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Eric Liddell se plantó en la línea de salida de los Juegos Olímpicos de 1924 como el hombre más rápido del mundo.

Normalmente, había pocas dudas de que Liddell sería la primera persona en cruzar la línea de meta. Pero tras enterarse de que las series clasificatorias para su mejor prueba, los cien metros planos, se llevarían a cabo un domingo, el corredor escocés decidió retirarse de la carrera.

Liddell era más que un velocista de élite; también era cristiano. Y debido a que Liddell consideraba el domingo como el día de reposo cristiano, creía que honrar a Dios con su deporte significaba abstenerse de competir los domingos, incluso si eso implicaba perderse una carrera olímpica.

En su lugar, Liddell se inscribió en los cuatrocientos metros planos, que se celebraban un día de semana. Corrió la carrera de la misma forma que corría los cien metros, corriendo a toda velocidad desde el disparo hasta la cinta. Terminó en primer lugar, estableciendo un nuevo récord mundial de 47,6 segundos e inmortalizándose como el arquetipo del atleta cristiano. Dos líneas pronunciadas por su personaje en el docudrama de 1981, Carros de fuego, capturan perfectamente su ética de «el deporte como adoración» que sigue impulsando a muchos ministerios deportivos hoy en día: «yo creo que Dios me hizo con una intención precisa. ¡Pero también me hizo veloz! Y cuando corro, siento su regocijo».

De Liddell a las ligas pequeñas 

Aunque oradores aún usan esas palabras ficticias en círculos deportivos cristianos hoy, la realidad de su convicción verdadera de no competir el domingo (incluso en las Olimpiadas) se sienten casi —bueno— vergonzosas. ¿Perder la final olímpica porque cae un domingo? ¡Hoy, muchos de nosotros sentimos que no podemos perdernos un partido de fútbol de fase de grupos de un niño de 8 años a las 9:00 a. m. un domingo! Como dice el historiador Paul Putz: «la pregunta de estos días no es si los atletas de élite cristianos deben realizar deporte en un par de domingos seleccionados; es si las familias cristianas comunes y corrientes deben saltarse la iglesia varios fines de semana al año para que sus hijos puedan ir tras la gloria de su selección infantil/juvenil1».

Puede que no tengamos que decidir si correremos o no un domingo en los próximos Juegos Olímpicos, pero hoy la decisión de Liddell —aunque a muchos les suene tan anticuada como conectarse a Internet por línea telefónica— sigue siendo igual de relevante debido a la pregunta eterna que hay detrás: «¿cómo puedo honrar mejor a Dios con mi trayectoria en los deportes juveniles, especialmente cuando afecta la participación en la iglesia?». Esa pregunta implica muchas decisiones con las que los padres cristianos luchan, incluyendo si estarán o no en un partido o en la iglesia un domingo determinado.

En nuestro libro Away Game: A Christian Parent’s Guide to Navigating Youth Sports [Partido de visita: una guía para padres cristianos sobre cómo navegar el deporte juvenil], describimos cómo los deportes juveniles ofrecen un contexto maduro para ayudar a nuestros hijos a convertirse en seguidores de Jesús, y ofrecemos muchos ejemplos prácticos de cómo podría verse eso. Este artículo se centra en el conflicto entre la asistencia a la iglesia y la participación deportiva. Examinaremos el mandato bíblico de reunirse como creyentes y cómo eso se cumple en la iglesia local, planteando preguntas a lo largo del camino sobre las prioridades del discipulado. Luego consideraremos cuatro tipos de respuestas cristianas a la interrogante de si participar en deportes juveniles los domingos por la mañana.

«No dejando de congregarnos» 

Dejaremos esto claro desde el principio: la asistencia a la iglesia como estilo de vida no es negociable.

Por «asistencia a la iglesia» nos referimos a reunirse regularmente con otros cristianos para escuchar la Palabra predicada y adorar a Dios a través del canto, la oración y las ordenanzas de la comunión y el bautismo. En la actualidad, demasiados cristianos profesantes tratan la asistencia a la iglesia como algo opcional; la aceptan lo suficiente como para ser contados entre los que «van a la iglesia» en un censo, pero no de una manera que pueda confundirse con un compromiso. Hebreos 10:25 advierte claramente a los seguidores de Jesús a no dejar de congregarse. No dice con qué frecuencia. Sólo nos amonesta a no ser alguien «negligente» y a asegurarnos de que habitualmente nos reunamos con otros creyentes.

