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¿Cómo manejan su poder tus pastores? Así es: su poder. ¿Te incomoda pensar en que los pastores tienen poder?

Si es así, es comprensible. Hoy, cuando hablamos de poder, lo hacemos en un clima social particular. Incluso personas comunes, sin familiaridad con nombres extranjeros como Nietzsche y Foucault, han captado la idea y las connotaciones negativas del poder. Por eso puede sonar chocante para muchos oídos oír hablar del poder pastoral.

El poder, sin embargo, bien definido, es ante todo un don y una bendición de Dios, no un mal que debe evitarse. El poder, escribe Andy Crouch, es «nuestra capacidad de hacer algo del mundo» en cumplimiento del mandato que Dios dio a la humanidad de fructificar, multiplicarse, llenar la tierra, sojuzgarla y ejercer dominio1. Ser humano implica tener poder. Con cerebro y manos, mente y músculos —y una voz—, Dios nos capacita para cumplir su llamado, y aumenta nuestro poder a medida que lo ejercemos eficazmente, especialmente cuando consolidamos nuestras capacidades humanas al trabajar juntos.

Por lo tanto, no se equivoquen, los pastores tienen poder —a veces más, a veces menos— a medida que se relacionan con su contexto particular en la iglesia local. La pregunta no es si es que tienen poder, sino qué tipo, cuánto y cómo lo usan.

Poder del cargo

Tanto en la iglesia como fuera de ella, podríamos hablar de dos tipos de poder. El primero es el poder del cargo, el poder que está ligado al cargo.

En el Nuevo Testamento, el cargo de apóstol se basó en el poder mismo de Cristo, como sus portavoces oficiales. Los apóstoles fueron una generación única e irremplazable, los hombres que Cristo mismo discipuló, más Pablo, a quien Cristo se le apareció en el camino a Damasco. En sus palabras y escritos, los apóstoles hablaron por el Cristo resucitado. Sus palabras vivas y su cargo murieron con ellos, pero sus escritos permanecen como nuestra Palabra viva de la Escritura inspirada, para que la iglesia los reciba, junto con el Antiguo Testamento, como la Palabra misma de Cristo, nuestra cabeza. La primera y mayor autoridad en la iglesia, que debe ser inigualable, es la autoridad de Cristo, a través de los escritos de sus apóstoles.

Además de los apóstoles, la Escritura establece dos cargos continuos en la vida de la iglesia: un cargo principal, llamado de diversas maneras pastor (o pastor de ovejas, Ef 4:11; 1P 2:25; 5:2), anciano (Hch 20:17; Stg 5:14; 1P 5:1) y obispo (Hch 20:28; Fil 1:1; 1Ti 3:1–2; Tit 1:7); junto con un cargo de asistencia, llamado diácono (Fil 1:1; 1Ti 3:8–13). Ser un pastor-anciano o diácono hoy en la iglesia —ocupar un cargo eclesiástico— es tener, en cierto sentido, poder como representante formal de una iglesia local en particular.

Dependiendo de la forma de gobierno de la iglesia, ser miembro es tener también un poder real que no se debe pasar por alto. Y cualquiera que sea nuestra forma de gobierno, siempre votamos con nuestros recursos y nuestros pies. Aun así, como todos intuimos y esperamos, a los oficiales de la iglesia se les confía un poder adicional, al menos formalmente. Como oficiales, son formales.

Poder e influencia

Pero el poder en la iglesia no es sólo oficial, basado en el poder de la institución y el oficio, sino también no oficial o informal —lo que podríamos llamar influencia—. Y en iglesias saludables, la enseñanza es especialmente influyente. Los pastores son maestros (Ef 4:11), de hecho, los líderes en la iglesia son maestros (Heb 13:7), y dada la centralidad de la enseñanza en la fe cristiana, es apropiado que así sea. Nos estamos preparando para tener problemas si «los pastores» y «los maestros» son dos grupos diferentes, y no esencialmente el mismo.

Jesús mismo, incluso antes de que sus discípulos lo reconocieran en su cargo como el Mesías, acumuló una gran influencia a través de su enseñanza. De igual modo, a lo largo de la historia de la iglesia, aquellos que han sido más influyentes en la iglesia, aunque típicamente han sido oficiales, lo han sido no porque tuvieran un oficio, sino porque se ganaron la confianza y expandieron su influencia al demostrar ser maestros fieles y efectivos de la Palabra de Dios.

Después de todo, el Evangelio mismo es «poder de Dios para la salvación» (Ro 1:16), unido a la predicación fructífera en el poder del Espíritu Santo. Aquellos que predican el Evangelio, y lo predican bien, con la ayuda del Espíritu, pueden obtener una cantidad significativa de «poder» en términos cristianos. Tener ese poder no es malo. La pregunta es qué hacen los pastores con ese poder.

