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La agenda de Dios

Por tanto, preparen su entendimiento para la acción. Sean sobrios en espíritu, pongan su esperanza completamente en la gracia que se les traerá en la revelación de Jesucristo. Como hijos obedientes, no se conformen a los deseos que antes tenían en su ignorancia, sino que así como Aquel que los llamó es Santo, así también sean ustedes santos en toda su manera de vivir (1 Pedro 1:13-15). 

La agenda de Dios para nuestras vidas es que seamos santos, así como Él es santo. Esta santidad es el fruto de lo que pensamos o en lo que confiamos y de lo que deseamos o adoramos. Hemos visto que la conducta pecaminosa y las emociones negativas surgen cuando creemos mentiras acerca de Dios en lugar de confiar en Su Palabra. Por eso Pedro nos dice que «prepare[mos nuestro] entendimiento para la acción». Debemos llenar nuestra mente con la verdad y luchar contra nuestros pensamientos incrédulos. Pedro también nos dice que no nos «conforme[mos] a los deseos» que teníamos en nuestra «ignorancia» anterior (ver también 1 Pedro 2:11). La otra cosa que sucede en nuestro corazón es que deseamos, adoramos y atesoramos. Pecamos porque deseamos o adoramos ídolos en lugar de adorar a Dios.

Deseamos o adoramos ídolos en lugar de adorar a Dios

No solemos pensar en nosotros mismos como adoradores de ídolos porque pensamos en los ídolos en términos de estatuas y santuarios. Pero Dios le dice a los líderes de Israel que ellos «han erigido sus ídolos en su corazón» (Ez 14:3). No deberíamos menospreciar a los israelitas por adorar ídolos. En su lugar, deberíamos ver un espejo de nuestros propios corazones.

Juan Calvino dice: «el ingenio del hombre no es otra cosa que un perpetuo taller para fabricar ídolos1». Dios dice: «porque dos males ha hecho mi pueblo: me han abandonado a mí, fuente de aguas vivas, y han cavado para sí cisternas, cisternas agrietadas que no retienen el agua». Como resultado, «andan en pos de otros dioses para su propia ruina» y «para su propia vergüenza» (Jr 2:13; 7:6, 19). Un ídolo es cualquier cosa que buscamos en lugar de a Dios para obtener agua viva. Nuestro doble pecado es, primero, rechazar la verdad de la grandeza y bondad de Dios y, segundo, poner nuestros afectos en otro lugar.

Un dios es aquello de lo que esperamos que nos provea todo bien y en lo que nos refugiamos en toda angustia… En lo que pongas tu corazón y tu confianza, eso, te digo, es tu verdadero dios (Martín Lutero)2.

La idolatría podría no implicar negaciones explícitas de la existencia o el carácter de Dios. Bien podría presentarse en forma de un apego excesivo a algo que es, en sí mismo, perfectamente bueno. . .  Un ídolo puede ser un objeto físico, una propiedad, una persona, una actividad, un rol, una institución, una esperanza, una imagen, una idea, un placer, un héroe: cualquier cosa que pueda sustituir a Dios (Richard Keyes)3.

Nuestros ídolos son esas cosas con las que contamos para dar sentido a nuestra vida. Son las cosas de las que decimos: «necesito esto para hacerme feliz», o «si no tengo esto, mi vida no tiene valor ni sentido» (Tim Keller)4.

La forma en que el Nuevo Testamento habla de la idolatría es «deseos pecaminosos». Literalmente, es «las codicias de la carne». «Codicias» aquí no es sólo deseo sexual, sino todo deseo pecaminoso. Y «carne» no se refiere a nuestros cuerpos, sino a nuestra naturaleza pecaminosa: la inclinación hacia el pecado que tenemos desde el nacimiento. Pablo describe la «avaricia» o codicia como «idolatría» (Col 3:5). Tu ídolo es cualquier cosa por la que sientes codicia. Puede ser dinero, aprobación, sexo o poder. David Powlison dice: «si “idolatría” es la palabra característica y resumida del Antiguo Testamento para describir nuestro alejamiento de Dios, entonces “deseos” es la palabra característica y resumida del Nuevo Testamento para este mismo alejamiento. Ambas son una forma abreviada para el problema de los seres humanos»5. En otras palabras, los «deseos pecaminosos de la carne» son otra forma de hablar de los ídolos del corazón. Tim Stafford dice:

