivos de primer orden como «transmitir la fe». Si fallamos aquí, fallamos por completo. Sin embargo, creo que es una categoría más grande de lo que generalmente se cree, e incluye cosas que a menudo se dejan en la segunda categoría (explicaré por qué en un momento).

Objetivos de primer orden

Bajo la idea de «transmitir la fe», creo que podemos incluir el conocimiento de Dios, la asistencia al culto divino y a los medios ordinarios de gracia, la obediencia a la ley de Dios, la búsqueda de la santidad (por ejemplo, desarrollar hábitos de devoción personal como el estudio de la Biblia, la oración e incluso el ayuno) y, finalmente, el concepto integral de someterse al señorío de Cristo en todas las cosas.

Hasta aquí, todo bien. Sin embargo, ¿se ha cumplido la misión si todo lo anterior describe al muchacho, pero él sigue soltero y viviendo en el sótano de su madre a los 35 años? (Está bien, ese es un blanco fácil; seamos más generosos: ¿se ha cumplido la misión si tiene un sueldo de seis cifras, conduce un BMW, tiene un lindo condominio, pero sigue soltero a los 35?).

Aunque te haga dudar el dar una respuesta directa, sé honesto. ¿Puedes decir que esto es lo ideal? ¿Está el muchacho en posición de transmitir la fe a otra generación por sí solo? Por supuesto que no.

Apenas anoche, en una conversación con un abogado de alto nivel de mi iglesia (y cuando digo «de alto nivel», me refiero a que tutea a los jueces de la Corte Suprema), surgió el tema de la herencia. Él señaló que hemos degradado la práctica hasta que sólo significa transmitir activos fungibles; en otras palabras, lo que puede convertirse en efectivo. Una visión más antigua a menudo incluía el cuidado de los activos recibidos por herencia, con el objetivo de transmitirlos algún día a una generación más. Ejemplos de ello serían la granja familiar o un negocio. Cuando heredas esas cosas, también estás heredando un llamado familiar, y liquidarlas sería, en cierto sentido, una tragedia, incluso si no hubiera otra opción.

Si esta es la forma en que entendemos la transmisión de la fe, esto exigiría convertir los asuntos secundarios en asuntos de primer orden. Y cuando se trata de criar niños y niñas, también significaría que nuestros respectivos llamados como hombres y mujeres adquieran una importancia de primer orden.

Objetivos de segundo orden, ¿en serio?

Entonces, el muchacho necesita crecer, pero ¿cómo se ve eso? Creo que podemos compilar una lista de virtudes para los hombres jóvenes que tendría que incluir (al menos) lo siguiente: un sentido de su vocación, hábitos que conduzcan al éxito —especialmente el juicio prudencial, habilidades de gestión financiera e incluso el ejercicio físico— pero encima de todo, junto al lado y conectado con su llamado, cualidades que le ayuden a conseguir una esposa y a vivir armoniosamente con ella mientras lidera un hogar. (Se podría hacer una lista algo diferente, aunque complementaria, para las hijas).

Creo que existen inhibidores para ver las cosas de esta manera, uno teológico y otro cultural.

Primero, cuando se trata de objetivos de primer orden, al menos en la tradición reformada, pensamos en términos de «ley y Evangelio»; siendo la ley lo que es innegociable y requerido de todos, y el Evangelio, lo que Dios ha hecho (y prometido hacer) para salvarnos porque siempre fallamos en obedecer la ley a la perfección.

Pero la ley y el Evangelio no agotan la Escritura. Hay otra categoría, y tendemos a pasarla por alto porque pensamos que es opcional, incluso una adiáfora. Lo que tengo en mente es la sabiduría. Y aunque debes ser un necio por amor a Cristo, ¿significa eso que ser un necio en términos más generales es algo indiferente?

«Adultear»

En términos generales, muchos jóvenes creen que no están equipados para vivir como adultos y, como resultado, han convertido un sustantivo en un verbo para describir su sensación de estar fingiendo. Lo llaman «adultear». Aprendí esto por primera vez en un editorial del New York Post titulado: «Las clases de “adulteo” demuestran que los padres necios de los mileniales tienen la culpa», de Kyle Smith. Comienza así:

Desde hace unos años, se han acumulado pruebas de que los mileniales tienen en su interior una extraña combinación de grandiosidad e incapacidad para salir de casa: son egocéntricos y tienen una mentalidad global, son engreídos y están aterrorizados1.

Desearía que esto no describiera a algunos hijos de hogares cristianos, pero a veces sucede; incluso a algunos que han sido educados clásicamente o en casa. A veces ellos incluso tienen el impulso de «cambiar el mundo para Jesús», pero luchan por mantenerse empleados de manera remunerada. A veces carecen de las aptitudes básicas que esperan los empleadores, como llegar al trabajo a tiempo. Otras veces son simplemente blandos, demasiado sensibles para recibir críticas directas, o se marchitan bajo presión. Algunos emprendedores que conozco me dicen que no contratan a chicos de familias cristianas sin evaluarlos primero. Les gustaría contratar a más, pero se han vuelto cautelosos porque se han sentido decepcionados con demasiada frecuencia.