Poder del equipo

Aun así, una dinámica más a considerar es la acumulación (o consolidación) de poder —lo que sucede especialmente cuando los hombres se hacen amigos y trabajan juntos—. Esto es particularmente relevante para una pluralidad de pastores-ancianos, que trabajan como un equipo en una iglesia local, que es el foco del nuevo libro de Dave Harvey, The Plurality Principle [El principio de la pluralidad]. Harvey vuelve una y otra vez a una tesis central: «la calidad de la pluralidad de ancianos determina la salud de tu iglesia2».

Los equipos de pastores-ancianos que conocen y enseñan bien las Escrituras, y que genuinamente se disfrutan y se llevan bien, inevitablemente se convierten en un formidable centro de poder en una iglesia local. No sólo tienen su oficio, y en teoría son los maestros más capaces de la iglesia, sino que su influencia se ve aumentada por su unidad y diligencia como equipo. Esa consolidación puede ser atemorizante para aquellos que se sienten débiles e inseguros y albergan sospechas de los motivos del equipo.

La pregunta, sin embargo, no es si tales pluralidades tienen poder, sino qué harán con él. ¿Lo usarán para servir al bien de toda la iglesia, o para servirse a sí mismos? ¿Se dedicarán a enriquecer al rebaño, o tomarán egoístamente para su propia ganancia privada? ¿Serán una fuerza para el bien, o reforzarán su propio bien?

Reconocimiento del poder

Los buenos pastores, por buenas razones, no tienden a hablar mucho en público sobre su propio poder. Aun así, abordar bien el tema, al menos en privado, puede servirles tanto a ellos como a su congregación. Harvey escribe: «el líder sabio reconoce su poder y lo aprovecha sabiamente3». Y aquí, la prescripción del Nuevo Testamento de una pluralidad de pastores —un equipo trabajando junto— brilla con uno de sus muchos destellos de gloria. Los pastores sabios reconocen su poder en el contexto del equipo y se lo recuerdan mutuamente. «Las pluralidades sabias tienen la dinámica del poder como una categoría funcional de cómo su liderazgo afecta a la iglesia4». En el equipo hay tanto más poder (para usarlo para el bien), como, al mismo tiempo, más seguridad para la congregación, ya que los pastores individuales son responsabilizados por hermanos cristianos maduros que no son aduladores, sino que se sostienen por sí mismos ante Dios.

Sin duda, se pueden encontrar algunos ancianos y concilios engreídos, hinchados de orgullo y motivos egoístas, que piensan a menudo en el poder y la influencia que tienen en la iglesia, su pequeño reino. Lo saborean, lo custodian y, al final, no son tan poderosos como creen. Pero sospecho que en la mayoría de las iglesias fieles y saludables, los ancianos son relativamente humildes («no obstinado», Tit 1:7; también 1 Timoteo 3:6) y a menudo no se dan cuenta de cuán poderosos son (como oficiales, maestros y compañeros de equipo) en el contexto de esa iglesia local en particular.

Los pastores y concilios humildes no piensan a menudo en su poder, pero a veces son honestos entre sí al respecto. Y de vez en cuando, puede ser bueno que un hermano mire alrededor del círculo y le recuerde al equipo: «saben, muchachos, como ancianos y maestros de esta iglesia, es posible que tengamos mucho más poder e influencia de lo que generalmente somos conscientes». Eso no debe inflar nuestro orgullo. Más bien, debe darnos un temor santo y llevarnos a arrodillarnos regularmente y pedirle a Dios que nos humille, y nos mantenga humildes, para que administremos el poder que tenemos prestado de Él a fin de hacer mucho de Cristo y servir a esta iglesia, no para hacernos mucho de nosotros mismos y servir a nuestras propias comodidades y preferencias.

Aprovechamiento del poder

El liderazgo en la iglesia local no es un paquete de conveniencias, sino precisamente lo contrario. Los ancianos, de entre todas las personas, deben ser los más cimentados y maduros, y los más dispuestos a renunciar a las conveniencias personales y a las comodidades privadas por el bien de toda la iglesia. Los buenos ancianos ven el liderazgo no como una recompensa por su desempeño pasado, sino como una responsabilidad, asumida con gusto, para el bien del rebaño. Los buenos pastores saben que Dios les ha dado poder para servir a la iglesia, no a sí mismos. Para exaltar a Cristo, no a sí mismos.

Una y otra vez, los pastores-ancianos se encuentran en esta encrucijada al supervisar la iglesia: lo que es más fácil para nosotros versus lo que es mejor para nuestra congregación. Al supervisar la iglesia, muchas decisiones se reducen a este momento clave para cualquier equipo de pastores: «¿usaremos nuestro poder —ya sea en la enseñanza o en la toma de decisiones— para servirnos a nosotros o a esta iglesia?».