La «carne» —es decir, nuestra vida sin Dios— desea urgentemente muchas cosas. Quiere poder. Quiere placer. Quiere riqueza. Quiere estatus y admiración. Nada de esto está mal en sí mismo. Y no habría nada de malo en que nos gusten estas cosas. Pero el deseo, o codicia, es más que un gusto. Es la voluntad de tener. La codicia convierte las cosas buenas en objetos de adoración. Y por eso la codicia, o avaricia, está tan estrechamente ligada a otra palabra bíblica: idolatría. Lo que codiciamos, lo adoramos. Podemos bromear sobre nuestras codicias, pero nuestro comportamiento muestra una lealtad más fundamental. Esperamos que nuestros ídolos nos den lo que necesitamos, que hagan nuestra vida rica y con propósito6.

«Porque donde esté tu tesoro», dice Jesús, «allí estará también tu corazón» (Mt 6:21). Lo que más atesoras es lo que tiene tu corazón y controla tu vida. El proceso está bien descrito por nuestra palabra española cautivado. Somos hechos cautivos por nuestros deseos. Nuestro corazón es capturado. Confundimos el libre albedrío con el egoísmo. Pensamos que somos libres cuando nos separamos de Dios, pero nos volvemos esclavos de nuestros propios deseos pecaminosos. «Pues uno es esclavo de aquello que lo ha vencido» (2P 2:19). «Nadie puede servir a dos señores; porque o aborrecerá a uno y amará al otro, o apreciará a uno y despreciará al otro. Ustedes no pueden servir a Dios y a las riquezas» (Mt 6:24). Servimos a lo que más desea nuestro corazón. Si ese deseo es por Dios y Su gloria, entonces Dios es nuestro amo. Pero si nuestro deseo es, por ejemplo, por el dinero, entonces el dinero es nuestro amo, y eso es idolatría.

«Cuando la mujer vio que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y que el árbol era deseable para alcanzar sabiduría, tomó de su fruto y comió. También dio a su marido que estaba con ella, y él comió» (Gn 3:6). «Bueno… agradable… deseable». Eva pensó que el fruto podía darle más que Dios, y por eso deseó el fruto. Ese deseo controló su corazón y determinó su comportamiento. Esto fue cierto para el primer pecado, y es cierto para todo pecado subsiguiente. «Sino que cada uno es tentado cuando es llevado y seducido por su propia pasión. Después, cuando la pasión ha concebido, da a luz el pecado; y cuando el pecado es consumado, engendra la muerte» (Stg 1:14-15). El pecado comienza con el deseo. No somos pecadores porque cometemos actos pecaminosos. Cometemos actos pecaminosos porque somos pecadores, nacidos con una inclinación al pecado, esclavizados por nuestros deseos pecaminosos. Por eso no podemos cambiarnos a nosotros mismos simplemente cambiando nuestro comportamiento. Necesitamos que Dios nos cambie renovando nuestro corazón y dándonos nuevos deseos.

Cada pecado comienza en el corazón con un deseo pecaminoso. «Por lo cual Dios los entregó a la impureza en la lujuria de sus corazones, de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos. Porque ellos cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura en lugar del Creador, quien es bendito por los siglos. Amén.» (Ro 1:24-25). Hemos visto cómo surge el pecado porque cambiamos la verdad acerca de Dios por una mentira. Ahora vemos que el pecado también surge porque Dios nos entrega a los deseos pecaminosos de nuestros corazones. Surge cuando adoramos o deseamos cosas creadas en lugar del Creador. Nuestro doble problema es que creemos mentiras en lugar de creer a Dios y adoramos ídolos en lugar de adorar a Dios.

