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Santificación

Una vez escuché a un pastor mayor reflexionar sobre su vida y su ministerio. Acababa de cumplir setenta años y alguien le preguntó si algo le sorprendía al cruzar ese hito. Sin dudarlo, este veterano santo respondió: «pensé que a estas alturas estaría más santificado».

Me pregunto si alguna vez has pensado lo mismo.

Después de todo, el Nuevo Testamento dice cosas impactantes sobre nuestra relación con el pecado. En Cristo, hemos sido librados de la penalidad del pecado. A través de su sacrificio único y para siempre, Jesús pagó el precio que nuestros pecados merecían y cargó con la ira que nosotros debíamos haber enfrentado (Heb 9:26). Al cubrirnos con su justicia perfecta, Él nos hizo justos (2Co 5:21). En Cristo, ya no somos culpables ante los ojos de Dios.

Además, en Cristo, hemos sido librados del poder del pecado. Imagina un castillo medieval con muros altos, un puente levadizo y un foso. Un ejército hostil se acerca, pero no puede entrar. Sin embargo, trágicamente, alguien dentro de la ciudad baja el puente y abre la puerta, permitiendo que el enemigo entre corriendo. Esto es lo que pasó en el jardín del Edén. Adán abrió la puerta y el pecado irrumpió en el mundo. «El pecado entró en el mundo por medio de un hombre» (Ro 5:12).

Y habiendo entrado en el mundo, el pecado comenzó a reinar (Ro 5:21). Vemos la evidencia del reinado del pecado a nuestro alrededor. El pecado es la causa de cada enfermedad, desastre, discordia, decadencia y muerte que nos aflige. La creación misma gime en su esclavitud a la corrupción (Ro 8:20-22).

Y el trono del pecado está firmemente fijado dentro del corazón humano. 

Lo sabemos, aunque sea difícil de admitir. Nuestros corazones son engañosos y «sin remedio» (Jr 17:9). De nuestros corazones fluye una gran cantidad de males (Mt 15:19). Nadie necesita enseñarnos el orgullo, el egoísmo, la ira o la lujuria. Estas cosas nos salen de forma natural porque el pecado nos gobierna.

Pero cuando entramos en unión con Cristo, un nuevo gobernante toma el trono. Ninguno de nosotros tenía el poder para derrocar el reinado tiránico del pecado. Éramos esclavos del pecado, pero Cristo vino y nos hizo libres (Jn 8:34-36; Ro 6:20-22). Jesús asaltó el castillo de nuestros corazones, expulsó al pecado fuera del trono y estableció su dominio. Él hace que nazcamos de nuevo y nos da una vida nueva en el poder del Espíritu Santo para huir de la tentación y buscar la piedad (Gá 5:16).

Este cambio es tan dramático que la Escritura dice que hemos «muerto al pecado» (Ro 6:2).

Sin embargo, esto nos lleva a una pregunta que suelen hacerse los creyentes desanimados. Es algo así: si estoy muerto al pecado, ¿por qué sigo luchando con el pecado? Si mi cautiverio bajo la tiranía del pecado ha terminado, ¿por qué sigo cediendo a las exigencias del pecado?

La respuesta es que, aunque la penalidad del pecado ha sido pagada y el poder del pecado ha sido derrotado, la presencia del pecado permanece en la vida de cada creyente. Y hasta que esta vida termine, el pecado continuará tentándonos.

El pecado remanente y la tentación constante 

Cuando Cristo nos salva, derriba al pecado del trono de nuestros corazones y toma su lugar legítimo como Señor de nuestras vidas. Sin embargo, es importante que recordemos que, si bien el pecado es un enemigo derrotado, el pecado sigue siendo un enemigo siempre presente. Y hasta su último aliento, este enemigo continuará atrayéndonos y seduciéndonos, provocando deseos torcidos dentro de nosotros (Stg 1:14).

Esta es la dolorosa realidad del pecado que mora en nosotros. Y es por eso que Pablo insta a los cristianos en Romanos 6:12: «por tanto, no reine el pecado en su cuerpo mortal para que ustedes no obedezcan a sus lujurias».

Piensa en esa palabra: «lujuria». ¿Por qué pecamos? Si sabemos que algo está mal —si sabemos el dolor que puede causar a otros, la vergüenza que puede recaer sobre nosotros y la deshonra que puede traer al Señor— ¿por qué lo hacemos? ¿Por qué la tentación llega a nosotros con tanto poder?

