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En un reciente momento de fanatismo por el béisbol, vi un video que explicaba por qué Shohei Ohtani, una de las mayores estrellas de este deporte, es capaz de generar esa potencia extraordinaria con la que batea jonrones rutinariamente. No te aburriré con todos los detalles, pero la respuesta tiene que ver con la ubicación y el momento exacto en que planta su pie delantero, lo que a su vez permite que sus caderas giren con rapidez, generando la fuerza enorme con la que lanza la pelota por encima de la cerca.

Es interesante considerar que Ohtani, como jugador de béisbol, pasa solo una mínima fracción de su tiempo realizando la actividad por la que es tan conocido (batear la pelota). Una parte mucho mayor implica su preparación antes (y durante) el bateo, y luego su acompañamiento del movimiento, incluyendo tanto el recorrido del bate después de golpear la bola como su enfriamiento mental y físico postpartido. Todo ese paquete de actividades —preparación, ejecución y seguimiento— requiere habilidad, concentración y trabajo duro.

Como pastor que predica casi todos los domingos, no puedo evitar sentirme algo similar: la mayor parte de mi trabajo ocurre antes (y después) de entrar en la caja de bateo.

Pastores en el plato

Al principio de mi ministerio, un feligrés me dijo, con toda seriedad, que debía de ser agradable ser pastor, ya que solo tenía que trabajar una media hora a la semana. Por supuesto, ese entendimiento de la predicación es similar a pensar que Shohei Ohtani simplemente se pasea por el plato unas cuantas veces al día, batea con todas sus fuerzas y se guarda millones de dólares por su molestia. Al igual que un buen bateo, una buena predicación requiere mucho trabajo arduo, incluyendo la preparación y el seguimiento. A diferencia de los jugadores profesionales de béisbol, por supuesto, ¡los predicadores no somos compensados con contratos multimillonarios! Pero la recompensa es mucho mayor: no es una pelota golpeada por encima de la cerca del jardín central, sino la Palabra de Dios impulsada profundamente en los corazones humanos, transformando vidas para la eternidad.

El trabajo arduo de la predicación ocurre bajo y dentro del poder soberano de Dios. En la predicación, como en muchas otras actividades de la vida, nosotros hacemos algo y Dios lo hace todo. «Se prepara al caballo para el día de la batalla, pero la victoria es del Señor» (Pr 21:31). Uno de mis héroes de la predicación solía orar antes de sus sermones para que la congregación escuchara un mensaje mejor que el que él predicaba; él llevaba al púlpito el fruto de su preparación diligente (preparaba el caballo para la batalla) y confiaba en que Dios mejoraría enormemente lo que ofrecía (el crédito de la victoria era para su Señor). El llamado al trabajo arduo de la predicación no fluye de una falta de fe en Dios, sino de un sentido pleno de la asombrosa responsabilidad que Dios da a los predicadores: declarar su Palabra.

Entonces, ¿en qué consiste exactamente el duro trabajo de la predicación?

El trabajo duro de la preparación

En 2 Timoteo 2:15, Pablo insta a Timoteo: «procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que maneja con precisión la Palabra de verdad». Es significativo que Pablo considere que Timoteo rinde cuentas, en última instancia, no a otro ser humano, sino a Dios mismo («presentarte a Dios») por su manejo correcto del Evangelio apostólico («la Palabra de verdad»). Debido a que Timoteo responde ante nadie menos que Dios, debe «procurar con diligencia», una palabra que expresa un entusiasmo ferviente y un esfuerzo intenso.

Semana tras semana, cuando los pastores comenzamos a preparar otro sermón más, muchos factores pueden disminuir nuestro celo, entusiasmo e intensidad de esfuerzo. Podemos estar físicamente agotados, emocionalmente cansados o heridos personalmente. Podemos ser seducidos por tentaciones, distraídos por pasatiempos o abrumados por otras tareas importantes. A veces nos sentiremos tentados a tomar atajos, a pasar por alto lo difícil o a trabajar al cincuenta por ciento de nuestra capacidad. Por eso, es bueno para nosotros escuchar a Pablo decir: «procura con diligencia». «Sé ferviente». «Trabaja con un esfuerzo intenso». Estamos ante Dios mismo mientras nos preparamos para predicar su Palabra.