Lamentablemente, el deporte juvenil se ha convertido en la excusa principal para dejar de congregarse, ya sea el domingo o cualquier otro día de la semana. La participación en los deportes a menudo se convierte en un soporte funcional para la desobediencia.

Padres, recuerden que somos responsables de instruir a nuestros hijos en el camino que deben seguir para que no se aparten de él (Pr 22:6), no de entrenarlos en su deporte para que tengan la máxima oportunidad de entrar en un equipo de la escuela. Algunos padres pueden esforzarse por hacer ambas cosas, pero hoy se ha vuelto demasiado fácil enfatizar una mientras se descuida la otra. Si queremos que nuestros hijos caminen con Jesús una vez que se vayan de nuestra casa, el entrenamiento en el hogar no es suficiente. Su formación espiritual depende en gran medida tanto de lo que aprenden de nosotros como de lo que experimentan entre una comunidad de creyentes. El discipulado es una asociación entre los padres y la iglesia.

Pero son sólo unos pocos domingos, ¿no? 

Estas prioridades no siempre están en el primer plano de la mente de los padres al considerar las actividades atléticas de sus hijos. El debate actual sobre si está bien que las familias falten a la iglesia por eventos deportivos suele incluir preguntas como estas:

  • «¿Está bien que faltemos a la iglesia por un torneo de béisbol fuera de la ciudad?».
  • «¿Cuántas veces podemos faltar a la iglesia por los deportes antes de que haya un problema?».
  • «¿Deberíamos inscribirnos en esta liga sabiendo que existe la posibilidad de que juguemos los domingos?».

Estas preguntas a menudo disfrazan la misma inclinación que hay detrás de la pregunta sobre el noviazgo y la pureza sexual: «¿qué tan lejos es demasiado lejos?». Hay preguntas más importantes con las que debemos luchar primero si queremos estar alineados con el corazón de Dios:

  • «¿Qué papel juega la iglesia en el discipulado de nuestra familia?».
  • «¿Qué comunica a nuestros hijos dar prioridad a la asistencia a la iglesia?».
  • «¿Qué valor otorga la Escritura a la adoración comunitaria?».
  • «¿Qué papel juega nuestra familia en la vida de otras personas en la iglesia?».
  • «¿Cuáles son las expectativas de Dios para nuestros ritmos de trabajo, descanso y juego?».

Padres, nosotros necesitamos a la iglesia y la iglesia nos necesita a nosotros. Sólo cuando cada parte funciona correctamente, todo el cuerpo crece y prospera (Ef 4:15-16), y ese crecimiento incluye el desarrollo espiritual de nuestros hijos. En lugar de preguntarnos cuántos domingos podemos faltar, la pregunta más importante se refiere a cómo podemos ser miembros fieles y fructíferos de nuestro cuerpo de la iglesia local, ya sea que esa participación nos encuentre sentados en las bancas en adoración comunitaria o en las gradas y en los campos como el brazo misional de la iglesia. A lo largo de un año calendario, ¿qué disciplinas intencionales tenemos en marcha para mantener a nuestra familia en una trayectoria de crecimiento espiritual?

Al mismo tiempo, asegurémonos de no poner todos los huevos del crecimiento espiritual de nuestros hijos en la canasta del domingo. ¿Tienen un plan de alimentación espiritual más allá del domingo por la mañana? Algunos de nosotros nos sentimos abrumados por perdernos un domingo porque sabemos que no está sucediendo nada más el resto de la semana para desarrollar a nuestros hijos espiritualmente. Debemos asegurarnos de que ese no sea el caso.

Cuatro familias deportivas cristianas

Durante la última década, en nuestras interacciones con padres cristianos involucrados en deportes juveniles, nos hemos encontrado con muchas convicciones diferentes. En términos generales, hemos hallado cuatro enfoques para abordar la tensión. Cada uno de estos caminos conlleva sus propios peligros que deben ser abordados.

1. «Queremos estar en la iglesia los domingos, pero el deporte juvenil no nos deja»

Este grupo se siente impotente. Sinceramente, preferirían estar en un servicio de adoración el domingo por la mañana en lugar de estar sentados en las gradas viendo un partido, pero sienten que no tienen otra opción. Se inscribieron en este equipo y en los torneos que juegan, y da la casualidad de que muchos de ellos terminan los domingos. (Algunos torneos no comienzan antes del mediodía del domingo, pero hoy la mayoría ni siquiera toma en consideración la asistencia a la iglesia).

