Años de entrenamiento en cirugía me equiparon con las habilidades y la confianza para detener hemorragias masivas, extirpar vesículas biliares y abrir el pecho en menos de medio minuto.
Estas habilidades no sirvieron para nada cuando mi hijo pequeño incendió un juego de Scrabble.
Las redes sociales a menudo representan la maternidad como una experiencia prístina e idílica, repleta de retozos a través de praderas cubiertas de flores, atuendos a juego con cuellos blancos impecables y fuentes de productos horneados que perfuman el aire. Sin embargo, las realidades prácticas de la maternidad suelen ser mucho más desordenadas que las imágenes ideales que celosamente guardamos. Los moretones y los vómitos de bebé nos visitan más a menudo que las especias de chai y el algodón natural. Los berrinches y las disputas convierten nuestros planes bellamente orquestados en escombros. Nos enorgullecemos de nuestra paciencia hasta que otra botella de leche empapa la alfombra. En los peores momentos, miramos nuestros fracasos, el trabajo fangoso de nuestras propias manos, y suplicamos una salida.
Madre cansada, ¡anímate! Esos momentos —los más duros, los más quebrantados— son precisamente cuando Dios puede, en palabras de John Bunyan, hacer su «obra hiriente», conformándote a la imagen de su Hijo1. La maternidad es un regalo y una bendición. Es un tremendo privilegio guiar corazones jóvenes. También es un fuego refinador, que nos moldea a través de sus pruebas más desafiantes para una mayor semejanza a Cristo.
Lejos de lo idílico
Me encontré con las caóticas realidades de la maternidad —y la fealdad dentro de mí— al comienzo de mi recorrido en la crianza. Poco después de dejar la práctica clínica para educar a mis hijos en casa, abordaba cada mañana con mis hijos como lo habría hecho con una operación en el trabajo: metódicamente, con el ceño fruncido por la concentración, mientras organizaba todos los momentos como paneles resplandecientes en un vitral. En una de esas mañanas, me desperté con un dolor de cabeza palpitante, pero aun así afronté el día, resuelta a meter aprendizaje, alegría, unión y productividad en cada minuto.
Y entonces, comenzó.
Primero, mi hijo de tres años decidió discutir sobre casi todo: peinarse, vestirse, usar un chaleco salvavidas dentro de casa, usar una servilleta, comer tostadas, los calcetines de tortuga de su hermana, la existencia de su hermana, comer sopa, no comer sopa, colgarse de una ventana y los halcones peregrinos.
Luego, mi hija de un año se unió al combate. Se subió a las sillas, rasgó libros y untó saliva de galletas saladas en cada superficie. Se golpeó la cabeza, la muñeca, el pie, el hombro y el dedo meñique seis veces durante acrobacias ilícitas en la sala.
Hubo gritos. Hubo labios ensangrentados. Hubo un preescolar escapando a la nieve exterior en calcetines; ese mismo preescolar aullando porque sus pies estaban fríos. Luego, hubo humo que emanaba de una caja de Scrabble después de que mi hija encendiera una luz halógena en lo alto de un estante de juegos.
Mientras agarraba la caja humeante, quise rendirme y volver a mi trabajo en el hospital, donde la gente escuchaba lo que decía y respetaba mis palabras. Quise retirarme a un lugar donde me sintiera competente, donde lo que hacía pareciera importar. Mientras estos pensamientos asaltaban mi mente, mi hijo pidió un poco de leche. Con mi último nervio deshilachado, le respondí de una manera despreciable: le grité.
Mientras su rostro se arrugaba y sus ojos se llenaban de lágrimas, la verdad se sintió como un trueno en mi cerebro: lo que importaba no eran mis logros en una temporada diferente, sino los corazones puestos bajo mi cuidado en ese momento (Ef 6:4). Las lágrimas de mi hijo eran un espejo sostenido frente a mi rostro. En ellas, vi el pecado que cultivaba con cada gemido de resentimiento. A través de ellas, el Espíritu me confrontó para que me arrepintiera y recibiera la gracia por medio de Cristo.