El deseo está al mando de nuestra vida. Determina nuestro comportamiento. «Siempre hacemos lo que queremos hacer». La pregunta es, ¿cuál de nuestros deseos es el más fuerte en un momento dado? Un alcohólico puede desear o querer una bebida, pero se abstiene de tomarla. Parece que no está haciendo lo que quiere. Pero lo que ha sucedido es que otro deseo (quizás el deseo de evitar la vergüenza o de perder a su familia) ha superado al deseo de tomar una copa. Todavía está haciendo lo que quiere; sólo que el deseo de beber ya no es su deseo más grande7. Nos disculpamos pensando que queremos ser buenos, pero que somos víctimas de otros factores (circunstancias, historia, biología, mala salud, etc.). Pero la visión radical de la Biblia sobre el pecado nos dice que somos responsables. Siempre hacemos lo que queremos hacer.

Pero esto también nos da esperanza. En Romanos 7, Pablo describe a alguien que dice: «pues no hago el bien que deseo, sino el mal que no quiero, eso practico» (Ro 7:19). A primera vista, esto podría parecer que contradice lo que hemos estado diciendo. Aquí hay alguien que no hace lo que quiere hacer. Pero la razón por la que no sigue sus buenos deseos es que sus deseos pecaminosos son más fuertes y, por lo tanto, controladores (Ro 1:24-26; 7:23-25). La respuesta es, dice Pablo, el Espíritu Santo y los nuevos deseos que Él da: 

Porque los que viven conforme a la carne fijan la mente en los deseos de la carne; en cambio, los que viven conforme al Espíritu fijan la mente en los deseos del Espíritu. Los que viven según la carne no pueden agradar a Dios. Sin embargo, ustedes no viven según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios vive en ustedes […] (Ro 8:5, 8-9, NVI).

Este entendimiento nos humilla, pero también nos da esperanza de cambio. Somos transformados por la fe al contemplar la gloria de Dios y, por lo tanto, lo encontramos más deseable que cualquier cosa que el pecado pueda ofrecer. Por la fe y a través del Espíritu, el deseo por Dios supera el deseo por el pecado.

Este artículo es una adaptación del libro Tú puedes cambiar: conoce el poder transformador de Dios, escrito por Tim Chester.

Este artículo fue publicado originalmente en inglés y traducido con el permiso de Crossway.
  1. Calvino, Juan. (2019). Institución de la religión cristiana. vol. 1. (Capellades: Barcelona), 1.11.8.
  2. Parafraseado de Martín Lutero sobre el primer mandamiento en el Catecismo Mayor, Parte 1.
  3. Citado en No God but God [Ningún dios sino Dios] escrito por Os Guinness y John Seel, (Chicago: Moody Press, 1992), p. 33. N. del T.: traducción propia.
  4. Tim Keller, Redeemer Church, Manual del aprendiz, Unidad 2.4. N. del T.: disponible sólo en inglés. Traducción propia.
  5. Powlison, David, «Idols of the Heart and “Vanity Fair”» [«Ídolos del corazón» y “Feria de las vanidades”»] Journal of Biblical Counseling 13, n.º 2 (invierno de 1995): 36. N. del T.: traducción propia.
  6. Stafford, Tim. «Serious about Lust» [Seriedad sobre la codicia], Journal of Biblical Counseling, 13:3 (primavera de 1995), 5. N. del T.: traducción propia.
  7. Este argumento es de Jonathan Edwards, «The Freedom of the Will» [La libertad de la voluntad], en The Works of Jonathan Edwards [Obras de Jonathan Edwards], 2 vols. (Ball, Arnold & Co., 1840), 1:1.2.
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Tim Chester

Tim Chester (PhD por la Universidad de Gales) es director de estudios teológicos y profesor de formación espiritual en Crosslands. Cuenta con más de veinticinco años de experiencia en el ministerio pastoral, además de ser autor o coautor de más de cuarenta libros, entre ellos Iglesia radical: evangelio y comunidad, Goza de Dios, Una vida centrada en el evangelio: llegando a ser la persona que Dios quiere que seas, El trabajo centrado en el evangelio, Matrimonio centrado en el evangelio y, junto con Michael Reeves, Por qué la Reforma aún importa.