Todos lo hemos experimentado. Divisas a un miembro de la iglesia en un pasillo del supermercado, pero antes de que puedas saludarlo con la mano, se escapa de tu vista. O, tras la bendición final del domingo por la mañana, tal vez eres uno de los muchos que recogen sus cosas en silencio, evitando el contacto visual con las personas que te rodean.
«Salúdense los unos a los otros», diría Pablo. Es una directriz que da nada menos que cuatro veces en sus cartas (Ro 16:16; 1Co 16:20; 2Co 13:12; 1Ts 5:26).
Si tú —como tantos de nosotros— luchas con saludar a los miembros de tu familia cristiana mientras están reunidos el domingo o dispersos el lunes, considera el ejemplo de Pablo. O mejor aún, considera el de Cristo.
Los muchos amigos de Pablo
Veintiséis. Ese es el número de personas que Pablo saluda por su nombre en las observaciones finales de su carta a la iglesia en Roma. Y ese número no incluye a la madre de Rufo ni a la hermana de Nereo (Ro 16:13, 15); tampoco incluye a la iglesia que se reunía en la casa de Priscila y Aquila ni a las familias de Aristóbulo o Narciso, a todos los cuales Pablo saluda con entusiasmo (16:5, 10, 11). Es más, Pablo no se limita a enumerar veintiséis nombres, sino que incluye algún detalle sobre las personas a las que saluda. Priscila y Aquila que «expusieron su vida» por él (16:4). Pérsida había «trabajado mucho en el Señor» (16:12). Otros habían estado encarcelados junto a él (16:7). En una palabra, Pablo recordaba y saludaba a sus colaboradores en Cristo.
Aunque Pablo escribió desde lejos, sus saludos eran inclusivos y afectuosos. Saludaba a judíos y gentiles, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos. No reservaba sus «holas» más brillantes sólo para sus amigos más cercanos y su familia, sino que extendía saludos sinceros a iglesias y hogares enteros, entre los cuales había muchos cuyos nombres no conocía. De hecho, Pablo saludaba a las personas simplemente por su posición ante Dios: «saluden a Apeles, el aprobado en Cristo» (16:10). Si Jesús los reclamaba, Pablo los saludaba. Y los saludaba afectuosamente, como a sus compañeros de trabajo en el Evangelio. La instrucción específica de Pablo: «salúdense los unos a los otros con un beso santo» [énfasis del autor] subraya el afecto que sentía por su familia cristiana (16:16). Sin duda, si hubiera visitado personalmente a esas veintiséis personas (y contando), las habría abrazado y besado.
La amplia bienvenida de Cristo
Pablo saludaba a sus hermanos cristianos de forma inclusiva y afectuosa porque Jesús mismo había sentado ese precedente. «Acéptense los unos a los otros, como también Cristo nos aceptó […]» (Ro 15:7, [énfasis del autor]). Esta hermosa síntesis del Evangelio es el fundamento teológico de cómo los cristianos se relacionan entre sí. Si Cristo murió para acoger a sus enemigos, ciertamente los cristianos romanos podían superar las tensiones étnicas que amenazaban su unidad; ciertamente podían pasar por alto las diferentes convicciones sobre días y alimentos para saludarse con sincero afecto (Ro 5:8-11; 14:1-4).
Y ciertamente nosotros, la iglesia contemporánea, podemos aplicar el mandato de Pablo y el ejemplo de Jesús en los aspectos difíciles de nuestra vida. La inclusividad de Pablo exige que nos preguntemos si somos demasiado tacaños con nuestros saludos, y su afecto debería hacernos dudar si somos culpables de devaluar a nuestros compañeros servidores del Evangelio.
Jesús recibió al ladrón en la cruz. Fue a casa con Lázaro. Acogió a los cojos y a los ciegos. Dio la bienvenida a la mujer junto al pozo y llamó tanto a un recaudador de impuestos como a un zelote a su círculo íntimo. ¿No deberíamos nosotros también acercarnos al hermano o hermana que se ve diferente, que ha sido formado por una cultura distinta o que defiende una perspectiva opuesta? Jesús nos enseña a mirar al otro lado de la mesa de comunión con Sus ojos. Si Jesús ve a una persona por la cual estuvo dispuesto a morir, debemos sobrescribir nuestras impresiones reduccionistas con esa realidad. Ahora, en lugar de «la señora de los gatos», vemos a una preciada madre en Cristo. En lugar de un miembro de la Asociación Nacional del Rifle, vemos a un hermano comprado por sangre. En lugar de un adolescente distante, vemos a un niño cuyos pecados han sido perdonados.