En tales momentos, los buenos pastores recuerdan que, como escribe John Piper:

El camino del sufrimiento, […] y el sacrificio realmente conduce a la gloria. […] Esta es [la] gloria peculiar [de Cristo] —que dejara tanta majestuosidad y tanto poder para ser desnudado, golpeado, escarnecido, escupido y crucificado—, que hiciera esto son defenderse es inimaginablemente glorioso5.

Los pastores así aprovechan el poder no como el mundo, sino como Cristo —y como el apóstol Pablo, quien dice: «yo con mucho gusto gastaré lo mío, y aun yo mismo me gastaré por sus almas» (2Co 12:15). Tales líderes «esparcen el poder6», dice Harvey, y «empujan el poder hacia afuera7» (111) a medida que abrazan el camino del amor, que a menudo es el camino más difícil.

Dar sin ceder

Esparcir el poder y empujarlo hacia afuera es muy diferente a ceder ante las tomas de poder. El poder, al igual que el dinero, puede adquirirse justa o injustamente. Puede ganarse o incautarse. Puede darse o tomarse, ya sea abiertamente o mediante manipulación.

Los pastores maduros, y los congregantes, saben esto. Las iglesias saludables dan a sus pastores espacio para tomar medidas proactivas para esparcir el poder y empujarlo hacia afuera, en lugar de clamar por él. Los pastores necios acceden a tal lobby, y al hacerlo, establecen precedentes y expectativas destructivas. Alimentan una bestia insaciable. Los efectos de recompensar esas dinámicas resultarán devastadores para la iglesia (y para esos individuos) a largo plazo.

Los pastores sabios detectan las tomas de poder y tienen cuidado de no ceder, pero no se quedan ahí. Hacen más. Abrazan el camino más difícil. Toman tales esfuerzos como indicadores de que tienen trabajo por hacer, mucho más allá de mantener a raya a los que hacen lobby. Tenemos trabajo por hacer, un trabajo que requerirá los poderes de 2 Timoteo 2:24-25: «el siervo del Señor no debe ser rencilloso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido. Debe reprender tiernamente a los que se oponen, por si acaso Dios les da el arrepentimiento que conduce al pleno conocimiento de la verdad».

«No ha de ser así entre ustedes»

Los pastores fieles y saludables, y sus iglesias, manejan el poder de manera diferente a como lo hace el mundo. No sólo en cómo enseñamos desde el frente, sino en lo que decimos a través de nuestras acciones en la vida diaria, y especialmente en cómo lideramos. Estamos creciendo hacia, y no alejándonos de, Aquel que vino con un poder inigualable no para ser servido, sino para servir:

Llamándolos junto a Él, Jesús les dijo: «ustedes saben que los que son reconocidos como gobernantes de los gentiles se enseñorean de ellos, y que sus grandes ejercen autoridad sobre ellos. Pero entre ustedes no es así, sino que cualquiera de ustedes que desee llegar a ser grande será su servidor, y cualquiera de ustedes que desee ser el primero será siervo de todos. Porque ni aun el Hijo del Hombre vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos» (Marcos 10:42-45).

Le mostramos a nuestra sociedad que, si bien Nietzsche y Foucault pueden tener razón sobre aspectos depravados de la humanidad, nuestras iglesias son lideradas y llenas de hombres nuevos, con corazones nuevos, que administran el poder con gracia desinteresada y humildad. La iglesia, entonces, es una comunidad de pacto en la que el poder, tanto en el cargo como en la influencia, puede ser recibido como el regalo que es, y aprovechado para el gozo de la iglesia, para la gloria de Cristo.

Publicado originalmente en Desiring God. Usado con permiso.
  1. Crouch, Andy. (2025). Jugar a ser Dios: redimir el regalo del poder. (España: Andamio). p. 28
  2. Harvey, Dave. (2021). The plurality principle [El principio de la pluralidad]. (Wheaton; Illinois: Crossway). p. 11. N. del T.: traducción propia.
  3. Harvey. The plurality principle. p. 108. N. del T.: traducción propia.
  4. Harvey. The plurality principle. p. 110. N. del T.: traducción propia.
  5. Piper, John. (2017). Viviendo en la luz: dinero, sexo y poder. (Colombia: Poiema). p. 79
  6. Harvey. The plurality principle. p. 105. N. del T.: traducción propia.
  7. Harvey. The plurality principle. p. 111. N. del T.: traducción propia.
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David Mathis

David Mathis es director ejecutivo de Desiring God y es pastor de Cities Church en Minneapolis. Es esposo, padre y autor de Hábitos de gracia: disfrutando a Jesús a través de las disciplinas espirituales.
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