Descanso para la cansada
«Un don del Señor son los hijos» (Sal 127:3), un regalo de Dios para que lo nutramos, atesoremos y pastoreemos (Dt 6:6-7). Como madres, adoramos a nuestros hijos, los apreciamos y anhelamos unirnos a nuestros esposos para criarlos en la disciplina e instrucción del Señor (Ef 6:4).
Pero a veces —si no la mayoría de las veces— nuestros días lucen sucios en contraste con el ideal en nuestras mentes, nuestras habilidades de crianza son profundamente deficientes en comparación con las de nuestro Padre celestial. Como mujeres caídas que cuidan de niños caídos en un mundo caído, con demasiada frecuencia la crianza nos deja fatigadas, desaliñadas y resentidas. Las largas horas con frecuencia agotan nuestras fuerzas. Si dejamos un trabajo para pasar nuestros días en casa con nuestros hijos, podemos cuestionar nuestra autoestima cuando los pañales, la mantequilla de maní y la jalea reemplazan las reuniones, los cheques de pago y los ascensos. Si hacemos malabares con el trabajo tanto dentro como fuera del hogar, nuestros pozos pueden secarse mientras damos hasta la última gota de nosotras mismas en el servicio.
En tales momentos, cuando nos duelen los huesos y anhelamos descanso, nuestros esfuerzos como madres pueden quedarse cortos. Alzamos la voz. Desestimamos la súplica de un niño. Rompemos promesas. La amargura hierve a fuego lento. Las quejas brotan de nuestro interior.
De nuevo, madre cansada, ¡anímate! En Cristo, Dios es fiel para perdonar cualquier cosa que confieses (1Jn 1:9). A través de la cruz, Él ha separado tus pecados de ti «como está de lejos el oriente del occidente» (Sal 103:12). Mientras la fatiga pesa sobre tus extremidades y caminas con un niño en medio de la noche, Él ve tu servicio. Él conoce tu agotamiento (Heb 4:15). Él te invita al verdadero descanso que sólo proviene de Él (Mt 11:28).
Y Él puede obrar incluso a través de esos días largos y arduos para tu bien y su gloria (Ro 8:28).
Un fuego refinador
Así como lo hizo con mi estallido de ira por una caja de Scrabble humeante, Dios puede obrar a través de cada momento roto y cada fracaso para recordarnos que su gracia es suficiente y su «poder se perfecciona en la debilidad» (2Co 12:9). En su misericordia, el Dios que nos salva a través de la sangre de Cristo puede lavar nuestras ropas más sucias y dejarlas blancas como la nieve (Is 1:18; 64:6), obrando a través de nuestros peores días de crianza para moldearnos a «la imagen de su Hijo» (Ro 8:29). Él hace grandes cosas con lo ínfimo; hace cosas hermosas con lo deforme. Él elige a los más pequeños, los más humildes, los más quebrantados como Sus siervos (1S 16:10–12; Nm 12:3; 1Ti 1:15). Él obra para bien a través de las mayores calamidades (Gn 50:20). Cuando su pueblo amado se siente roto y aplastado, Él se extiende a través del firmamento y en amor hace nuevas todas las cosas (Ap 21:5).
Cuando los días te agobian, recuerda que la maternidad es un fuego refinador. Moldea. Derriba. Reduce las falsedades y el artificio a cenizas. Aunque las llamas duelan, a través de ellas Dios quemará la escoria pecaminosa que realmente está agobiando tu alma fatigada. Él te labrará y esculpirá a la imagen de Cristo. Y encenderá en tu corazón una delicia no en el trabajo de tus propias manos, sino en Aquel que te ha adoptado como su propia hija amada (Ef 1:5) —sin importar cómo se desarrollen tus momentos de maternidad.
Publicado originalmente en Desiring God. Usado con permiso.