Si esto te describe, debes saber que incluso hoy es posible participar en deportes juveniles manteniendo una convicción al estilo de Liddell de no faltar nunca a los servicios del domingo por la mañana. Puede que seas incluso más contracultural que él, pero no tienes que ir contra tu conciencia sólo porque el «Complejo Industrial de Deportes Juveniles» ya no tenga una.

Como nos recuerda el pastor David Prince, los adultos pueden tomar decisiones, y podemos elegir no ser controlados por los deportes juveniles.

Los deportes nunca han sido la causa de que alguien falte a la iglesia jamás; ni una sola vez en la historia del mundo. Los deportes no pueden provocar que faltes a la iglesia. Tú eliges faltar a la iglesia. No eres una víctima del horario del equipo deportivo más de lo que eres víctima del horario de cualquier otra persona. Tú decides lo que haces y lo que no haces. Crecí en una zona que tenía muchos lagos muy bonitos, y el lago nunca hizo que nadie faltara a la iglesia, aunque mucha gente faltaba a la iglesia para ir al lago2.

La mayoría de los entrenadores lo entenderán (aunque a algunos no les guste) si les dices de antemano que no estarás disponible para ningún partido que ocurra antes del mediodía del domingo. Si un entrenador dice que tu hijo no puede estar en el equipo debido a esa convicción, hay muchos otros equipos donde no será un problema. Pero la mayoría de las veces, si te comunicas con claridad y respeto, los entrenadores trabajarán contigo.

Tus hijos no se quedarán atrás porque se hayan ausentado de algunos partidos. Si Chick-fil-A3 puede dominar el mercado de sándwiches de pollo de comida rápida estando cerrado el domingo, nuestros hijos pueden faltar a los partidos del domingo por la mañana sin destruir su futuro deportivo. Por el contrario, al no elegir nunca la iglesia por encima de los partidos, podríamos estar dañando su futuro espiritual mientras que en realidad hacemos poco o nada por su futuro atlético.

2. «Somos cristianos, pero no creemos que ir a un servicio sea tan importante»

En el otro extremo del espectro, algunos padres no tienen una opinión sólida sobre la asistencia a la iglesia en absoluto y aceptan de buen grado la ausencia por casi cualquier motivo: visitas de amigos de fuera de la ciudad, un día inusualmente hermoso o porque simplemente no tienen ganas de ir.

En algunos casos, estas familias nunca se recuperaron de los cierres por el Covid. O tal vez se han desencantado con la iglesia organizada y, aunque no se catalogarían como personas que están «deconstruyendo» su fe, se han hastiado de asistir a servicios estructurados en un edificio. Por cualquier razón, la asistencia a la iglesia se ha vuelto opcional para ellos. Cuando se trata de deportes juveniles, siguen el calendario de partidos tal como se presenta y no piensan mucho en lo que eso podría comunicar a sus hijos sobre la prioridad relativa de la participación en la iglesia.

Pero como escribimos anteriormente, la asistencia regular a la iglesia no sólo es innegociable para los cristianos que intentan vivir en obediencia; también es uno de los principales desarrolladores de la fe para nuestros hijos. No podemos discipular a nuestros hijos solos. No podemos esperar poner a nuestros hijos en una posición ganadora espiritualmente si descuidamos a los «compañeros de equipo» proporcionados por la iglesia. Esa es una tarea tan imposible como intentar jugar un partido de fútbol americano sólo tú y tu hijo contra un equipo completo de once en el otro lado. La Escritura habla de la iglesia como un cuerpo con muchos miembros por una razón. Una congregación sana tiene fortalezas y especialidades que entrenarán y afilarán a tus hijos espiritualmente en cooperación y coordinación contigo.

Además, participar en la vida del cuerpo no es sólo para el desarrollo espiritual de nuestra familia. Al vivir en una cultura individualista y consumista, a veces podemos centrarnos tanto en lo que es mejor para nuestra familia que nuestra responsabilidad hacia la familia de Dios se pierde en el camino. Pero recuerda: presentarse consistentemente a un servicio no se trata sólo de nosotros.

Vamos para cumplir el papel que Dios nos ha dado en la vida de otros cristianos, para asegurarnos de que estamos administrando la responsabilidad que Dios nos da los unos por los otros. Vamos para invertir en un puñado de vidas cuyas historias se cruzan con la nuestra en un momento particular del tiempo. Vamos para conocer lo suficiente de las historias de los demás como para tener algo por qué orar por ellos y para tener preguntas de seguimiento cuando nos veamos.