Aquí está la verdad, si somos lo suficientemente honestos para admitirlo: pecamos porque queremos hacerlo. En el momento de la tentación, el pecado parece atractivo.

Vemos esta dinámica en juego en el primer pecado del mundo. ¿Por qué comieron Adán y Eva del fruto prohibido? ¿Dejaron de confiar en Dios? Sí. ¿Escucharon a Satanás? Sí. Pero también «la mujer vio que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y que el árbol era deseable para alcanzar sabiduría» (Gn 3:6). Adán y Eva pecaron porque quisieron. Desearon el fruto. La tentación despertó una pasión dentro de ellos. Y cedieron.

Aunque estamos unidos a Cristo, a veces nosotros también cedemos. Hasta que seamos liberados de la presencia del pecado —hasta que lleguemos al cielo— continuaremos sintiendo la atracción de las pasiones del pecado. No obstante, como estamos unidos a Cristo, podemos resistir estas pasiones con un nuevo fervor. Ya no somos esclavos del pecado, obligados a obedecer lo que él manda. Somos santos en Cristo que tienen la bendición de obedecer todo lo que Él manda (Sal 119:1-3).

Y cuanto más caminamos con Cristo y experimentamos esa bendición, más perderá el pecado su atractivo. Verdaderamente podemos decir con el salmista:

Me deleito en hacer tu voluntad, Dios mío;
Tu ley está dentro de mi corazón (Salmo 40:8).

Cuando venga la tentación, admítete a ti mismo: «¡quiero hacer esto! ¡Deseo pecar!». Luego ora: «Señor, con toda la fuerza que es mía en Cristo, ayúdame a refrenar mis pies de todo mal camino para guardar tu Palabra, porque tus testimonios son mi gozo» (cf. Salmo 119:101, 111).

Unión con Cristo y esperanza inquebrantable 

Muchas veces, nuestra lucha continua con el pecado es una fuente de desánimo. Pero los cristianos tenemos una esperanza inquebrantable: nuestra unión con Cristo. Como dice Martyn Lloyd-Jones: «no hay nada, tal vez, en toda la gama y el reino de la doctrina que, si se capta y comprende adecuadamente, dé mayor seguridad, mayor consuelo y mayor esperanza que esta doctrina de nuestra unión con Cristo1».

¿Por qué es eso cierto? Es cierto porque cuando Dios te trae a la unión con Cristo, Él no te dejará ir.

En Cristo, somos justificados: la penalidad del pecado está pagada. En Cristo, estamos siendo santificados: el poder del pecado está quebrantado. Y en Cristo, seremos glorificados: un día, la presencia del pecado no existirá más. Dios completará la buena obra que ha comenzado en nosotros (Fil 1:6). Aunque nuestro esfuerzo por la santidad esté lleno de dificultades y decepciones ahora, Él nos sostendrá hasta el fin. Él nos hará puros e irreprensibles, y estaremos ante la presencia de su gloria con gran alegría (Jud 24).

Un día, Él nos santificará por completo (1Ts 5:23).

Así que deja que la doctrina de la unión con Cristo disperse las nubes de duda y desánimo de tu corazón. Podemos estar seguros de nuestra salvación porque estamos unidos a nuestro Salvador.

Él nos liberó de la tiranía del pecado, nos llamó a vivir a su servicio y no nos soltará. Él nos está haciendo fructíferos, podando lo que es malo de nuestras vidas y produciendo lo que es bueno. Él ha garantizado nuestro futuro, y ha prometido llevarnos a través de esta vida y hacia las glorias de la vida venidera. Estamos a salvo y seguros en Cristo Jesús nuestro Señor.

Brad Wetherell es autor de Saved to Sin No More: How Union with Christ Empowers a Life of Holiness [Salvados para no pecar más: cómo la unión con Cristo nos capacita para una vida de santidad].

Este artículo fue publicado originalmente en inglés y traducido con el permiso de Crossway.
  1. Jonathan Edwards, The Religious Affections [Los afectos religiosos] (Garden City, N. Y.: Dover Publications, 2013), 374. N. del T.: traducción propia.
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Brad Wetherell

Brad Wetherell es el pastor a cargo de The Orchard, una iglesia con varias sedes en los suburbios del noroeste de Chicago. Tiene un doctorado en Ministerio y sirve en el comité directivo de la sección regional de Chicago de The Gospel Coalition, que reúne a pastores para el aliento, el compañerismo y la oración. Brad y su esposa, Kristen, tienen tres hijos.