Él ayuda al alma a acercarse con confianza, pero con reverencia; con temor filial, pero con una fe valiente; con celo e importunidad, pero con sumisión humilde; con esperanza viva, pero con negación al yo (David Clarkson, 1622-1686).
Imagina a Ester. Se encuentra ante la puerta del atrio interior del rey. No ha sido invitada a su presencia. Vacila, consciente del fatídico paso que va a dar.
Aunque viste las túnicas reales como reina de Persia, es mucho más una posesión preciada que una esposa amada. De hecho, las mismas circunstancias de su ascenso al palacio fueron diseñadas para poner a las reinas, y a todas las mujeres del imperio, en su lugar.
Su predecesora se había negado al llamado del rey cuando él deseaba presumir su belleza en un banquete real. En respuesta, el rey destituyó a su reina e inició una búsqueda por todo el imperio para encontrar una nueva. Ester, una huérfana judía bajo el cuidado de su tío Mardoqueo, había «ganado» el certamen. Aunque sea reina, está lejos de ser su igual, y ni siquiera es su única mujer.
Ester se encuentra ahora en una encrucijada donde ambas opciones apuntan a una muerte probable. El rey ha sido engañado para emitir un edicto irreversible contra los judíos, sin saber que su nueva reina es judía. Su tío le ha suplicado que ayude a su pueblo y le advierte que ella también podría morir si el decreto prevalece.
Por otro lado, la muerte también podría esperarla si se acerca al rey sin ser llamada. Como todos sabían, el dictado real estipulaba:
Cualquier hombre o mujer que vaya al rey en el atrio interior, sin ser llamado, él tiene una sola ley, que se le dé muerte.
Es decir, con una sola excepción. A los visitantes no invitados se les daría por muertos al llegar «a menos que el rey le extienda el cetro de oro para que viva» (Est 4:11).
Aunque Ester se cuestiona si tal vez no goza del favor del rey en este momento («yo no he sido llamada para ir al rey por estos treinta días», v. 11), acepta el riesgo y pone su mano en la puerta, sabiendo, como le ha dicho a su tío: «y si perezco, perezco» (v. 16).
Ella entra.
El cetro de oro de Dios
Hoy, unos 2500 años después, todavía celebramos la valentía de Ester. Ante tales incertidumbres y una posible muerte por ambos lados, ella tomó una medida que podría rescatar a otros, en lugar de esperar pasivamente su propio destino.
Sin embargo, noten esto: los que profesamos a Cristo no estamos en el lugar de incertidumbre de quien no ha sido invitado, como Ester, cuando nos atrevemos a acercarnos al atrio interior del cielo. Aunque la majestad de nuestro Rey supera con creces la del «rey de reyes» persa sobre 127 provincias desde la India hasta Etiopía, nos acercamos a su trono para presentar nuestras peticiones con una confianza asombrosa.
Ester no se equivocó al proceder con cautela, sin embargo, nosotros nos acercamos a un trono mucho más alto y lo hacemos con valentía, sabiendo que, en Cristo, el Dios del cielo ya nos ha extendido su cetro de oro.
Vengamos con asombro
La oración cristiana invita a una mezcla sorprendente de la mayor reverencia con la más profunda confianza.
Primero, la reverencia —y nada menos que la reverencia— es lo que corresponde al acercarnos al mismísimo trono del cielo, el asiento de Dios Todopoderoso, el que todo lo ve, el totalmente justo y el omnipotente.
En cuanto a aquel soberano persa, el denominado «rey de reyes», eran tan grandes «las riquezas de la gloria de su reino y el magnífico esplendor de su majestad» que pudo exhibirlas durante 180 días (Est 1:4). Conocido en la historia como Jerjes el Grande, su majestad superaba con creces la de David y Salomón, e incluso la de Nabucodonosor y Ciro. Era el hombre más rico y poderoso que existía, más que cualquiera que hubiera vivido hasta ese momento, superando no sólo a sus contemporáneos sino también a sus predecesores.
Reflexionen sobre un rey así, y luego comparen su gloria con la de Dios Todopoderoso. La majestad del «Rey grande sobre todos los dioses» (Sal 95:3) es infinitamente superior a cualquier gobernante persa. Dios Todopoderoso merece una reverencia mucho mayor al acercarnos a Él. Alguien podría atreverse a acercarse a Jerjes, como hizo Ester, y esperar obtener su favor. ¿No deberíamos esperar, entonces, que el temor y la incertidumbre al acercarnos al trono del cielo eclipsen eso?
Vengamos con audacia
Sin embargo, en Cristo, el verdadero Rey de reyes —y Gran Sumo Sacerdote— somos convocados a acercarnos al trono con confianza. Mientras Ester avanzaba hacia el soberano de Persia con valentía femenina, todos los que estamos en Cristo, hombres y mujeres, judíos y gentiles, nos acercamos a Dios Todopoderoso, como exhorta Hebreos, con confianza.
Por tanto, acerquémonos con confianza al trono de la gracia para que recibamos misericordia, y hallemos gracia para la ayuda oportuna (Hebreos 4:16, [énfasis del autor]).