Vamos para desempeñar nuestro papel en el cuerpo de Cristo. Y no puedes hacer eso si nunca estás en la comunidad.

3. «No faltamos al servicio dominical por nada del mundo» 

También hemos conocido a padres que creen que un cristiano nunca debe faltar a la iglesia, independientemente de las circunstancias, sea cansancio extremo, viajes por vacaciones o primeros días de una pandemia mundial. Cuando se trata de deportes juveniles, estos padres ni siquiera consideran faltar a la iglesia por un partido. Lidian con la tensión trazando una línea firme y sin cruzarla nunca. ¡Para ellos no hay tensión en absoluto!

Aplaudimos el compromiso de estas familias no sólo de reunirse semanalmente con su iglesia, sino también de comunicar convicciones que se elevan por encima de las suposiciones sociales actuales. Ciertamente apoyamos la idea de hacer de la adoración con el pueblo de Dios una norma inquebrantable en lugar de descuidarla por completo.

Pero los padres también deben tener cuidado de no entrenar sutilmente a sus hijos para que pierdan el sentido de la reunión en primer lugar. Puede sonar extraño, pero para algunos, estar en la banca puede ocupar un lugar casi idólatra en su vida, separado de la vida espiritual a la que apunta. En consecuencia, a sus hijos les costará entender lo que significa estar en misión en el contexto de los deportes, o en cualquier otro lugar.

Hemos conocido a padres que priorizaban sentarse en la primera fila cada semana como si eso fuera la meta, mientras les importaba poco cómo sus hijos procesaban lo que escuchaban y hacían poco para fomentar el crecimiento espiritual o vivir el Evangelio en casa. Cuando la asistencia a la iglesia se degrada a una casilla legalista que marcar, puede dañar la fe de nuestros hijos, enseñándoles a abrazar la apariencia externa de piedad mientras niegan su poder para transformar la forma en que vivimos (2Ti 3:5).

4. «Nos preocupa más ser la iglesia en el mundo que estar en la iglesia»

Un cuarto grupo (y uno al que debemos prestar más atención) valora la asistencia a la iglesia pero también valora las oportunidades misionales que ofrecen los deportes juveniles. Faltarán a la iglesia por varios torneos al año, pero no quieren que se convierta en un hábito. Siempre sienten un «tirón» en su espíritu al estar sentados en la línea de banda a las 10:00 a. m. de un domingo, pero también son intencionales en ser las manos y los pies de Jesús en esos eventos.

Este grupo invierte energía en crear experiencias espirituales con sus hijos mientras están de viaje. Puede que escuchen el sermón de su iglesia local. Puede que visiten una iglesia en la ciudad donde se celebra el torneo, quizás incluso probando una denominación o un estilo de adoración diferente para dar a sus hijos una experiencia más amplia. Se ven a sí mismos como «misioneros deportivos», aunque todavía están aprendiendo qué significa exactamente eso en las diferentes etapas de la trayectoria deportiva de sus hijos.

Pero este tipo de familia tiene un problema si dice que quiere ser misional, pero no pone ninguna intencionalidad detrás de ello. Es fácil caer en una asistencia pasiva, sólo sentándose para ver partido tras partido, sin salir nunca de las superficialidades habituales que llenan la mayoría de las gradas. Simplemente identificarse como cristiano no marca la diferencia en la vida de otros padres; comportarse como uno sí lo hace.

Los misioneros deportivos no se limitan a charlar interminable y aleatoriamente con la gente. Se arriesgan a hacer preguntas que van más allá de la superficie y tienen una curiosidad y preocupación genuinas por la vida de los demás. Encarnan lo que significa seguir a Jesús en sus respuestas, tanto para aquellos que no lo conocen en absoluto como para los creyentes que simplemente necesitan ser estimulados «al amor y a las buenas obras» (Heb 10:24). No sólo esperan que sus hijos sirvan bien a sus compañeros de equipo; buscan formas de servir a otros padres.

¿Hacia dónde vamos ahora? 

Antes de correr la final de los 400 metros planos, a Liddell le entregaron un papel doblado. Al abrirlo más tarde, leyó: «dice en el viejo libro: “yo honraré a los que me honran”. Te deseo el mejor de los éxitos siempre». El masajista que se lo dio le estaba recordando 1 Samuel 2:30.