Si aún no estamos trabajando con entusiasmo y energía, ¿cómo podríamos empezar a hacerlo? Quizá debas comenzar por usar finalmente ese tiempo de vacaciones no tomado para descansar adecuadamente. Tal vez te beneficiaría reorganizar tus ritmos semanales para realizar el trabajo creativo de la preparación del sermón en los momentos en que estés físicamente más fresco y alerta. Puede que necesites confesar tus esfuerzos mediocres y distraídos a algunos hermanos cristianos que puedan animarte espiritualmente. ¿Qué tal buscar a dos o tres pastores con ideas afines con quienes puedas colaborar en el estudio del texto y la elaboración de un sermón semanal?

En algunas semanas, nuestro arduo trabajo de preparación produce resultados inmediatos y obvios: el bosquejo del sermón encaja en su lugar como los engranajes de una caja fuerte, surgen ideas frescas del texto y el sermón parece escribirse casi solo. Y luego, en otras semanas, nuestros mejores esfuerzos se sienten como empujar un auto averiado cuesta arriba: tres horas de trabajo arduo producen un solo párrafo miserable. En mi experiencia, nunca está claro de antemano qué textos se abrirán como una flor y cuáles se resistirán obstinadamente. Tanto las semanas dolorosas como las agradables de preparación de sermones son regalos de Dios. Necesitamos ambas. La debilidad que experimentamos en la rutina nos mantiene dependientes de Dios. El alivio que sentimos en esas semanas bendecidas nos refresca con la bondad de Dios.

El trabajo arduo de la preparación del sermón ciertamente no se limitará a entender y explicar el texto de la Escritura. Incluirá sentir la gloria de los textos que predicamos. El poeta y pastor George Herbert aconsejaba a los predicadores sumergir y sazonar «todas nuestras palabras y oraciones en nuestro corazón, antes de que lleguen a nuestra boca1», para que sus oyentes pudieran percibir claramente que cada una de sus palabras nacía «desde lo profundo del corazón2». Las palabras que nacen de lo profundo requieren mucho tiempo de remojo y sazón en oración. Los predicadores que se esfuerzan al máximo se comprometerán con la Biblia tanto con la mente como con el corazón.

El trabajo duro de la predicación

Al ponernos de pie para declarar la Palabra de Dios al pueblo de Dios, nos desgastaremos físicamente, experimentando quizás incluso lo que George Whitefield llamaba «un buen sudor de púlpito3» (George Whitefield, 505). Nos desgastaremos espiritualmente, conscientes de que a Satanás no le gusta que los predicadores declaren la Palabra de Dios y, por lo tanto, a menudo nos ataca con dudas, temores, ansiedades e inseguridades. Nos desgastaremos emocionalmente, advirtiendo con seriedad, consolando con ternura y afecto, entregando el corazón al predicar a algunos que pueden estar descarriados, a otros que pueden criticarnos y a otros que nos ignorarán. Nos desgastaremos intelectualmente, pasando de las generalidades a los detalles, aplicando el texto de formas que cautiven y confronten, que hieran y sanen. Pasaremos de la abstracción a la aplicación, aterrizando e integrando el texto en la vida cotidiana, pensando de manera creativa y constructiva, interactuando externamente con la cultura en general e internamente con los anhelos, confusiones y debilidades del corazón humano.

Predicaremos entre tos persistente, llantos de bebés, bostezos reprimidos, ojos cerrados, conversaciones susurradas, sirenas que pasan, miradas de confusión, teléfonos que suenan y expresiones de aburrimiento. Cuando alguien que llega tarde camina hacia un asiento vacío en la parte delantera del santuario y todos los ojos se vuelven hacia él, seguiremos predicando. Cuando veamos a la gente mirando el reloj, seguiremos predicando. A veces el poder y la presencia del Espíritu se manifestarán. En otras ocasiones, nuestras palabras parecerán débiles y vacilantes. A veces nuestros propios pensamientos divagarán. A veces nuestro propio corazón estará ansioso. Seguiremos predicando, presentándonos con seriedad y energía ante Dios mientras interpretamos rectamente la palabra de verdad.

