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Este artículo forma parte de la serie Querido pastor, publicada originalmente en Crossway.

Querido pastor:

Al buscar ser buenos mayordomos de la verdad de Dios y de su iglesia, debemos estar conscientes de los peligros comunes que pueden socavar nuestros esfuerzos para liderar bien. Esto comienza al reconocer que un liderazgo sensato desde el púlpito se define tanto por lo que evita como por lo que incluye. Dicho de manera práctica, esto significa que debemos ser diligentes en evitar predicar peligros que puedan sabotear nuestro liderazgo ministerial y dejar al pueblo de Dios aturdido, confundido, enojado o herido. El liderazgo sensato sabe cómo identificar y sortear estos peligrosos riesgos en la predicación y evitar los peligros comunes contemporáneos. En general, existen tres zonas de peligro particulares ante las cuales debemos un esfuerzo intencional para evitarlas.

Una de las principales maneras en que podemos ejercer un liderazgo sensato desde el púlpito es evitar las discusiones públicas. Aunque parezca obvio, en realidad es una de las maneras más fáciles y más comunes en las que nos desviamos hacia un terreno peligroso en nuestra predicación. Quizás esto se hace más evidente en cómo Pablo aborda continuamente nuestra propensión como pastores a distraernos de nuestro rol principal como predicadores y nos advierte sobre el peligro de dejarnos llevar por desacuerdos y disputas que deberíamos evitar.

Además de describir repetidamente a Timoteo y Tito lo que debían enseñar en las epístolas pastorales, Pablo también indicó repetidamente cosas específicas de las que debían «mantenerse lejos» o «rehuir». Aparte de mantenerse alejado de ciertos tipos de personas (1Ti 3:5), Timoteo también debía «evitar» asuntos relacionados con el contenido de su instrucción pública y su interacción personal (1Ti 6:20; 2Ti 2:16; Tit 3:2, 9).

En primer lugar, en ambas cartas a Timoteo, Pablo específicamente le advierte que «evit[e] las palabrerías vacías» (1Ti 6:20; 2Ti 2:16). En nuestra sección anterior en relación a la mayordomía del púlpito, mencionamos brevemente su primera reprensión a evitar «las discusiones sin sentido» y «el chisme impío» a fin de guardar la verdad del Evangelio (1Ti 6:20). Es interesante notar que la advertencia paralela de Pablo en su segunda carta a Timoteo sigue inmediatamente su mandato en relación a la diligencia en estudiar y dedicarse a «maneja[r] con precisión la palabra de verdad» (2Ti 2:15). La secuencia contrasta directamente su manejo de la Palabra de Dios con las «palabrerías vacías» que él llamó a «evitar» (2Ti 2:16). Quizás lo más significativo es que le advierte a Timoteo que, de no hacerlo, «conducirán más y más a la impiedad» (2Ti 2:16). En otras palabras, evitar estas cosas y enfocarse en la Palabra de Dios determina la dirección y la efectividad del liderazgo de un pastor desde el púlpito. De igual manera, Pablo advierte a Tito que «no se[a] contencioso» (Tit 3:2) y que evite las «controversias necias» (Tit 3:9) por el efecto que tiene sobre aquellos que él lidera e influencia. Las «contiendas» socavan nuestro testimonio así como el Evangelio que nuestra «cortesía» y amabilidad deben encarnar para aquellos que están perdidos (Tit 3:2-7). Dios nos llama a hablar con gran confianza sobre el Evangelio y sus implicancias prácticas a medida que «hable[mos] con firmeza» «en cuanto a estas cosas» que son «buenas y útiles para los hombres» (Tit 3:8). En contraste, las «controversias necias» y las disputas relacionadas que somos llamados a «evitar» demuestran ser «sin provecho y sin valor» (Tit 3:9).

Por lo tanto, ¿cómo se aplica todo esto a nuestro ministerio hoy? Muchos predicadores que desean «luchar ardientemente por la fe» (Jud 3) y reconocen nuestra responsabilidad de «refutar a los que contradicen» con sana doctrina (Tit 1:9) adoptarán una postura defensiva en el púlpito. Aun cuando estos son aspectos cruciales de nuestro rol, nuestra predicación no debe caracterizarse por una actitud argumentativa o una retórica de confrontación. Y más allá de nuestra postura y tono, también debemos ser cuidadosos respecto a que nuestros mensajes no se enfoquen en asuntos innecesarios de debate y controversia. 