La conciencia de Liddell lo llevó a honrar a Dios al negarse a correr su mejor prueba un domingo; Dios honró a Liddell permitiéndole ganar una carrera en la que normalmente no tendría tanto éxito. El verdadero premio para Liddell no fue la victoria, sino saber que, ganara o perdiera, lo hacía todo para la gloria de Dios.

A veces Dios nos honra con resultados deportivos positivos; a veces no. Pero Él siempre honrará a la familia que lo pone en primer lugar. Como familias, haríamos bien en evaluar regular y honestamente si nuestra prioridad es la misma que la de Liddell, independientemente de cómo se desarrollen los detalles de la trayectoria deportiva de nuestros hijos.

Pero entiendan que, como cristianos, poner a Dios en primer lugar incluye necesariamente priorizar a su iglesia. Nos reunimos no sólo porque nos beneficia (aunque así sea). Nos reunimos por quiénes somos.

En Cristo, somos miembros con funciones que desempeñar en su cuerpo (1Co 12:27). No somos trabajadores independientes espirituales criando hijos atletas con Jesús por nuestra cuenta. Pertenecemos a un pueblo. Y nuestra presencia importa en sus vidas tanto como la presencia de ellos importa en la nuestra.

La pregunta del deporte juvenil, entonces, no es sólo: «¿cómo me aseguro de que mis hijos reciban suficiente iglesia?». La pregunta es: «¿estamos viviendo como miembros fieles del cuerpo de Cristo de una manera que produzca crecimiento en todos nosotros?».

Vivir esta identidad comunitaria nos protege de un enfoque excesivamente individualista. Después de todo, la iglesia local no es un accesorio de fin de semana para una vida cristiana autodirigida. Permanecer conectados como pueblo de Dios es central para nuestra identidad. Y el deporte juvenil debe orbitar alrededor de esa realidad, no al revés.

Para algunas familias, eso significa trazar una línea firme con respecto a los domingos por la mañana. Para otras, significa limitar cuidadosamente la frecuencia con la que el deporte los aleja. Sin embargo, para todos nosotros, nuestros ritmos a través de las estaciones de la vida —y las temporadas deportivas— deberían comunicar claramente a nuestros hijos: pertenecemos a Cristo, y pertenecer a Cristo significa pertenecer a su pueblo.

Así que, el objetivo final no es sólo la asistencia a un edificio. Es la fidelidad a Dios y a su pueblo. Mucho después de que terminen los torneos y las ligas infantiles/juveniles, un sólo cuerpo permanecerá y un sólo Reino perdurará.

Por la gracia de Dios, que nuestras familias se encuentren ancladas en ambos.

Publicado originalmente en Desiring God. Usado con permiso.
  1. Paul Emory Putz, «Eric Liddell’s Legacy Still Tracks, 100 Years Later» [El legado de Eric Liddell aún sigue, 100 años después], Christianity Today, julio/agosto de 2024. N. del T.: traducción propia.
  2. Como señala Sarah Eekhoff Zylstra en «Youth Sports, Healthy Families, and the Future of the Church» [Deportes juveniles, familias saludables y el futuro de la iglesia], publicado en The Gospel Coalition el 3 de octubre de 2024. N. del T.: traducción propia.
  3. N. del T.: Chick-fil-A es una cadena de restaurantes estadounidense, ​​que se especializa en pollo.
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Brian Smith
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Brian Smith

Brian Smith es autor de muchos libros, entre los que se incluye Away Game: A Christian Parent’s Guide to Navigating Youth Sports [Partido de visita: una guía para padres cristianos sobre cómo navegar el deporte juvenil] y The Christian Athlete: Glorifying God in Sports [El atleta cristiano: cómo glorificar a Dios con los deportes]. Graduado de Wake Forest University donde practicó atletismo en pista y campo traviesa; Brian también tiene una maestría en Teología y Estudios del Deporte de la Baylor University.
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Ed Uszynski
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Ed Uszynski

Ed Uszynski es autor, conferencista y pastor en el ámbito deportivo con más de tres décadas de experiencia discipulando a atletas universitarios y profesionales. Es autor de Away Game: A Christian Parent’s Guide to Navigating Youth Sports [Partido de visita: una guía para padres cristianos sobre cómo navegar el deporte juvenil] y tiene dos grados teológicos de Trinity Evangelical Divinity School y un PhD en Estudios Culturales Estadounidenses de Bowling Green State University.