Creo que la razón por la que no estamos criando adultos es porque no lo estamos intentando. En cambio, queremos que nuestros hijos sean felices, y cuando se trata de eso, les dejamos hacer lo que les plazca. «Haz lo que te haga feliz», bajo la creencia de que la felicidad es subjetiva y nadie puede equivocarse.

Pero esta definición de felicidad no concuerda con Aristóteles (él creía que uno podía equivocarse). Ni siquiera es lo que Thomas Jefferson tenía en mente cuando redactó la Declaración de Independencia. Tiene más en común con Oprah Winfrey que con cualquiera de esos hombres. El entendimiento clásico hacía de la felicidad un subproducto de la virtud, lo que implica que sólo las personas virtuosas son verdaderamente felices. Ya que eso nos lleva a la mitad del camino hacia la meta, vayamos al estilo puramente aristotélico y destaquemos una virtud para su consideración. La virtud en la que pienso es el deber.

En principio, la mayoría de la gente no está en contra de que alguien cumpla con su deber, siempre y cuando eso lo haga feliz. Y ese es el problema. Incluso la fe cristiana puede enmarcarse de esta manera, y a menudo se vende así.

Piedad y deber

Lograr que los hijos crezcan requiere invertir el orden de la felicidad y el deber. El deber debe ser lo primero, y la felicidad debe encontrar la manera de seguirlo. Si bien esto puede ser difícil de vender en algunos entornos, sospecho que los jóvenes están más abiertos a ello de lo que podríamos esperar.

Y recuperar este enfoque más antiguo nos llevará de vuelta a un entendimiento más antiguo de la piedad. En la visión antigua, la piedad era una virtud social, no algo que te sacara de circulación. Hoy en día, si es que se usa la palabra, nos trae a la mente a ancianas y Biblias familiares desgastadas. Pero en la antigüedad, era la gratitud por tus benefactores. Pius —la palabra latina en la que se basa la nuestra— consistía en pagar tus deudas.

Pero no terminaba con sentimientos de gratitud. Sentirse agradecido ni siquiera era necesario. Al contrario, lo necesario era realizar una retribución de algún tipo. Y esto podía significar cualquier cosa, desde cuidar a los padres ancianos hasta ofrecer sacrificios a los dioses. Incluso podía significar tener hijos para que tus antepasados no fueran olvidados y la cantidad de adoradores que servían a los dioses continuara creciendo.

En el primer siglo, la personificación de la piedad era el héroe troyano Aeneas, tanto así que su apelativo era «Pius Aeneas». La imagen utilizada para transmitir su piedad era la de él con su padre lisiado a la espalda, guiando a su hijo con una mano y sosteniendo una espada en la otra mientras luchaba por salir de una Troya que se quemaba a su alrededor.

¿Describiríamos esto como un momento feliz? No importa; él era un hombre adulto asumiendo sus responsabilidades.

En la antigüedad, la piedad se veía diferente para hombres y mujeres porque cumplir con tu deber tenía mucho que ver con tu sexo y prácticamente nada que ver con tus deseos. Aeneas era representado en las monedas como una imagen de piedad masculina, mientras que otras monedas que representaban a una mujer con un bebé en el pecho eran una imagen de piedad femenina. En ambas monedas la inscripción decía: «pius».

Al volver a la distinción entre las prioridades de primer y segundo orden, ¿comienzas a ver cómo pueden —e incluso deben— superponerse? Formar un hogar propio no puede reducirse a una fórmula para la felicidad. Y no es algo de lo que puedas autoexcluirte por un capricho. En cambio, necesitamos recuperar el carácter obligatorio de formar nuevos hogares. Si bien existen circunstancias y condiciones que pueden justificar el no hacerlo, son excepcionales, no la norma. La norma es transmitir la fe a la siguiente generación. Y eso incluye criar hijos para que lleguen a ser padres e hijas para que lleguen a ser madres y, por supuesto, esto significa el matrimonio y vivir como esposos y esposas.

Este recurso fue publicado originalmente en CBMW. Usado con permiso.

 

  1. Kyle Smith, «“Adulting” classes prove millennials’ nitwit parents are to blame» [Las clases de «adulteo» demuestran que los padres ineptos de los mileniales son los responsables]. New York Post, 17 de marzo de 2017, acceso el 19 de marzo de 2025. https://nypost.com/2017/03/17/helpless-millennials-are-seriously-taking-adulting-classes/
Photo of C. R. Wiley
C. R. Wiley
Photo of C. R. Wiley

C. R. Wiley

C. R. Wiley es ministro presbiteriano. También es editor sénior de la revista Touchstone y ha servido como vicepresidente de la Academy of Philosophy and Letters. Ha escrito varios libros, quizás el más conocido es The Household and the War for the Cosmos [El hogar y la guerra por el cosmos]. Es inversor en bienes raíces comerciales y fue profesor de filosofía durante una década. Ha estado casado por cuarenta años, tiene tres hijos adultos, todos casados y con hijos propios. También tiene seis nietos y contando.