No obstante, involucrarse en discusiones públicas no siempre se levanta a partir de una postura argumentativa. Como pastores, es fácil estar cómodos en el púlpito, especialmente cuando hemos estado con la misma familia de la iglesia por una temporada extendida. Aun cuando la familiaridad baja las barreras y abre las puertas para la comunicación honesta, fácilmente puede convertirse en una oportunidad para manejar mal esa confianza y libertad al no filtrar nuestras palabras apropiadamente. Podemos comenzar al asumir que nuestra congregación automáticamente comprenderá lo que queremos decir, dándonos libertad para hablar con más libertad o darnos el beneficio de la duda. Pero debemos ser cuidadosos de no usar el púlpito para airear quejas ni sacar a relucir nuestros temas favoritos. Tomarse estas libertades y dar por sentado el apoyo de la gente puede, lenta y sutilmente, comenzar a corroer nuestro liderazgo.

Otro aspecto importante para evitar discusiones públicas, que requiere una mirada honesta en el espejo, implica reconocer los deseos pecaminosos de nuestros corazones que se alimentan de los debates y controversias. Algunas personas esperan que los pastores sean los expertos residentes sobre muchos de los asuntos sociales en nuestra cultura. En un esfuerzo por satisfacer a estos miembros de la congregación y gratificar nuestro propio deseo de respeto o notoriedad, podemos comenzar a saborear nuestro rol como el profeta del barrio que señala a la gente, llama la atención y causa asombro. Podríamos no siempre hacer esto con asuntos culturales, pero podemos estar tentados a hacerlo con temas teológicos a fin de apaciguar los mismos deseos. No obstante, así como Pablo le ordena a Timoteo, debemos recordar: «que no discutan sobre palabras, lo cual para nada aprovecha y lleva a los oyentes a la ruina» (2Ti 2:14).

Además de evitar las discusiones públicas, debemos también ser cuidadosos de las agendas políticas. Estos asuntos, específicamente aquellos que Dios no aborda en la Biblia, son particularmente peligrosos porque suelen ser algunos de los más debatidos, volátiles y potencialmente divisivos. Los temas políticos pueden involucrar política civil o política eclesial, pero debemos evitar que nuestros mensajes sean motivados o controlados por cualquiera de ellos. Para hacerlo con efectividad, requiere sabiduría, tacto y diplomacia. Estas cualidades no son celebradas ni condicionadas en nuestra cultura, por lo que pueden ser puntos de debilidad para todos nosotros. Asimismo se dan más naturalmente en algunos y normalmente se adquieren en el tiempo (¡al aprender de nuestros errores!). Pero son herramientas de comunicación que se pueden desarrollar y son esenciales para el liderazgo efectivo, particularmente al tratar asuntos políticos.

Este artículo es una adaptación del libro Expositional Leadership: Shepherding God’s People from the Pulpit [Liderazgo expositivo: cómo pastorear al pueblo de Dios desde el púlpito], escrito por R. Scott Pace y Jim Shaddix.

Este artículo fue publicado originalmente en inglés y traducido con el permiso de Crossway.
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R. Scott Pace
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R. Scott Pace

R. Scott Pace (PhD, Southeastern Baptist Theological Seminary) sirve como recto y profesor asociado de Predicación y Ministerio Pastoral en Southeastern Baptist Theological Seminary. Es autor de Preaching by the Book [Prequemos por el Libro]; Pastoral Theology [Teología pastora]l; Exalting Jesus in Colossians & Philemon [Exaltemos a Jesús en Colosenses y Filemón] en la serie de comentarios Expositiva y convocar a los perdidos.
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Jim Shaddix
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Jim Shaddix

Jim Shaddix (1960-2025) (PhD, New Orleans Baptist Theological Seminary) sirvió como pastor encargado de Predicación en Southeastern Baptist Theological Seminary, ocupando la silla W. A. Criswell de la predicación expositiva. Asimismo sirvió como investigador principal dentro del Center for Preaching and Pastoral Leadership. Escribió muchos libros, entre los que se encuentra The Passion-Driven Sermon [El sermón movido por la pasión] y la Decisional Preaching [predicación decisional]. Jim y su esposa, Debra, tienen tres hijos adultos y once nietos.