Crezcamos en nuestro saludo
¿Cómo nutrimos corazones inclusivos y afectuosos? Los saludos de Pablo en Romanos 16 ofrecen dos pistas.
Primero, Pablo saluda a las personas por su nombre. Algunos dirán: «soy terrible para los nombres». Aunque eso sea cierto, la debilidad no exime a nadie del mandato de saludarse unos a otros. A medida que te esfuerces por recordar y usar los nombres, casi con seguridad descubrirás que tu corazón crece en ternura hacia tu familia de la iglesia.
Pero Pablo va más allá de simplemente usar nombres. Considera los detalles que incluye en sus saludos. Él había observado las contribuciones de sus hermanos y hermanas a la causa del Evangelio. Aunque los esfuerzos de ellos diferían significativamente de los suyos, los valoraba a todos, y su corazón rebosaba de gratitud y afecto sincero por sus compañeros de trabajo.
Nos enfrentamos a la tentación de devaluar las buenas obras de los demás. Si eres evangelista, puedes sentirte tentado a pasar por alto los ministerios que fortalecen la fe de los creyentes. Los que exhortan y defienden la verdad pueden devaluar las contribuciones de aquellos a quienes el Espíritu ha dotado de misericordia y compasión. Si tienes el don de la enseñanza, puedes descuidar a los que ayudan fuera del escenario.
Pero la iglesia necesita todos los dones para crecer como un cuerpo sano. En los saludos modelo de Pablo, él revela una forma en que las diversas partes del cuerpo pueden cultivar afecto por los demás: observa y honra las buenas obras de los demás miembros de tu iglesia.
Quienes recogen los vasitos de la Santa Cena, reponen los boletines y limpian las superficies encarnan un servicio humilde al estilo de Cristo. Los consejeros y líderes de grupos pequeños, junto con los maestros de escuela dominical, de la iglesia de niños y de estudios bíblicos, discipulan y hacen crecer al cuerpo. Los equipos de seguridad garantizan reuniones pacíficas.
¿O has notado a los grupos de hombres y mujeres que oran en silencio después del servicio matutino? Tal vez has visto a profesionales médicos correr para ayudar en una emergencia, y has observado a los ujieres listos para dirigir a los que llegan tarde hacia los asientos libres. Ve detrás del escenario y encontrarás el armario del conserje, el equipo de cocina, la cabina de sonido, las guarderías. Asiste a una reunión de miembros y podrás enterarte de las generosas donaciones de los ricos en este mundo. O habla con los voluntarios que apoyan los diversos ministerios de misericordia y alcance de la iglesia.
El ejemplo de Pablo nos amonesta a detenernos y observar las buenas obras que ocurren a nuestro alrededor. Hacerlo no fallará en fomentar gratitud en nuestro corazón por el pueblo de Dios, una gratitud que se desbordará en muchos saludos afectuosos.
De una introvertida a otra
Escribo esto como una introvertida que ha perseverado a través de muchas conversaciones incómodas en el vestíbulo de la iglesia. Y aun así escribo porque el amor de Cristo nos impulsa y nos capacita para superar nuestras disposiciones y temores para abrazar cálidamente a los de la familia de Dios.
Si luchas con lo de «saludarse los unos a los otros» de manera inclusiva y afectuosa, recuerda con cuánta calidez te recibió Jesús en su familia. Luego sigue el ejemplo de Pablo: esfuérzate por recordar más nombres y perfecciona tus habilidades de observación. Estas también son buenas obras, obras que Dios recompensa profundizando tu amor y gratitud por el cuerpo de Cristo.
Es posible que descubras que lo que comienza como un intento vacilante de obedecer florece en muchas expresiones sinceras de afecto y gratitud por tus hermanos y hermanas en Cristo. Esta semana, mientras se reúnen el domingo y luego se dispersen el lunes, ¡salúdense los unos a los otros!
Publicado originalmente en Desiring God. Usado con permiso.