El trabajo duro del seguimiento

Los predicadores tenemos la tentación de creer que, una vez predicado el sermón, todo ha terminado. Después de todo, ¡el próximo domingo ya viene en camino y tenemos otro sermón que preparar! Pero en realidad, gran parte del trabajo arduo de una predicación exitosa puede ocurrir después de haber predicado el sermón. Dios nos llama a varios tipos de trabajo postsermón.

Primero, tenemos el trabajo inmediato del corazón. Dependiendo de nuestro temperamento y niveles de confianza, junto con cómo nos sintamos respecto al sermón que acabamos de predicar, podemos sentirnos tentados hacia el orgullo o hacia la desesperación tan pronto como bajamos del púlpito. Los momentos iniciales tras el sermón son una oportunidad para entregar nuestro trabajo a Dios: para agradecerle por permitirnos preparar y predicar el sermón, para recibir su gracia por nuestros tropiezos y errores verbales, para pedirle que borre de la mente y la memoria de los oyentes cualquier cosa que no haya sido útil o verdadera, y para darle el crédito por todo lo que salió bien.

Segundo, tenemos el trabajo pastoral continuo. Esta labor comienza inmediatamente después del sermón y continúa durante toda la semana, mientras escuchamos a quienes nos escucharon. Este trabajo pastoral continuo puede requerir interrogar suavemente los cumplidos insípidos después del servicio, como: «¡buen sermón, pastor!». (¿Qué fue exactamente lo que ayudó? ¿Hubo algo que no quedó claro? ¿El sermón planteó preguntas sin respuesta?). Requerirá filtrar con humildad las críticas para discernir cómo podemos servir a la congregación de manera más eficaz. Y ciertamente requerirá permanecer alerta a cada oportunidad de seguimiento. ¿Podemos hablar con nuestra familia durante el almuerzo del domingo? ¿Podemos proporcionar preguntas de aplicación para los grupos pequeños de la iglesia? ¿Cómo podemos orar mejor para que la verdad de nuestro sermón penetre en el corazón de nuestros oyentes, pidiéndole a Dios que la lleve a lo profundo?

Tercero, tenemos el trabajo a largo plazo del corazón. Este trabajo es vital tanto en favor de la santificación personal como de la integridad en la predicación. Estamos ante el pueblo de Dios para proclamar su Palabra, aunque nosotros mismos no estemos obedeciendo plenamente esa Palabra. Pero no somos hipócritas si buscamos constantemente arrepentirnos y crecer, si nos predicamos cada sermón a nosotros mismos también.

La predicación —preparación, ejecución y seguimiento— es un trabajo arduo. Gran parte de ese trabajo no es visto por nuestras congregaciones. Pero todo es vital, y la asombrosa promesa de Dios es que Él usará nuestros humildes esfuerzos para glorificarse a sí mismo.

Publicado originalmente en Desiring God. Usado con permiso.

  1. Herbert, George. (1995). The Complete English Works of George Herbert [Obras completas en inglés de George Hebert]. (New York: Everyman’s Library). p. 205. N. del T.: traducción propia.
  2. Herbert. The Complete English Works of George Herbert. p. 205. N. del T.: traducción propia.
  3. Dallimore, Arnold A. (1980). George Whitefield: The Life and Times of the Great Evangelist of the Eighteenth Century – Volume II [George Whitefield: la vida y el momento del gran evangelista del siglo xvii: vol. 2]. (Edinburgh: The Banner of Truth Trust). p. 505. N. del T.: traducción propia.
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Stephen Witmer

Stephen Witmer (@stephenwitmer1) es el pastor principal de Pepperell Christian Fellowship en Pepperell, Massachusetts, y miembro del consejo de The Gospel Coalition. Sus libros incluyen Eternity Changes Everything [La eternidad lo cambia todo]; A Big Gospel in Small Places [Un gran Evangelio en lugares pequeños], y In All Things Thee to See: A Devotional Guide to Selected Poems of George Herbert [En todas las cosas, que te vea a ti: una guía devocional de poemas selectos de George Herbert]. Él y su esposa, Emma, tienen tres hijos.

   
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