En Jesús, no sólo venimos al trono celestial, con su altura y grandeza insuperables, sino que venimos al «trono de la gracia». Es, en efecto, un trono. El Soberano de todo el mundo y de su historia se sienta con omnipotencia. Su majestad eclipsa por completo las glorias de la antigua Persia, Grecia y Roma, y todas las glorias humanas, pasadas y presentes, combinadas. Y aun así, Hebreos nos invita a entrar en su presencia.
¿Cómo podríamos entonces nosotros, siendo tan débiles e inadecuados, reunir la reverencia suficiente para acercarnos a tal dignatario? No se nos deja a nuestra suerte, sino que tenemos un Ayudador que es Dios mismo. Según Thomas Boston (1676-1732), el propio Espíritu Santo de Dios obra en nosotros «una santa reverencia a Dios, a quien oramos, la cual es necesaria en la oración aceptable. Mediante esta visión, Él nos infunde un santo pavor y asombro por la majestad de Dios1».
Y venimos a un trono de gracia. ¿Podemos dudar con justicia del favor del Padre hacia su propio Hijo? La audacia con la que venimos no es confianza en nosotros mismos, en nuestro mérito, en lo que merecemos o en nuestra valía. Es confianza en Jesús, en su persona, su condición de Hijo, su aceptación, su sacerdocio, su mérito y su valía. Y aquí también tenemos un Ayudador. El propio Espíritu de Dios, dice Boston, obra en nosotros esta santa confianza: «esto es lo que hace que la oración sea un alivio para un corazón atribulado, ya que el Espíritu despierta en nosotros una santa confianza en Dios como Padre2».
Vengamos en el Espíritu
Si se preguntan: «¿cómo lograré equilibrar esto correctamente? ¿No está más allá de mis capacidades tener tanto una reverencia digna de Dios como una confianza digna de Cristo?». Sí, está más allá de nosotros. Por eso el Ayudador, que mora en nosotros, es tan vital en la oración. Él nos ayuda en nuestra debilidad (Ro 8:26). Él obra en nosotros reverencia, obra en nosotros audacia, y sigue obrando en nosotros esa integración. Y con tal ayuda, Joseph Hall (1574-1656) se atreve a decir:
Las buenas oraciones nunca regresan a casa llorando. Estoy seguro de que recibiré o lo que pido o lo que debería pedir3.
Mientras oramos, día tras día, nos apoyamos en el Espíritu para alimentar tanto la santa reverencia como la santa confianza en nuestros corazones. Y con su ayuda, buscamos mantener ante nosotros toda la historia de Cristo en su totalidad: su despojamiento al hacerse hombre, su humillación al ir a la cruz, y su poder y gloria al resucitar de entre los muertos, ascender al cielo y sentarse a la diestra de Dios.
Para oraciones íntegras, necesitamos al Cristo íntegro: Dios creador y compañero humano. Y necesitamos su historia completa: la condescendencia en la encarnación y la cruz, y la exaltación desde la tumba hacia el cielo y hacia el trono. Necesitamos su majestad y su mansedumbre, las cuales nos hacen ser tanto reverentes («Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre…») como confiados («…en el nombre de Jesús oramos»).
Sin duda, nuestras vidas humanas y nuestras vidas eclesiales son complejas. En nuestra finitud y pecado, a menudo enfatizamos una verdad en detrimento de otra. Tanto en nuestras oraciones privadas como en nuestras peticiones comunitarias, nos inclinamos hacia desequilibrios —demasiado informales o demasiado tímidos— y necesitamos el reequilibrio del Espíritu Santo, del Cristo íntegro y de una comunión sana. Y así, a lo largo de este camino, Dios gestiona esta unión en nosotros, esta santa mezcla de asombro ante su majestad y audacia en nuestro Mesías.
Lo que pides o algo mejor
Entonces, ¿qué resultó de la atrevida entrada de Ester?
Cuando el rey vio a la reina Ester de pie en el atrio, ella obtuvo gracia ante sus ojos; y el rey extendió hacia Ester el cetro de oro que estaba en su mano. Ester entonces se acercó y tocó el extremo del cetro. Y el rey le dijo: «¿qué te preocupa, reina Ester? ¿Y cuál es tu petición? Hasta la mitad del reino se te dará» (Ester 5:2-3).
Así también nosotros venimos y seguimos viniendo: diariamente en oración, semanalmente en la adoración comunitaria. El Espíritu de Dios nos da reverencia con confianza, humildad con audacia, asombro con valentía. A la luz del poder de Dios, nos acercamos a Él con santo temor; a la luz de su misericordia, venimos con un deleite expectante.
En Cristo, entramos no sólo con la seguridad de que ya tenemos el favor del Rey, sino sabiendo que el reino de nuestro Padre supera con creces a todos los demás. Y es el buen placer de nuestro Padre darlo todo, con Cristo, a su iglesia.
Al reconocer nuestra bajeza y la dignidad de Cristo, ni nos arrastramos ni entramos con arrogancia a la presencia de Dios. Y no nos vamos a casa indiferentes ni llorando. En Cristo, recibiremos lo que pedimos o lo que debimos haber pedido. Gracias, Espíritu Santo.
Publicado originalmente en Desiring God. Usado con permiso.